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miércoles, 23 de enero de 2019

HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA (II): VITALISMO Y MATERIALISMO




HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA (II): VITALISMO Y MATERIALISMO

                
En la anterior entrada nos planteamos saber qué es un ser vivo, y , además, definir qué niveles de existencia se pueden calificar como vivos; o lo que es lo mismo, ¿en qué niveles de integración tenemos seres con unos atributos o cualidades propios de lo que denominamos vida?

Llegar a este planteamiento no ha sido fácil a lo largo de la historia de la biología, entre otras cosas porque, para entender bien a los seres vivos y su evolución, también ha sido preciso contar con el avance de la física y de la química, omnipresentes en todos los procesos biológicos; y, además, el penoso avance de la biología ha ido lastrado por agrias polémicas que giraban alrededor de planteamientos vitalistas frente a planteamientos materialistas.

Ideas de la antigüedad clásica

Entre los planteamientos vitalistas tenemos, en la Grecia clásica, a Anaximandro (610-545 a.C.), el cual planteaba que los seres vivos procedían de un “lodo primordial”, mientras que Aristóteles (384-322 a.C.) consideraba la existencia de la “psyque” o “principio vital” que se manifestaba de modos diversos en plantas, animales inferiores, superiores y en el hombre.
Aristóteles planteaba, además,  concepciones muy modernas, como la identidad entre materia viva y materia inerte, no reconociendo un límite muy claro entre lo vivo y lo no vivo. Admitía, por tanto, la posibilidad de generación espontánea de vida, esto es, que la materia denominada inerte, no organizada e incapaz de cambio, pueda adquirir una psique o principio vital -más o menos superior- que le proporcione naturaleza de ser vivo, esto es, capacidad de cambio.

Posteriormente, en Roma predominaba una cultura técnica de concepción materialista. Podemos destacar a Lucrecio (98-55 a.C.), contrario a las ideas aristotélicas, que afirma: “Nunca nada ha nacido de la nada”.


El largo proceso de refutación de la generación espontánea

Las ciencias naturales del renacimiento no consiguen liberarse de la versión escolástica de las ideas aristotélicas. Así, en esta época era generalmente admitida la idea de que los diversos organismos, tanto vegetales como animales, se producían de modo natural y normal “de nuevo”, es decir, de materia inanimada, mediante generación espontánea.

En el siglo XVII, Francesco Redi (1626-1698), empleando el método experimental, logró demostrar fehacientemente que la carne putrefacta no “criaba gusanos por si misma”, sino que  aquellos procedían de los huevos previamente depositados por una mosca. Estos experimentos supusieron un fuerte revés para la teoría de la generación espontánea, fundamentalmente para los organismos superiores. Pero el inicio de la microscopía, con Leeuwenhoek, y su desarrollo posterior abrió el campo de la observación de los microorganismos y la posibilidad de que, estos si, pudiesen surgir por generación espontánea.

En el siglo XVIII, Lázaro Spallanzani (1729-1799), calentó agua hasta ebullición y, posteriormente, la dejó enfriar evitando su contaminación. Demostró así que estos microorganismos proceden de huevos y esporas. Los partidarios de la generación espontánea objetaron que la fuerza vital no podía entrar con el aire en un recipiente tapado. Con esta argumentación la idea de generación espontánea duró otros cien años. 

En 1861, Louis Pasteur (1822-1895), ideó unos experimentos para demostrar que los microorganismos sólo aparecían como contaminantes del aire y no espontáneamente. Utilizó unos frascos en cuello de cisne -que permitían la entrada de oxígeno, que se consideraba necesario para la vida- pero que -con sus cuellos largos y curvos- atrapaban las bacterias, las esporas de los hongos, y otros microorganismos, evitando que el contenido de los frascos se contaminase. Demostró, así, que si hervía el líquido del frasco -para matar los microorganismos ya presentes- y se dejaba intacto el cuello del frasco, no aparecería ningún microorganismo. Alguno de sus frascos, estériles todavía, siguen exhibiéndose en el Instituto Pasteur. Sólo si se rompía el cuello del frasco, permitiendo la entrada de gérmenes contaminantes, aparecían microorganismos. Pasteur proclamó: “La vida es un germen y un germen es vida”.

Además de refutar la idea de la generación espontánea, estudios posteriores de Pasteur contribuyeron, junto los de Robert Koch (1843-1910), al alumbramiento de la teoría microbiana de las enfermedades infecciosas. Estos grandes eventos supusieron el nacimiento de la microbiología como ciencia experimental.

Para completar el marco científico y filosófico del momento, recordemos que un par de años antes, en 1859, Charles Darwin (1809-1882), publica su libro más señero: El origen de las especies por medio de la selección natural; y, al mismo tiempo, varios autores enuncian la teoría celular, donde se define la unidad mínima de vida. También, en este esplendoroso momento para la biología, en el jardín de un monasterio de Brno, el abad Gregor Mendel (1822-1884), llevaba a cabo sus experimentos acerca de la transmisión hereditaria de caracteres a lo largo de generaciones de seres vivos. Pero sus resultados, presentados en 1865 y publicados un año después, en una revista de escasa difusión, pasaron sin pena ni gloria ante los ojos de la comunidad científica de la época. Su trabajo no fue redescubierto hasta 1900 por tres científicos, de forma independiente: Hugo de Vries (1848-1935), Carl Correns (1864-1933) y Erich Tschermak (1871-1962).
Mendel había establecido una concepción de herencia particulada, frente a la idea confusa de herencia mezclada, al demostrar que los determinantes hereditarios se transmitían como partículas independientes de generación en generación.

El vitalismo perdura tras la refutación de la generación espontánea

Antes de precisar la imagen que nos ofrece la naciente biología moderna, en la segunda mitad del siglo XIX, conviene rastrear la pertinaz resistencia del vitalismo a desaparecer, adoptando nuevas formulaciones, a veces de forma inconsciente para sus autores.

Hemos visto como la idea de generación espontánea de vida ha ido siempre acompañada de un “principio” o “fuerza vital” que transformase la materia inanimada en materia viva. Para los vitalistas ninguna parte aislada de un organismo estaba viva; por el contrario, las propiedades de la materia viva eran de alguna manera compartidas por todo el conjunto del organismo. El fin de la generación espontánea y el establecimiento de la teoría celular –que situaba a la célula como unidad elemental de vida- acabaron definitivamente con esta versión del vitalismo, pero no del todo con él. Antes de continuar, conviene volver a recordar que el vitalista Aristóteles mantenía, sin embargo, una concepción muy avanzada sobre la identidad entre materia viva y materia inerte.
En este estado de cosas y de forma paradójica, Schwann y Pasteur, fundamentalmente, se convierten en abanderados de una nueva formulación vitalista, en la que sostienen que las actividades químicas que realizan los tejidos vivos no se pueden realizar en condiciones experimentales de laboratorio y establecen, así, dos categorías de reacciones: las “químicas” y las “vitales”.

Frente a los nuevos vitalistas se alzaban los reduccionistas, así llamados porque creían que los complejos procesos de los sistemas biológicos podrían reducirse a otros más simples. El primer éxito de los reduccionistas vino de la mano del químico alemán Fiedrich Wöhler (1800-1882), cuando convirtió una molécula inorgánica -el cianato de amonio- en una orgánica, la urea.

No obstante, las afirmaciones de los vitalistas se fortalecieron porque, a medida que los conocimientos químicos mejoraban, se hallaron en los tejidos vivos muchos compuestos nuevos que jamás se habían visto en el mundo de lo no vivo o inorgánico. A finales de la década de 1880 el principal vitalista era Louis Pasteur, quien sostenía que los maravillosos cambios que tienen lugar al transformar el jugo de las frutas en vino eran “vitales” y sólo podían realizarlos las células vivas, es decir, las células de levadura. El opositor más importante a la teoría vitalista de Pasteur fue Justus von Liebig (1803-1873), el químico más importante de la época y, en cierto modo, el “padre” de la química alemana.

En 1898, los químicos alemanes –y hermanos- Eduard Büchner (1860-1917, Premio Nobel de Química en 1907) y Hans Büchner (1850-1902), demostraron que una proteína extraída de las células de levadura podía producir fermentación fuera de la célula viva. A esta sustancia se la denominó enzima (de la palabra griega zyme, que significa “levadura” o “fermento”. Se demostró que una reacción “vital” era química, cesando así la polémica con los vitalistas, y sentando las bases de la Bioquímica como ciencia.

No obstante la victoria de los reduccionistas sobre el vitalismo, las escuelas francesa -que enarbolaba la bandera de la célula como unidad vital- y alemana -más reduccionista y que veía a las proteínas como protagonista de las reacciones químicas en los seres vivos- mantuvieron el enfrentamiento en diversos frentes.

Uno de estos frentes fue la naciente inmunología, donde la escuela francesa –heredera de Pasteur, uno de los padres de esta ciencia- defendió la inmunidad celular, centrándose en el macrófago.
Por su parte, la escuela alemana desarrolló la inmunoquímica (por centrarse en proteínas con función inmunitaria) y defendió la inmunidad denominada humoral: por los anticuerpos y otras proteínas presentes en los líquidos o humores del organismo.

A pesar de que el progreso de la biología ha superado e integrado conceptualmente estas diferencias, todavía se mantienen las denominaciones: química inorgánica y orgánica, e inmunidad celular y humoral.

Genotipo y fenotipo. Mendel y Darwin

Cuando la idea de generación espontánea mantenía aún su fuerza, dos teorías competían acaloradamente por explicar la herencia. Así, en el siglo XVII, los animalculistas o espermistas –de la mano de Antoine de Leeuwenhoek (1632-1723)- y los ovistas –liderados por Reigner de Graaf (1641-1673)- creían que espermatozoides y óvulos, respectivamente, portaban en exclusiva las características de animales y humanos, mientras que la otra célula (el óvulo para los primeros y el espermatozoide para los segundos) sólo cumplía funciones accesorias para el crecimiento del embrión y del feto.

Coincidiendo con el esplendoroso momento de la biología anteriormente citado, de mediados del XIX, estas teorías comenzaron a resquebrajarse, fundamentalmente por la práctica empírica de maestros jardineros que perseguían la obtención de nuevas especies florales de carácter ornamental. Estos maestros se dieron cuenta de que, en los cruces realizados, tanto las células masculinas como las femeninas contribuían a las características de las nuevas plantas.

Así pues, ya estaba claro que los dos progenitores aportaban caracteres, pero ¿en qué proporción? ¿Cómo se combinaban los centenares de caracteres de cada planta? La respuesta más común en aquella época era: la herencia por mezcla. Esta idea suponía que cuando se unen las células sexuales o gametos, masculino y femenino, el material hereditario que contienen se mezcla, de forma similar a como lo haría una mezcla de colorantes. Pero esta idea no arrojaba mucha luz sobre la herencia.

En este contexto, Mendel realizó sus conocidos experimentos. El gran mérito de Mendel fue desentrañar el mecanismo de transmisión de los factores de herencia o determinantes hereditarios (posteriormente denominados genes) con una concepción de herencia particulada, como si fueran dados o monedas.
Cuando lanzamos un dado o una moneda, podemos calcular la probabilidad teórica de un suceso determinado con ellos: sacar cara, cruz, cinco, par, impar, etc. Posteriormente se puede ver que para que los resultados observados se aproximen a los esperados es conveniente realizar un número muy alto de experiencias. Mendel eligió muy bien los organismos y los caracteres heredables observados y, a ciegas, sin saber qué tipo de “dado” o “moneda” tenía entre manos, realizó sus cruces y observó. De estas observaciones dedujo sus leyes, y lo universal de sus leyes tuvo que ver con su hipótesis de partida, en la que cada carácter, en un individuo, estaba determinado por dos copias (iguales o distintas) del mismo factor hereditario o gen (una heredada del padre y otra de la madre). Posteriormente se vio que, estos factores, o genes, se transmitían igual que lo hacen los cromosomas durante la formación de los gametos. Con la posterior determinación de que el ADN de los cromosomas es el material genético se averiguó la naturaleza química de la “moneda” genética (la analogía con la moneda es grande, ya que la probabilidad de heredar una de las dos copias de un determinado gen, procedente de padre o de madre, es un medio, como si fuera la cara o la cruz de una moneda). Pero también se vio que todo era más complejo que un simple juego de azar.

Con las leyes de Mendel se estableció la relación un gen, un carácter sin tener en cuenta la naturaleza del mismo: estructural, funcional, de comportamiento, patológico, etc. Prácticamente se estableció una relación, teleológica y casi teológica, del tipo dado un carácter hereditario cualquiera, detrás de él alguien habrá colocado el gen correspondiente.
Aquí la genética, en vez de cuestionar su posición genocéntrica, se encerró en dogmas centrales y en abstracciones matemáticas, asfixiando el alma viva de la biología, fundamentalmente la biología evolucionista que acababa de nacer con Darwin, frecuentemente presentado con una visión evolucionista radicalmente diferente a la de su antecesor Lamarck.

Como todo el mundo sabe, la historia científica de la evolución comienza con Jean-Baptiste de Lamarck; aunque, generalmente, se insiste más en asociar a Lamarck como padre de la idea de la herencia de los caracteres adquiridos que con las auténticas señas de identidad lamarckianas: los seres vivos más primitivos surgirían mediante generación espontánea y evolucionarían, mediante una necesidad o impulso interno de cambio, hacia una mayor perfección. Como resultado imperfecto, de esta tendencia progresiva, se producirían desviaciones adaptativas laterales frente a los cambios del entorno. 

En este sentido, también es muy probable que algunos lectores no sepan que Darwin (2008) propuso una teoría de la herencia de carácter lamarckiano, la “pangénesis”, basada en la “herencia del uso y del desuso”: los hábitos adquiridos por un individuo modificarían sus órganos corporales, y éstos producirían unas entidades microscópicas, denominadas “gémulas”, que se acumularían en las gónadas, transfiriendo así las modificaciones de los órganos de los progenitores a los órganos de la descendencia.

Darwin -y su teoría de la pangénesis, desacreditada en varias ocasiones- encontraría actualmente consuelo en las crecientes investigaciones sobre los exosomas (Nota1): vesículas extracelulares diminutas que intervienen en la comunicación entre todos los tipos celulares, incluidos los gametos. Están cargadas de lípidos y un amplio surtido de proteínas y ácidos nucleicos, que varía en función del tipo celular y de su estado fisiológico: proteínas de adhesión celular, de fusión, transportadores de membrana, citoesqueléticas, de señalización intracelular, relacionadas con la síntesis de proteínas, de respuesta a estrés, enzimas variadas; y, también, varios tipos de ARNs, así como múltiples fragmentos de ADN, que portarían secuencias de todos los cromosomas. García Rodríguez (2018).

A diferencia de Lamarck, en la teoría de Darwin, de la selección natural, la evolución se produce, sin propósito previo ni sentido alguno, mediante la generación previa de variación individual (la pangénesis, en la opinión de Darwin), que conlleva un aumento de las posibilidades de sobrevivir y de reproducirse –selección natural y selección sexual- de los individuos más adaptados a los cambios del medio ambiente. Darwin sabía, por la práctica de los criadores de razas domésticas, que las especies albergan una fuente inagotable de variabilidad; y que la selección natural era independiente de los mecanismos generadores de dicha variabilidad.
Así, en el capítulo IV de “El origen de las especies por selección natural” Darwin (1980) nos dice:

“...la variabilidad que encontramos casi universalmente en nuestras producciones domésticas no está [i]producida directamente por el hombre… Tengamos también presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con condiciones físicas de vida. Si esto ocurre, ¿podemos dudar –recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir- que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros tendrían más probabilidades de sobrevivir y procrear su especie? A esta conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales, la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados. Varios autores han interpretado mal o puesto reparos a la expresión selección natural. Algunos hasta han imaginado que la selección natural produce la variabilidad, siendo así que implica solamente la conservación de las variedades que aparecen y son beneficiosas al ser en sus condiciones de vida”.

Darwin no llegó a conocer los trabajos de Mendel, y eso ha servido como argumento para “disculparle” algunos supuestos dislates acerca de la herencia, como la pangénesis; aunque también es posible que sus observaciones y conclusiones en este tema, complementarias de las de Mendel, no hayan sido bien valoradas.

Así, mientras Mendel abordaba el estudio estadístico de la herencia analizando uno o dos caracteres; Darwin -en el capítulo I de El origen de las especies por selección natural- planteaba la importancia de la selección artificial, practicada por los criadores de razas domésticas, y su extrapolación a la comprensión de la evolución de las especies por selección natural:

La clave está en el poder del hombre para la selección acumulativa: la naturaleza produce variaciones sucesivas, y el hombre las aumenta en determinadas direcciones que le son útiles… Por lo general los criadores hablan de la organización de un animal como algo plástico, que se puede modelar a voluntad…Si la selección consistiera meramente en separar una variedad muy típica, y hacer cría de ella, el principio sería tan evidente como apenas digno de mención; pero su importancia reside en el gran efecto producido por la acumulación en una dirección, durante generaciones sucesivas, de diferencias absolutamente inapreciables para el ojo no experto.”   
   
Aquí Darwin resalta, de forma complementaria al valiosísimo trabajo de Mendel, la importancia de la selección mantenida en el tiempo –tanto la artificial como, mucho más, la natural- en el fabuloso despliegue de formas que podemos observar, tanto las domésticas (formadas por capricho o utilidad para el hombre) como las naturales, producidas mediante una fina adaptación al medio natural. Pero lo más importante es la llamada de atención que nos hace de que es preciso una constelación de variaciones (“absolutamente inapreciables para el ojo no experto”), no una o unas pocas muy evidentes. Esta observación, dicho sea de pasada, otorgaría prioridad a la recombinación (durante la formación de las células sexuales) frente a la mutación, como mecanismo de cambio genético coherente.

Podemos adelantar que, a diferencia del planteamiento genético actual -presente en la teoría sintética de la evolución, más pendiente de las frecuencias relativas de las variantes de genes aislados que mutan- Darwin se centra directamente en el fenotipo (las propiedades observables de un ser vivo), considerado como un todo, y en el papel del ambiente selector de ese todo. Darwin subraya el carácter conservador y acumulador –y no generador directo de variaciones- de la selección natural, merced a la reproducción diferencial de los individuos de una especie que presentan los fenotipos más adecuados.

Algunos autores de la teoría sintética, como Ernst Mayr (1904-2005), mantienen una actitud más integradora al opinar que “es el genotipo como un todo el que responde a la selección natural”. Aunque no se aleja mucho de la dura ortodoxia:

No puede haber influencia del ambiente heredable, ni herencia de los caracteres adquiridos. Los naturalistas…al igual que Darwin, casi todos ellos tendieron a creer simultáneamente en la existencia de una cierta proporción de herencia blanda”.

Sin entrar aquí en el tema, la complejidad de los seres vivos y sus procesos ha puesto de manifiesto una serie de patrones de información y herencia epigenética que implican el manejo modular de los genes: cuáles se usan y en qué orden, frente a los cambios ambientales. Como veremos mejor, en otra entrada, la epigenética (literalmente, por encima de la genética) responde a la información y herencia relativa a la evolución singular de los seres vivos de los niveles celular y pluricelular, y comprende los cambios heredables de la expresión génica o del fenotipo sin que se produzcan cambios en las secuencias de ADN.

Este concepto unitario de la relación entre ser vivo y ambiente, se ajusta mucho mejor a la formulación darwiniana de la evolución que el actual reduccionismo genético, que cae en una especie de neovitalismo informativo, similar al neovitalismo químico de Pasteur con las reacciones vitales.


La vida resulta de la evolución del Universo

Desde el siglo XX, los grandes descubrimientos científicos nos ofrecen una imagen dinámica y unitaria del universo en evolución. Hasta donde alcanza nuestro conocimiento actual sobre la historia del universo presente, en expansión; ésta arranca, tras el Big Bang,
con la creciente organización de la materia. La historia, el tiempo, comienzan con el paulatino enfriamiento del Universo y el aumento de las interacciones de la materia: de un caldo material, sin forma, a millones de grados, hemos llegado a la vida que conocemos; pasando por la formación de partículas elementales, que integran átomos, que integran a su vez moléculas, desde las más simples simples a las muy complejas.

No hay vitalismo, la materia viva surge de la evolución material del universo. La evolución biológica debe ser coherente con la del universo de la que forma parte: la vida surge como una propiedad emergente en la organización, integrada y jerárquica, de la materia. En determinadas condiciones termodinámicas hay una tendencia universal a la complejidad estructural, fruto de la continua interacción de la materia, y la vida es una de sus manifestaciones. En palabras de E. Schrödinger (1867-1961, premio Nobel de Física en 1933): “la vida se alimenta de entropía negativa.

Con los conocimientos actuales, podemos plantear una cuestión respecto a la información biológica, ¿es la información genética secuencial una singularidad respecto a la información de la materia del universo? Podríamos contestar que si, del mismo modo que el lenguaje en la especie humana es una singularidad informativa en el conjunto de los seres vivos sobre la Tierra. Sabemos que la aparición de la especie humana en la Tierra era posible pero no necesaria, entonces la pregunta es: ¿es absolutamente necesaria la información genética secuencial para la vida en el Universo?
Es ampliamente admitido que, aunque el ADN almacene la información genética secuencial, las proteínas son las biomoléculas informativas que hacen cosas en los organismos: determinan la forma y la estructura de la célula, gobiernan el metabolismo y están implicadas en los procesos de reconocimiento molecular. Y además hacen todas esas cosas merced a la información conformacional  que portan en la disposición espacial de sus átomos –mediante su capacidad para formar estructuras tridimensionales interconvertibles y flexibles- lo que les permiten acciones moleculares específicas, frente a sus ligandos, mediadas por enlaces débiles.

Algunas definiciones de información van desde “dar forma o substancia a una cosa” a otras tomadas directamente del pensamiento de Schrödinger: ”la expresión matemática de información es idéntica a la expresión de entropía tomada con signo inverso”.

Y así como la entropía de un sistema expresa el grado de su desorganización, la información proporciona la medida en que dicho sistema está organizado. Así entendida, la información puede ser denominada información estructural: es decir, hace referencia a la organización establecida en un cuerpo, o en un conjunto, mediante determinadas distribuciones, disposiciones o relaciones espaciotemporales entre sus elementos o partes.

En conclusión, la información material en el Universo viene determinada por la interacción y por la estructura o forma resultante que, a su vez, informa las sucesivas interacciones. Para entender la naturaleza de la información en los seres vivos, la biología debe plantearse conectar con este concepto de información estructural de la materia, y no caer en una especie de neovitalismo informativo centrado en la información secuencial, y en la proyección vitalista de los mensajes genéticos.









(Nota 1) LOS EXOSOMAS COMO VESÍCULAS DE EVOLUCIONABILIDAD PROTOCARIOTA.
En una entrada anterior –Origen de la vida y origen de la célula eucariota- propuse la hipótesis del protocarionte o protocariota, como la primera célula en el origen de la vida. Esta célula primitiva tendría las características básicas de los eucariotas –correspondientes a 347 genes exclusivos de ellos, relacionados con la endocitosis, el sistema de transducción de señales y la síntesis de proteínas en el núcleo- y un particular sistema de evolucionabilidad.

Sin entrar aquí en muchos detalles (ver entrada citada) el propósito de esta nota es la posible relación de los exosomas –por su universalidad, filogénica y funcional, en la comunicación intercelular- con las vesículas o semillas de evolucionabilidad: arqueas, bacterias y virus. Entre las principales ventajas de estas vesículas de evolucionabilidad (el término semillas sólo es para dar fuerza expresiva a la idea de siembra de vesículas acariotas) estaría la exaltación de mecanismos de herencia horizontal, que propiciaran una evolución exógena al protocarionte, como la evolución exógena del metabolismo energético, a cargo de algunas de estas vesículas que devendrían en bacterias. Las vesículas que, al azar, portasen un equipamiento enzimático primitivo, fundamental para realizar un metabolismo básico, podrían ir colonizando ambientes diversos, y ser fagocitados por el protocariota.
Así pues, el metabolismo se desarrollaría desde las vesículas acariotas (bacterias), expulsadas y, posteriormente, endocitadas, de forma sucesiva, por las protocariotas. Sería un metabolismo externo al protocariota y realizado en el acariota con las proteínas y genes que, al menos inicialmente, le proporcionara el protocariota. La externalización tendría como ventaja inicial la selección exterior, en ambientes muy diversos, de las adaptaciones más ventajosas, y que esto fuese más fácil que el desarrollo interno de un complejo sistema de integración de módulos en el protocariota.  
Los eucariotas se formarían mediante el baile continuo de interacciones entre protocariotas y acariotas: los precursores protocariotas más eficaces serían los que comenzaran una actividad fagocítica cada vez más específica, de la que dependería su nutrición, ya que la sopa primigenia se iría esquilmando. Es probable que la aparición del oxígeno -tras la fotosíntesis oxigénica- y su toxicidad para los protocariotas, promoviera en éstos el paso de la fagocitosis a la endosimbiosis, fundamentalmente para aprovechar los sistemas enzimáticos de adaptación al 02, de las bacterias precursoras de las mitocondrias.
Inicialmente, al menos, todas las proteínas con especificidad complementaria, tanto las de las membranas  protocariotas como las de las membranas acariotas, procederían de los protocariotas.
Así, durante este largo periodo, la selección natural favorecería las variaciones de los protocariotas que lograran:
1)   Producir  exomódulos acariotas, englobados en vesículas exosómicas, con un metabolismo cada vez más eficaz que interiorizara los metabolitos ambientales más apropiados y los transformara convenientemente. Esto constituiría una especie de cultivo celular acariota.
2)   Expulsar –por exocitosis y gemación- y, posteriormente, endocitar, de forma continua, las vesículas y exomódulos con especificidad creciente, y seleccionarlos por su eficacia metabólica, desarrollando así un sistema interno de transducción de señales. Este proceso culminaría con la adquisición de mitocondrias y la consiguiente formación de la célula eucariota. 
3)   Desarrollar los mecanismos genéticos que exaltasen la variabilidad y especificidad: virus, elementos genéticos móviles y otros mecanismos de herencia genética horizontal. 
Así, paulatinamente, se produciría el origen único de la célula eucariota (origen monofilético), con la posterior selección e incorporación de las vesículas y exomódulos acariotas más eficaces -ya que los protocariotas constituirían el único vórtice de esta selección- y, al mismo tiempo, una auténtica explosión de diversidad acariota: arqueas, bacterias y virus. 







Parte del texto de este artículo aparece en un monográfico del Club de Amigos de la Unesco de Madrid: La importancia de la cultura científica. Edición coordinada por Bernardo Herradón. Nº 335 de Cuadernos CAUM.





BIBLIOGRAFÍA
  • Darwin, C. (1980). El origen de las especies. Ed. Bruguera. Barcelona.
  • Darwin, C. (2009). Autobiografía. Editorial Laetoli. Pamplona.
  • Eldredge, N. (2009). Darwin. El descubrimiento del árbol de la vida. Katz Editores. Buenos Aires. Madrid.
  • García Rodriguez, A. (2018). ¿Me conoces? Soy un exosoma. UAM Ediciones. Madrid.
  • Jacob, F. (1999). La lógica de lo viviente. Una historia de la herencia. Tusquets Editores. Barcelona.
  •  Mayr, E. (2016). Así es la biología. Ed. Debate. Barcelona.
  • Schrödinger, E. (2005). Qué es la vida. Textos de Biofísica. Facultad de Farmacia. Universidad de Salamanca.


martes, 4 de diciembre de 2018

HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA (I): LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN POR SELECCIÓN NATURAL


La vida y los seres vivos

Vida es una palabra que tiene su origen en la raíz latina vita, que a su vez deriva de la griega bios. Precisamente, la ciencia que estudia los seres vivos recibe su nombre de esta raíz griega: biología, literalmente tratado (logos) de los seres vivos. En este sentido, en un diccionario de ciencias podemos encontrar una definición de la palabra vida relacionada con la biología: Forma de organización de la materia caracterizada por determinados procesos físicos y químicos, cuya conjunción le permite autoorganizarse, realizar funciones de relación y reproducción, y evolucionar. Por su parte, en los diccionarios generales de la lengua aparece como: Fuerza interna substancial mediante la cual obra el ser que la posee, entre otras acepciones.
Tomando estas dos definiciones académicas como guía, vamos a aproximarnos al concepto de vida razonando, en principio, desde nuestra propia experiencia como seres vivos. Sabemos que nosotros estamos vivos, que los animales, las plantas, las algas y los hongos son seres vivos; incluso sabemos también que existen seres vivos más pequeños, como protozoos y bacterias.

Entonces, ¿qué entendemos por ser vivo? Por ser, entendemos lo que existe, lo que es y tiene existencia material, sea o no visible a simple vista: un lápiz, un cuaderno, pero también el aire que respiramos. Por vivo señalamos los atributos o cualidades que elevan a un determinado nivel de organización de la materia a la categoría de ser vivo. Así, podríamos concluir que un ser vivo es una entidad material capaz de realizar las funciones que denominamos vitales: las clásicas funciones generales de nutrición, relación y reproducción.

Materia viva y no viva 


Sabemos que el Universo está hecho de materia, y que la unidad básica de la materia que tenemos a nuestro alrededor es el átomo, esto es, la parte más pequeña de la materia que conserva las propiedades de un elemento. Así, si cogemos un trozo de hierro y lo troceamos en partes muy pequeñas, la parte más pequeña que continúe siendo hierro se corresponde con un átomo de hierro. Si partimos ese átomo obtendremos partículas subatómicas -electrones, protones, neutrones; e incluso otras partículas más pequeñas- indistinguibles todas de cualquier partícula subatómica como, por ejemplo, las obtenidas de la rotura de cualquier otro átomo. Así pues, aunque la palabra átomo significa indivisible, y ese era su significado inicial, esta denominación mantiene su carácter como parte más pequeña e indivisible de cada elemento de la tabla periódica.
Ya Demócrito, junto a su maestro y compañero Leucipo, sostenían que los elementos son “lo lleno” y “lo vacío” a los cuales llamaron “ser” y “no ser” respectivamente. Para explicar “el ser”, Demócrito contemplaba el mundo hecho de infinitas partículas indivisibles -a las que, por ello, denominó átomos- sólidas, inmutables y poseedoras de las características del “ser”. Esta concepción materialista de la naturaleza será una de las fuentes del mecanicismo y del pensamiento científico.
Podemos adelantar aquí la influencia que Demócrito tuvo en el biólogo molecular francés -Premio Nobel de Fisiología y Medicina- Jacques Monod, inspirando el título de su excelente libro El azar y la necesidad: “Todo lo que existe en el Universo es fruto del azar y la necesidad” (Demócrito). Más adelante volveremos sobre esto.

¿Qué es lo que hace que la materia de los seres vivos sea viva?

Si hemos tomado al átomo como unidad de referencia del ser material, ¿cuál es la unidad material de referencia del ser vivo? ¿Cuál es la unidad básica de vida? Por lo que hemos visto hasta ahora, no sólo debe ser una unidad material supraatómica, también debe tener un nivel de integración supramolecular, aunque en el nivel molecular se incluyen entidades que difieren mucho en sus propiedades y complejidad. Así pues, de momento vamos a continuar con el consenso general de la comunidad científica y aceptar un determinado tipo de organización estructural material que cumpla con las funciones que se han considerado vitales.

Así, si tomamos como ejemplo de seres vivos a los animales –más próximos a nuestra experiencia directa- veremos fácilmente los aparatos y sistemas de órganos, relacionados con las funciones vitales, que integran el organismo animal. Así, en la función de nutrición están implicados, principalmente, los aparatos digestivo, respiratorio, circulatorio y excretor; en la función  de relación destacan los sistemas nervioso y endocrino, y el aparato locomotor (sistemas muscular y esquelético). La función de reproducción tiene su núcleo central en el aparato reproductor.
Pero estos aparatos y sistemas, que integran anatómica y funcionalmente al organismo animal, están constituidos por unidades de organización de niveles inferiores: los órganos como el corazón, el estómago, los riñones; los tejidos que constituyen los órganos, como el epitelial, el muscular o el nervioso; y las células, especializadas en distintas funciones, que forman los tejidos del organismo. Por debajo de la célula podemos distinguir otras unidades, estructurales y funcionales, que denominamos orgánulos –por analogía con los órganos de un animal- integradas en el organismo celular.
Pero también, teniendo en cuenta la aparente paradoja acerca de la unidad de los seres vivos -alrededor de sus funciones vitales- y de su unicidad -esto es el carácter de único, la enorme diversidad que exhiben- tenemos que tener en cuenta el concepto de evolución. Así, podemos definir la evolución biológica como el proceso histórico que, desde un origen único, permite dar cuenta del cambio que experimentan los seres vivos, en continua interacción coherente entre ellos, y que produce un despliegue de formas vivas únicas, con mayor o menor grado de parentesco.

Además -dado que la información material en el universo viene determinada por la interacción y por la estructura o forma resultante que, a su vez, informa las sucesivas interacciones- podríamos encontrar una definición más abreviada de  evolución de los seres vivos, como cambio en la información biológica producida por la concatenación entre interacción y estructura, sin ningún propósito ni dirección.
Volviendo a los niveles de organización, no hay ningún indicio de que, en el proceso evolutivo de los seres vivos, hayan tenido nunca una existencia independiente ni tejidos, ni órganos, ni aparatos y sistemas, que se fueran juntando por ahí, formando estructuras de nivel superior. Lo mismo podemos decir –con algún importante matiz que veremos más adelante- de los orgánulos celulares respecto a la célula; aquí la cosa cambia, y si nos podemos encontrar con alguna sorpresa que otra en cuanto a las fusiones celulares, pero nunca orgánulos sueltos funcionando independientemente.

Así pues, debemos distinguir los niveles de organización o complejidad de la materia viva –muchos de ellos resultantes de un proceso de diferenciación celular a lo largo de la evolución de los seres vivos pluricelulares- de los niveles de integración de los seres vivos, donde sólo atendemos a las individualidades que han vivido y evolucionado en  existencia libre e independiente, a saber: células e individuos pluricelulares.


La célula como unidad material básica de los seres vivos

En la segunda mitad del siglo XIX, varios investigadores enunciaron la teoría celular que, sin entrar de momento en más detalles, afirma que la célula es la unidad de vida, ya que: todos los seres vivos están constituidos por una o más células, y la célula es la unidad anatómica (de estructura), unidad fisiológica (de función) y unidad de origen, puesto que toda célula procede, por división, de otra anterior.
Al igual que ocurre con los animales y las plantas, la célula como unidad básica de vida realiza las funciones vitales mediante la integración de sistemas especializados de orgánulos. Actualmente hay consenso en considerar como necesarios para realizar las funciones vitales esenciales de la vida un mínimo de tres sistemas celulares: compartimentos membranosos, metabolismo y replicación.

La nutrición implica un intercambio de materia y energía con el entorno, lo que exige un límite entre el ser vivo y el ambiente que lo rodea -esto es algún tipo de compartimentación con permeabilidad selectiva como las membranas celulares de lípidos y proteínas- y, además, la transformación enzimática de moléculas en rutas metabólicas para reponer las estructuras celulares y obtener energía, esto es un metabolismo.
La relación atiende a la toma de noticia de todo lo significativo que ocurre en el entorno celular. La célula recibe información del exterior, mediante receptores proteicos específicos situados en su membrana, y, tras procesarla, realiza la respuesta fisiológica adecuada. El procesamiento de la información lleva asociado la transducción de la señal inicial -mediante algún tipo de cascada de modificaciones químicas y cambios conformacionales proteicos- desde el receptor de membrana inicial hasta la parte efectora, frecuentemente el núcleo, desde donde se dirige la respuesta.
La reproducción, en su acepción más sencilla, implica la formación de copias del ser vivo que hereden las principales ventajas evolutivas conquistadas, lo que implica la copia o replicación de las biomoléculas portadoras de información biológica: los ácidos nucleicos y las proteínas.

Aquí vemos que, a nivel molecular -tanto en las tres funciones vitales como en los tres sistemas asociados a ellas- desempeñan un papel destacado las proteínas, como macromoléculas informativas que –tanto en la vertiente estructural como en la funcional- conectan los niveles molecular y celular. Así pues, en lo visto hasta ahora, se mantiene una coherencia de explicación objetiva material entre los niveles vivos y los no vivos.

Las preguntas de la biología

En la entrada anterior vimos que mientras la filosofía se plantea el sentido del mundo: ¿por qué las cosas son?, la ciencia aborda principalmente el modo de ser de la realidad material: ¿cómo son las cosas? En este sentido, E. Mayr (2016) plantea que la biología, como cualquier otra ciencia, debe responder a tres tipos de preguntas: “¿qué?”, “¿cómo?”, y “¿por qué?”; y que la respuesta a estas preguntas deben ayudar a delimitar las distintas ramas de la biología y sus respectivas naturalezas filosóficas.

Las preguntas del tipo “¿qué?” son fundamentales para iniciar cualquier clase de conocimiento científico. Estas preguntas nos llevan a describir, identificar y clasificar seres y procesos del ámbito de la realidad material que nos propongamos conocer, sea cual sea su nivel de integración: bioquímica, biología molecular, celular, botánica, zoología, etc.
Las preguntas del tipo “¿cómo?” y “¿por qué?” pretenden ir más allá de la necesaria descripción y clasificación inicial. El “¿cómo?” es más frecuente en las ciencias físicas que el “¿por qué?”, y esto principalmente por su dominio de actuación, cuyas entidades materiales se remontan al big bang. Más allá de este dominio las preguntas del tipo “¿por qué”? caen en el ámbito de la metafísica. Por su parte, en biología, el “¿cómo”? delimita un enfoque funcional característico de la fisiología del nivel de complejidad celular o pluricelular. 
Así, en el siglo XIX -antes de la formulación de la teoría de la evolución por selección natural de Charles Darwin- en las ciencias naturales predominaban las preguntas del tipo “¿cómo?”, tanto en fisiología como en embriología, ambas disciplinas muy fisicistas. Mayr (2016) comenta al respecto que estas dos disciplinas 

también se planteaban, en esa época,  preguntas del tipo “¿por qué?”; pero para el cristianismo dominante en Occidente la respuesta era fácil: Dios el Creador (creacionismo), Dios el Legislador (fisicismo) o Dios el Diseñador (teología natural)”.

Con la irrupción de Darwin en la biología, las preguntas del tipo “¿por qué?” no sólo tienen razón de ser sino que le dan sentido dentro del paradigma evolucionista darwiniano: en este momento, la biología comienza a plantearse, de forma científica, objetiva, el origen, la naturaleza y la evolución de los seres vivos. Efectivamente, con la publicación en 1859 de El origen de las especies por selección natural (Darwin,  1980) podemos fechar el nacimiento de la moderna biología, y no sólo por la importancia incuestionable de la obra de Darwin, sino porque, en la inmediatez de esta fecha, ven la luz la teoría celular de Schleiden, Schwann y Virchow; los experimentos de Louis Pasteur que ponen fin a las especulaciones vitalistas sobre la generación espontánea de vida; y los trabajos de Gregor Mendel sobre la naturaleza particulada de la herencia. 

Estos cuatro hitos ponen fin, formalmente, a cientos de años de  prejuicios y oscurantismo alrededor de los seres vivos; que eran considerados entidades fijas, sin variación alguna, bien como productos de la creación divina, o bien como resultado de un proceso de generación espontánea bajo la acción de algún tipo de fuerza vital.


La teoría de la evolución por selección natural de Darwin

El joven Charles Darwin
Aún después de la exitosa publicación de El Origen de las especies por medio de la selección natural, Darwin se sentía incomprendido en la esencia misma de su construcción teórica evolucionista. Así, en su autobiografía (1887) declara:  

“Se ha dicho a veces que el éxito del Origen demostraba que “el tema flotaba en el ambiente”, o que “la mente humana estaba preparada para él”. No creo que sea estrictamente cierto, pues, de vez en cuando, sondeé a no pocos naturalistas y jamás me topé con ninguno que dudara, al parecer, sobre la permanencia de las especies. Ni siquiera Lyell o Hooker parecieron estar nunca de acuerdo conmigo, a pesar de que solían escucharme con interés. En una o dos ocasiones intenté explicar a personas capaces qué entendía yo por selección natural, pero fracasé rotundamente”.  (Darwin, 2009).

¿En qué radica entonces la dificultad para entender una teoría en apariencia sencilla? ¿De dónde viene el rechazo e incomprensión a la teoría darwiniana que, en parte, llega a nuestros días? Muchos autores coinciden en que los problemas con la obra de Darwin vienen del concepto de selección natural, del significado de la selección natural en la evolución biológica; lo que él denominaba “mi teoría”.

Para algunos autores darwinistas actuales, pero críticos con algunos aspectos de la teoría evolutiva de Darwin –o más bien con la teoría sintética neodarwinista- el problema de aceptación de la teoría de la selección natural, tal como la formuló Darwin, es de índole filosófica cuando no religiosa. 
Así, en 1977, Stephen Jay Gould (Gould, 2010) se pregunta: 

“¿Por qué ha resultado Darwin tan difícil de asimilar?”  “…convenció… de que la evolución se había producido, pero su propia teoría acerca de la selección natural jamás llegó a alcanzar gran popularidad en el transcurso de su vida. No se impuso hasta la década de 1940, e incluso hoy en día… sigue siendo ampliamente mal interpretada, se cita con errores y se aplica mal”. 

Gould continua explicando que el problema radica en el planteamiento filosófico materialista de Darwin, explicitado en sus cuadernos de notas M y N en 1838-39: 

“Darwin temía sacar a la luz algo que percibía como mucho más herético que la propia evolución: el materialismo filosófico, el postulado de que la materia es la base de toda la existencia y de que todos los fenómenos mentales y espirituales son sus productos secundarios. No existía idea alguna que pudiera resultar más demoledora para las enraizadas tradiciones del pensamiento occidental que la afirmación de que la mente –por compleja y poderosa que fuera- era un producto del cerebro… Otros evolucionistas hablaban de fuerzas vitales, historia dirigida, aspiraciones orgánicas e irreductibilidad esencial de la mente: todo un abanico de conceptos que el cristianismo tradicional podía aceptar a modo de compromiso, ya que permitían la intervención de un Dios cristiano que operaría a través de la evolución en lugar de la creación. Darwin no hablaba más que de variaciones al azar y selección natural… A.R. Wallace, el codescubridor de la selección natural, jamás fue capaz de aplicarla al cerebro humano, al que consideraba la única contribución divina a la historia de la vida”.

A este respecto, y dejando aparte a los creacionistas más recalcitrantes, Eldredge (2009) y Gould (2010) comentan las distintas posiciones filosóficas y religiosas de algunos autores, evolucionistas o no, donde se aprecia la radical diferencia con el materialismo monista de Darwin.
Alfred Wallace
En primer lugar -por proximidad y méritos propios en la formulación de una teoría de la evolución por selección natural, de forma independiente a la realizada por Darwin- conviene mencionar a Wallace; subrayando, fundamentalmente, el carácter netamente dualista de su concepción diferencial de la mente y del cerebro humanos. Como ya hemos visto, el dualismo de Wallace contrasta radicalmente con el materialismo monista de Darwin, que postula que la mente es un producto del cerebro en evolución. 
Así, en su libro El origen del hombre, Darwin nos dice:

“Debió realizarse un extraordinario progreso en el desarrollo del entendimiento, así que entró en uso, mitad por arte y mitad por instinto, el lenguaje, pues el hábito repetido de la palabra al obrar activamente sobre el cerebro y producir efectos hereditarios, impulsaba a la vez el perfeccionamiento del lenguaje… el volumen del cerebro humano, en relación con el cuerpo, comparado con el de los animales inferiores, puede atribuirse principalmente al uso precoz de una forma simple de lenguaje; esa máquina admirable, que fija nombres a toda clase de objetos y cualidades y provoca series de pensamientos que nunca habrían surgido de la sola impresión de los sentidos, y que, por otra, no podrían seguirse, aunque éstos los hubieran provocado, sin el lenguaje. Las facultades intelectuales del hombre más elevadas, como las de raciocinio, abstracción, propia conciencia, etc., son probablemente consecuencias del constante mejoramiento y ejercicio de las otras facultades intelectuales”.

Y, más adelante, hablando de la selección sexual, añade:

“El que admita el principio de la selección sexual, se verá conducido a la notable conclusión de que el sistema nervioso no tan sólo regula la mayor parte de las funciones existentes en el cuerpo, sino que ha influido directamente sobre el progresivo desarrollo de varias estructuras corporales y de ciertas cualidades mentales…; y estas facultades del entendimiento dependen manifiestamente del desarrollo del cerebro”. (Darwin, 2004).

Ambiente científico en la época de Darwin

Continuando con el ambiente científico de la época, Eldredge (2009) apunta que los intelectuales y científicos se dividían principalmente en dos grandes grupos: el de los clérigos, que dedicaban parte de su abundante tiempo libre al estudio del mundo natural, y el de los hombres con fortuna suficiente para poder dedicarse a la ciencia. 
Entre los que tuvieron mayor influencia en Darwin, encontramos a Adam Sedgwick y a John Stevens Henslow, ambos clérigos y profesores de universidad; y, entre los segundos, podemos destacar a Charles Lyell, abogado prestigioso que, a pesar de su fortuna familiar y personal, le dedicaba tanto tiempo y pasión a la ciencia como para dar clases en la universidad, y ser uno de los padres de la geología moderna, tras los pasos de su predecesor James Hutton. 
Hutton introdujo la noción del tiempo geológico, en gran escala, y enunció el principio geológico del uniformismo: “el presente es la clave para entender el pasado”. Por su parte, Lyell amplía las ideas de uniformistas Hutton en su obra Principios de Geología, destacando el carácter gradual de los fenómenos actuales para entender los pasados, en oposición a las explicaciones catastróficas del relato bíblico como el diluvio universal. Este libro de Lyell influyó notablemente en Darwin, cuando lo leyó, siendo muy joven durante el viaje de circunnavegación en el Beagle, que duró cinco años. Las posiciones gradualistas de Darwin, de las que dudaba en ocasiones, tenían este origen geológico y, como veremos más adelante, en biología, se oponían al catastrofismo de Cuvier.

Pero entre estos dos grupos de científicos –los clérigos y los hombres con fortuna personal suficiente- estaban emergiendo científicos de nuevo cuño: los científicos profesionales, que como profesores universitarios percibían un sueldo por su trabajo, pero sin ninguna vinculación a los oficios religiosos.
Darwin estableció contacto con muchos de estos científicos profesionales; y, entre los primeros estaba Robert Grant, profesor de la universidad de Edimburgo, que inició a Darwin en la metodología rigurosa de la recogida de muestras de invertebrados para su estudio científico. Grant era, además, un evolucionista, y, en este sentido, admiraba la obra Zoonomía del abuelo de Charles, Erasmus Darwin, así como el pensamiento de Lamarck. Joseph Hooker fue otro científico profesional, en el campo de la botánica, con el que Darwin mantuvo una constante relación de amistad y de respeto mutuo, aunque no compartieran muchas de sus ideas sobre el mundo natural.

Thomas Henry Huxley
Pero, sin duda, el científico profesional más importante para Darwin fue Thomas Henry Huxley, prestigioso profesor de anatomía comparada y gran protector de Charles, que defendió con gran convicción y fiereza El origen de las especies, hasta el punto de recibir el apodo de “Bulldog de Darwin”. Con la publicación del Origen, en 1859, Huxley encontró una nueva concepción evolucionista de la naturaleza con la que  enfrentarse a su colega anatomista Richard Owen (director de la colección de ciencias naturales del Museo Británico), y, a su través, a las ideas religiosas sobre la naturaleza. Como la mayoría de los anatomistas de la época, Owen era esencialista, se oponía a la evolución biológica, y creía en la existencia de “arquetipos” anatómicos básicos creados por Dios. 

Por su parte, Charles Darwin gozaba de una gran independencia económica, religiosa y política –no necesitaba trabajar para vivir, ni como clérigo ni como profesor universitario- por lo que, en principio, podría disponer de una total libertad de pensamiento; pero, como veremos, estas circunstancias le llevaron a padecer una enorme soledad: la soledad de un científico aficionado, firme defensor de sus ideas, de carácter conciliador en el trato personal, pero no acomodaticio ni condescendiente en el compromiso con su obra científica. Quizá no fuera totalmente consciente del alcance de su decisión de ser un científico independiente, al modo de Lyell, aunque Darwin no llegó a ser profesor de universidad. Recordemos que Darwin comenzó su carrera científica como geólogo, precisamente siguiendo los pasos de Lyell; pero es su paso a la biología -y, sobre todo, el descubrimiento de su teoría (“mi teoría”, como él la llamaba) la selección natural- el que marca su posición diferencial con el resto del mundo científico.

Circunstancias vitales que forjaron la obra de Charles Darwin

Pero, ¿cómo era Darwin? ¿Cómo era ese genio que dio un giro copernicano a la forma de ver la naturaleza, incluida la naturaleza humana como un producto más en ella? ¿De dónde surgió tanto talento? Aunque el tema es muy complejo, y no conviene simplificar, vamos a intentar aproximarnos a algunas de las circunstancias vitales que, al parecer, pudieron tener mayor significación en el desarrollo de la gigantesca obra de Darwin y en la aceptación que ésta tuvo en el mundo científico.
El mismo Darwin, en su autobiografía (Darwin 2009), agrupa sus recuerdos alrededor de tres etapas, destacando la importancia central del viaje del Beagle en el desarrollo de su carrera científica.

El pequeño Charles
La etapa de formación inicial –previa al viaje del Beagle- es donde Darwin analiza las características heredadas de sus padres: sus capacidades mentales congénitas y su temperamento, junto con los recuerdos, principalmente familiares y académicos, de las circunstancias que le llevaron a modelar inicialmente su mente y su carácter.
Charles Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en el seno de una familia acomodada, y, aunque sintió mucho la muerte de su madre, cuando tenía sólo ocho años, nunca le faltó el cariño familiar. Recuerda a su padre como “el hombre más cariñoso que he conocido”, y como “el hombre más grande que he visto”; pero, también le impresionaban, y mucho, su inteligencia y su enorme capacidad de observación, y, quizá por todo esto, Darwin temía defraudar a su padre, que era médico, al igual que su abuelo Erasmus –a su vez, también naturalista y poeta-; y, aunque Charles parecía estar abocado a seguir la carrera de medicina, él dudaba de sus capacidades para ello. De entrada, quizá acomplejado por las brillantes cualidades paternas, cuestionaba su propia capacidad mental: 

Mi padre, según le oí decir, creía que los recuerdos de las personas de mente poderosa se remontan, en general, muy atrás, hasta periodos muy tempranos de su vida. No es mi caso…”. “Antes de asistir al colegio fui educado por mi hermana Caroline…Me han contado que era mucho más lento para aprender que mi hermana menor, Catherine, y creo que fui en muchos sentidos un chico travieso”. 

El primer colegio de Charles fue sin internado, y de esa época él destaca su “gusto por la historia natural” y “la pasión por coleccionar”…”me sentía interesado, al parecer, ¡por la variabilidad de las plantas!”. El segundo colegio de Charles, en régimen de internado, fue el del Dr. Butler, también en Shrewsbury; donde permaneció siete años, hasta los 16, sin gran provecho: 

Nada pudo haber sido peor para mi desarrollo intelectual…” “Cuando deje el colegio no era ni avanzado ni retrasado para mi edad; creo que todos mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho corriente, más bien por debajo del nivel intelectual normal”. 

Pero lo que más le mortificaba era una frase que le espetó su padre: “Lo único que te interesa es la caza, los perros y cazar ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia”.
Quizá para entender todo el proceso de la enorme proeza de Darwin, convenga saltar al final de la historia. Ya en 1876, seis años antes de su muerte, Darwin escribe su autobiografía (Darwin, 2009) y, al final de la misma introduce un capítulo que lleva por título “Valoración de mis capacidades mentales”. A pesar de que, en ese momento, ya había publicado lo principal de su obra, y gozaba de gran prestigio y reconocimiento en el mundo científico, Darwin sigue viéndose como una persona poco brillante en sus capacidades intelectuales: 

No soy consciente de que mi mente haya cambiado durante los últimos 30 años”. “Sigo teniendo tanta dificultad como siempre para expresarme con claridad y concisión…, pero que, como compensación, ha tenido la ventaja de obligarme a pensar largo y tendido cualquier frase…”. “No poseo una gran rapidez de entendimiento o de ingenio, tan notable en algunas personas inteligentes, como, por ejemplo, en Huxley”. “Mi capacidad para el pensamiento prolongado y puramente abstracto es muy limitada; además, nunca habría tenido éxito en el terreno de la metafísica o las matemáticas. Mi memoria es amplia pero imprecisa…”. 

Ante la pérdida, en la edad madura, de los gustos estéticos (literatura, pintura, música) comenta: 

Mi mente parece haberse convertido en una máquina de moler grandes cantidades de datos para producir leyes generales…”.

Aun admitiendo algún grado de modestia en las opiniones de Darwin, no podemos hablar de falsa modestia; su sinceridad y honradez intelectual están fuera de toda duda. Para él, en su concepción monista materialista, la mente y la conciencia son realidades que resultan de la actividad del cerebro enfrentado a la búsqueda y al procesamiento de información del mundo exterior. En este sentido, Darwin también considera que posee algunas capacidades notables: 

Como saldo a favor, pienso que soy superior al común de los mortales para percatarme de cosas que no atraen fácilmente la atención y observarlas con cuidado. Mi diligencia en observar y recabar datos ha sido casi todo lo grande que podía ser…mi amor por la naturaleza ha sido siempre constante y ardiente… Desde mi primera juventud he experimentado un deseo fortísimo de entender o explicar todo cuanto observaba –es decir, de agrupar todos los datos bajo leyes generales-. Todas estas causas unidas me han proporcionado la paciencia para reflexionar o sopesar durante varios años cualquier problema inexplicado. Hasta donde puedo juzgar, no estoy hecho para seguir ciegamente la guía de otras personas. Me he esforzado constantemente por mantener mi mente libre…”. 
Y, ya en la última página, concluye: “Por tanto, independientemente del nivel que haya podido alcanzar, mi éxito como hombre de ciencia ha estado determinado, hasta donde me es posible juzgar, por un conjunto complejo y variado de cualidades y condiciones mentales. Las más importantes han sido el amor a la ciencia, una paciencia sin límites al reflexionar largamente sobre cualquier asunto, la diligencia en la observación y recogida de datos, y una buena dosis de imaginación y sentido común. Es verdaderamente sorprendente que, con capacidades tan modestas como las mías, haya llegado a influir de tal manera y en una medida considerable en las convicciones de los científicos sobre algunos puntos importantes”.

Caricatura de Huxley
Pero, ¿es realmente tan sorprendente que Darwin lograra explicar lo que John Herschel denominó “el misterio de los misterios”? De entrada, vamos a adelantar que la solución que dio Darwin al problema de la sustitución, en el registro fósil, de unas especies por otras similares -esto es, la sustitución de las especies extinguidas por otras nuevas- no satisfizo a Herschel, que calificó la selección natural de “ley sin orden ni concierto”. Como vimos anteriormente, la opinión de Herschel, y la de otros científicos amigos de Darwin, le produjeron un cierto desánimo. 
Por otra parte, el incondicional Huxley, “su perro guardián”, exclamó al escuchar la formulación de la teoría de la selección natural: “¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!”. Pero, ¿por qué es tan peligrosa la teoría de la selección natural como para provocar oleadas de indignación y desagrado, incluso en nuestros días? Y también, ¿cómo esta idea, aparentemente tan sencilla, tardó tanto tiempo en ser formulada? Además, ¿es la selección natural una teoría tan sencilla?

Para abordar estas preguntas vamos a retroceder a algunos aspectos de la etapa de formación académica de Charles, concretamente a su tendencia innata al coleccionismo y la clasificación; esto es, lo que hemos denominado el “qué” de la biología.
El gran fracaso en los estudios de medicina, en la Universidad de Edimburgo, se vio compensado por algunos contactos que Darwin realizó allí, y que le permitieron perfeccionar y profundizar sus conocimientos sobre recolección, tratamiento y clasificación de especímenes biológicos. En este sentido, el primero, y quizá el más importante, fue el, ya citado, doctor Robert Grant. También le fueron muy útiles unas clases de pago que recibió para aprender a disecar animales. Estos nuevos conocimientos le resultaron muy valiosos para su futura dedicación a la ciencia. 

Cuando su padre decidió mandarle a Cambridge a estudiar Teología, estableció allí nuevos contactos que le permitieron profundizar en su formación de naturalista. Así, siguiendo su tendencia natural, en Cambridge, Darwin estableció relaciones de amistad, fundamentalmente, con botánicos y geólogos. En los cuatro años que Darwin pasó en Cambridge (1828-1831), los dos profesores más decisivos para su futura carrera científica, fueron el botánico J. S. Henslow y el geólogo A. Sedgwick, ambos clérigos. Con este último emprendió un interesante viaje de trabajo para estudiar la geología del norte de Gales; Henslow había conseguido que pudiera ir como ayudante. 

Este profesor de botánica, con el que Darwin daba largos paseos, fue un verdadero amigo para él, y decisivo en su vida. Muy pronto le introdujo en su vida familiar, y llegó a darle alojamiento en su casa; pero su intervención más importante fue su recomendación para viajar en el Beagle, como naturalista no retribuido y alojado en el camarote del capitán Robert Fitz-Roy. Henslow tomó la decisión de implicar a Darwin en este viaje, porque estaba seguro de las capacidades de Darwin como naturalista, y porque también sabía que no era hombre de Iglesia; pero lo que él no podía intuir era el salto prodigioso que iba a dar la mente de este joven coleccionista apasionado por la naturaleza; Darwin tampoco. 

Así, tras una negativa inicial de su padre, el tío Josiah, mediante una sensata argumentación, terminó convenciendo a Robert de que este viaje sería muy conveniente para su hijo. El Beagle comenzó su singladura el 27 de diciembre de 1831; en él iba un nuevo Charles Darwin, lleno de dudas, pero dispuesto a tensar al máximo su nueva libertad y su amor por la naturaleza.
 
El viaje de circunnavegación del Beagle duró cinco años (1831-1836) y, como el mismo Darwin reconoce sería como un nuevo nacimiento, el comienzo de su segunda vida. Dejaba atrás preocupaciones y miedos, quizá el mayor el de defraudar las expectativas de su padre. Ahora, a sus veintidós años, tenía el mundo natural por descubrir; y, en mayor o menor grado, la confianza de sus profesores y familiares. Esta confianza se asienta en las mismas cualidades positivas que Darwin enumera en su autobiografía al final de sus días. Esas cualidades, que a Darwin le parecían de poco lustre para alcanzar la fama que alcanzó; para socavar los cimientos de la concepción sobre el mundo natural, que se tenía en la cultura occidental del momento.

Pero, para entender bien el proceso de transformación mental de Darwin, en este viaje, conviene señalar que, efectivamente, la mayoría de las cualidades propias -de las que Darwin nos habla en su autobiografía- ya estaban presentes en el joven Charles, antes de zarpar; pero, como veremos, en el periplo del Beagle, estas cualidades crecieron,  se trabaron y potenciaron. Así, como ejemplo del compromiso científico de Darwin al embarcar, tenemos que, en el viaje con Sedgwick, para estudiar la geología del norte de Gales, atajó por las montañas para poder llegar antes a su casa e ir a cazar: 

en aquel tiempo habría considerado una locura perderme los primeros días de la temporada de la perdiz por la geología o por cualquier otra ciencia”. 

Entonces, ¿qué hizo que Darwin cambiara tan radicalmente?
Muchas fueron las influencias que se fueron tejiendo para lograr esa profunda transformación en él. Quizá, entre ellas,  estuvieran sus primeras crisis serias con la religión, probablemente iniciadas por sus desavenencias con el capitán Fitz-Roy, un aristócrata profundamente religioso: 

El temperamento de Fitz-Roy era de lo más desventurado. Así lo demostraban no sólo su apasionamiento sino sus accesos de prolongada taciturnidad con quienes le habían ofendido. Era también un tanto suspicaz y, de vez en cuando, muy depresivo, hasta el punto de rayar en la locura en cierta ocasión. A menudo me parecía que carecía de sensatez o de sentido común”.

Una de las primeras discusiones importantes se inició en la localidad brasileña de Bahía, cuando Fizt-Roy “defendió y elogió la esclavitud, que a mí me parecía abominable”. La respuesta de Darwin “lo sacó de quicio” y comprometió su permanencia en el barco, aunque, “al cabo de unas horas, Fizt-Roy demostró su habitual magnanimidad enviándome a un oficial con sus disculpas y una petición para que siguiera compartiendo su camarote”. 

Fizt-Roy apreciaba la compañía de Darwin: le pesaba mucho la soledad que tenía que soportar un capitán de la marina británica, totalmente aislado al estar por encima del resto de la tripulación, oficialidad incluida; el estatus de Darwin, a bordo del Beagle, era distinto: Fizt-Roy cedía parte de su camarote para disfrutar de la compañía de algún joven culto y de buena familia, fuera de las relaciones jerárquicas del resto de la tripulación. Así pues, aunque muchas de las firmes opiniones de Darwin le encolerizaban, luego retornaba la calma y la conveniencia de mantener la compañía de Charles. Por el contrario, a él, de mucho mejor carácter pero firme en sus convicciones, le fue haciendo mella el comprobar que personas de fuertes creencias religiosas, como Fizt-Roy, pudieran tener ideas y comportamientos tan detestables. 

Los desencuentros entre ellos se extendieron al terreno de las interpretaciones de Darwin acerca de los fenómenos naturales, cada vez más alejados de las ideas fijistas y creacionistas que tenía al zarpar. Estos desencuentros llegaron hasta 1859, con la publicación de El Origen de las especies

Se mostró muy indignado conmigo por haber publicado un libro tan heterodoxo”.

Darwin resalta en su autobiografía (Darwin, 2009) la importancia de este viaje para la realización de su obra: 

El viaje del Beagle ha sido, con mucho, el acontecimiento más importante de mi vida y determinó toda mi carrera…Siempre he pensado que debo a aquel viaje mi primera formación o educación intelectual auténtica. Tuve que fijarme atentamente en varios campos de la historia natural, con lo que mejoró mi capacidad de observación, aunque ya estaba bastante desarrollada”. “La investigación de la geología de todos los lugares visitados fue mucho más importante, pues es en ella donde se pone en juego el razonamiento”.

Durante el viaje, Darwin estudió a Lyell, admirando la superioridad de sus argumentos sobre la del resto de los geólogos de la época, fundamentalmente su gradualismo, en oposición a los planteamientos catastrofistas de fijistas y creacionistas. Las primeras contribuciones científicas de Darwin fueron en este campo; y, así, describió y explicó la geología de Santiago, elevaciones y hundimientos que afectaban a volcanes, los orígenes y los efectos de los terremotos, también resolvió el problema de las islas de coral, entre otras aportaciones: 

Fue entonces cuando caí en la cuenta por primera vez de que, quizá, podía escribir un libro sobre la geología de los diversos países visitados por mí, lo que me hizo estremecer de placer”. 

Así, en 1842 se publicó La estructura y distribución de los arrecifes de coral; en 1845 la nueva edición, que corrige la de 1839, del Diario de investigaciones, donde relata sus impresiones del viaje del Beagle; y en 1846 se publica Observaciones geológicas sobre Sudamérica.

Por su parte, la biología le puso más dificultades para elevar sus conocimientos a teoría. Deslumbrado por la exuberancia del “qué”, le costó más explicar el “como” y el “por qué”: 

El esplendor de la vegetación de los trópicos…la sensación de sublimidad que me producían los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas de la Tierra del Fuego, cubiertas de bosques…La visión de un salvaje desnudo en su tierra nativa…Muchas de mis excursiones a caballo por territorios agrestes o en barca, algunas de las cuales duraron varias semanas…”. 

Inicialmente, en lo relativo a los seres vivos, Darwin observó, coleccionó, describió y clasificó, mejorando notablemente estas capacidades suyas con la práctica, pero lo hizo fascinado y abrumado por la lujuriante naturaleza que le rodeaba. No obstante, de forma imperceptible, Darwin iba tejiendo su singular trama de capacidades y experiencias que harían de él un gran científico. Así, en relación al viaje, le concede una gran importancia al 

hábito adquirido entonces de una enérgica laboriosidad y una atención intensa en todo cuanto emprendía. Procuraba que cualquier cosa sobre la que pensaba o leía influyera directamente en lo que había visto o era probable que viese; y mantuve ese hábito intelectual durante los cinco años de viaje. Estoy seguro de que fue ese entrenamiento lo que me ha permitido hacer todo cuanto he llevado a cabo en ciencia”.

La transformación que, en el viaje, estaba experimentando Darwin era notable. A diferencia de lo que decía cuando realizó, con Sedgwick, la excursión geológica al norte de Gales, ahora la ciencia ocupaba el primer lugar en su cabeza: 

mi amor por la ciencia se impuso gradualmente a cualquier otro gusto. Durante los primeros años revivió mi antigua pasión por la caza con una fuerza casi plena, y cacé por mi mismo todas las aves y animales de mi colección; pero poco a poco fui dejando el arma a mi criado cada vez más, y al final por completo, pues la caza constituía un obstáculo para mi trabajo, sobre todo para la comprensión de la estructura geológica de un territorio”.

El árbol de la vida, de Darwin
Pero, volviendo a la biología, es en las Galápagos y, posteriormente, en Australia donde Darwin empieza a ver algo de luz entre tanta espesura: 

el descubrimiento de las singulares relaciones entre los animales y plantas que poblaban las diversas islas del archipiélago de las Galápagos y las existentes entre todos ellos y los que habitan América del Sur”. 

Al final del viaje Darwin tiene ya una clara problemática biológica: concede una importancia a la distribución geográfica de las especies en el continente y en las islas, de manera que comienza a pensar en la transformación o modificación de unas especies en otras; y quizá barruntara también algo acerca del origen animal del hombre. Pero es en las Galápagos donde Darwin comienza a vislumbrar el árbol de la vida.
Comenzaba a tambalearse su visión creacionista, donde las especies aparecían fijas y estables, al tiempo que se afianzaban una serie de teorías parciales sobre la mutabilidad de las especies.

Darwin regresa a Inglaterra el 2 de octubre de 1836, y es un hombre completamente distinto del que partió cinco años antes. Es en este tercer periodo de su vida donde realiza su gran obra científica. Examina sus colecciones de materiales geológicos y biológicos, frecuentemente con ayuda de especialistas, prepara su diario de viajes, comunica sus observaciones y empieza a ordenar sus notas en cuadernos; de forma que, poco a poco, Darwin comienza a entender las principales observaciones realizadas en el viaje. 

Así, un tiempo después de su regreso, comenzó a explicar los hechos observados en las Galápagos, relacionándolos con la evolución divergente: en el continente había una especie de pinzón que fue el antecesor común de las diferentes especies de pinzones que poblaban cada isla, adaptadas a nichos ecológicos distintos, en la misma o en distintas islas.
Pronto empiezan sus primeras publicaciones, aunque, por distintos motivos, se resiste a publicar su teoría principal (“mi teoría” como decía él), la selección natural: 

No tardé en constatar que la selección era la clave del éxito del ser humano en la creación de razas útiles de animales y plantas. Pero durante un tiempo fue para mí un misterio cómo se podía aplicar la selección a organismos que vivían en estado natural.
El sendero de arena, por donde Darwin pensaba mientras paseaba
En octubre de 1838, es decir, 15 meses después de haber iniciado mi indagación sistemática, leí por casualidad y para entretenerme el libro de Malthus Sobre la población, y como, debido a mi larga y continua observación de los hábitos de los animales y las plantas, me hallaba bien preparado para darme cuenta de la lucha universal por la existencia, me llamó la atención enseguida que, en esas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de nuevas especies. Ahí tenía, por fin, una teoría con la que trabajar; pero me preocupaba tanto evitar cualquier prejuicio que decidí no escribir durante un tiempo ni siquiera el menor esbozo de la misma”. (Darwin, 2009).

¿Por qué tarda Darwin más de veinte años en publicar “su teoría” de la selección natural? ¿Tenía esta tardanza alguna relación con el mal estado de salud que aquejó a Darwin desde su paso por Chile, donde, al parecer contrajo la enfermedad de Chagas? Pero muchos autores creen que Darwin padecía también una neurosis, propiciada, en parte, por su lucha interna al tener que elegir entre ser uno de los mejores naturalistas de su tiempo, si no el mejor, como ya empezaba a ser reconocido, pero sin poner patas arriba las concepciones religiosas de la época; o ser honesto con sus sorprendentes descubrimientos, y asumir la responsabilidad de iniciar una auténtica revolución en las ciencias naturales. 

En primer lugar -ya al final del viaje y, sobre todo, al regresar a Inglaterra- Darwin se siente abrumado por la enorme cantidad de datos y hechos pendientes de ordenar y explicar. Además sabe que si saca a la luz “su teoría” va a provocar un auténtico terremoto; pero, ¿cómo guardarse ese descubrimiento? ¿Cómo disimularlo? Darwin evita entrar en liza con la religión; por prudencia pero también por respeto, fundamentalmente hacia familiares y amigos con sentimientos religiosos. No pretende enarbolar su ateísmo -que asoma inequívocamente en su planteamiento teórico materialista y monista- de forma abierta contra la religión; pero tampoco traicionar su pensamiento evolucionista. 

Darwin evita amablemente las dedicatorias de sendos libros, de Marx y del Dr. Aveling, en relación con el materialismo; pero es muy coherente y de una tremenda honestidad intelectual con su teoría. 
Así, Gould (2010) opina que Darwin sabía perfectamente a lo que se exponía con su planteamiento descarnadamente materialista: “Darwin había experimentado esta situación [persecución de las creencias materialistas] directamente como estudiante de la Universidad de Edimburgo en 1827. Su amigo W. A. Browne leyó un trabajo con una perspectiva materialista de la vida y la mente ante la Plinian Society. Tras largos debates, toda referencia al trabajo de Browne, incluyendo la referencia a sus intenciones de hacerlo público, fue eliminada. Darwin aprendió la lección, dado que escribió en el cuaderno de notas M: 

Caricatura burlona de Darwin
Para evitar poner de relieve hasta que punto creo en el materialismo, digamos tan sólo que las emociones, los instintos, los grados de talento, que son hereditarios, lo son porque el cerebro del niño se asemeja a la cepa parental”.

Marx y Engels no tardaron en darse cuenta de lo que había logrado Darwin… Es por ello que Marx le ofreció a Darwin dedicarle el segundo volumen de El Capital, pero Darwin rechazó amablemente la oferta…En 1880 escribió a Karl Marx:

Tengo la impresión  (correcta o incorrecta) de que los argumentos dirigidos directamente en contra del cristianismo y el teísmo carecen prácticamentede efecto sobre el público, y de que la libertad de pensamiento se verá mejor servida por esa gradual elevación de la comprensión humana que acompaña al desarrollo de la ciencia. Por lo tanto, siempre he evitado escribir acerca de la religión y me he circunscrito a la ciencia”. (Gould, 2010).

Por otro lado, en la introducción a la Autobiografía, (Darwin, 2009), Martí Domínguez introduce un apartado titulado El pensamiento religioso de Darwin según el doctor Aveling, donde cita “una carta cordial [de Darwin a Aveling], muy indicativa de su pensamiento”, con un texto idéntico al que Gould (2010) menciona en la carta que Darwin le escribió a Marx.

Darwin sabe que su teoría de la evolución por selección natural va a tener una enorme importancia liberadora para la humanidad, pero también sabe que va a tener enemigos poderosos en la religión, aunque quiere evitar enfrentamientos directos. Por ello, se declara agnóstico como Huxley (creador del término), aunque este tipo de soluciones no servían para mucho. Así, por un lado, el reverendo doctor Wace –director del King’s College de Londres- calificaba la posición de Huxley de “cobarde agnosticismo”, “pero su verdadero nombre es uno más antiguo: es un infiel…”. Por otra parte, en las filas del ateísmo tampoco eran muy complacientes con el agnosticismo: por ejemplo, F. Engels lo calificaba de “ateísmo vergonzante”.

En una larga conversación, sobre religión, de Darwin con Edward Aveling y Ludwig Büchner –posteriormente publicada, por el primero, en la editorial Free Thought Publishing- Darwin les preguntó qué entendían por ateísmo. Tras explicarle el sentido etimológico del término -ni negación ni afirmación, sólo privación de Dios- Darwin dijo: 

Aunque pienso como ustedes, prefiero el término agnóstico a la palabra ateo”. (Darwin, 2009). 

Darwin tenía mucha tarea por delante –para varias vidas- y tenía que elegir muy bien dónde dar la batalla. Ese “peso” de entenderlo todo, de elevar a teoría los hechos observados; y el miedo a las repercusiones, familiares y sociales, de su pensamiento –la soledad de Darwin- le produjeron mucho sufrimiento. Como hemos visto, en su teoría de la evolución por selección natural, propone que la mente y la conciencia humanas son productos del cerebro en evolución. Esto supuso un gran paso para una visión objetiva de la especie humana en la naturaleza viva; por fin liberada de la creación divina, dueña y responsable de su propio destino.

Charles Darwin nos demostró que la realidad se nos ofrece fácilmente cuando no queremos violentarla: basta con observar, describir, ordenar, relacionar, experimentar y, sobre todo, buscar la coherencia de la realidad con honestidad, con honradez intelectual, con planteamientos objetivos. Esa fue la fórmula magistral de las cualidades de Darwin. Pero sí, por el contrario, colocamos en el centro del problema lo que no es –por religión o por intereses espurios- entonces todo se retuerce y se complica, todo se llena de esferas armilares y de creaciones divinas.

La gran curiosidad y la honestidad intelectual de Darwin constituyeron la brújula que le permitió andar por la naturaleza sin prejuicios y sin intereses bastardos, alejado de soluciones acomodaticias y contemporizadoras. Sólo así consiguió desvelar algunos de los misterios de la vida que todos tenían ante sus ojos.


BIBLIOGRAFÍA

·      Darwin, C. (1980). El origen de las especies. Ed. Bruguera. Barcelona.
·      Darwin, C. (2004). El origen del hombre. Ed. Edaf. Madrid.
·      Darwin, C. (2009). Autobiografía. Editorial Laetoli. Pamplona.
·      Eldredge, N. (2009). Darwin. El descubrimiento del árbol de la vida. Katz Editores. Buenos Aires. Madrid.
·      Gould, S. J. (2010). Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural. Crítica. Barcelona.
·      Mayr, E. (2016). Así es la biología. Ed. Debate. Barcelona.