LA MUJER EN LA CIENCIA
En un mundo enloquecido y
desmemoriado donde las víctimas de ayer pueden ser los verdugos de hoy,
conviene ser riguroso a la hora de ponderar influencias y responsabilidades en
el análisis de cualquier fenómeno social. La posición de la mujer en la ciencia
ha evolucionado mucho de antaño a hogaño, aunque de una forma tortuosa. Ilustrar
los problemas específicos con los que han tenido que enfrentarse, a lo largo de
la historia, científicas como Hipatia de Alejandría, Madame Curie, Lise Meitner
o Rosalind Franklin es difícil en un relato breve; en algunos casos, los
obstáculos que encontraron para realizar sus investigaciones las llevó a buscar,
quizá con más fuerza, otros caminos. Pero, en cada caso, hay que evitar caer en
el maniqueísmo hagiográfico, alejarse de las categorías absolutas y –dado que
estamos valorando una actividad de índole intelectual– tener en cuenta las
múltiples facetas que operaron en el proceso que condujo a sus aportaciones
científicas y a su valoración social.
Por múltiples motivos –además
de su decisiva participación en la determinación de la estructura del ADN, también
el ser un referente para el feminismo–, voy a centrar este relato en la figura
de Rosalind Franklin (1920-1958): su carácter, su talento, su origen familiar y
su época.
Para empezar por esto último,
Rosalind nació poco después de finalizar la I Guerra Mundial en el seno de una
rica familia de banqueros judíos. Así pues, tanto su origen como la época que
le tocó vivir no constituyeron inicialmente un lastre para su formación
científica. El comienzo de su doctorado en Química Física coincide con el
inicio de la II Guerra Mundial, momento en el que la británicas eran bien
recibidas y valoradas por su entusiasta incorporación a múltiples tareas
relacionadas con el conflicto bélico. En este escenario, algunos protagonistas
masculinos, implicados en la trayectoria científica de Rosalind, tuvieron una
intervención importante en aspectos técnicos de la industria de guerra, y tres
de ellos (John Randall, Maurice Wilkins y Francis Crick) tuvieron ocasión de trabajar
juntos y establecer relaciones, las cuales se mantuvieron profesionalmente
durante las posteriores investigaciones que condujeron a la determinación de la
estructura del ADN. Otros dos (John Desmond Bernal y Linus Pauling, auténticos
genios, apodados como “el sabio” y “el gran hombre”, respectivamente, en el
mundo científico) mantuvieron planteamientos ideológicos de izquierdas, lo que les
ocasionó diversos problemas. Como veremos, no todos los tropiezos que sufrió
Rosalind fueron por su condición de mujer, sino por toparse con un torbellino
de ambición desmedida, del que también fueron víctimas algunos hombres. Vamos a
intentar vislumbrar las influencias relativas de todos los factores de esta
historia.
Como ya hemos dicho, el origen
familiar propiciaba económicamente la educación y formación científica de
Rosalind, al más alto nivel, aunque se encontró con la oposición de su padre a
su decisión de iniciar estudios superiores de química, llegando a retirarle su
asignación. Una tía, por parte de padre, asume los gastos del Colegio de
Cambridge hasta que su hermano rectifica su negativa. No obstante su origen judío,
Rosalind se declaró agnóstica por convicción intelectual.
Durante la guerra, ya iniciada
su tesis doctoral emprende unos estudios sobre el carbón, que no solo fueron una
contribución importante para su país en ese momento, sino que tuvieron una
proyección posterior en las investigaciones sobre el carbono. Al acabar la
guerra, se doctora con estos estudios. En 1947, marcha a París como
investigadora postdoctoral, donde adquiere una gran pericia en las técnicas de
cristalografía de rayos X. Durante su paso por la Francia de la inmediata postguerra
compartió el ambiente de libertad, igualdad y fraternidad que allí se respiraba.
Enamorada de Francia –y, especialmente, de un París efervescente de cultura y
libertad para las mujeres, también en su centro de investigación–, no echó de
menos el machismo de las instituciones británicas, con el que se estrelló a su
vuelta a Londres en 1951.
Rosalind, consigue una plaza
en el King’s College de Londres, un centro con un rancio orgullo por las
tradiciones, como la de prohibir la entrada a las mujeres en salas exclusivas
para hombres. Al respecto, en su libro Qué loco propósito Francis Crick
comenta:
Se
ha hablado de las desventajas que Rosalind tuvo que sufrir por ser científica y
mujer a la vez. Indudablemente había restricciones muy irritantes –no podía
tomar café en una de las salas de la facultad que estaba reservada a los
hombres–, pero solo eran trivialidades, o al menos así me lo parecían entonces.
Más adelante añade:
Algunas
veces las feministas han intentado convertir anticipadamente a Rosalind en una
mártir de su causa, pero no creo que los hechos apoyen esta interpretación.
Aaron Klug, que conocía bien a Rosalind, me comentó una vez, haciendo
referencia a un libro de una feminista, que «Rosalind lo hubiera detestado». No
creo que a Rosalind le hubiera gustado verse como un cruzado o una pionera.
Pienso que tan solo pretendía que la trataran como a una científica seria.
De
todos modos, el trabajo experimental de Rosalind era de primera categoría. Es
difícil pensar cómo podría ser mejorado. Sin embargo, no se sentía tan a gusto en
la interpretación de las fotografías de rayos X. Todo lo que hacía era
perfecto, casi demasiado perfecto. Carecía del empuje de Pauling.
En estas opiniones de Crick,
escritas en 1988, se recoge perfectamente el ambiente en la Gran Bretaña de los
años 50. De hecho, Rosalind reaccionó frente a esto practicando un feminismo de
exigencia y perfección en el trabajo, muy diferente del estilo de
aprovechamiento improvisado que practicaba Watson, buscando datos por todos los
medios. Y, realmente, el conflicto de intereses entre el tándem Watson-Crick y Franklin
no fue tanto fruto del machismo, sino del ego y la competitividad desmedida de ellos,
dirigidos por los planes ambiciosos de Watson. De hecho, Linus Pauling y Erwin
Chargaff también fueron víctimas de este juego.
Después de resolver el
problema de la estructura del ADN, Watson y Crick emprendieron caminos
diferentes, pero en sus respectivos libros cruzan, más o menos sutilmente,
opiniones críticas entre sí. Así, en La doble hélice (1968) Watson
comienza el libro con «Nunca he visto actuar a Francis Crick con modestia». Por
su parte, Crick, en su libro Qué loco propósito (1988) nos habla de la frivolidad
y la ambición desbordada de Watson (comentada también por él mismo en La
doble hélice):
Recuerdo
que cuando Jim estaba escribiendo su libro, me leyó un capítulo… Me resultaba
difícil tomar en serio su relato. «En realidad, a quién podría interesarle leer
algo así?», me pregunté. ¡Qué equivocado estaba!
Al
adulto medio solo suele gustarle algo si está relacionado con aquello que él
conoce de antemano, y lo que sabe sobre ciencia en muchos casos es,
lamentablemente insuficiente. Es más fácil que a la gente le gusten las
historias de disputas, frustraciones y rencores, sobre un fondo de fiestas,
chicas extranjeras y paseos por el río en bote, que los detalles científicos
involucrados.
Y más adelante:
La
única sorpresa del libro es la referencia que Jim hace sobre su concepto del Premio
Nobel. Ni Max Perutz, ni John Kendrew ni yo lo oímos hablar nunca a Jim, por lo
que si realmente pensaba así sobre Estocolmo lo había disimulado muy bien. Para
nosotros, él parecía estar muy motivado por la importancia científica del
problema. En lo que a mí respecta, no se me ocurrió pensar que nuestro
descubrimiento fuera merecedor del premio hasta 1956, y entonces solo debido a
un comentario casual que Frank Putnam me hizo sobre el tema.
Por otra parte, los
comentarios despectivos hacia Rosalind Franklin, fundamentalmente por parte de
Watson, formaban parte de los conocidos malos modales de la pareja de
científicos, frecuentes con sus compañeros masculinos; aunque, a diferencia de
Watson, Crick no temía enfrentar sus ideas científicas y defender su paternidad
sobre ellas ante colegas de la talla y posición de Sir Lawrence Bragg, lo que
estuvo a punto de costarle su continuidad en el LMB de Cambridge.
Por otra parte, el muñidor de la
estrategia dirigida a la obtención de datos para la determinación de la
estructura del ADN fue Jim Watson, como él nos cuenta explícitamente en su
libro, tejiendo una red de relaciones con familiares, colaboradores y amigos de
las fuentes de los datos que él codiciaba: Linus Pauling y Rosalind Franklin,
principalmente.
Aunque Crick había trabajado
junto a Wilkins para el Almirantazgo, durante la guerra, en el desarrollo del
radar y de minas magnéticas, bajo las órdenes de John Randall, no se aprovechó
de ello durante sus investigaciones posteriores. Al finalizar la guerra, Randall
organizó un departamento de Biofísica en el King’s College de Londres, e
incorporó a Wilkins en él.
Durante la guerra Maurice
también había participado en el proyecto Manhattan (para la fabricación de la
primera bomba atómica) desarrollando métodos de separación de isótopos de
uranio, pero no era un especialista en cristalografía de rayos X. Esto hizo que
Randall contratara a Rosalind Franklin –que ya era reconocida como una gran
experta en este tema– para trabajar en la estructura del ADN. Los problemas
entre Rosalind y Maurice surgieron porque Randall no definió adecuadamente la
posición de ellos dos en la investigación: Wilkins pensó que ella iba a ser su
ayudante, mientras que Franklin creía que iba a trabajar como investigadora
independiente. Esta situación, junto el rígido ambiente del King’s College, tan
distinto del que disfrutó en París, supuso un auténtico calvario para Rosalind,
por lo que en 1953 terminó yéndose al Birbeck College de Londres, junto a
Bernal, hasta su prematura muerte por cáncer de ovario, en 1958, con tan solo 37
años, enfermedad seguramente influida por la radiación recibida durante sus
investigaciones. En este último periodo llevó a cabo importantes
investigaciones, como la caracterización estructural del virus del mosaico del
tabaco (TMV), entre otras. En el Birbeck, un bioquímico recién doctorado, Aaron
Klug, se unió al equipo de Rosalind Franklin, resultando de ello una magnífica
colaboración (hecho que contradecía la mala fama de investigadora tozuda y
arisca que le colgaron Wilkins y Watson). Pero la mala suerte siguió
persiguiendo a Rosalind: el día anterior a la presentación oficial de la
estructura del TMV en Bruselas, murió de cáncer de ovario. Klug, continuó con
una brillantísima carrera investigadora y consiguió el Premio Nobel de Química
en 1982.
Esta historia, como todas,
está cargada de contingencias que la orientan decisivamente, aunque algunas de
ellas presentan el denominador común de una nueva época marcada por la
denominada guerra fría. Si la educación y el inicio de la formación científica
de Rosalind Franklin se produjo en el periodo de entreguerras, su trabajo como
investigadora se desarrolló en plena guerra fría, la cual, con todas las
derivas ideológicas, perjudicó a muchas personas del mundo de la ciencia y la
cultura en general. Sin entrar a fondo en el tema, solo quiero esbozar
someramente algún episodio de dos científicos implicados en esta historia.
Uno fue el gran J. D. Bernal
que acogió a Rosalind en sus últimos años, cuando él tenía una posición institucional
más débil de la que le correspondía por sus méritos, debido a su militancia
comunista. Tratamiento injusto a un británico que, además de su ingente trabajo
científico en tiempos de paz, desplegó una enorme actividad científico-técnica durante
la contienda. Entre otras muchas cosas, inventó unos puertos prefabricados que
se emplearon en el desembarco de Normandía. Además, no solo planificó el
desembarco sino que participó en él. Dicho sea de paso, todavía más dramático
fue el tratamiento que recibió el gran matemático Alan Turing, pionero de la
informática y criptógrafo que descifró los códigos nazis, y con ello logró
salvar muchas vidas y contribuyó al fin de la guerra. Pero en 1952, su carrera fue
bruscamente interrumpida al ser procesado por homosexualidad. Tras someterse a
un tratamiento de castración química para evitar la cárcel, murió dos años
después por envenenamiento con cianuro.
El otro científico, no menos
grande, fue Linus Pauling, que también contribuyó de formas muy variadas en el
conflicto bélico, tanto en la producción de sustitutos del plasma sanguíneo
como con la fabricación de explosivos y combustible para misiles, incluso un
detector del nivel de oxígeno para submarinos. Rechazó una proposición de
Oppenheimer para encabezar el Departamento de Química del Proyecto Manhattan. Recibió
la Medalla Presidencial al mérito, pero las bombas atómicas lanzadas sobre
Hiroshima y Nagasaki le impulsaron a emprender una campaña de activismo pacifista
que le generó problemas, especialmente durante el periodo del Macartismo (1950-1956,
conocido como caza de brujas, por la persecución de izquierdistas en USA);
aunque por ello obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1962, curiosamente el mismo
año en que les fue otorgado a Watson, Crick y Wilkins el de Fisiología y
Medicina. Uno de los principales problemas que tuvo Pauling, que seguramente afectó
a Rosalind Franklin sin ella saberlo, fue la confiscación de su pasaporte en
1952 cuando iba a viajar a Londres para asistir a un congreso donde estaban
todos los personajes de esta historia… Como Watson cuenta en su libro La
Doble hélice, él temía el encuentro entre Linus y Rosalind. Es muy posible
que el intercambio de información entre ellos dos hubiese sido muy beneficioso
para ambos, pero no pudo ser. La historia de Rosalind Franklin podría haber
sido muy distinta sin guerra fría y con una sociedad más justa e inclusiva.
BIBLIOGRAFÍA
Watson, James D. La doble hélice. Alianza editorial (2023).
Crick, Francis. Qué loco propósito. Tusquets editores (2008).
Valpuesta, José María. A la búsqueda del secreto de la vida. Una breve historia de la Biología Molecular. Editorial Hélice (2008).