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jueves, 1 de abril de 2021

EL TELAR DE LA VIDA

 


 El problema de definir la vida

La perspectiva de encontrar señales de vida en el Cosmos, y más concretamente en otros lugares del Sistema Solar como Marte o algunos satélites de Júpiter, ha vuelto a poner de actualidad el debate sobre su definición. Esta se complica cuando asistimos a un creciente aluvión de datos acerca de la desconcertante diversidad microbiana y sus complejas interacciones ecológicas. Por otra parte, para abordar correctamente este problema debemos tener en cuenta varios enfoques, además de los relativos a la física, la química, la geología y la biología, como los concernientes a la historia de la ciencia y la filosofía. Empezando por estos últimos aspectos, la definición moderna de los seres vivos y su origen se consigue en la segunda mitad del siglo XIX con el establecimiento de la teoría celular y la refutación de la idea de generación espontánea. Hasta ese momento, la idea medieval de una confusa cadena continua de los seres creados por Dios y recreados por generación impedía plantear científicamente el problema de la continuidad de las especies de seres vivos.

Schleiden, Schwann, Virchow y Pasteur, pero también Darwin con su obra El origen de las especies por selección natural, ponen la primera piedra para entender la naturaleza objetiva de los seres vivos como unidades de vida. En este momento, la biología es eminentemente funcionalista: el organismo –celular o pluricelular– surgía de la integración de sus orgánulos u órganos en una permanente evolución de sus funciones vitales. Por distintos motivos que no voy a abordar aquí (ver las entradas anteriores de este blog), en el siglo XX retorna un enfoque predominantemente estructural, ahora de origen genético, aunque conviene adelantar que la naturaleza de algo no se explica por su estructura en sí, sino por su proceso de origen. No obstante, como primera aproximación, deberemos tener en cuenta el enorme despliegue de formas vivas y la disposición de sus partes, pero aun para genetistas totalmente fieles a la doctrina del dogma central de la biología molecular (DCBM) y a la teoría sintética de la evolución, los virus no constituyen organismos vivos, ya que, a pesar del peso que tuvieron las investigaciones con bacteriófagos en estos campos, no realizan plenamente las funciones vitales. Más adelante volveremos a retomar la cuestión de la prioridad entre estructura y función.  

Además de la enorme diversidad funcional y estructural de los seres vivos, observamos otro tanto en lo relativo a los límites ambientales de cada especie en sus respectivos hábitats. Toda esta variabilidad debe ser tenida en cuenta en las posibles definiciones de la vida, entonces ¿qué es la vida? Hemos visto que para intentar definirla no basta con el conocimiento de la diversidad y complejidad de animales, plantas y protoctistas, con los que estamos más familiarizados. 

Pasteur refutó experimentalmente la idea de generación espontánea y con ello reforzaba el aforismo omnis cellula ex cellula, con el que Virchow completó la teoría celular, pero también se alejaba del planteamiento científico del origen de la vida, quizá imposible de abordar en ese momento. Años después escribió esto, refiriéndose a la generación espontánea de vida:

La he estado buscando durante veinte años sin encontrarla, pero no creo que sea una imposibilidad.”

Es difícil definir científicamente la vida, pero quizá sea su dificultad la que incite a formulaciones más o menos atrevidas e imprecisas. Aquí van tres de las más representativas.

En el terreno de la ciencia, podemos tomar definiciones puramente físicas como la que Erwin Schrödinger nos ofrece en la página 45 de su libro Qué es la vida (1944), donde afirma: “la vida se alimenta de entropía negativa”, es decir, construye estructuras ordenadas en oposición al aumento de entropía que predice el Segundo Principio de la Termodinámica. Aquí queda claro que la vida implica una evolución material hacia procesos alejados del equilibrio termodinámico en los que se minimiza la producción de entropía.

También tenemos muchas definiciones más químicas como, por ejemplo, la del programa de exobiología de la NASA: “La vida es un sistema químico automantenido capaz de evolución darwiniana”.

Igualmente abundan las definiciones más biológicas, menos reduccionistas, que recogen el consenso de especialistas en el tema como Pier Luigi Luisi: “La forma de vida mínima es un sistema circunscrito por un compartimento semipermeable de su propia fabricación, que se automantiene produciendo sus propios elementos constitutivos por la transformación de la energía y de los nutrientes exteriores, gracias a sus propios mecanismos de producción”.

Estas definiciones de vida, de más a menos reduccionistas, son meras abstracciones de las propiedades de los seres que denominamos vivos merced a sus funciones singulares, las que por ello clásicamente denominamos vitales: nutrición, relación y reproducción, y además producción de variabilidad sometida a selección natural. Por lo tanto, debemos plantearnos qué nivel de complejidad material merece el atributo de vivo, es decir, a partir de qué nivel de organización de la materia se cumplen estas funciones. En todas las descripciones se tiene en cuenta que los seres vivos no vulneran los principios físicos y químicos, pero se alejan de sus equilibrios consumiendo energía y aumentando la entropía del entorno.

 

Vida: la parte y el todo

Con la formulación de la teoría celular, existe un consenso generalizado en considerar a la célula como unidad de vida, pero como ya hemos visto existen agentes patógenos como los virus y otros aún más elementales que no reúnen los requisitos mínimos establecidos para considerarlos vivos, a pesar de la complejidad de sus interferencias con las células. En biología son muy frecuentes las paradojas y aquí nos enfrentamos a una de ellas: agentes patógenos relativamente sencillos en comparación con la complejidad celular, pero que influyen y pueden causar grandes alteraciones sistémicas no solo en los organismos sino también en la biosfera. Efectivamente, agentes con distinto grado de organización estructural –que podríamos situar entre lo subcelular y lo supramolecular– como virus, viroides y priones están implicados en diferentes patologías, pero también en otros procesos vitales beneficiosos. Tanto la dificultad para situar dentro de los seres vivos a estas individualidades como el contraste de la complejidad de sus interacciones y alteraciones, nos obliga a ampliar el actual marco conceptual de la vida. Aunque los seres que denominamos vivos singularizan los fenómenos vitales, la explicación de algunas de sus paradojas implica el considerar la vida, sensu lato, como un sistema de organización material supraquímica que poblaría determinados rincones del Cosmos con distintos niveles de integración funcional y estructural. En esta perspectiva, la función es prioritaria a la estructura en el sentido de los fenómenos fisicoquímicos previos a la consecución de una determinada organización supramolecular. Aquí aplicamos la acepción de prioridad como “anterioridad o precedencia de una cosa respecto de otra que depende de ella”.

En la Tierra y probablemente en otros lugares del universo, las principales moléculas portadoras de información biológica, tanto conformacional como secuencial, son las proteínas, el ARN y el ADN. Estas biomoléculas forman parte de los seres vivos bien definidos y también de los agentes supramoleculares que interfieren con algunos fenómenos vitales. Estos entes materiales con manifestaciones vitales no son ni han podido llegar a ser sin el concurso del agua. Así, esta pequeña molécula dipolar –organizada en retículos espaciales– modela las largas cadenas de estos biopolímeros informativos ubicando de forma selectiva sus grupos hidrofóbicos en el interior y los hidrofílicos en el exterior de la estructura final resultante. En las etapas prebióticas, serían entes que tenderían hacia la vida en contacto con el agua líquida (genuino puente entre lo no vivo y lo vivo) e integrarían funcionalmente las primeras células, pero posteriormente también pudieron entrar en acción como entidades que interaccionan con la vida.

En la lógica que estamos siguiendo para encontrar una definición de vida, descartamos que esta sea una idea sustantiva, pero también el que los seres que denominamos vivos –como productos de un determinado proceso de evolución material– sean considerados independientes del medio ambiente. No existe ningún ser vivo sin su medio, y la vida constituye un retículo que resulta de la ramificación de las interacciones materiales físicas y químicas. Entonces, ¿cómo se originan los seres vivos? ¿De dónde surge la semilla inicial? ¿Cómo se teje la red de la vida y de qué forma surgen los seres que la anudan? De forma sucinta, solo voy a esbozar aquí un esquema básico de algunos caminos posibles (en algunas entradas del blog, como la de marzo de 2017 Origen de la vida y origen de la célula eucariota, se puede ampliar el tema).

La hipótesis más clásica apunta a que la vida pudo surgir en la Tierra de forma abiótica desde lo inorgánico. En la entrada citada, defiendo la hipótesis de que en este escenario la prioridad funcional pudo correr a cargo de la plasticidad de las proteínas. Posteriormente, con el establecimiento del código genético la información biológica reposaría sobre tres pilares: conformacional pregenético de proteínas y ARN, secuencial genético de ADN/ARN y de regulación epigenética. En mi interpretación, la naturaleza esencial de este origen de la vida en la Tierra es eucariota y centrada en las proteínas.

No obstante, la vida puede surgir también desde otra previa. Y en este caso podemos tener dos posibilidades: un origen extraterrestre, como la hipótesis de la panspermia, o bien un origen terrestre. En ambos escenarios, su naturaleza puede ser proteica, genética o mixta como en los virus, aunque en estos destaca el componente genético. Sin entrar a fondo en el tema, quiero destacar la enorme diferencia en cuanto a la naturaleza de su prioridad de origen entre la proteica funcional de la eucariota y la genética estructural de los virus. En mi hipótesis, los virus y otros acariotas (arqueas y bacterias) pudieron surgir de vesículas de exocitosis –como los actuales exosomas– desde las primeras células de naturaleza eucariota que denominamos protocariotas.

Antes de continuar, quiero volver a subrayar la enorme diferencia de naturaleza vital entre estos dos extremos que cohabitan en la Tierra, sobre la que conviene reflexionar, y para ello volvamos a plantear la pregunta ¿cómo se teje la red de la vida y de qué forma surgen los seres que la anudan? 

 

La vida como organismo de la naturaleza

En la naturaleza como un todo podemos observar una gran diversidad de fenómenos, procesos y sucesos materiales que implican distintos niveles de organización. Muy sucintamente, cuando hablamos de un fenómeno nos referimos a la manifestación de una actividad que se produce en la naturaleza, mientras que por proceso entendemos una serie de fenómenos encadenados que conducen a una finalidad. Ya hemos hablado en otras entradas de este blog de teleología y teleonomía, aquí solo voy a mencionar que el aparente proyecto de los procesos tiene que ver con la necesidad imperativa de los fenómenos constantes, esto es, lo que no puede dejar de ser por inevitable: las leyes de la naturaleza como, por ejemplo, la de la gravedad o la segunda de la termodinámica. La concatenación de estos sucesos necesarios en determinados ámbitos puede conducir a la organización de la naturaleza en ciclos, protofunciones y protoestructuras que inician la conexión de la necesidad imperativa con algún tipo de necesidad fisiológica vital. Así, por ejemplo, cuando el agua líquida alberga determinadas moléculas anfipáticas, como fosfolípidos o polipéptidos, la coherencia de su retículo de puentes de hidrógeno se impone a la perturbación de los grupos apolares hidrófobos de estas moléculas, de forma que los empaqueta en el interior de estructuras más estables termodinámicamente como membranas biológicas o proteínas globulares. De esta manera y partiendo de lo inorgánico, se pudieron ir integrando algunos fenómenos necesarios y los consiguientes procesos fisiológicos seleccionados en un sistema orgánico de interacciones alrededor de las denominadas funciones y subfunciones vitales: interacción con el agua líquida y selección de fosfolípidos que llevó a la formación de membranas biológicas con las que se iniciarían los compartimentos, la individualidad y la homeostasis; interacción de polipéptidos y selección de módulos funcionales y estructurales proteicos por sus capacidades metabólicas y de propagación estructural, inicio de sistemas alejados del equilibrio y replicativos; coselección de polipéptidos y ribozimas que terminarían formando ribonucleoproteínas y estableciendo un código genético… entre otras muchas interacciones que sin propósito previo alguno originarían funciones y estructuras dotadas de finalidad vital. Cada nueva estructura funcional seleccionada interaccionará necesariamente con su entorno orgánico e inorgánico y se enfrentará a las contingencias con su creciente información biológica –proteica pregenética, genética y epigenética– tanto en la ontogenia como en la filogenia. Así, en mayor o menor medida, los nuevos sucesos contingentes provocaran la ramificación de los procesos seleccionados, y vuelta a empezar: necesidad imperativa del fenómeno emergente y las consiguientes protofunción, protoestructura, necesidad funcional…y así hasta la simbiosis de algas y hongos formando líquenes o los guepardos corriendo tras las gacelas.

La imagen de la vida como una red donde los nudos serían los organismos celulares y pluricelulares que clásicamente denominamos vivos se nos queda corta. Sabemos que estos no son los únicos entes que interaccionan, también lo hacen algunos acelulares como los virus, entre otros con difícil acomodo en los nudos. Esta representación reticular, frecuentemente utilizada en las relaciones tróficas, también se consideró útil para interpretar el creciente aluvión de hechos acerca de la herencia horizontal, que deshilachan la individualidad genética filiativa de las especies y desdibujan la imagen del árbol de la vida. En la hipótesis que propongo, la naturaleza esencial del primer origen de la vida en la Tierra –mediante conexión funcional entre la necesidad imperativa de los fenómenos y la contingencia histórica de los sucesos– es eucariota y centrada en las proteínas. Los virus, entre otros seres acariotas, tendrían un origen posterior predominantemente genético a partir de la primera vida en la Tierra. La interacción entre estas dos naturalezas vitales era igualmente inevitable, obedecía y obedece a la misma necesidad imperativa de los fenómenos materiales –aunque ahora en un mayor nivel de organización– y la selección natural propició el equilibrio entre ambas. Más aún, como he expuesto en otras entradas de este blog (ver Origen de la célula eucariota, de 27 de mayo de 2020), la selección natural debería interpretarse como el resultado en cada instante de la dialéctica entre el ser vivo y su medio: el estado dinámico funcional, momento a momento, de la estructura material de la naturaleza viva coseleccionada en su constante interacción. Podríamos decir que, a pesar de su naturaleza distinta y de que no sean seres vivos, los virus están plenamente integrados en la vida considerada como un todo funcional.

 

El telar de la vida

Con lo expuesto aquí, y los argumentos dados en otras entradas de este blog, podríamos concluir que la imagen de la red no sea la más adecuada, pero aunque es imposible simplificar tanto la enorme complejidad de la vida, siempre ayuda apoyar las ideas en alguna, aunque no sea perfecta. Quizá pudiera ser más representativa del entrecruzamiento evolutivo de las dos naturalezas vitales la imagen de un telar con su urdimbre y su trama. Por una parte, hemos visto que la explicación de fenómenos de transferencia genética horizontal difumina cada vez más al ser vivo con su medio, afectando al mismo concepto de especie como conjunto unitario de genes. Por otra, vemos la integración funcional de dos naturalezas vitales muy diferentes, aunque relacionadas en su origen: la eucariota (celular y pluricelular) proteocéntrica y la acariota más genocéntrica; en este último grupo, se aprecia que el determinismo genético aumenta desde las arqueas (más parecidas a los eucariotas) a los virus (agentes genéticos móviles) pasando por las bacterias como estado intermedio.

Cada vez es más frecuente el descubrimiento de nuevos virus y su influencia en todos los ecosistemas terrestres. Dadas sus singulares características como parásitos intracelulares obligados y su elevada tasa de mutación son los principales dinamizadores de la herencia horizontal y de la diversidad genética en la biosfera (ver la entrada de este blog de 26 de enero de 2021 Virus y sistema inmunitario). Aunque la naturaleza acariota de arqueas y bacterias difiere de la eucariota, en mi propuesta, los tres grupos se ramifican del tronco protocariota inicial, de forma que en mayor o menor medida todos forman parte de la urdimbre, aunque las células acariotas frecuentemente se enredan como un zurcido entre los hilos de esta. Sólo los virus son un verso suelto, pura trama.

La vida en la Tierra se teje en el telar de una evolución sin sentido. Sus hilos representan estas dos naturalezas: la urdimbre celular tiende como un arbusto ascendente, pero enredado, hacia la complejidad de la integración creciente que resulta de la necesaria interacción funcional material, mientras que la trama viral tiende a exaltar la variabilidad genética y sus hilos se insertan entre los primeros de una forma aún más ciega y enmarañada.

No obstante estas particularidades, en un planteamiento global aumenta la diversidad funcional y estructural de los individuos y la complejidad orgánica y sistémica de las interacciones. La selección natural pone cordura como inteligencia universal que actúa en esta aparente locura.

miércoles, 4 de marzo de 2020

LA TRAMA MOLECULAR DE LA MEMORIA: DEL GEN AL MEDIO



En el post anterior vimos que la mente es un producto del cerebro, pero no algo que emana de un cerebro aislado como resultado directo de algún programa genético, sino como resultado de la dinámica cerebral que media la interacción entre el organismo animal y su entorno. En esta dinámica -como en cualquier otra interacción entre el organismo y el entorno- intervienen los niveles de integración supramolecular, celular y sistémico pluricelular; los cuales, en interacción continua con sus respectivos medios, exaltan la plasticidad fenotípica en los dominios informativos pregenético, genético y epigenético. En el paradigma o modelo proteocéntrico propuesto (ver posts de 2017 y 2016), dentro del dominio de información conformacional pregenética tenemos las características esenciales o constitutivas de las proteínas -anteriores a la información genética- tanto en lo relativo a la plasticidad proteica específica de estructuras desordenadas frente a ligandos diversos, como en la propagación de conformaciones por medio de proteínas tipo prión. En este sentido, esta información pregenética se establecería en la etapa de evolución prebiótica y daría lugar, entre otras cosas, a la selección de ribonucleoproteínas, produciendo un código conformacional previo al código genético secuencial. El dominio informativo genético se forma con el surgimiento de las primeras células, y la formación del código genético. Se establece, así, una relación informativa lineal entre las secuencias de nucleótidos, del ARNm y del ADN, y las secuencias de aminoácidos de los polipéptidos. Esta invariancia en la información secuencial condiciona, pero no determina, la plasticidad conformacional de las proteínas, sobre todo en aquellas que mantienen porciones funcionales, más o menos grandes, de estructura desordenada. En esta etapa, de formación del código genético, se seleccionan los segmentos de ARNm, que denominamos exones, correspondientes a los módulos conformacionales, o dominios esenciales de todas las proteínas, seleccionados previamente. A partir de aquí, la evolución supramolecular estuvo dirigida por la evolución celular y pluricelular. La versión fisiológica de los priones -que, por eso, propusimos denominar conformones- actuarían como selectores y propagadores de estructuras proteicas mediante la transmisión de información conformacional. Por su parte, la información epigenética, sensu lato, se corresponde con la exaltación de la plasticidad estructural, bajo los niveles celular y pluricelular, y el manejo modular de los genes, por las proteínas, que mantenga el conveniente equilibrio, en cada caso, entre invariancia y diversidad proteica.

Aprendizaje y memoria
Con esta introducción, vamos a abordar el estado de conocimientos generales acerca de cómo se forma, se almacena y se recupera la memoria en el cerebro. Los neurobiólogos constatan que, actualmente, existe un vacío abismal entre el conocimiento de regiones claves del cerebro, asociadas a determinadas funciones, y el conocimiento de los potenciales mecanismos moleculares que intentan explicarlas (1). A este respecto, una importante fuente de conocimiento podría generarse desde la correlación de las diferencias genéticas (generalmente pocas) y, sobre todo, epigenéticas, de los grandes tipos animales, con las anatómicas cerebrales de los mismos tipos, a lo largo de la filogenia; diferencias que, en ambos campos, deben reflejar el momento concreto de adaptación evolutiva. No obstante, se sabe que muchas moléculas iguales están implicadas en los dos principales tipos de memoria, declarativa y no declarativa; y en especies muy variadas, como la babosa marina, la mosca de la fruta y algunos roedores. Así pues, parece que la maquinaria molecular para la memoria ha sido ampliamente conservada en la evolución. Ya Santiago Ramón y Cajal proponía que la memoria debe implicar el fortalecimiento o refuerzo de las conexiones neuronales; y en los trabajos de Eric Kandel con la babosa marina Aplysia, se observa que la experiencia modifica las sinapsis, y permite la adaptación a los cambios ambientales; resaltando, una vez más, que la función es prioritaria a la estructura, y le da coherencia. Las lesiones y las enfermedades también modifican las conexiones neuronales (2).
La memoria explícita o declarativa supone la capacidad consciente de recordar hechos y acontecimientos. Está relacionada con la región medial del lóbulo temporal, que incluye el hipocampo. Por su parte, la memoria implícita o no declarativa tiene que ver con habilidades motoras ejecutadas automáticamente (andar, montar en bicicleta, usar la gramática, etc.) de forma inconsciente. Está relacionada con regiones del cerebro que responden a estímulos, como la amígdala, cerebelo y los ganglios basales. La unidad funcional y estructural más elemental implicada en la memoria implícita es el arco reflejo asociado a un acto reflejo, y constituye la base del aprendizaje asociativo -descubierto por Ivan Pavlov- relacionado con los estímulos condicionados. Para Pavlov, el aprendizaje implicaba una asociación entre los estímulos externos y el comportamiento. Queda claro, pues, que el aprendizaje y la memoria se sostienen, en parte, en el medio, y no sólo como toma de noticia consciente de lo que ocurre a nuestro alrededor, sino también como reflejo condicionado inconsciente. La trama de la memoria no es sólo cerebral, y mucho menos la expresión de un programa genético.
Kandel subraya que la memoria no es una función unitaria, distintos tipos de memoria se procesan de forma diferente y se almacenan en distintas regiones del cerebro. Pero, tanto la memoria explícita como la implícita se pueden almacenar a corto plazo, durante unos minutos, o a largo plazo, durante días, semanas e incluso más tiempo. La memoria a corto plazo implica modificaciones químicas que fortalecen las sinapsis. La memoria a largo plazo requiere síntesis de proteínas diversas -entre otras, priones (3)-, y, probablemente, la construcción de nuevas sinápsis. La potenciación a largo plazo (LTP) es un tipo de refuerzo sináptico en el hipocampo, y hay un amplio consenso en considerar este mecanismo como una de las probables bases fisiológicas de la memoria. Además de los priones, algunas proteínas -que también destacan por su plasticidad e información conformacional-, pertenecientes a la familia de las denominadas proteínas intrínsecamente desordenadas o desestructuradas (IDPs o IUPs) también participan en la adquisición de memoria a largo plazo; como, por ejemplo, TAD (CREB transactivator domain) que actúa sobre un grupo de proteínas -conocido como CREB (cAMP response element binding protein)- que resultan esenciales para la activación de la expresión génica necesaria para la conversión de la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo. En este sentido, también se han relacionado determinados neuropéptidos con la diversidad de las células cerebrales y con la diversidad de las sinapsis (4).  Por otra parte, y contradiciendo la creencia de la ausencia de neurogénesis en el cerebro adulto, el hipocampo es una fuente de nuevas neuronas a lo largo de la vida del animal. 
En esta panorámica del conocimiento actual sobre el aprendizaje y la memoria animal, antes de abordar directamente los mecanismos moleculares específicamente neurológicos, puede ser conveniente plantear ¿cuáles son los mecanismos moleculares generales de la adaptación biológica al medio? Para ello, y dentro del marco general del paradigma proteocéntrico propuesto, debemos intentar entender cómo se genera la información conformacional en las proteínas, esto es, ¿cómo se produce la dinámica conformacional de las proteínas en la interacción funcional con sus ligandos? Además, como acabamos de ver, los mecanismos moleculares básicos, implicados en la memoria, están muy conservados a lo largo de la evolución; e incluso me atrevería a proponer que, en lo esencial, estos mecanismos adaptativos responden a una misma lógica desde las etapas prebióticas del origen de la vida.

La plasticidad de las proteínas en las etapas prebióticas del origen de la vida
En una exposición resumida del modelo proteocéntrico -para más detalles, ver post del 10 de marzo de 2017 Origen de la vida y origen de la célula eucariota (5)- podemos destacar la plasticidad adaptativa, pregenética, de determinadas proteínas frente a sus medios moleculares, tanto intracelulares como intercelulares, a lo largo de la evolución biológica, ya desde el origen de la vida. Así, en la etapa prebiótica, debió seleccionarse el juego entre dos tipos de estructuras -y sus consiguientes propiedades- de los polipéptidos proteinoides que se formaron, al azar, en la sopa primordial; a saber: las estructuras hidrofílicas desordenadas, con su capacidad de unión por ajuste inducido a diferentes ligandos moleculares, y las estructuras hidrofóbicas compactas, con su capacidad para empaquetarse con otras estructuras proteicas propagando sus conformaciones. Las estructuras hidrofílicas, más desordenadas y plásticas, pueden cambiar a un tipo de estructura más ordenada bajo la acción de estructuras hidrofóbicas compactas, de la propia proteína o de otra. Esto es lo que ocurre con los priones-conformones, que pueden propagar su conformación beta a otras proteínas; transformando, así, las conformaciones alfa, de proteínas de secuencia igual o similar, a beta. Los conformones actuarían, así, como selectores y propagadores de proteinoides termales, desestructurados y poco específicos, merced a un código conformacional (6).
Es interesante destacar la analogía de estos fenómenos, de la evolución proteica, con las ideas de Cuvier acerca de los grandes tipos que él veía en el Reino Animal (ver post del 7 de enero de 2020). Cuvier hace una jerarquía entre los órganos más o menos esenciales, y sitúa a los primeros en el interior de la estructura viva, y a los segundos en el exterior. Al igual que ocurre con las proteínas, sitúa la esencia funcional de los animales en el interior, y la variabilidad de la plasticidad somática adaptativa en el exterior. Las proteínas también presentan un núcleo hidrofóbico ordenado (core) -característico del tipo general de proteína (por ejemplo, el dominio de la superfamilia de las inmunoglobulinas)- que le da estabilidad; y una variabilidad de interacciones -más o menos específicas, y con distintos grados de afinidad- en función de su plasticidad conformacional exterior ante diferentes ligandos. Así, según sea el grado de plasticidad externa, las uniones de una proteína con su ligando pueden ir del tipo ajuste inducido, en las más plásticas, -donde el sitio de unión, más o menos desestructurado, de la proteína se puede adaptar a un ligando, entre varios distintos, como una mano a un objeto-; a las de tipo llave-cerradura, en las más estructuradas, donde, como indica expresivamente esta denominación, la especificidad es única. La pregunta es ¿cuándo aparecen y cómo evolucionan -en la filogenia, en la ontogenia y en la fisiología- los dos tipos de especificidad de unión de las proteínas? En el paradigma proteocéntrico se propone que las proteínas pudieron evolucionar en dos grandes etapas:
1.    Una primera etapa, pregenética, de evolución prebiótica conformacional donde, a partir de secuencias polipeptídicas formadas al azar, se produce la selección de un número corto de conformaciones (módulos estructurales proteicos), que son los que actualmente encontramos en todas las proteínas.
2.    Una segunda etapa donde la información conformacional sigue siendo prioritaria, pero permitiendo una dimensión de evolución secuencial coherente. En esta etapa, a partir de polipéptidos ya codificados genéticamente -y utilizando los mecanismos de generación de diversidad desplegados en la evolución biológica-, se va acumulando una enorme variabilidad en las secuencias de las proteínas, pero siempre condicionada por la continuidad de las conformaciones seleccionadas durante la etapa anterior.
Así, durante la etapa de evolución química prebiótica, los proteinoides, pregenéticos y desestructurados, debieron moldearse y seleccionarse por interacción directa con el medio -y con el concurso de proteinoides de tipo prión que, como ya hemos señalado, denominamos conformones, por su capacidad para propagar sus conformaciones (6)-; estableciendo, así, una línea de evolución conformacional adaptativa, que vulnera el dogma central de la biología molecular, ya que, como se sabe en las cepas priónicas, no sólo puede haber más de una conformación para una secuencia, sino que, además, una determinada conformación puede darse en un número mayor o menor de secuencias. Como veremos, la continuidad de información conformacional pregenética se ha mantenido y se mantiene en la filogenia, en la ontogenia y en la fisiología celular. Antes de pasar a la etapa genética, con el establecimiento del código genético, sólo apuntar que las interacciones conformacionales, en las etapas prebióticas, en un marco de péptidos pequeños -módulos esenciales que interaccionarían formando complejos puzzles proteicos de miniestructuras cuaternarias, anteriores a polipéptidos más largos formados genéticamente- podrían estar representadas en la función de reconocimiento antigénico de los linfocitos T, basada en la discriminación entre lo propio y lo ajeno a través de la interacción específica entre el receptor de la célula T (TCR) y el complejo formado por la proteína del complejo principal de histocompatibilidad (MHC) y el péptido antigénico (7).  En la formación del complejo, se proponía que este proceso pudiera ocurrir como en el plegamiento de las proteínas, donde se forma un intermediario globular compacto, conocido como glóbulo fundido (molten globule), caracterizado por presentar una considerable proporción de estructura secundaria y un núcleo hidrofóbico fluctuante expuesto al agua. De la misma manera que el paso del glóbulo fundido a la estructura de plegamiento final exige la estabilización de la estructura globular mediante el empaquetamiento de los residuos hidrofóbicos, un proceso similar pudiera tener lugar durante la interacción de los péptidos antigénicos con las proteínas de histocompatibilidad. Así pues, la estructura básica del sitio de unión de las proteínas del MHC (sin tener en cuenta las variables polimórficas) constituiría la pieza maestra del puzzle conformacional que forman las pocas geometrías básicas de empaquetamiento estable de hélices alfa y láminas beta en el plegamiento de las proteínas.
Por su parte, en la etapa genética, la exigencia de mantener la coherencia entre los cambios en la secuencia de aminoácidos y las restricciones funcionales y estructurales de las proteínas propició mecanismos de variabilidad genética respetuosos con estas restricciones, como, por ejemplo, la hipermutación somática enzimática en la formación de anticuerpos específicos.

El sistema inmunitario como modelo de evolución adaptativa
Acabamos de ver dos ejemplos del sistema inmunitario relacionados con la evolución de las proteínas; no en vano, a la rama específica de este sistema se la denomina adaptativa, por lo que no es extraño que el sistema inmunitario sea considerado un modelo de evolución adaptativa rápida, ya que puede producir, a tiempo real, anticuerpos específicos frente a todo el universo antigénico, incluso frente a moléculas de síntesis que nunca se han dado en la naturaleza. Así, utilizando los procesos generadores de diversidad en los anticuerpos, característicos de los linfocitos B, se pueden producir los denominados anticuerpos catalíticos, donde -inmunizando con un análogo estable del estado de transición de un determinado sustrato- un anticuerpo monoclonal se convierte en una enzima específica.
El sistema inmunitario produce una gran diversidad, mediante mecanismos somáticos de recombinación genética e hipermutación dirigida, que le permiten reconocer todo el universo molecular, merced a la generación de un repertorio de alrededor de mil millones de anticuerpos distintos. Existen cuatro mecanismos básicos de generación de diversidad para los anticuerpos en los linfocitos B. Los tres primeros, se producen en el contexto de la recombinación somática, y sirven para construir las regiones variables de las inmunoglobulinas, aumentando la diversidad fundamentalmente de la CDR3, que es la región del sitio de unión al antígeno que más contacto presenta con éste. El cuarto, la hipermutación somática, actúa posteriormente -durante la respuesta secundaria-, sólo sobre el ADN ya reordenado, introduciendo mutaciones puntuales que afectan a las tres CDRs, modificando así la afinidad de las inmunoglobulinas. El antígeno selecciona, al modo darwiniano, las células B que, tras este proceso, presenten Igs con mayor afinidad hacia él. Este proceso de maduración de la afinidad, que implica al isotipo IgG, constituye un genuino proceso adaptativo durante la respuesta secundaria al antígeno.
Tanto las enzimas como los anticuerpos realizan su función de forma similar, uniéndose de forma específica a sus ligandos mediante el mismo tipo de interacciones débiles, y a través de cavidades que presentan una complementariedad, espacial y de cargas, que propicia la interacción. La intensidad de la unión entre antígeno y anticuerpo, o afinidad, depende de esta complementariedad. Así pues, en el caso de los anticuerpos catalíticos, la hipermutación somática, producida durante la segunda inmunización, mejora notablemente la eficacia de estos: el anticuerpo maduro presenta una afinidad de unión, por el antígeno, 30.000 veces mayor que el anticuerpo inmaduro. Además, mientras que el anticuerpo inmaduro sufre un notable cambio conformacional al unirse al antígeno -ajustándose al mecanismo de encaje inducido-; por el contrario, el anticuerpo maduro no experimenta un cambio apreciable, ajustándose a un mecanismo tipo llave-cerradura.
En el análisis estructural de los anticuerpos catalíticos obtenidos durante las respuestas inmunitarias primaria y secundaria, se pone de manifiesto la existencia de mecanismos pregenéticos, de generación de diversidad, basados en la dinámica y plasticidad conformacional de las proteínas frente a sus ligandos. Estos hechos darían en parte la razón al modelo del “molde antigénico” de Linus Pauling (1940). La plasticidad conformacional de los anticuerpos, obtenidos durante la respuesta primaria, les permite superar la relativa imperfección de su estructura para unirse al antígeno. La recombinación somática, que se produce en esta respuesta, aporta los aminoácidos que más interaccionan con el antígeno, y la geometría grosera del sitio de unión, que se adapta al antígeno mediante ajuste inducido. Por su parte, con la hipermutación somática se consigue una conformación estable, con la máxima complementariedad frente al antígeno, cambiando alrededor de diez aminoácidos del anticuerpo inmaduro al maduro. Estos cambios afectan fundamentalmente a la geometría completa del sitio de unión, refinando la cavidad que reconocerá específicamente al antígeno, logrando, así, un encaje del tipo llave cerradura.
Además del evidente interés práctico de esta técnica, se abre una interesante reflexión teórica acerca de la evolución de las proteínas en general, y de las enzimas en particular, según el siguiente modelo: estructuras enzimáticas poco específicas -cuya plasticidad conformacional podría facultarles la unión, con mayor o menor afinidad, por varios sustratos- paulatinamente irían adquiriendo mayor afinidad por algunos de ellos (se adaptarían y especializarían) a medida que algunos mecanismos genéticos primitivos, que implicasen recombinación y mutación (más o menos dirigida), perfeccionaran y estabilizaran estas estructuras (para una información más detallada ver Los anticuerpos catalíticos, en el capítulo 10 del libro de Ed. Síntesis (1998) Inmunología aplicada y técnicas inmunológicas).

La información conformacional en la filogenia, en la ontogenia y en la fisiología
A pesar de la plasticidad conformacional exhibida por los anticuerpos inmaduros, no podemos olvidar que el inmunitario es ya un sistema altamente especializado: posee un sofisticado aparato genético con el que genera un mil millonario repertorio de receptores antigénicos en las células B y T, BCRs y TCRs respectivamente. Por eso, aunque anteriormente hemos dicho que la plasticidad proteica es característica de una etapa pregenética, la singularidad del aparato genético, implicado en la generación de diversidad inmunológica, nos lleva a pensar que el sistema inmunitario responde, más bien, a un modelo muy especializado, dentro del más general de evolución genética.
Aunque, desde la formación del código genético, todos los polipéptidos se sintetizan con el concurso de los ARNs transferente, ribosómico y mensajero; en el mundo de las proteínas encontramos un abanico, de mayor o menor plasticidad conformacional, que va desde proteínas de especificidad múltiple, con un alto porcentaje de estructura desordenada, a otras con una estructura muy compacta y una especificidad única, que se ajustan al modelo llave-cerradura.
Los priones-conformones y las proteínas de choque térmico (HSPs), entre las que se encuentran los chaperones y las chaperoninas, son proteínas que despliegan una gran cantidad de información conformacional. Aunque disponen de porciones, mayores o menores, de estructura desordenada que les permite cierta plasticidad en sus interacciones con otras moléculas; su modo de actuación se apoya fuertemente en sus respectivos núcleos hidrofóbicos, ejerciendo un papel opuesto sobre otras proteínas: los priones-conformones inducen el cambio conformacional, y las HSPs contribuyen a mantener la conformación correcta -como, por ejemplo, los chaperones- en el plegamiento y acompañamiento de los polipéptidos recién sintetizados.
Se conocen múltiples procesos biológicos donde los priones (y conformones) actúan junto a las HSPs, seleccionando y propagando información conformacional. Así, la proteína de choque térmico Hsp90, además de chaperón, puede actuar también como acumulador o condensador molecular (capacitor), que le permite mantener ocultas las posibles conformaciones proteicas de una determinada cantidad de mutaciones del genoma, mediante la conservación de las estructuras previas a las mutaciones. En situaciones de estrés celular, abandona su función de conservación conformacional, y libera bruscamente los fenotipos proteicos acordes a las mutaciones. Estos fenómenos proporcionan el primer mecanismo molecular plausible para que una célula responda a su ambiente con un cambio fenotípico heredable. Igualmente, algunas proteínas priónicas, asistidas por chaperones, pueden adoptar dos isoformas, una de las cuales puede ser capaz de propagar y amplificar su malformación actuando como un molde sobre las isoformas normales.
En este sentido, mecanismos similares de estabilización de la isoforma formadora de oligómeros dentro de proteínas de tipo prión-conformón, en la mosca de la fruta, pueden estar implicados en la memoria a largo plazo (LTP).  La acumulación de estas isoformas podría ayudar a formar o estabilizar la memoria a largo plazo, mediante la creación de grupos de proteínas de larga vida en las sinapsis (8).
Igualmente, se han identificado en plantas alrededor de unas 500 proteínas candidatas a presentar un comportamiento priónico, que están implicadas en fenómenos de adaptación al ambiente a largo plazo. Generan, así, un tipo de memoria conformacional de las condiciones ambientales, transmisible de generación en generación (9).
Como vimos anteriormente, los priones-conformones, contradicen el dogma central de la biología molecular en varios aspectos, pero fundamentalmente en lo referente a la constricción de una determinada secuencia de aminoácidos con una única conformación y una determinada función. Además, es frecuente la relación entre priones-conformones y HSPs-chaperones. Las HSPs pueden, entre otras posibilidades, actuar como chaperones y acumuladoras de mutaciones silentes, controlando el fenotipo; así como ayudando a los priones-conformones a mantener el equilibrio entre sus estados inactivo y activo. Por su parte, los conformones podrían actuar fisiológicamente como selectores -y propagadores de la herencia estructural celular- de los cambios conformacionales proteicos liberados bruscamente por las HSPs, frente a cambios ambientales significativos.
En el paradigma proteocéntrico, la plasticidad pregenética de los conformones pudo actuar, durante la etapa prebiótica, sobre proteinoides -péptidos y polipéptidos con actividad enzimática poco específica-, seleccionando y propagando sus conformaciones. Es posible que algunos de estos proteinoides pudiesen comenzar a desarrollar una funcionalidad poco específica de chaperón. Todos estos tipos de proteínas tienen una, mayor o menor, proporción de estructura desordenada, que también contradice lo relativo a la prioridad y unicidad entre estructura y función, tal como reza el dogma central de la biología molecular:es preciso una estructura tridimensional estable para realizar una determinada función única, y esa estructura y función vienen determinadas, genéticamente, por la secuencia de nucleótidos del ADN”.
En los últimos años del siglo XX, se ha visto que muchas proteínas de eucariotas exhiben una porción, mayor o menor, de estructura desordenada; son las denominadas proteínas intrínsecamente desordenadas o desestructuradas (IDPs o IUPs) que pueden adquirir una estructura terciaria estable cuando se unen, de forma poco específica, a diversos ligandos, que van desde pequeñas moléculas a moléculas grandes, como otras proteínas o ácidos nucleicos; supeditando, así, la estructura a las posibles funciones previas (la interacción con uno de varios ligandos posibles) o a procesos adaptativos frente a cambios ambientales, y dejando una información biológica conformacional, que también puede establecerse -en coherencia con un medio ambiente mantenido- como un tipo de herencia conformacional (10). Conviene subrayar la importancia funcional de las IUPs, ya que intervienen como reguladoras en procesos celulares clave, tales como transcripción, traducción, transducción de señales y ciclo celular; así como en muchos procesos de adaptación molecular.
Las IUPs no presentan un núcleo (core) hidrofóbico; y en ellas, además, predominan los aminoácidos hidrofílicos sobre los hidrofóbicos, lo que facilita la unión con diferentes ligandos, mediante ajuste inducido, en entornos acuosos. Las IUPs reconocen a su ligando en un proceso de coplegamiento o plegamiento sinérgico. Este proceso presentaría una analogía estructural con los intermediarios de plegamiento de las proteínas globulares, que van desde el estado desplegado de ovillo al azar al plegamiento globular, pasando por el glóbulo prefundido y fundido (molten globule). Por todo ello, es posible que su funcionalidad en la célula precise del concurso de otras proteínas (como las HSPs-chaperones y los conformones) que poseen tanto alguna región desestructurada como un potente núcleo hidrofóbico (core), que les proporciona estabilidad y capacidad de modificar a otras proteínas. Esta acción conjunta de los tres tipos de proteínas puede estar implicada en los principales procesos celulares y etapas biológicas, desde el origen de la vida, es decir: en la ontogenia, en la filogenia y en la fisiología celular. De hecho, en el post citado de 2017, se postula una coevolución entre conformones y proteinoides termales hidrofílicos poco específicos. A este respecto conviene resaltar que tanto los priones-conformones como las IUPs son muy resistentes a factores fisicoquímicos (calor, ácidos, radiaciones UV) característicos de ambientes extremos, como los que pudieron darse en la etapa prebiótica del origen de la vida. En esta etapa, pudo establecerse -antes de que se formara el código genético- una relación de coevolución molecular entre los conformones y los proteinoides desordenados primitivos. El posible fruto de esa relación sería la selección pregenética de las características propias o esenciales de las principales familias proteicas, definidas tanto por sus núcleos hidrofóbicos -que determinan sus conformaciones de empaquetamiento- como por sus periferias hidrofílicas, que determinan fundamentalmente la especificidad, esto es, la capacidad de unión a ligandos específicos. Por poner un ejemplo, del que hablamos anteriormente, en la superfamilia de las inmunoglobulinas, todos los anticuerpos tienen la misma estructura básica en sus dominios; pero los dominios variables portan unos lazos hipervariables que constituyen las tres regiones determinantes de la complementariedad (CDRs 1, 2 y 3). Como ya vimos anteriormente, estas regiones sufren cambios en el transcurso de la respuesta primaria a la secundaria frente al antígeno, con una maduración de la afinidad. Se pasa, así, de un mecanismo de ajuste inducido a otro de llave-cerradura.
En esta relación pregenética, los proteinoides, portadores de mucha estructura desordenada, se seleccionarían por su capacidad de unirse a ligandos clave del primitivo metabolismo (fundamentalmente relacionado con la interacción conformacional con el ARN), de forma cada vez más específica, y por su capacidad de cambio conformacional mediante interacciones hidrofóbicas con los conformones. De esta manera se pudieron seleccionar las conformaciones de los dominios de las principales familias de proteínas: básicamente, la especificidad se modelaría, funcionalmente, por contacto directo de la estructura desordenada con las moléculas del medio; mientras que los priones-conformones seleccionarían, y serían seleccionados, por el resultado funcional de la interacción hidrofóbica con los proteinoides. La función primitiva de las HSPs-chaperones debió aparecer poco después, proporcionando, fundamentalmente, estabilidad a todas las proteínas existentes. Este triunvirato proteico puede constituir el mecanismo general de adaptación al medio en el nivel supramolecular: las IUPs se moldearían funcionalmente por unión a nuevos ligandos; las HSPs participarían estabilizando y guardando la coherencia funcional de las estructuras proteicas resultantes, tanto las pregenéticas como las genéticas; y los conformones seleccionarían y propagarían las nuevas conformaciones.
Como se expone en el post de 2017, este mecanismo, pregenético, de información y herencia conformacional de las proteínas coevolucionó -en la etapa prebiótica- con la información conformacional del ARN (principal ligando de estas proteínas), y como resultado de esta coevolución se formó el código genético. Así, en el paradigma proteocéntrico, la primera célula tendría una naturaleza esencialmente eucariota, básicamente una arquea similar a un núcleo, con un metabolismo elemental limitado a la producción de proteínas, y una fisiología centrada en el tránsito de información externa, de la membrana celular al núcleo -rutas de transducción de señales-, y de respuesta adaptativa interna, del núcleo a la membrana celular. En el inicio y en el final de ambas rutas informativas debe estar presente la triada formada por IUPs, HSPs-chaperones y conformones. En este sentido, parece que tanto los priones-conformones, como las IUPs están sólo, o principalmente, presentes en los eucariotas, lo que reforzaría esta hipótesis. Además, este flujo de información, entre el primordio de célula eucariota (que denomino protocariota) y el medio externo, iría reforzado por una continua y contingente producción de vesículas de exocitosis (cargadas, al azar, de proteínas y ácidos nucleicos) que, sin propósito alguno, colonizarían el medio exterior, e interiorizarían y seleccionarían partes de su “metabolismo” mineral abiótico. Muchas de estas vesículas estarían abocadas a volver, por endocitosis, a las células protocariotas. De esta manera, se iría haciendo, lentamente y de forma exógena, el metabolismo energético. Así, en el paradigma proteocéntrico -con este continuo baile de exocitosis y endocitosis- se formarían tanto los eucariotas como todos los acariotas (entidades sin núcleo definido): el resto de las arqueas, las bacterias y los virus (ver post de 2017).  En este sentido, resulta interesante el que las regiones desestructuradas (características de eucariotas) no tengan actividad enzimática. Las enzimas específicas pudieron formarse, en la etapa genética, aumentando paulatinamente la afinidad desde reconocimientos de ajuste inducido a mecanismos del tipo llave-cerradura. Además, en el interior de las vesículas de exocitosis, tanto el material genético como las proteínas resultantes -ambos producidos de forma contingente, y necesaria, por la maquinaria nuclear que había iniciado su andadura- pueden seleccionarse, sin problemas de coherencia funcional, en su encuentro con el premetabolismo mineral exterior. Algunas de estas vesículas alcanzarían la vida libre como acariotas, y otras volverían por endocitosis a la célula protocariota, proporcionando, así, los nutrientes necesarios. En algunos casos, se podrían establecer relaciones de endosimbiosis, integrando, así, el metabolismo exógeno conquistado. Es muy probable que se estableciese una línea evolutiva de endosimbiosis (que, en determinados ambientes, puede continuar), en vez de tratarse de un hecho puntual. Así, el inicio del metabolismo energético eucariota sería por integración funcional, en una línea evolutiva de endosimbiosis sucesivas, de un metabolismo acariota exógeno.
Por otra parte, en apoyo de este modelo de adaptación pregenética -basado en la plasticidad conformacional de IUPs, HSPs-chaperones, y conformones-, está que las IUPs suelen estar en el centro de redes proteícas, que conectan rutas reguladoras y de señalización celular; esto resulta coherente con la hipótesis planteada que las situaría (junto con los otros dos elementos de la triada) en el comienzo y en el fin de las rutas informativas, de la membrana al núcleo y viceversa. En este modelo general de la adaptación de las proteínas al medio -como hemos visto en la maduración de los anticuerpos-, las proteínas más plásticas estarían en los extremos de las rutas (principio y final), y las menos plásticas hacia el centro. En el caso de que las rutas se encadenen formando redes, el punto de conexión coincide con los extremos previos. El crecimiento, la evolución de estas rutas, sería orgánico (por intuscepción) desde los extremos hacia el centro, por duplicación génica, y la consiguiente modificación mejorada del gen de la proteína anterior. Es posible que, en general, se vaya pasando desde los extremos, más plásticos, hacia el centro, más específico, cambiando reconocimientos del tipo ajuste inducido por otros del tipo llave-cerradura, con aumento de la afinidad. Igualmente, muchas rutas de transducción de señales son idénticas en su parte central y sólo varían en el inicio y en el final, con proteínas más plásticas, sobre todo en las que se sitúan en la membrana plasmática enfrentándose con los cambios del medio exterior. El cambio genético -por el que se puede pasar de la plasticidad proteica del ajuste inducido al reconocimiento tipo llave-cerradura- no es tan rápido en la evolución en general como lo es en la producción de anticuerpos. Además de que el sistema inmunitario posee un sistema muy sofisticado y singular de generación de diversidad para el reconocimiento antigénico, los anticuerpos son proteínas que circulan libremente por los humores del organismo, y en las que los cambios que afectan a sus regiones hipervariables sólo están implicados en la unión al antígeno. Pero, no obstante, no debemos olvidar que la clave fundamental en el proceso de discriminación entre lo propio y lo no propio, del sistema inmunitario de vertebrados, recae sobre los linfocitos T y su particular reconocimiento de lo propio y lo ajeno, sobre la que se basa la selección del repertorio de receptores de células T y la memoria inmunológica. Aunque los receptores antigénicos de las células T (TCRs), se forman por un mecanismo similar al de los anticuerpos, como hemos visto, reconocen al antígeno en forma de péptidos presentados en el interior de una hendidura de las proteínas de histocompatibilidad propias. Lo sorprendente aquí es que, cada individuo, sólo puede tener entre seis y doce proteínas de histocompatibilidad distintas. Esto supone un evidente cuello de botella para la presentación antigénica a millones de TCRs distintos. Sólo queda pensar en la enorme diversidad conformacional que pueden exhibir los péptidos en diferentes posiciones dentro de la hendidura (7). En general, los péptidos presentes en muchas funciones fisiológicas deben guardar relación conformacional con los módulos proteicos pregenéticos seleccionados durante la etapa prebiótica del origen de la vida.
La evolución del común de las proteínas es más lenta y coherente con la funcionalidad general del sistema en el que estén integradas. En este sentido, ante las nuevas exigencias funcionales, las proteínas tensionarán su plasticidad conformacional al máximo (y, con la participación de las HSPs-chaperones, incluso evitaran la manifestación fenotípica de algunas mutaciones favorables a esa nueva tendencia estructural) hasta que, en algún momento de estrés importante, las HSPs-chaperones liberen los fenotipos proteicos (productos de las mutaciones acumuladas), que, así, serán seleccionados por la coherencia funcional del conjunto. Por otra parte, las IUPs intervienen en muchas funciones de evidente implicación epigenética: metilaciones, acetilaciones, glicosilaciones, fosforilaciones, factores de transcripción, regulación de la transcripción y traducción, histonas, aminoacil-ARNt sintetasas, ensamblaje de grandes complejos proteicos, ribosoma, citoesqueleto, etc. Los polipéptidos desestructurados actúan como chaperones y proteínas HSPs (por ejemplo, en el estrés hidríco), y también forman parte de esta familia de proteínas, lo cual confirmaría la relación funcional ancestral de las HSPs-chaperones con las IUPS y priones-conformones; por lo que es probable que las HSPs-chaperones surgieran como una familia proteica con características funcionales y estructurales intermedias entre las otras dos.
Las IUPs parecen ser más ubicuas en la fisiología celular que los conformones. Al contrario de lo que suele ser el razonamiento habitual, esto no implica necesariamente una antigüedad mayor de las IUPs, sino que las propiedades de las IUPs constituyen la esencia de la especificidad proteica y de la adaptación al medio, sobre la base de la plasticidad de unión a multiples ligandos. Esta plasticidad de unión descansa sobre los abundantes residuos hidrofílicos de estas proteínas. Por su parte, los conformones tendrían un papel fundamental en el origen de la vida como selectores y propagadores de información conformacional, merced a su núcleo hidrofóbico. Este papel es fundamental en el establecimiento de las principales familias proteicas, definidas por su conformación de plegamiento. Las IUPs estarían implicadas en el establecimiento de las diferentes funciones específicas de estas familias.
En cualquier caso, convendría realizar una jerarquía de las proteínas por su ubicación, plasticidad y funcionalidad; es decir, habría que establecer una filogenia funcional-estructural de los principales sistemas y subsistemas de la célula eucariota, teniendo en cuenta las proteínas más plásticas y multifuncionales primero y las más específicas después; en el supuesto de que las proteínas más plásticas estarán en el inicio funcional de cada sistema en la ontogénesis, en la filogénesis y en la fisiología. Así, en las células, las proteínas más plásticas estarán en la membrana -en interacción con el medio-, y las rutas que llevan información hacia el núcleo (segundos mensajeros y transducción de señales; rutas epigenéticas; etc.) estarán automatizadas y serán universales. Sólo variará la entrada de información del exterior, y la llegada de información al final de la ruta interior.

Conclusiones
En el modelo de evolución de la información conformacional de las proteínas propuesto, hemos visto algunas particularidades de algunos sistemas, como el inmunitario, con mecanismos muy sofisticados de adaptación al reconocimiento molecular. Pero debemos extraer lo más general del detalle singular, y ver la lógica evolutiva de las proteínas en el encadenamiento de la plasticidad pregenética, la invariancia genética y la modulación epigenética, dentro de los sistemas celulares y pluricelulares.
El vacío abismal, que constatan los neurobiólogos, entre el conocimiento de regiones funcionales claves del cerebro, y el conocimiento de los potenciales mecanismos moleculares que intentan explicarlas, no puede rellenarse con enfoques parciales y reduccionistas. Aunque los proyectos de investigación no puedan salirse de estas limitaciones, es preciso tener presente algún tipo de marco teórico general, que sea crítico con las contradicciones del paradigma vigente.

BIBLIOGRAFÍA
1.    Miller, G. How are memories stored and retrieved? Science (2005), 309, 5731, 92.
2.    Kandel, E. R. La nueva biología de la mente. Paidós. Ed. Planeta (2019).
3.    White-Grindley, E. et al. Contribution of Orb2A Stability in Regulated Amyloid-like Oligomerization of Drosophila Orb2.  PloS Biol. (2014), 12(2): e1001786, doi: 10.1371/journal.pbio.1001786
4.    Bosiljka Tasic, et al. Shared and distinct transcriptomic cell types across neocortical áreas. Nature (2018) 563, 72-78.
5.    Blog: estructuraeinformacionbiologica.blogspot.com.es
6.    Ogayar, A., Sánchez-Pérez, M. Prions: an evolutionary perspective. International Microbiology (1998) vol. 1, nº 3, 183-190.
7.    Ogayar, A. Presentación antigénica y puzle conformacional. Una hipótesis (I y II). Inmunología (1991) Vol. 10, nº 1, 19-23; y nº 3, 97-103.
8.    Shorter, J., Lindquist, S. Prions as adaptative conduits of memory and inheritance. Nature Reviews Genetics (2005) vol. 6, nº 6, 435-450.
9.    Chakrabortee, S. et al. Luminidependens (LD) is an Arabidopsis protein with prion behavior. PNAS (2016) vol. 113, nº 21, 6065-6070.
10.  Tompa, P. Intrinsically unstructured proteins. Trends in Biochemical Sciences (2002), vol. 27, nº 10, 527-533.

domingo, 12 de junio de 2016

PRIONES-CONFORMONES Y EVOLUCIÓN BIOLÓGICA


Priones-conformones y evolución prebiótica

En coherencia con lo expuesto hasta ahora, relativo al paradigma proteocéntrico, la información biológica conformacional debe aparecer ya en el escenario del origen de la vida.
En este sentido, la capacidad que manifiestan los priones, de propagación de sus conformaciones proteicas, podría haber sido muy útil durante la etapa de evolución química prebiótica (ver Ogayar, Sánchez-Pérez. Prions: an evolutionary perspective. International Microbiology. Vol.1, number 3. Sep. 1998). Con sólo poner ogayar-prions, sale el artículo completo.
Los estudios cristalográficos de la estructura de las proteínas sugieren que éstas sólo utilizan un número corto de conformaciones de plegamiento. Este número limitado de estructuras terciarias, o módulos proteicos, se eleva sobre un número mucho menor de estructuras secundarias y supersecundarias.
Por el contrario, encontramos una gran explosión de diversidad al analizar las secuencias de las proteínas. No obstante, el examen de los patrones de variabilidad de diversas familias proteicas nos muestra fuertes restricciones estructurales a dicha variabilidad.
Es ampliamente admitido que los segmentos génicos codificadores (exones), sobre los que operan mecanismos de generación de diversidad, se corresponden, básicamente con las unidades estructurales proteicas (módulos proteicos o dominios) seleccionadas a lo largo de la evolución. De hecho, los genes “fundamentales”, que están presentes en los exones de todas las células, debieron establecerse en las primeras etapas de la evolución celular, y siempre respetando las conquistas de los módulos estructurales básicos.

·      Etapas de la evolución proteica

Todos estos datos estructurales nos llevan a pensar que las proteínas pudieron haber evolucionado en dos grandes etapas:
1.   Una primera etapa de evolución prebiótica conformacional donde, a partir de secuencias polipeptídicas formadas al azar, se produce la selección de un número corto de conformaciones (unidades estructurales proteicas), que son las que actualmente encontramos en todas las proteínas.
2.   Una segunda etapa donde la evolución conformacional sigue llevando la batuta pero permitiendo una dimensión de evolución secuencial. En esta etapa, a partir de polipéptidos ya codificados genéticamente –y utilizando los mecanismos de generación de diversidad desplegados en la evolución biológica- se va acumulando una enorme variabilidad en las secuencias de las proteínas, pero siempre condicionada por la continuidad de las conformaciones seleccionadas durante la etapa anterior.

·      Origen del código genético

Durante la larga etapa de evolución química prebiótica  la estructura de las proteínas (en esta etapa, proteinoides) debió moldearse y seleccionarse por interacción directa con el medio. A partir del establecimiento del código genético (origen de las primeras células, y comienzo de la evolución por selección natural), toda modificación adaptativa de las proteínas (de las unidades estructurales seleccionadas en la etapa prebiótica) se produce por el nuevo camino que, paradójicamente, supone tanto estabilidad y conservación como una fuente de variabilidad:
  1. PROTEÍNASàPROTEÍNASàARN (código genético)
  2. ARNàPROTEÍNAS
  3. ADNàARNàPROTEÍNAS
Así pues, parece que en el tránsito de la evolución prebiótica a la evolución biológica por selección natural, el medio pudo pasar, de jugar un papel moldeador directo, a jugar también un papel selector de las variantes proteicas codificadas genéticamente, aunque siga informando (interaccionando instante a instante) y propiciando los cambios conformacionales que están permitidos en el rango de plasticidad de cada proteína.

De este modo, la producción genética de las proteínas -además de garantizar la estabilidad y la conservación conformacional- permite, mediante una exaltación de variabilidad, aumentar el despliegue evolutivo de interacciones específicas proteína proteína y proteína ligando. Esta variabilidad debe evolucionar coherentemente en lo relativo a la especificidad: 

  • Especificidad de especie, de forma que la variabilidad secuencial acumulada permita las interacciones fisiológicas entre las proteínas de la especie a la hora de formar máquinas y rutas de interacción proteicas cada vez más complejas.
  • Especificidad de función, de forma que las funciones celulares más elementales se vayan desdoblando en otras nuevas mediante duplicación genética, que permita la unión específica a nuevos ligandos de forma coherente.

Durante la etapa prebiótica, alguna capacidad para propagar información conformacional proteica por contacto directo, similar a la que actualmente manifiestan los priones, pudo ser fundamental en el camino desde lo inorgánico hacia el mundo de lo vivo. Desde un punto de vista evolutivo, los proteinoides que adquiriesen esta capacidad (a los que en el artículo del 98 denominamos conformones) serían estructuras proteicas seleccionadas, esencialmente, por su capacidad para inducir cambios conformacionales –acordes con su estructura y función (la capacidad de propagación)- en determinados polipéptidos que presenten secuencias compatibles con el cambio.

De esta manera, los conformones actuarían como selectores de los cambios favorables (cambios de especificidad permisivos con las unidades estructurales esenciales o módulos proteicos), favoreciendo su propagación. Es decir, del conjunto de polipéptidos -formados al azar en la sopa primigenia, y compatibles con la capacidad para propagar sus conformaciones, que manifiestan los conformones- se seleccionarían positivamente aquellos que tuviesen sitios activos más adecuados para realizar actividades útiles cada vez más específicas. Pero éstos, aunque resultasen eficaces y duraderos en esta función, no dispondrían de mecanismos de herencia genética, rápidos y precisos, para transmitir estos cambios finos. 
En este punto, sólo mencionar que el paradigma de respuesta adaptativa rápida mejor conocido es el sistema inmunitario, del que ya hemos mencionado someramente los mecanismos de generación de diversidad de los anticuerpos. Más adelante volveremos sobre el tema, mencionando también la producción de anticuerpos catalíticos, donde se muestra la generación de cambios de especificidad y afinidad por los sustratos.

En esta etapa prebiótica se irían acumulando, y asociando, estas estructuras proteicas más eficaces, formando protobiontes con un metabolismo y una capacidad reproductora elementales.
Paradójicamente, a partir del establecimiento del código genético -después de un “mundo de ARN autocatalítico” y un “mundo de proteínas-conformones” coexistiendo y evolucionando independientemente- aparece el nuevo marco de la evolución biológica, en el que las proteínas se sintetizan genéticamente, y los ácidos nucleicos son gobernados por las proteínas para ejercer su función. Conviene señalar que en estos dos “mundos” la información es conformacional: las ribozimas y el ARNt debieron preceder al ARNm, y el primer código genético debió ser conformacional, seleccionado por la actividad aminoacil-ARNt-sintetasa, y no degenerado (como ya vimos en la entrada anterior).

Es obvio que, en algún momento de la evolución prebiótica, se debió establecer una coevolución entre estos dos mundos, en la que las proteínas, dada su mayor potencialidad estructural y funcional, comenzaron a utilizar el ARN (y posteriormente, en la evolución biológica, también el ADN) para garantizar la estabilidad de sus conquistas estructurales y una variabilidad secuencial coherente con ellas. 

Así, a lo largo de la evolución:
  1. Primero se establecería una información conformacional proteínas-ARN.
  2. Posteriormente se incorporaría la primera información secuencial proteínas-ARNm (código genético).
  3. Por último, esta información secuencial se almacenaría en la molécula del ADN.
Como expuse en la entrada anterior, los ácidos nucleicos serían un instrumento de las proteínas y la información secuencial (tan importante como lo es la cultura para los humanos) estaría supeditada a la información conformacional.


Sin plantear siquiera muchos de los aspectos relativos al origen de la vida, que de momento dejamos aparcado, sólo señalar que, en esta coevolución prebiótica, las unidades estructurales proteicas se fueron seleccionando por su capacidad de interaccionar entre ellas, mediante interacciones débiles no covalentes, formando así estructuras más o menos complejas. De igual manera interaccionarían con el ARN formando ribonucleoproteínas, y seleccionando estructuras de uno y otro “mundo” fueron elaborando el código genético

Este proceso permitiría la formación de polipéptidos cada vez mas largos y eficaces. 
El aumento de eficacia vendría dado, entre otras cosas, por la mejora funcional que suponía la transición de una estructura proteica formada por varios péptidos pequeños (unidos por interacciones débiles) a un polipéptido formado por la unión secuencial covalente de éstos. 
Este proceso iría permitiendo la coselección de dominios proteicos (estructurales y funcionales) junto con determinados fragmentos salteados de las cadenas del ARN ambiental, monocatenario y lineal, compatibles con dichos dominios, que, de esta manera, devendrían en exones

Esta conquista evolutiva permitiría la posterior evolución modular. En este sentido, buena parte del denominado ADN basura vendría de entonces.
La paradójica universalidad del código genético, más que revelar un único origen celular procariota (parece absurda una única solución en este nivel de complejidad), revela un origen precelular seleccionado por los módulos proteicos

Antes de abordar la evolución celular, tan solo apuntar que las interacciones conformacionales iniciales en un marco de péptidos pequeños (módulos esenciales que interaccionarían formando complejos puzzles proteicos, anteriores a la aparición de polipéptidos más largos formados genéticamente) podrían estar representadas en la función de reconocimiento antigénico de los linfocitos T, basada en la discriminación entre lo propio y lo ajeno a través de la interacción específica entre el TCR y el complejo proteína del MHC y péptido antigénico (ver Ogayar, A. Presentación antigénica y puzzle conformacional. Una hipótesis (I). Inmunología 1991; 10: 19-23; y (II) 10: 97-103.

Conformones y evolución celular

No obstante la enorme ventaja evolutiva que supuso la aparición del código genético (primero sólo conformacional y luego secuencial-conformacional); para el modelo proteocéntrico, la primacía evolutiva debió seguir en manos de las proteínas y en la continuidad de su información conformacional, desde el origen de la vida a lo largo de toda la evolución biológica. Esta continuidad de información conformacional sería anterior a la continuidad del plasma germinal postulada por August Weissmann, y cuya versión molecular moderna es el denominado “dogma central de la biología molecular”. Sin embargo, no podemos mermar en absoluto la enorme importancia del ADN y el ARN como instrumentos de información y modificación de la síntesis de proteínas. Constituyen una suerte de programa informático, pero no pueden considerarse ni un informático ni un usuario de la informática.

En la continuidad de información conformacional de las proteínas tendrían una gran relevancia, entre otras, dos tipos de proteínas frecuentemente relacionadas en su función:
1.   Las proteínas de choque térmico (HSPs), entre las que se encuentran las proteínas acompañantes o chaperones.
2.   Los priones.

En el artículo anteriormente mencionado (Prions: an evolutionary perspective) se plantean dos posibles marcos teóricos, no del todo incompatibles entre sí, para definir el posible grado de participación de los priones/conformones en la evolución biológica:
  • ·   Los priones como atavismo evolutivo de los conformones ancestrales que, como entidades independientes, coevolucionan con las células (comportándose de forma semejante a los virus).
  • ·     Los conformones como proteínas celulares selectoras y propagadoras  de información conformacional.

Como ya se ha indicado, este segundo marco (que me parece el más plausible) no excluye la posible existencia de priones como entidades relativamente independientes, aunque no vamos a abordar este problema aquí. 

Este marco teórico encuentra apoyo en investigaciones acerca de la utilidad evolutiva de mecanismos moleculares semejantes a los de los priones, en eucariotas inferiores (en levaduras, en el hongo Podospora anserina, y recientemente también en plantas y en la mosca de la fruta, Drosophila melanogaster). Estos mecanismos implicarían la propagación de cambios conformacionales en proteínas, de un modo semejante al postulado en la hipótesis de la proteína sola, para la replicación priónica.

Para la investigadora puntera en este campo, Susan Lindquist, los priones de levaduras se comportan como elementos genéticos heredables: “tanto en los priones de mamíferos como en los de levaduras, la estructura de las proteínas actúa de una manera que se creía exclusiva de los ácidos nucleicos: 
  • En un caso como agentes trasmisibles de enfermedades.
  • En el otro, como determinantes heredables del fenotipo”. 

Es decir, como un virus y como un gen, respectivamente.

Los priones se encuentran en levaduras sanas, y representarían, junto a algunas HSPs, un mecanismo para acumular variantes genéticas, que son suprimibles bajo determinadas circunstancias naturales, para posteriormente poder desplegarlas repentinamente en situaciones de estrés ambiental. En concreto, Hsp90 es un chaperón que actúa como un condensador (capacitor) molecular que permite mantener oculta una determinada cantidad de mutaciones del genoma.

Estos fenómenos proporcionan el primer mecanismo molecular plausible para que una célula responda a su ambiente con un cambio fenotípico heredable. En este sentido, se ha visto que algunas proteínas, incluyendo priones y amiloide, pueden ser plegadas por chaperones en dos isoformas, una de las cuales puede ser capaz de propagar y amplificar su malformación actuando como un molde sobre las isoformas normales.
Así, en la mosca de la fruta, la acumulación de proteínas de tipo priónico podría ayudar a formar o estabilizar la memoria a largo plazo, mediante la creación de grupos de proteínas de larga vida en las sinapsis.

Las últimas investigaciones publicadas (PNAS, 2016 May 24; 113(21):6065-70) por el grupo de S. Lindquist muestran el hallazgo de 500 proteínas en plantas con un comportamiento priónico. Pero no se trata de un fenómeno patológico sino de adaptación al ambiente a largo plazo, mediante la generación de un tipo de memoria conformacional, transmisible de generación en generación, de las condiciones ambientales.
Lindquist opina que estos cambios conformacionales de tipo priónico están conservados evolutivamente y pueden funcionar en una amplia variedad de procesos biológicos normales.
Así, para Lindquist, estos casos proporcionan argumentos convincentes de que la herencia fenotípica puede, a veces, estar basada sobre la herencia de diferentes conformaciones de proteínas más que sobre la herencia de ácidos nucleicos.

Visto el papel fisiológico que tienen tanto el cambio como la propagación de conformaciones de estas proteínas, en células sanas, propuse el ya citado término conformón para denominar a las proteínas que, utilizando estos mecanismos, no tienen un papel infeccioso:
1.   Ni en su posible origen prebiótico.
2.   Ni en su evolución celular.
3.   Ni en su fisiología.
Así, un conformón sería un agente proteico celular capaz de propagar una de sus posibles conformaciones (mediante contacto directo) en otras proteínas compatibles con este cambio. La proteína capaz de sufrir este cambio conformacional puede ser otra conformación distinta  de la misma proteína, u otra estrechamente relacionada, tanto estructural como funcionalmente, en el marco de una respuesta a cambios ambientales.


Origen de la célula eucariota

La Biología actual considera, con pequeñas variantes según autores, que la célula eucariota (literalmente la célula con núcleo verdadero) es posterior y está emparentada con los grupos de células más sencillas (bacterias y arqueas) denominados genéricamente procariotas, por ser células anteriores a la aparición de las células nucleadas. Las células procariotas tampoco tienen sistemas internos membranosos, entre otras cosas diferentes. No pretendo tratar aquí a fondo ninguno de los abordajes posibles de la sistemática celular. Tan sólo plantear una posible solución a la intrincada paradoja que aparece en algunas de esas "otras cosas" que diferencian a las células procariotas de las eucariotas.

Para ver algunas de estas diferencias, en un planteamiento más amplio del problema, recomiendo consultar el magnífico y estimulante libro de Javier Sampedro, “Deconstruyendo a Darwin” (Crítica. Drakontos), del que brevemente resumo aquí lo relativo a esta cuestión.
En este libro nos encontraremos con el enfrentamiento entre dos concepciones acerca del origen de la célula eucariota, y de la evolución en general. Por un lado tenemos la teoría endosimbiótica de Lynn Margulis, y, por el otro, la teoría de los tres dominios (Bacteria, Archaea y Eukarya) de Carl Woese, principalmente.

De la teoría endosimbiótica tenemos la versión más radical de Margulis, donde se afirma que “la fuerza evolutiva que generó a la célula eucariota no fue la selección natural, sino la simbiosis, la suma constructiva de funciones complejas y completas –bacterias enteras de hecho- previamente existentes. Luego está una versión más suavizada, que es la más probada y aceptada por el mundo académico, donde “las mitocondrias y los cloroplastos provienen, por simbiosis, de antiguas bacterias de vida libre”. En esta versión académica se compatibilizarían el gradualismo darwiniano con la simbiosis.
Por su parte Woese, entre otros, analizando ARNr 16S de diferentes estirpes celulares, mantiene que “el cuerpo central de la célula eucariota evolucionó gradualmente a partir de un solo microbio de la familia de las arqueas”.

Sampedro nos cuenta, también, que nuevos métodos en el campo de la evolución molecular, en particular el aplicado por Radhey Gupta, revelan que “de los centenares de genes eucariotas analizados, más o menos la mitad provienen de una antigua arquea. Pero la otra mitad proviene de otra bacteria totalmente distinta, una gram negativa. Estos resultados muestran que la célula eucariota ancestral no se originó directamente de una arquea o de una bacteria, sino que es una quimera formada por la fusión y la integración de los genomas de ambas, arquea y bacteria”.
Pero hay más: “Los datos de Gupta nos revelan….. que muchos genes aportados por la bacteria gram negativa a la fusión inicial están relacionados con el metabolismo,…………Y muchos genes aportados por la arquea están relacionados con el procesamiento de la información genética (replicación, transcripción y traducción)”.
“….la célula eucariota se formó una sola vez…., todos los eucariotas provenimos de la misma célula eucariota original”.
En otro capítulo de su libro, Sampedro apunta algunas limitaciones de la teoría de Margulis “basándose en tres desconcertantes misterios revelados por la biología molecular”.

·      Misterio 1. El splicing
Aquí se plantea la hipótesis de Doolittle y Gilbert de “que cada exón, es decir, cada segmento de gen comprendido entre dos intrones, corresponde a un segmento especializado de las proteínas” “¿Qué mejor forma de evolucionar que barajando de vez en cuando los exones, obteniendo así nuevas proteínas, nuevas combinaciones de viejos módulos, nuevos dispositivos biológicos formados sin necesidad de empezar desde cero todo el trabajo de diseño? La maquinaria del splicing (el spliceosoma) se encargaría luego de eliminar el chapucero intrón y pegar los dos exones vecinos en un gen por primera vez en la historia…, es muy parecido en todos los eucariotas, y es obvio por ello que debió inventarse antes de que los protistas, los hongos, los animales y las plantas emprendieran sus caminos evolutivos en solitario. Pero ningún procariota conocido tiene nada parecido a un spliceosoma. El splicing no parece provenir ni de una molesta chapuza añadida secundariamente al esencial dispositivo de la transcripción, ni de un inevitable accidente al que la evolución encontró después la utilidad de la evolucionabilidad: el splicing está integrado hasta el cuello en el mismísimo centro lógico de la factoría para leer genes que utilizan todas las especies de protistas, hongos, plantas y animales, seguramente desde la mismísima invención de la célula eucariota. Al menos en este caso, la evolucionabilidad es una propiedad de un sistema complejo, inventado una sola vez en la historia, sin formas transitorias obvias, integrado en el mismísimo epicentro de una factoría esencial del núcleo eucariota, y que ha permanecido esencialmente íntegro desde su aparición”. Todos estos hechos ponen en dificultad la teoría de Margulis.

·      Misterio 2. El cronocito
Aquí Sampedro analiza que, según la teoría de Margulis, “los genes compartidos por los cuatro reinos eucariotas debían estar ya presentes en el ancestro común de todos ellos, y cabría esperar que hubieran sido aportados bien por la arquea, bien por la bacteria”. De la comparación de genomas de bacterias, arqueas y eucariotas (Hartman y Fedorov, 2002), surge que “347 genes del genoma fundamental eucariota no tienen equivalentes en los grupos procariotas”.
El problema mayor viene cuando se averigua que estos “347 genes son los necesarios para construir las tres marcas de fábrica eucariotas (la endocitosis, el sistema de transducción de señales y la factoría del núcleo)”. 
Sampedro concluye: “Si la célula eucariota se formó por simbiosis, ¿cómo se traga que la esencia de la eucariotez haya conseguido escapar tan nítidamente del mecanismo simbiótico que dio origen a la mismísima eucariotez? No tiene sentido, y para mi es obvio que se nos está escapando algo muy fundamental”.
La solución propuesta por Hartman y Fedorov es que estos 347 genes fueron aportados, a la simbiosis, por una tercera célula denominada por ellos cronocito.
A Sampedro le parece “una hipótesis muy traída por los pelos,…., y del cronocito nadie tiene la menor noticia”.

·      Misterio 3. Las máquinas
“Del análisis de 1400 genes de la levadura Saccharomyces cerevisiae, se encontró que las 1400 proteínas fabricadas por ellos no vagan en solitario por la célula, sino que todas están formando parte de máquinas multiproteicas…, y la mitad de las máquinas están implicadas en la manipulación y utilización del material genético”. 
“Pero las redes de interacciones no se limitan a los componentes de una máquina. Hay numerosas proteínas que pertenecen a varias máquinas a la vez. La gran mayoría de las máquinas están asociadas entre sí, directa o indirectamente, a través de proteínas comunes…, toda la célula es una sola máquina”.
Según Luis Serrano, “cada proteína está implicada en tantas interacciones con las otras proteínas de la máquina, o con las proteínas de otras máquinas, que prácticamente no queda sitio disponible en la superficie de la proteína para añadir nuevos componentes”.
“En el seno de una máquina multiproteica, las lentas variaciones neodarwinianas de una proteína no tienen más remedio que venir compensadas por alteraciones en la proteína de al lado, de modo que la interacción entre las dos proteínas se mantenga y la máquina no se deshaga en pedazos. Si todas las células eucariotas están basadas en máquinas multiproteicas complejas, y si esas máquinas son en gran medida las mismas en todas las especies animales, lo más probable es que la materia prima de la innovación evolutiva no sea el gen, en su constante fluir acumulativo de cambios de aminoácidos, sino la máquina en su conjunto, que puede ser reclutada como tal en un nuevo lugar, tiempo o situación, tal vez mediante la mera sustitución de uno de sus componentes”.

Ø Hipótesis del Protocarionte

Después de este sugerente planteamiento del problema acerca del surgimiento de la célula eucariota, tomado del libro de Sampedro -del que tengo que elogiar la honradez intelectual de intentar entender todos los cabos sueltos, sin otros compromisos o ataduras- me propongo enunciar una posible hipótesis alternativa, radicalmente distinta de las actuales, coherente con mis planteamientos anteriores relativos a la primacía de la información conformacional, y que pueda dar alguna explicación a los misterios arriba expuestos. 

Se trata de una hipótesis muy revolucionaria, un arriesgado giro copernicano, donde el ancestro de los eucariotas fuese la primera célula en surgir (anterior a los procariotas), y con un particular sistema de evolucionabilidad (aumento sin dirección ni propósito alguno de la capacidad de evolucionar). Esta célula primitiva sería básicamente un núcleo, por lo que podría denominarse protocarionte o protocariota, y las bacterias y las arqueas serían producidas por ella a modo de semillas de evolucionabilidad. De este manera, al no ser células previas en la evolución a la aparición del núcleo genuino sería mejor denominarlas acariotas.

Así, en esta hipótesis, que podemos bautizar como hipótesis del protocarionte, los acariotas (bacterias y arqueas) se irían formando, a lo largo de millones de años de evolución, como organismos mínimos (semillas de evolucionabilidad) a partir de la actividad de splicing del spliceosoma primigenio, y del resto de la factoría del núcleo. Todo este proceso se desplegaría de manera coherente con la información conformacional seleccionada desde la etapa prebiótica.
Otras semillas de evolucionabilidad, formadas de forma semejante, serían los virus, los cuales, desde su origen, son específicos de cada tipo de células y coevolucionan con ellas.

Evolución exógena del metabolismo energético

Quizá la principal ventaja evolutiva de todo esto pudo ser la exaltación de mecanismos de evolución horizontal, exógena al protocarionte.
Esto implicaría que las actividades y funciones celulares pudieron evolucionar, en una primera etapa, por separado, pero coevolucionando con cierta autonomía: multiplicación de proteínas y metabolismo elemental; tomándolo todo (aminoácidos, nucleótidos y otros metabolitos) de la sopa primigenia. Hay que tener en cuenta que arrancábamos de una etapa prebiótica con un “metabolismo inorgánico” (con actividad catalítica mineral en el seno de arcillas) pero cada vez más organizado por actividad enzimática protobióntica inicial, seleccionada por los conformones.

La actividad protobióntica esencial, de la que surgieron los protocariotas, debió consistir en la organización de la maquinaria de síntesis y reordenación de las proteínas con el establecimiento del código genético y el splicing. En este periodo se debieron seleccionar los módulos conformacionales esenciales, por su capacidad para interaccionar entre sí y manejar el metabolismo, nucleótidos inclusive.
Una vez seleccionadas conformaciones proteicas y código genético (el primordio de la factoría del núcleo), los protocariotas pudieron formar, al azar, “yemas”, algunas de las cuales portasen un equipamiento enzimático fundamental capaz de realizar un metabolismo básico. Estas yemas con estructura acariota canalizarían internamente, con mayor o menor eficacia a lo largo de la evolución, el metabolismo inorgánico del exterior, interiorizando progresivamente la sopa.

Los eucariotas se formaron seleccionando exocitosis y endocitosis

Por su parte, los precursores protocariotas más eficaces serían los que comenzaran una actividad fagocítica cada vez más específica, de la que dependería su nutrición, ya que la sopa se iría esquilmando, y su metabolismo sería bastante más elemental que el desarrollado por las semillas de evolucionabilidad (conquistando ambientes muy diversos). Naturalmente esta especificidad estaría basada en la interacción entre proteínas de las membranas de los protocariotas y de los acariotas.
Así, durante este largo periodo, la selección natural favorecería la capacidad de los protocariotas para:
1)   Producir exomódulos acariotas con un metabolismo cada vez más eficaz que interiorizara los metabolitos más apropiados y los transformara convenientemente. Esto sería una especie de cultivo celular.
2)  Fagocitar los exomódulos con especificidad creciente, y seleccionarlos por su eficacia, desarrollando así un sistema de transducción de señales.
3) Desarrollar los mecanismos genéticos que exaltasen la variabilidad y especificidad: virus, elementos genéticos móviles y otros mecanismos de herencia genética horizontal.

En algún momento, tanto los acariotas como los virus seleccionados emprendieron una evolución relativamente independiente.
En cualquier caso, tras un largo proceso de evolución conjunta, la expansión eucariota no se debió producir antes del aumento significativo de oxígeno en la atmósfera, que permitiera la formación de la capa de ozono y la consiguiente salida de las células eucariotas de sus escondrijos.

La naturaleza de la célula eucariota a la luz de su origen

De esta manera, paulatinamente, se iría formando y seleccionando una célula eucariota única, a partir de la selección e incorporación de los exomódulos más eficaces -ya que los protocariotas constituirían el único vórtice de esta selección- y, al mismo tiempo, una auténtica explosión de diversidad acariota (bacterias y arqueas) emparentadas por su origen y evolución desde los protocariotas.
Así pues, el metabolismo energético se desarrollaría desde las células acariotas, exocitadas y endocitadas por las protocariotas. Sería un metabolismo externo al protocariota y realizado en el acariota con las proteínas que, al menos inicialmente, le proporcionara el protocariota. La exportación tendría como ventaja inicial la selección exterior, en ambientes muy diversos, de los tipos más ventajosos, y que esto fuese más fácil que el desarrollo interno de un complejo sistema integrado.

Esta actividad primitiva del protocariota es la base de la fisiología celular de todos los eucariotas actuales: del núcleo a la membrana plasmática y de la membrana plasmática al núcleo, integrando los tres sistemas exclusivos de las células eucariotas:
1.   La factoría del núcleo, con el spliceosoma incluido, que conlleva asociados la síntesis y procesamiento de las proteínas.
2.   El sistema de exocitosis y endocitosis.
3.   El sistema de transducción de señales.