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sábado, 13 de junio de 2026

 

MODELOS CIENTÍFICOS

 

Cuando hablamos de modelos científicos es muy probable que la primera imagen que nos venga a la cabeza sea el modelo molecular del ADN de Watson y Crick. Esto es comprensible porque, en mayor o menor medida, esta imagen encierra la mayoría de los componentes que pueden intervenir en el desarrollo del conocimiento científico desde sus orígenes: método científico y filosofía; pero también ambición, poder, astucia, audacia…, todo con el trasfondo político e ideológico de la época. En mayor o menor medida, esto estuvo presente en el nacimiento del modelo del ADN, que sus parteros proclamaron a los cuatro vientos como el descubrimiento del secreto de la vida.

En convocatorias de Hypatia café anteriores he tratado algunos detalles alrededor del descubrimiento de este modelo científico (entre otros) y los métodos empleados para establecerlos: La mujer y la ciencia (febrero de 2025), Instrumentos (diciembre de 2026), Mitos (enero de 2026) y Paradojas (mayo de 2026). Así pues, en el sentido amplio del término modelo científico, hemos visto interpretaciones o explicaciones simplificadas de la realidad a partir de la observación de los fenómenos naturales y el análisis de los datos experimentales obtenidos: modelos sobre la información biológica, sobre la estructura de las proteínas, sobre el origen y evolución de la vida; todos ellos con sus respectivos marcos filosóficos. En el tema de este mes quiero ahondar en algunos aspectos de las etapas que conforman (como modelo de conocimiento objetivo) el denominado método científico, centrándome, sobre todo, en la interpretación de los datos bien establecidos.

El denominado método científico como modelo de conocimiento objetivo de la realidad parte del análisis del objeto (ob-jectum, lo que está delante), lo objetivable: disponible y manejable, que, procurando evitar las falsas creencias y prejuicios, proporciona un camino lo más seguro posible para acumular resultados. En su Novum organum, Francis Bacon propone un método que depure de idola el pensamiento y de imprecisión los sentidos. Con este plural de idolum (del griego eidolon: imagen o figura), Bacon quiere referirse a las formas, imágenes o visiones que representan la realidad esencial, frecuentemente cargadas de prejuicios y errores. Ya en castellano, ídolos es un término que presenta muchos significados y sinónimos… Unos se agrupan en torno a la imagen de una falsa deidad o divinidad: fetiche, tótem, efigie, amuleto… Otros giran alrededor de una persona o cosa amada, admirada o preferida con exaltación: héroe, favorito, mito, campeón…, pero, también, modelo. De alguna manera, la ciencia ha tratado de hacer el camino de adquisición objetiva de conocimiento de la naturaleza, evitando los falsos ídolos que distorsionan la realidad…; pero el camino (el método) está sembrado de dificultades.

Francis Bacon propuso un método inductivo para poder obtener un conocimiento preciso y objetivo de la realidad mediante su observación detallada, y experimentación, seguidas de la elevación de los hechos concretos (hallazgos o experimentos) a leyes generales; es decir, el camino inverso al antiguo razonamiento deductivo ‒de lo general a lo concreto‒ que frecuentemente partía de ideas o teorías mal establecidas y preñadas de prejuicios: los idola que Bacon pretendía sacar del pensamiento científico.

Bacon distinguía cuatro tipos de ídolos de la mente:

·     Ídolos de la tribu. La naturaleza humana nos lleva a recrear un mundo ordenado idealmente de acuerdo a nuestros deseos.

·  Ídolos de la caverna. Cada individuo crea sus propios prejuicios de acuerdo a su temperamento y carácter, que, junto a su educación y cultura, moldean sus gustos.

·    Ídolos del foro. Distorsión de la realidad originada por el malempleo de palabras con un significado impreciso.

·       Ídolos del teatro. Realidades de ficción creadas por ideas antiguas.

Estos cuatro idola de la mente, propuestos por Bacon, denotan en él una consideración unitaria del cerebro y la mente, resultando esta última de la continua interacción del cerebro con el medio social del individuo.

Así pues, Bacon inicia un camino para abordar el conocimiento científico objetivo, con un pensamiento depurado de idola; pero la objetividad del método inductivo necesita de la mirada atenta y el consenso de toda la comunidad científica para evitar el riesgo de contaminaciones. Tras la iniciativa de Bacon, el método científico se fue ampliando, fundamentalmente en la naciente Física, con los desarrollos matemáticos de Galileo, Descartes y Newton. Con ellos comenzó un método que combina la inducción con la deducción: el método hipotético deductivo.

Con la incorporación de las matemáticas, se inicia un periodo de cuantificación y mediciones precisas (sistemas de unidades) que lleva a un mejor diseño experimental y a la elevación de los resultados a leyes generales. Además, las matemáticas otorgan precisión y objetividad no solo al planteamiento inductivo (de lo concreto a lo general), también al deductivo (de la ley general a la predicción de un suceso concreto y su comprobación). Con el método hipotético-deductivo, Newton cierra y eleva el círculo entre el empirismo inductivo inicial de Bacon y el abordaje experimental de Galileo con el empleo de las matemáticas, por este y por Descartes.

No obstante, el tránsito entre el mundo precientífico y el nacimiento de este método no fue fácil y, además, no todas las ramas del conocimiento aprovechan sus bendiciones de igual manera. Tampoco los idola (que atormentaban a Bacon) desaparecen del todo. Para ilustrar esto voy a referirme a unos sucesos históricos que afectaron al mismísimo Galileo.

Esta historia de Galileo (narrada por S. J. Gould en su libro Las piedras falaces de Marrakech), tiene que ver con su pertenencia a una célebre sociedad científica, la Academia de los Linces, fundada en 1603 por el joven Federico Cesi junto a tres amigos, entre los que se encontraba Francesco Stelluti, amigo personal y gran defensor de Galileo. El quinto miembro de los Linces fue el anciano Giambattista Della Porta, que mantendría una tensa relación con el sexto: Galileo Galilei. En efecto, tras la fundación inicial de la Academia, las últimas incorporaciones propiciaron el enfrentamiento entre dos mundos: el antiguo, a caballo entre el pensamiento mágico y la ciencia (los idola de Bacon), y el nuevo, impulsado por Galileo y su método científico, totalmente empírico y objetivo. El choque era inevitable debido a sus diferentes posiciones filosófica y epistemológica y, de forma más directa, por la prioridad acerca del desarrollo del telescopio. Aquí veremos alguno de los límites del empirismo: sus virtudes y defectos.

Cesi, escogió el lince como emblema para su Academia, ya que era largamente considerado como el cuadrúpedo de vista más penetrante. Era una muy buena elección en un momento en el que la observación directa de la naturaleza y su descripción ganaba adeptos. La incorporación de Galileo al grupo inicial de la Academia de los Linces no hizo sino reforzarlos en este sentido; y no solo por su nuevo método empírico objetivo, también por el desarrollo tecnológico mejorado que puso a punto para la observación y el análisis de los objetos: su telescopio y su microscopio, dos instrumentos que ya entonces permitían ver como el mejor de estos felinos; además, estos no solo son famosos por su visión penetrante sino también por su astucia. Llevadas estas características a los objetivos científicos de la Academia se podrían traducir en agudeza visual y capacidad mental: observación y teoría, las dos formas complementarias de mirar a la naturaleza.

Galileo y Stelluti estuvieron vinculados por múltiples relaciones, pero también por un error metodológico relacionado con la necesaria complementariedad entre observación y teoría. El error de Galileo y su tratamiento en los libros de historia de la astronomía –como bien señala Gould– también nos ofrece alguna enseñanza sobre la naturaleza humana de la ciencia: en estos textos los grandes científicos suelen ser tratados de “manera heroica o hagiográfica”, y sus errores ocultados o minimizados. Al parecer Galileo vio los anillos de Saturno en su primitivo telescopio, pero le faltó altura teórica (la nueva forma de ver) para interpretar lo observado, quizá temeroso de asombrar al mundo aún más de lo que ya lo había hecho. Así pues, en el nuevo mundo de la naciente ciencia –donde, coincidiendo con Bacon y Descartes, adquiría el máximo valor metodológico la observación personal sin añadidos, objetiva y directa, frente a las verdades del mundo clásico, fundamentadas en razonamientos lógicos– describió el planeta como un cuerpo triple.

Para subrayar la importancia de la teoría en el método científico voy a recurrir a tres citas fundamentales para entender la historia de la ciencia:

Erwin Schrödinger resumía la importancia de la teoría con una expresiva frase: “se trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven”. Esta recomendación es parecida a otra previa de J. W. von Goethe: “todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo.” Las dos marcan perfectamente la diferencia entre los hechos –la descripción formal de lo que cualquiera puede ver– y la teoría, la visión mental, la elaboración conceptual e interpretativa de los hechos. Pero es aún más relevante el enorme valor que conceden a la teoría, incluso por encima de los hechos. La teoría es la nueva forma de ver, y esta nueva visión permite al científico conquistar nuevo conocimiento. Copérnico, Galileo y toda la humanidad, anterior y posterior a ellos, han visto objetivamente cómo el Sol sale por el este y se pone por el oeste; pero, desde la nueva visión (la teoría heliocéntrica), sabemos que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra sino al revés. Este conocimiento fue la atalaya desde donde la observación del espacio nos ha conducido a nuestra visión actual de un universo en expansión. A este respecto, Darwin también le concedió una gran importancia a la teoría, y cuando llegó a elaborar la suya de la selección natural, escribió: “Al fin tengo una teoría desde la que poder observar”.

Así pues, los hechos pueden mantenerse de forma terca e invariante, y existir una o más teorías, coetáneas o no, que los expliquen mejor o peor y que permitan nuevas observaciones y experimentaciones para ponerlas a prueba, esto es, las refuten o no.

Gould coincide con Darwin, Goethe y Schrödinger, entre otros muchos, al conceder una importancia fundamental a la teoría en la observación, en la descripción de los hechos y en la interpretación de los resultados experimentales, cuando afirma: “La idea de que la observación puede ser pura e inmaculada (y, por lo tanto, incontestable), y de que los grandes científicos son, por implicación, personas que pueden liberar sus mentes de las restricciones de la cultura que los rodea y llegar a conclusiones estrictamente mediante experimento y observación libres de trabas, unidos a un razonamiento lógico, claro y universal con frecuencia ha causado daño a la ciencia al convertir el método empírico en una consigna.”

Así pues, sabemos que la naturaleza es experimentable porque ella es experimentadora; pero, para no caer en la metafísica, los científicos deben seguir vigilando los posibles idola de la mente, que acechan tanto en los enunciados observacionales de los hallazgos como en la interpretación de los datos experimentales. Igual que las piezas de un puzle, los datos pueden presentar la solidez que les otorga el método experimental, pero deben imbricarse en el sitio correcto para interpretarlos y poder componer un modelo general de la naturaleza en evolución. A este respecto, Kant nos ofrece unas reflexiones que hay que tener en cuenta. En sus publicaciones Crítica de la razón pura y Prolegómenos a cualquier metafísica futura que quiera presentarse como ciencia, Immanuel Kant plantea abiertamente: ¿puede la metafísica convertirse en ciencia? Él tiene como modelos la física y las Matemáticas, mientras que considera la metafísica como un conocimiento ajeno a la experiencia directa: “un conocimiento a priori, o de la razón pura”. Kant, propone, como camino seguro, interrogar como un juez a la naturaleza: “la razón debe abordar la naturaleza llevando en una mano los principios que dicen que solo los fenómenos concordantes pueden ser considerados como leyes, y en la otra, el experimento que ella haya proyectado a la luz de tales principios. Este abordaje, no lo hará en calidad de discípulo, sino de juez que obligue a los testigos a responder a las preguntas que él les formula”.

Hemos visto que las leyes de la naturaleza comienzan a asomar en la mente de los científicos en el siglo XVII, pero inicialmente solo en la física, poco después en la química y mucho más tarde en la biología. Esto es consecuencia del   aumento de la contingencia en la evolución de los seres vivos respecto a los niveles de integración inferiores (molecular, atómico y subatómico) menos complejos y, por lo tanto, mucho más regulares y predecibles. Por eso, la biología tiene algunas particularidades respecto a las otras ciencias naturales: tiene menos leyes, es histórica y resulta más difícil de matematizar. Los grandes sucesos contingentes en biología son hechos históricos irrepetibles que no pueden enunciarse como leyes, pero que dejan su huella evolutiva en la estructura y en la función de los seres vivos. Solo la necesidad de los fenómenos (lo que no puede dejar de ser) puede elevarse a ley, también en aquellos donde estén implicados los seres vivos y sus procesos. En la evolución biológica cada contingencia concatena necesidades imperativas (físicas y químicas) previas con nuevas necesidades (cada vez más fisiológicas), aquellas que son propias de las estructuras seleccionadas en la última contingencia.

El enorme dinamismo y complejidad de la vida hizo que Kant afirmase: “nunca habrá un Newton de la brizna de hierba”; expresando con esa frase la imposibilidad de la física newtoniana para poder explicarla mediante sus principios matemáticos.

viernes, 14 de marzo de 2025

 

LO GRANDE Y LO PEQUEÑO EN LA NATURALEZA

 

Las distintas formas de ver la naturaleza

¿Quién no ha quedado alguna vez embelesado ante las fascinantes manifestaciones de la naturaleza?: volcanes en erupción, grandes ríos y cascadas, montañas, desiertos, la lujuriante vegetación de las selvas tropicales, el trepidante dinamismo de las especies animales en la sabana y en los océanos; o la plácida observación de la grandeza del universo una noche estrellada, con un buen telescopio… Pero también los seres y estructuras minúsculas que podemos ver con el microscopio.

Los instrumentos que nos permiten visualizar la inmensidad del universo y lo diminutamente pequeño, no bastan; necesitamos también una forma de ver, una nueva mirada, esto es, una teoría. Erwin Schrödinger resumía la importancia de la teoría en la ciencia con una expresiva frase: «Se trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven». Esta recomendación es parecida a otra previa de J. W. von Goethe: «Todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo». Las dos marcan la diferencia entre los hechos –la descripción formal de lo que cualquiera puede ver– y la teoría, la visión mental, la elaboración conceptual e interpretativa de los hechos.

Así, pues, para que un objeto pueda ser analizado y conocido no es suficiente con descubrirlo, hace falta una teoría que lo interprete; como se ilustra perfectamente con los descubrimientos que el telescopio y el microscopio ponen delante de nuestros ojos, ambos instrumentos nos ayudan a ver, pero siempre es una teoría –como la teoría heliocéntrica– la que nos permite observar e interpretar.

 

Lo grande y lo pequeño tienen distinta consideración

Las observaciones llevadas a cabo por pioneros como A. Leeuwenhoek y R. Hooke del universo microscópico, pero carentes de explicación teórica, solo pusieron de manifiesto un mundo desconocido que frecuentemente descentraba a los naturalistas, ya abrumados con sus problemas de clasificación de seres macroscópicos. Así, el pensamiento de la época no sabe qué hacer con esta explosión de diversidad microbiana, y a lo más que llega es a reavivar la discusión entre partidarios y detractores de la idea de generación espontánea.

Aunque esta idea vitalista arranca de los filósofos griegos, aquí vamos a relacionarla con la visión medieval de una cadena continua de los seres creada por Dios, en una naturaleza que opera como mero agente divino y donde las reposiciones de los eslabones se producían mediante generación, especial o espontánea, tanto de los seres vivos (esta última, en las formas inferiores) como de los minerales. En el siglo XVI, todo aparece embrollado de forma caprichosa, resultado del designio divino. Reaparecen las ideas aristotélicas, pero teñidas de las creencias de la escolástica: todo ser se explica por la unión singular de materia y forma. No hay leyes naturales que permitan entender a los seres y sus procesos; la naturaleza aparece ligada a la voluntad de Dios, pero no como el resultado acabado de su obra, sino como su agente ejecutor: el que da forma a la materia y genera permanentemente los seres –ríos, montañas, planetas, animales, plantas, etc.– manteniendo y dirigiendo su creación. Resultado de esta creación divina, cada ser vivo es un eslabón de la cadena continua de los seres, que une todos los objetos de este mundo. El creador se vale de la generación para conservar un mundo creado por él.

 Por una parte, animales y plantas pueden engendrar semejantes, por generación especial, mediante la unión por la acción de Dios de la materia y la forma, aunque en este caso los padres no sean más que la sede de las fuerzas –el alma y el calor innato del líquido seminal– que unen la materia con la forma.

Por otra parte, los seres considerados inferiores –gusanos, moscas, serpientes, ratones, etc.– no nacen de la simiente, sino por generación espontánea desde la materia en putrefacción, la suciedad y el barro, bajo la acción del calor del sol.

 

Refutación de la generación espontánea y teoría celular

Muy sucintamente, en el siglo XVII, Francesco Redi demuestra experimentalmente que la carne putrefacta «no criaba gusanos por sí misma», sino que aquellos procedían de los huevos previamente depositados por una mosca.

Con el avance de la microscopía, se abre de nuevo la posibilidad de que los microorganismos pudiesen surgir por generación espontánea. En el siglo XVIII, Lázaro Spallanzani demuestra que estos proceden de huevos y esporas, calentando agua en un recipiente tapado hasta ebullición evitando su contaminación. Pero los partidarios de la generación espontánea objetaron que la fuerza vital no podía entrar con el aire en un recipiente tapado.

Tuvieron que pasar otros cien años hasta que Louis Pasteur ideara unos experimentos para demostrar que los microorganismos solo aparecen como contaminantes del aire, y no espontáneamente. Utilizó unos matraces en cuello de cisne que permitían la entrada de oxígeno que se consideraba necesario para la vida, pero que con sus cuellos largos y curvos atrapaban las bacterias, las esporas de los hongos y otros microorganismos evitando que su contenido se contaminase tras la ebullición. Pasteur proclamó: «La vida es un germen y un germen es vida».

Alrededor de 1860 se vive un momento de gran esplendor de la biología: con la refutación de la polémica generación espontánea, nace la microbiología experimental; y, además, la teoría celular –que define la unidad mínima de vida–, la teoría de la evolución por selección natural –con la publicación del libro de Darwin El origen de las especies– y los experimentos –acerca de la transmisión hereditaria de caracteres a lo largo de generaciones de seres vivos– de Mendel, que son el origen de la genética.

 

Antes de entrar, dejen salir: el origen de los virus

Esta norma, de lo que se conocía como urbanidad en mi infancia, aparecía en las puertas de los vagones del metro. Aunque, actualmente desaparecida, vuelve a ser reivindicada, no es ese mi propósito aquí, sino más bien utilizarla para plantear un problema biológico aparentemente simple, y también relacionado con la consideración del tamaño: el origen de los virus.

Unas décadas después de enunciarse la teoría celular, en los albores del siglo XX, se descubren los virus. A pesar de su abundancia y de estar en casi todos los ecosistemas terrestres, los virus no son considerados seres vivos porque no cumplen los criterios de unidad mínima de vida de la teoría celular: son parásitos celulares obligados, para su replicación. Pero lo más notable de esto, es la muy alta especificidad que presentan por un determinado tipo celular y, en su caso, por la especie pluricelular: por ejemplo, dentro de los virus que ocasionan el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) todos infectan específicamente los linfocitos T auxiliares (Th), y no otros linfocitos –especificidad de tipo celular–, pero además son distintos y específicos los que, por ejemplo, infectan a humanos (virus de inmunodeficiencia en humanos, VIH) de los que infectan a felinos (VIF).

Dada esta notable especificidad por el tipo celular donde, como parásitos obligados: entran, se replican y salen… Vuelven a infectar: entran se replican y salen… Sin entrar aquí en muchas más prolijas consideraciones, la pregunta es: ¿por qué primero entrar y no salir? Si los virus surgieron inicialmente como vesículas celulares, reduciríamos el problema de encontrar la especificidad de estos para cada tipo celular mediante aciertos en el azar de la ruleta cósmica; además de tener que explicar el origen de unas entidades complejas, que son parásitos celulares obligados, antes de la aparición de las células.

La biología debe revisar bien los puntos de partida de sus teorías y no caer en el planteamiento de que lo más pequeño y lo más simple es lo primero.

jueves, 1 de abril de 2021

EL TELAR DE LA VIDA

 


 El problema de definir la vida

La perspectiva de encontrar señales de vida en el Cosmos, y más concretamente en otros lugares del Sistema Solar como Marte o algunos satélites de Júpiter, ha vuelto a poner de actualidad el debate sobre su definición. Esta se complica cuando asistimos a un creciente aluvión de datos acerca de la desconcertante diversidad microbiana y sus complejas interacciones ecológicas. Por otra parte, para abordar correctamente este problema debemos tener en cuenta varios enfoques, además de los relativos a la física, la química, la geología y la biología, como los concernientes a la historia de la ciencia y la filosofía. Empezando por estos últimos aspectos, la definición moderna de los seres vivos y su origen se consigue en la segunda mitad del siglo XIX con el establecimiento de la teoría celular y la refutación de la idea de generación espontánea. Hasta ese momento, la idea medieval de una confusa cadena continua de los seres creados por Dios y recreados por generación impedía plantear científicamente el problema de la continuidad de las especies de seres vivos.

Schleiden, Schwann, Virchow y Pasteur, pero también Darwin con su obra El origen de las especies por selección natural, ponen la primera piedra para entender la naturaleza objetiva de los seres vivos como unidades de vida. En este momento, la biología es eminentemente funcionalista: el organismo –celular o pluricelular– surgía de la integración de sus orgánulos u órganos en una permanente evolución de sus funciones vitales. Por distintos motivos que no voy a abordar aquí (ver las entradas anteriores de este blog), en el siglo XX retorna un enfoque predominantemente estructural, ahora de origen genético, aunque conviene adelantar que la naturaleza de algo no se explica por su estructura en sí, sino por su proceso de origen. No obstante, como primera aproximación, deberemos tener en cuenta el enorme despliegue de formas vivas y la disposición de sus partes, pero aun para genetistas totalmente fieles a la doctrina del dogma central de la biología molecular (DCBM) y a la teoría sintética de la evolución, los virus no constituyen organismos vivos, ya que, a pesar del peso que tuvieron las investigaciones con bacteriófagos en estos campos, no realizan plenamente las funciones vitales. Más adelante volveremos a retomar la cuestión de la prioridad entre estructura y función.  

Además de la enorme diversidad funcional y estructural de los seres vivos, observamos otro tanto en lo relativo a los límites ambientales de cada especie en sus respectivos hábitats. Toda esta variabilidad debe ser tenida en cuenta en las posibles definiciones de la vida, entonces ¿qué es la vida? Hemos visto que para intentar definirla no basta con el conocimiento de la diversidad y complejidad de animales, plantas y protoctistas, con los que estamos más familiarizados. 

Pasteur refutó experimentalmente la idea de generación espontánea y con ello reforzaba el aforismo omnis cellula ex cellula, con el que Virchow completó la teoría celular, pero también se alejaba del planteamiento científico del origen de la vida, quizá imposible de abordar en ese momento. Años después escribió esto, refiriéndose a la generación espontánea de vida:

La he estado buscando durante veinte años sin encontrarla, pero no creo que sea una imposibilidad.”

Es difícil definir científicamente la vida, pero quizá sea su dificultad la que incite a formulaciones más o menos atrevidas e imprecisas. Aquí van tres de las más representativas.

En el terreno de la ciencia, podemos tomar definiciones puramente físicas como la que Erwin Schrödinger nos ofrece en la página 45 de su libro Qué es la vida (1944), donde afirma: “la vida se alimenta de entropía negativa”, es decir, construye estructuras ordenadas en oposición al aumento de entropía que predice el Segundo Principio de la Termodinámica. Aquí queda claro que la vida implica una evolución material hacia procesos alejados del equilibrio termodinámico en los que se minimiza la producción de entropía.

También tenemos muchas definiciones más químicas como, por ejemplo, la del programa de exobiología de la NASA: “La vida es un sistema químico automantenido capaz de evolución darwiniana”.

Igualmente abundan las definiciones más biológicas, menos reduccionistas, que recogen el consenso de especialistas en el tema como Pier Luigi Luisi: “La forma de vida mínima es un sistema circunscrito por un compartimento semipermeable de su propia fabricación, que se automantiene produciendo sus propios elementos constitutivos por la transformación de la energía y de los nutrientes exteriores, gracias a sus propios mecanismos de producción”.

Estas definiciones de vida, de más a menos reduccionistas, son meras abstracciones de las propiedades de los seres que denominamos vivos merced a sus funciones singulares, las que por ello clásicamente denominamos vitales: nutrición, relación y reproducción, y además producción de variabilidad sometida a selección natural. Por lo tanto, debemos plantearnos qué nivel de complejidad material merece el atributo de vivo, es decir, a partir de qué nivel de organización de la materia se cumplen estas funciones. En todas las descripciones se tiene en cuenta que los seres vivos no vulneran los principios físicos y químicos, pero se alejan de sus equilibrios consumiendo energía y aumentando la entropía del entorno.

 

Vida: la parte y el todo

Con la formulación de la teoría celular, existe un consenso generalizado en considerar a la célula como unidad de vida, pero como ya hemos visto existen agentes patógenos como los virus y otros aún más elementales que no reúnen los requisitos mínimos establecidos para considerarlos vivos, a pesar de la complejidad de sus interferencias con las células. En biología son muy frecuentes las paradojas y aquí nos enfrentamos a una de ellas: agentes patógenos relativamente sencillos en comparación con la complejidad celular, pero que influyen y pueden causar grandes alteraciones sistémicas no solo en los organismos sino también en la biosfera. Efectivamente, agentes con distinto grado de organización estructural –que podríamos situar entre lo subcelular y lo supramolecular– como virus, viroides y priones están implicados en diferentes patologías, pero también en otros procesos vitales beneficiosos. Tanto la dificultad para situar dentro de los seres vivos a estas individualidades como el contraste de la complejidad de sus interacciones y alteraciones, nos obliga a ampliar el actual marco conceptual de la vida. Aunque los seres que denominamos vivos singularizan los fenómenos vitales, la explicación de algunas de sus paradojas implica el considerar la vida, sensu lato, como un sistema de organización material supraquímica que poblaría determinados rincones del Cosmos con distintos niveles de integración funcional y estructural. En esta perspectiva, la función es prioritaria a la estructura en el sentido de los fenómenos fisicoquímicos previos a la consecución de una determinada organización supramolecular. Aquí aplicamos la acepción de prioridad como “anterioridad o precedencia de una cosa respecto de otra que depende de ella”.

En la Tierra y probablemente en otros lugares del universo, las principales moléculas portadoras de información biológica, tanto conformacional como secuencial, son las proteínas, el ARN y el ADN. Estas biomoléculas forman parte de los seres vivos bien definidos y también de los agentes supramoleculares que interfieren con algunos fenómenos vitales. Estos entes materiales con manifestaciones vitales no son ni han podido llegar a ser sin el concurso del agua. Así, esta pequeña molécula dipolar –organizada en retículos espaciales– modela las largas cadenas de estos biopolímeros informativos ubicando de forma selectiva sus grupos hidrofóbicos en el interior y los hidrofílicos en el exterior de la estructura final resultante. En las etapas prebióticas, serían entes que tenderían hacia la vida en contacto con el agua líquida (genuino puente entre lo no vivo y lo vivo) e integrarían funcionalmente las primeras células, pero posteriormente también pudieron entrar en acción como entidades que interaccionan con la vida.

En la lógica que estamos siguiendo para encontrar una definición de vida, descartamos que esta sea una idea sustantiva, pero también el que los seres que denominamos vivos –como productos de un determinado proceso de evolución material– sean considerados independientes del medio ambiente. No existe ningún ser vivo sin su medio, y la vida constituye un retículo que resulta de la ramificación de las interacciones materiales físicas y químicas. Entonces, ¿cómo se originan los seres vivos? ¿De dónde surge la semilla inicial? ¿Cómo se teje la red de la vida y de qué forma surgen los seres que la anudan? De forma sucinta, solo voy a esbozar aquí un esquema básico de algunos caminos posibles (en algunas entradas del blog, como la de marzo de 2017 Origen de la vida y origen de la célula eucariota, se puede ampliar el tema).

La hipótesis más clásica apunta a que la vida pudo surgir en la Tierra de forma abiótica desde lo inorgánico. En la entrada citada, defiendo la hipótesis de que en este escenario la prioridad funcional pudo correr a cargo de la plasticidad de las proteínas. Posteriormente, con el establecimiento del código genético la información biológica reposaría sobre tres pilares: conformacional pregenético de proteínas y ARN, secuencial genético de ADN/ARN y de regulación epigenética. En mi interpretación, la naturaleza esencial de este origen de la vida en la Tierra es eucariota y centrada en las proteínas.

No obstante, la vida puede surgir también desde otra previa. Y en este caso podemos tener dos posibilidades: un origen extraterrestre, como la hipótesis de la panspermia, o bien un origen terrestre. En ambos escenarios, su naturaleza puede ser proteica, genética o mixta como en los virus, aunque en estos destaca el componente genético. Sin entrar a fondo en el tema, quiero destacar la enorme diferencia en cuanto a la naturaleza de su prioridad de origen entre la proteica funcional de la eucariota y la genética estructural de los virus. En mi hipótesis, los virus y otros acariotas (arqueas y bacterias) pudieron surgir de vesículas de exocitosis –como los actuales exosomas– desde las primeras células de naturaleza eucariota que denominamos protocariotas.

Antes de continuar, quiero volver a subrayar la enorme diferencia de naturaleza vital entre estos dos extremos que cohabitan en la Tierra, sobre la que conviene reflexionar, y para ello volvamos a plantear la pregunta ¿cómo se teje la red de la vida y de qué forma surgen los seres que la anudan? 

 

La vida como organismo de la naturaleza

En la naturaleza como un todo podemos observar una gran diversidad de fenómenos, procesos y sucesos materiales que implican distintos niveles de organización. Muy sucintamente, cuando hablamos de un fenómeno nos referimos a la manifestación de una actividad que se produce en la naturaleza, mientras que por proceso entendemos una serie de fenómenos encadenados que conducen a una finalidad. Ya hemos hablado en otras entradas de este blog de teleología y teleonomía, aquí solo voy a mencionar que el aparente proyecto de los procesos tiene que ver con la necesidad imperativa de los fenómenos constantes, esto es, lo que no puede dejar de ser por inevitable: las leyes de la naturaleza como, por ejemplo, la de la gravedad o la segunda de la termodinámica. La concatenación de estos sucesos necesarios en determinados ámbitos puede conducir a la organización de la naturaleza en ciclos, protofunciones y protoestructuras que inician la conexión de la necesidad imperativa con algún tipo de necesidad fisiológica vital. Así, por ejemplo, cuando el agua líquida alberga determinadas moléculas anfipáticas, como fosfolípidos o polipéptidos, la coherencia de su retículo de puentes de hidrógeno se impone a la perturbación de los grupos apolares hidrófobos de estas moléculas, de forma que los empaqueta en el interior de estructuras más estables termodinámicamente como membranas biológicas o proteínas globulares. De esta manera y partiendo de lo inorgánico, se pudieron ir integrando algunos fenómenos necesarios y los consiguientes procesos fisiológicos seleccionados en un sistema orgánico de interacciones alrededor de las denominadas funciones y subfunciones vitales: interacción con el agua líquida y selección de fosfolípidos que llevó a la formación de membranas biológicas con las que se iniciarían los compartimentos, la individualidad y la homeostasis; interacción de polipéptidos y selección de módulos funcionales y estructurales proteicos por sus capacidades metabólicas y de propagación estructural, inicio de sistemas alejados del equilibrio y replicativos; coselección de polipéptidos y ribozimas que terminarían formando ribonucleoproteínas y estableciendo un código genético… entre otras muchas interacciones que sin propósito previo alguno originarían funciones y estructuras dotadas de finalidad vital. Cada nueva estructura funcional seleccionada interaccionará necesariamente con su entorno orgánico e inorgánico y se enfrentará a las contingencias con su creciente información biológica –proteica pregenética, genética y epigenética– tanto en la ontogenia como en la filogenia. Así, en mayor o menor medida, los nuevos sucesos contingentes provocaran la ramificación de los procesos seleccionados, y vuelta a empezar: necesidad imperativa del fenómeno emergente y las consiguientes protofunción, protoestructura, necesidad funcional…y así hasta la simbiosis de algas y hongos formando líquenes o los guepardos corriendo tras las gacelas.

La imagen de la vida como una red donde los nudos serían los organismos celulares y pluricelulares que clásicamente denominamos vivos se nos queda corta. Sabemos que estos no son los únicos entes que interaccionan, también lo hacen algunos acelulares como los virus, entre otros con difícil acomodo en los nudos. Esta representación reticular, frecuentemente utilizada en las relaciones tróficas, también se consideró útil para interpretar el creciente aluvión de hechos acerca de la herencia horizontal, que deshilachan la individualidad genética filiativa de las especies y desdibujan la imagen del árbol de la vida. En la hipótesis que propongo, la naturaleza esencial del primer origen de la vida en la Tierra –mediante conexión funcional entre la necesidad imperativa de los fenómenos y la contingencia histórica de los sucesos– es eucariota y centrada en las proteínas. Los virus, entre otros seres acariotas, tendrían un origen posterior predominantemente genético a partir de la primera vida en la Tierra. La interacción entre estas dos naturalezas vitales era igualmente inevitable, obedecía y obedece a la misma necesidad imperativa de los fenómenos materiales –aunque ahora en un mayor nivel de organización– y la selección natural propició el equilibrio entre ambas. Más aún, como he expuesto en otras entradas de este blog (ver Origen de la célula eucariota, de 27 de mayo de 2020), la selección natural debería interpretarse como el resultado en cada instante de la dialéctica entre el ser vivo y su medio: el estado dinámico funcional, momento a momento, de la estructura material de la naturaleza viva coseleccionada en su constante interacción. Podríamos decir que, a pesar de su naturaleza distinta y de que no sean seres vivos, los virus están plenamente integrados en la vida considerada como un todo funcional.

 

El telar de la vida

Con lo expuesto aquí, y los argumentos dados en otras entradas de este blog, podríamos concluir que la imagen de la red no sea la más adecuada, pero aunque es imposible simplificar tanto la enorme complejidad de la vida, siempre ayuda apoyar las ideas en alguna, aunque no sea perfecta. Quizá pudiera ser más representativa del entrecruzamiento evolutivo de las dos naturalezas vitales la imagen de un telar con su urdimbre y su trama. Por una parte, hemos visto que la explicación de fenómenos de transferencia genética horizontal difumina cada vez más al ser vivo con su medio, afectando al mismo concepto de especie como conjunto unitario de genes. Por otra, vemos la integración funcional de dos naturalezas vitales muy diferentes, aunque relacionadas en su origen: la eucariota (celular y pluricelular) proteocéntrica y la acariota más genocéntrica; en este último grupo, se aprecia que el determinismo genético aumenta desde las arqueas (más parecidas a los eucariotas) a los virus (agentes genéticos móviles) pasando por las bacterias como estado intermedio.

Cada vez es más frecuente el descubrimiento de nuevos virus y su influencia en todos los ecosistemas terrestres. Dadas sus singulares características como parásitos intracelulares obligados y su elevada tasa de mutación son los principales dinamizadores de la herencia horizontal y de la diversidad genética en la biosfera (ver la entrada de este blog de 26 de enero de 2021 Virus y sistema inmunitario). Aunque la naturaleza acariota de arqueas y bacterias difiere de la eucariota, en mi propuesta, los tres grupos se ramifican del tronco protocariota inicial, de forma que en mayor o menor medida todos forman parte de la urdimbre, aunque las células acariotas frecuentemente se enredan como un zurcido entre los hilos de esta. Sólo los virus son un verso suelto, pura trama.

La vida en la Tierra se teje en el telar de una evolución sin sentido. Sus hilos representan estas dos naturalezas: la urdimbre celular tiende como un arbusto ascendente, pero enredado, hacia la complejidad de la integración creciente que resulta de la necesaria interacción funcional material, mientras que la trama viral tiende a exaltar la variabilidad genética y sus hilos se insertan entre los primeros de una forma aún más ciega y enmarañada.

No obstante estas particularidades, en un planteamiento global aumenta la diversidad funcional y estructural de los individuos y la complejidad orgánica y sistémica de las interacciones. La selección natural pone cordura como inteligencia universal que actúa en esta aparente locura.

jueves, 10 de mayo de 2018

CIENCIA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN

En la entrada anterior vimos como Monod distinguía, como propiedades de los seres vivos, entre teleonomía e invariancia, y –para superar la contradicción epistemológica entre el proyecto teleonómico y el postulado de objetividad- proponía que la invariancia debía preceder a la teleonomía. Además, asociaba los ácidos nucleicos a la invariancia y las proteínas a las estructuras y performances teleonómicas.
Por otra parte, Monod plantea también -en el primer capítulo de su libro El azar y la necesidad- que “esta distinción es explícitamente o no, supuesta en todas las teorías, en todas las construcciones ideológicas (religiosas, científicas o metafísicas) relativas a la biosfera y a sus relaciones con el resto del universo.” Más adelante añade que: “El problema central de la biología es esta misma contradicción…”
En el segundo capítulo asigna de forma algo arbitraria a la teoría sintética de la evolución -que él denomina “teoría de la evolución selectiva”- un papel central, ya que “asegura la coherencia epistemológica de la biología y le da un lugar entre las ciencias de la Naturaleza objetiva.” Así las cosas, agrupa a “todas las demás concepciones…que pretenden rendir cuenta de la rareza de los seres vivos, o…arropadas por las ideologías religiosas y la mayoría de los sistemas filosóficos en la hipótesis inversa: que la invariancia es protegida, la ontogenia guiada, la evolución orientada por un principio teleonómico inicial, del que todos esos fenómenos serían manifestaciones.” En esta asociación distingue -con una acepción, en sus palabras, algo particular- dos grupos:
·    Las teorías vitalistas, donde el “principio teleonómico operaría exclusivamente en la biosfera, implicando una distinción radical entre los seres vivos y el universo inanimado”. Aquí, Monod incluye el vitalismo metafísico y el vitalismo cientista.
·      Las teorías animistas, donde operaría un “principio teleonómico universal, responsable de la evolución cósmica, así como de la biosfera… los seres vivos serían los productos más elaborados, más perfectos, de una evolución universalmente orientada que ha culminado, porque debía hacerlo, en el hombre y en la humanidad.” Monod agrupa fundamentalmente, en este apartado, al idealismo de Hegel, a la “fuerza espiritual de ascendencia evolutiva” de Teilhard de Chardin, y, sobre todo, al materialismo dialéctico de Marx y Engels.

No pretendo entrar en el análisis pormenorizado de estas teorías, ni siquiera en si están bien o mal agrupadas por Monod, fundamentalmente quiero llamar la atención acerca de que la ciencia está siempre acompañada, en mayor o menor medida, de la manera de ver o de interpretar la realidad, esto es de ideología, sensu lato: filosófica y religiosa principalmente, en este caso.

Ciencia y filosofía

La ciencia y la filosofía presentan visiones complementarias del conocimiento de la realidad. En la filosofía clásica, antes del nacimiento de la ciencia moderna, la mayoría de los filósofos estaban también implicados en algún campo de la ciencia de su época. Con el surgimiento de la ciencia moderna y sus métodos, de la mano de René Descartes (1596-1650) y Galileo Galilei (1564-1642) entre otros, a la filosofía se le plantea el dilema de su mayor o menor dependencia del poderoso avance del conocimiento científico, teniendo que elegir entre una filosofía de carácter más científico o más especulativo. Algunos filósofos parece que quieren preservar a la filosofía del desarrollo de los conocimientos científicos, intentando evitar la zozobra de verificaciones y falsaciones a las que están expuestas las hipótesis científicas. Por su parte, algunos científicos instalados en lo que Thomas S. Kuhn llama ciencia y cambio normal –en oposición al concepto de cambio revolucionario de los paradigmas científicos- supuestamente huyen de todo tipo de marco ideológico que pudiera contaminar la objetividad de cada investigador cuando aplica un método científico considerado como una receta aséptica y universal para hacer ciencia.

La ciencia es un producto de la actividad humana que nos permite adquirir y acumular conocimiento acerca de la realidad. Esta actividad científica se apoya en el razonamiento lógico, que está en la base de procedimientos y técnicas experimentales, mediante los cuales obtenemos datos rigurosos de la realidad; ya que, la realidad material es experimentable porque ella es regular y experimentadora: contínuo producto de la necesidad y la contingencia.
La acumulación de conocimiento es dinámica y la validez de dicho conocimiento varía con el tiempo. Los datos y, sobre todo, la interpretación teórica de los mismos es cambiante. Cada nuevo marco teórico permite plantear nuevos problemas y conquistar nuevo conocimiento. El encadenamiento histórico de preguntas y respuestas, y las nuevas imágenes de la realidad así logradas, se ha conseguido con la paulatina organización de todo el conocimiento científico para adquirir nuevo conocimiento.
El cemento que une los datos para construir la interpretación teórica está hecho de ciencia pero también de filosofía, y los mismos datos se pueden interpretar de maneras diferentes. Al igual que la ciencia, la filosofía se apoya en el razonamiento lógico; pero ambas se diferencian en las cuestiones que plantean y en la forma de abordarlas. La filosofía se plantea el sentido del mundo: ¿por qué las cosas son? Y la ciencia el modo de ser de la realidad material: ¿cómo son las cosas? Aunque ciencia y filosofía se plantean cuestiones complementarias de la realidad, frecuentemente se ignoran. Particularmente, la ciencia tiene frecuentemente una actitud vergonzante y, en ocasiones, despectiva respecto a la filosofía, aunque en realidad esté impregnada de ésta. Así, corrientemente, se suele tachar de filosófica cualquier teoría alternativa a la ortodoxia de una escuela que detenta el poder y la verdad de la época, sin admitir que esa verdad también está acompañada de filosofía, cuando no de religión más o menos explícita. Más adelante insistiremos en cómo la ideología, sensu lato, de los científicos influye, en mayor o menor medida, en los planteamientos y en las interpretaciones de sus investigaciones. Así, existe una relación biunívoca y dinámica entre conocimiento científico y filosófico, en forma de relación recíproca, previa y posterior (en el planteamiento y en la interpretación), entre hechos y teoría.

La palabra teoría presenta algunos problemas y es, al igual que la palabra filosofía, frecuentemente utilizada como arma arrojadiza por los detractores de una determinada concepción de la realidad. Con este argumento, supuestamente científico, los partidarios del diseño inteligente lograron que en los libros de ciencias, de las escuelas públicas de Dover,  figurara una nota que advertía que “la teoría de la evolución es sólo una teoría, no un hecho científico”. Como señala Stephen Jay Gould, hay que tener en cuenta que, en inglés americano, teoría también significa suposición, conjetura, especulación; y, frecuentemente, es considerada como “dato imperfecto”, devaluada respecto de los hechos.


La teoría guía la investigación

E. Schrödinger resumía la importancia de la teoría en la ciencia con una expresiva frase: “Se trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto, como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven”. Esta frase es parecida a otra previa de J. W. von Goethe: “Todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo.”
La frase de Schrödinger marca perfectamente la diferencia entre los hechos -la descripción formal de lo que cualquiera puede ver- y la teoría –la visión mental, la elaboración conceptual, interpretativa de los hechos. Pero, aún más, la frase de Schrödinger da un enorme valor a la teoría, incluso por encima de los hechos. La teoría es la nueva forma de ver, y esta nueva visión permite al científico conquistar nuevo conocimiento. Copérnico, Galileo y toda la humanidad, anterior y posterior a ellos, ha visto, objetivamente, como el Sol sale por el este y se pone por el oeste; pero, desde su nueva visión (desde su teoría heliocéntrica), sabemos que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra sino al revés. Este conocimiento fue la atalaya desde la que la observación del espacio nos ha conducido a nuestra visión actual de un universo en expansión. A este respecto, cuando Darwin, unos años después de realizar su viaje alrededor del mundo –donde observó la mayor parte de los hechos que le llevaron a la idea de la evolución- llegó a elaborar su teoría de la selección natural, exclamó: “Al fin tengo una teoría desde la que poder observar”.
Así pues, los hechos pueden mantenerse, de forma terca e invariante, y existir una o más teorías, coetáneas o no, que los expliquen mejor o peor, y que permitan nuevas observaciones y experimentaciones que las pongan a prueba, esto es, las refuten o no. En este caso, tenemos la evolución biológica como hecho y la selección natural como teoría (junto a otras) para explicar el proceso de la evolución. Las discrepancias teóricas acerca de la evolución no merman en absoluto el hecho de su existencia.

En su conocido libro ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Alan F. Chalmers se plantea: “¿cuál es este método científico que, según se afirma, conduce a resultados especialmente meritorios o fiables?” La palabra ciencia vende, y vemos que cualquier actividad, por inverosímil que sea, quiere gozar de su compañía. Chalmers advierte que “aunque algunos científicos y muchos pseudocientíficos pregonan su apoyo a este método, a ningún filósofo de la ciencia moderno se le escaparan por lo menos alguno de sus defectos…, de forma que no hay ningún método que permita probar…, ni tampoco refutar de un modo concluyente las teorías científicas.” Aunque Chalmers –como también Kuhn- advierten que, paradójicamente para los filósofos de la ciencia, buena parte de estos argumentos “se basan en un análisis detallado de la historia de la ciencia…y que los episodios que se consideran más característicos de los principales adelantos, ya sean las innovaciones de Galileo, Newton, Darwin o Einstein, no se han producido mediante algo similar a los métodos típicamente descritos por los filósofos.”
Para Chalmers, tanto el análisis lógico filosófico como el histórico llevan a la conclusión de que el método científico no puede ser tomado como una receta en la que –haciendo abstracción del conocimiento previo, y otros intereses, del investigador- se practique el ejercicio inductivo de elevar a leyes y teorías los hechos adquiridos a través de una observación y experimentación totalmente objetiva y libre de cualquier juicio previo. Opina que algún tipo de teoría precede siempre a la observación y que, por tanto, los enunciados observacionales presuponen la teoría, y, por lo tanto, pueden ser tan falibles como ésta.

No todos los científicos pueden ser Galileo, Newton, Darwin, Pasteur o Einstein –por citar a algunos de los más conocidos entre los que cambiaron radicalmente nuestra forma de pensar- pero tampoco se hace un auténtico científico sólo con un título universitario, un doctorado o vistiendo una bata blanca. Quizá la diferencia fundamental está en que los grandes científicos, como los antes mencionados, no suelen dejar importantes hechos conocidos sin explicar fuera de sus teorías; o, al menos, no los ignoran. Esa ambición de dar cuenta de todos los hechos importantes, de explicarlo todo en una teoría lo más amplia posible, es lo que distingue al genuino científico. Por el contrario, vemos frecuentemente como muchos científicos, algunos prestigiosos, se dejan buena parte de la realidad sin explicar, y muchas refutaciones de las teorías que enmarcan sus investigaciones sin atender. Para ellos, el punto de vista de los “otros” es sólo teoría o filosofía, mientras que “lo propio” es auténtica ciencia, resultado de la rigurosa aplicación del denominado método científico


Los métodos de la ciencia

Además de lo dicho anteriormente sobre el método científico, podemos añadir que la palabra método define un modo ordenado y sistemático, un procedimiento, para alcanzar un determinado fin. Aunque al hablar de el método científico sólo se habla de las etapas del camino que hay que seguir para adquirir conocimientos en el dominio de las ciencias, conviene subrayar que, por definición epistemológica, el conocimiento científico no puede tener un fin determinado: este conocimiento es resultado del camino seguido paso a paso, no su fin. Como los diferentes campos de estudio de las ciencias son muy variados, no se puede hablar de un único método científico, general para todas las especialidades científicas, aunque todas compartan determinados aspectos metodológicos –matemáticos, estadísticos, analíticos, lógicos, etc.- que les proporcionan el rigor característico del conocimiento científico. Además, es interesante señalar que la ciencia es un proceso dinámico de acumulación de conocimiento, y que cada aplicación de el método científico no conduce, por riguroso que sea el seguimiento ordenado de los pasos prescriptivos, a una verdad objetiva y absoluta. Más bien podríamos decir –parafraseando a Machado- que el camino de la ciencia se hace al andar, y al andar en compañía de la comunidad científica, estableciendo verdades provisionales, y sobre todo operativas, para seguir andando, esto es, estableciendo y explicando hechos de la realidad.


Ciencia y religión

En la traducción al español del libro de Charles Darwin La variación de los animales y las plantas bajo domesticación, el traductor –Armando García González- realiza una introducción donde habla ampliamente de la controversia que la teoría evolutiva darwiniana ha suscitado desde su salida a la luz hasta nuestros días. Allí analiza que, entre otros importantes frentes, el darwinismo tuvo que afrontar los ataques de científicos creacionistas radicales –sobre todo de filiación católica- que, desde el siglo XIX, han puesto en marcha un importante aparato mediático, editorial, social y político para contrarrestar todo lo posible la para ellos nefasta influencia de las teorías darwinianas.
Otros científicos creacionistas optaron por conciliar sus creencias religiosas con la idea de la evolución biológica, defendiendo la separación de las cuestiones filosóficas y religiosas de los problemas científicos, sobre todo los relacionados con la evolución biológica. También desde el lado del evolucionismo hay biólogos que creen en la ausencia de contradicción entre ciencia y creencia, argumentando que se ocupan de campos muy diferentes. Entre ellos podemos destacar a Francisco José Ayala, ex fraile dominico y discípulo del genetista Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la teoría sintética neodarwinista frecuentemente citado por su célebre sentencia: Nada tiene sentido en biología excepto a la luz de la evolución.
Igualmente, el célebre evolucionista y divulgador científico Stephen Jay Gould también propone -en su libro Ciencia versus religión: un falso conflicto, Barcelona, Editorial Crítica, 2000- que la evolución y la fe religiosa no son incompatibles. Encontramos una argumentación similar en la obra del médico y filósofo Michael Ruse, de la que podemos destacar el libro ¿Puede un darwinista ser cristiano? La relación entre ciencia y religión, Madrid, Siglo XXI, 2007. En este libro Ruse se muestra muy crítico con las posiciones extremas: evolucionistas materialistas como Richard Dawkins pero también con los creacionistas partidarios del diseño inteligente -como el bioquímico católico Michael Behe- separando de los campos de estudio de la ciencia el mundo natural del mundo moral, como el altruismo o el egoísmo, que no están en el ADN. Pero Ruse -en su libro El misterio de los misterios, Tusquets (2001)- también trata el caso de algún importante científico evolucionista que practicaba una excesiva conciliación entre evolución y fe, como el ya citado neodarwinista T. Dobzhansky: “Desde el principio, Dobzhansky reconoció que se dedicó a la empresa evolucionista con una misión, en su caso religiosa: la esperanza de demostrar que la evolución tiene un propósito divino y que el hombre es su producto más perfecto, la apoteosis de un proceso ascendente y progresivo”. Es fácil imaginarse el proceso ascendente, paso a paso, por la escalera de caracol que forma la doble hélice del ADN; pero, naturalmente, todo a la luz de la evolución.

Por otra parte, la postura de la mayoría de los científicos evolucionistas, incluido el propio Darwin, es que la evolución es incompatible con la religión, ya que en consonancia con el postulado de objetividad, ya mencionado, no se pueden aceptar causas sobrenaturales (Dios, milagros) para explicar los procesos biológicos, incluido el origen del hombre. Armando García González señala, al respecto, el supuesto dilema entre la posición religiosa: el hombre es un producto perfecto, creado por Dios a su imagen y semejanza, que degeneró por el pecado; o, por el contrario, según él, la posición evolucionista: el hombre es un mono perfeccionado. Aquí yo veo que se cuela un cierto sesgo teleológico en la posición de algunos evolucionistas – como, por ejemplo, algunos neolamarckistas, entre otros- en cuanto a la tendencia a la perfección de la evolución, especialmente la que conduce a la humanidad y su destino. En el caso de Armando García González rápidamente corrige este sesgo en la siguiente incompatibilidad entre evolución y religión. Mientras que para la evolución no existe propósito alguno; la religión plantea un determinado propósito divino: una vida futura, en el cielo de los católicos y protestantes, o en la tierra, para otras confesiones.
Como señala García González, el debate es tan importante que, en 1997, la revista Nature realizó una encuesta entre biólogos, físicos y matemáticos sobre sus creencias religiosas, resultando que el 40% de los científicos confesaron tenerlas, aunque también se reflejaba que otros las ocultaban por estar mal vistas dentro de la comunidad científica.



Conclusiones

La principal conclusión a la que llego es que debemos preservar y ampliar esa magnífica construcción de la humanidad que llamamos ciencia, vista más desde la grandeza de su desarrollo histórico –en contaste lucha contra la ignorancia y el oscurantismo- que desde la perspectiva de la filosofía o la metodología de la ciencia. Goethe en su Fausto ilustra magníficamente  la contraposición entre filosofía e historia de la ciencia, entre teoría y realidad, cuando dice: Gris querido amigo es toda teoría y verde el árbol aureo de la vida.
Por otra parte, Chalmers opina que: “la función más importante de mi investigación es combatir lo que podríamos llamar la ideología de la ciencia tal como funciona en nuestra sociedad. Esta ideología implica el uso del dudoso concepto de ciencia y el igualmente dudoso concepto de verdad que a menudo va asociado con él, normalmente en defensa de posturas conservadoras.” Las palabras ciencia o método científico no pueden ser utilizadas para defender intereses espurios, bien sean económicos, políticos o de cualquier otra índole. Como ya hemos visto, el científico, como cualquier ser humano, tiene su ideología, e incluso puede tener sentimiento religioso o no, y esta manera de ver el mundo condicionará, inevitablemente, sus perspectivas y sus interpretaciones. Hay que contar con ello. La existencia de una comunidad científica, el desarrollo colectivo de la ciencia, mitiga la subjetividad. Lo que hay que evitar es la utilización ideológica de la ciencia por parte de colectivos interesados. Por el contrario, los científicos, individualmente y en grupo, deben poner en práctica y exigir el máximo ejercicio de rigor metodológico y de honradez intelectual. Criticar algunos aspectos, con apariencia de catecismo, del denominado método científico, no significa que todo vale o que da igual cualquier fuente de conocimiento. Desde la perspectiva de la historia de la ciencia, debemos aprender qué es oro y qué hojalata para el avance del conocimiento científico aplicando rigor y claridad. Rigor en el uso de metodologías y procedimientos -lógicos, analíticos y experimentales- bien acreditados a lo largo de la historia de la ciencia. La utilización rigurosa de estos instrumentos da el máximo de objetividad posible en la investigación científica. Pero también es preciso que los investigadores aporten la mayor claridad y honradez intelectual, explicitando y explicando todos los presupuestos teóricos que enmarcan e interpretan sus investigaciones. No se puede apelar al rigor y objetividad de el método científico, en una investigación aparentemente aséptica, y luego colar de rondón ideología interesada de bajo nivel como supuesto resultado del mismo.
Así pues, es más riguroso hablar de ciencias que de ciencia, y de métodos que de un único método, universal y aséptico, que nos conduzca a la verdad. No podemos considerar el método científico como si fuera un “portero de discoteca” que diga quién puede o no puede pasar al palacio de la ciencia, siguiendo criterios arbitrarios de filosofía de la ciencia que no han superado nunca la perspectiva histórica. Según algunos de esos criterios, K. Popper pone en cuestión la cientificidad de la teoría de la evolución, entre otras cosas.
En cuanto al concepto de verdad -y recordando las frases citadas de Goethe y Schrödinger- la descripción física del universo resultante de las teorías de Aristóteles, Newton o Einstein es muy diferente, al igual que también era muy diferente su metodología. El análisis histórico de estas teorías permite reflexionar no sólo del concepto de verdad, sino también acerca del papel relativo de la filosofía, la experimentación, las matemáticas, etc. en el conocimiento científico; así como del ejercicio de verificación y refutación de las teorías científicas. El avance de la ciencia no supone tanto el añadir nuevos hechos objetivos y sus explicaciones a conocimientos anteriores perfectamente probados, como el ampliar la teoría incluyendo los nuevos hechos.
No sólo es difícil alcanzar la total objetividad en la interpretación de los resultados sino también en el establecimiento de los hechos. Los hechos, como los enunciados observacionales, tienen una carga de subjetividad; no en vano, los hechos deben ser enunciados. El postulado de objetividad sólo atiende a la necesidad epistemológica de evitar cualquier explicación de la realidad en términos de proyecto sobrenatural finalista (Dios, milagros, fuerzas vitales), no a otras interpretaciones posibles. Así, el método científico tampoco actúa como una lupa universal que nos ofreciera una imagen única e inequívoca de la realidad. Cada científico es una lupa distinta que ofrece imágenes diferentes, a veces mucho, de la realidad.
Además, como demuestra la aplicabilidad de la física newtoniana, la experimentación demuestra lo que es aplicable: cómo se comporta, no necesariamente cómo es la realidad. Así, se puede ser científico siguiendo todas las etapas del método canónico o participar sólo en algunas de ellas. Lo importante es alcanzar una interpretación teórica que dé cuenta de todos los hechos significativos. Si aparecen nuevos hechos que no caben en la teoría vigente, hay que cambiar o ampliar la teoría. Así, se pueden elaborar hipótesis y hasta teorías directamente, sin haber realizado experimentos propios, pero siempre apoyándose en datos experimentales y en hechos bien establecidos por otros científicos: modelo de la estructura del ADN de Watson y Crick, hipótesis de Dreyer y Bennet sobre el origen genético de la diversidad de los anticuerpos, teoría de la relatividad de Einstein, entre otros muchos casos.

Los grandes científicos son los que han abierto o siguen abriendo nuevos caminos. Un científico es un explorador, y un explorador no tiene camino por delante. Parafraseando de nuevo a Machado: no hay camino para el científico, por detrás tiene las estelas del conocimiento logrado hasta el momento, y, en su avance un mar de ignorancia.



BIBLIOGRAFÍA




  • El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna. Jacques Monod (2016). Tusquets Editores.
  • Introducción a la filosofía de la ciencia. Marx W. Wartofsky (1976). Alianza Universidad.
  • Qué es esa cosa llamada ciencia? Alan F. Chalmers (1989). Siglo XXI.
  • La estructura de las revoluciones científicas. Thomas S. Kuhn (1987). Fondo de Cultura Económica.
  • ¿Qué son las revoluciones científicas y otros ensayos? Thomas S. Kuhn (1989). Ediciones Paidós.