LO
GRANDE Y LO PEQUEÑO EN LA NATURALEZA
Las
distintas formas de ver la naturaleza
¿Quién
no ha quedado alguna vez embelesado ante las fascinantes manifestaciones de la
naturaleza?: volcanes en erupción, grandes ríos y cascadas, montañas, desiertos,
la lujuriante vegetación de las selvas tropicales, el trepidante dinamismo de
las especies animales en la sabana y en los océanos; o la plácida observación
de la grandeza del universo una noche estrellada, con un buen telescopio…
Pero también los seres y estructuras minúsculas que podemos ver con el microscopio.
Los instrumentos
que nos permiten visualizar la inmensidad del universo y lo diminutamente
pequeño, no bastan; necesitamos también una forma de ver, una nueva mirada,
esto es, una teoría. Erwin Schrödinger resumía la importancia de la
teoría en la ciencia con una expresiva frase: «Se trata no tanto de ver lo que
aún nadie ha visto como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello
que todos ven». Esta recomendación es parecida a otra previa de J. W. von
Goethe: «Todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo». Las dos
marcan la diferencia entre los hechos –la descripción formal de lo que
cualquiera puede ver– y la teoría, la visión mental, la elaboración conceptual
e interpretativa de los hechos.
Así,
pues, para que un objeto pueda ser analizado y conocido no es suficiente con
descubrirlo, hace falta una teoría que lo interprete; como se ilustra
perfectamente con los descubrimientos que el telescopio y el microscopio ponen
delante de nuestros ojos, ambos instrumentos nos ayudan a ver, pero siempre es
una teoría –como la teoría heliocéntrica– la que nos permite observar e
interpretar.
Lo
grande y lo pequeño tienen distinta consideración
Las observaciones
llevadas a cabo por pioneros como A. Leeuwenhoek y R. Hooke del universo microscópico,
pero carentes de explicación teórica, solo pusieron de manifiesto un mundo
desconocido que frecuentemente descentraba a los naturalistas, ya abrumados con
sus problemas de clasificación de seres macroscópicos. Así, el pensamiento de
la época no sabe qué hacer con esta explosión de diversidad microbiana, y a lo
más que llega es a reavivar la discusión entre partidarios y detractores de la
idea de generación espontánea.
Aunque
esta idea vitalista arranca de los filósofos griegos, aquí vamos a relacionarla
con la visión medieval de una cadena continua de los seres creada por Dios, en
una naturaleza que opera como mero agente divino y donde las reposiciones de
los eslabones se producían mediante generación, especial o espontánea, tanto de
los seres vivos (esta última, en las formas inferiores) como de los minerales.
En el siglo XVI, todo aparece embrollado de forma caprichosa, resultado del
designio divino. Reaparecen las ideas aristotélicas, pero teñidas de las
creencias de la escolástica: todo ser se explica por la unión singular de
materia y forma. No hay leyes naturales que permitan entender a los seres y sus
procesos; la naturaleza aparece ligada a la voluntad de Dios, pero no como el
resultado acabado de su obra, sino como su agente ejecutor: el que da forma a
la materia y genera permanentemente los seres –ríos, montañas, planetas,
animales, plantas, etc.– manteniendo y dirigiendo su creación. Resultado de
esta creación divina, cada ser vivo es un eslabón de la cadena continua de los
seres, que une todos los objetos de este mundo. El creador se vale de la
generación para conservar un mundo creado por él.
Por una parte, animales y plantas pueden
engendrar semejantes, por generación especial, mediante la unión por la
acción de Dios de la materia y la forma, aunque en este caso los padres no sean
más que la sede de las fuerzas –el alma y el calor innato del líquido seminal–
que unen la materia con la forma.
Por
otra parte, los seres considerados inferiores –gusanos, moscas, serpientes,
ratones, etc.– no nacen de la simiente, sino por generación espontánea
desde la materia en putrefacción, la suciedad y el barro, bajo la acción del
calor del sol.
Refutación
de la generación espontánea y teoría celular
Muy
sucintamente, en el siglo XVII, Francesco Redi demuestra experimentalmente que
la carne putrefacta «no criaba gusanos por sí misma», sino que aquellos
procedían de los huevos previamente depositados por una mosca.
Con el
avance de la microscopía, se abre de nuevo la posibilidad de que los microorganismos
pudiesen surgir por generación espontánea. En el siglo XVIII, Lázaro
Spallanzani demuestra que estos proceden de huevos y esporas, calentando agua
en un recipiente tapado hasta ebullición evitando su contaminación. Pero los
partidarios de la generación espontánea objetaron que la fuerza vital no podía
entrar con el aire en un recipiente tapado.
Tuvieron
que pasar otros cien años hasta que Louis Pasteur ideara unos experimentos para
demostrar que los microorganismos solo aparecen como contaminantes del aire, y
no espontáneamente. Utilizó unos matraces en cuello de cisne que permitían la
entrada de oxígeno que se consideraba necesario para la vida, pero que con sus
cuellos largos y curvos atrapaban las bacterias, las esporas de los hongos y
otros microorganismos evitando que su contenido se contaminase tras la
ebullición. Pasteur proclamó: «La vida es un germen y un germen es vida».
Alrededor
de 1860 se vive un momento de gran esplendor de la biología: con la refutación de
la polémica generación espontánea, nace la microbiología experimental; y, además,
la teoría celular –que define la unidad mínima de vida–, la teoría de la
evolución por selección natural –con la publicación del libro de Darwin El
origen de las especies– y los experimentos –acerca de la transmisión
hereditaria de caracteres a lo largo de generaciones de seres vivos– de Mendel,
que son el origen de la genética.
Antes
de entrar, dejen salir: el origen de los virus
Esta
norma, de lo que se conocía como urbanidad en mi infancia, aparecía en las
puertas de los vagones del metro. Aunque, actualmente desaparecida, vuelve a
ser reivindicada, no es ese mi propósito aquí, sino más bien utilizarla para
plantear un problema biológico aparentemente simple, y también relacionado con
la consideración del tamaño: el origen de los virus.
Unas
décadas después de enunciarse la teoría celular, en los albores del siglo XX, se
descubren los virus. A pesar de su abundancia y de estar en casi todos los
ecosistemas terrestres, los virus no son considerados seres vivos porque no
cumplen los criterios de unidad mínima de vida de la teoría celular: son
parásitos celulares obligados, para su replicación. Pero lo más notable de
esto, es la muy alta especificidad que presentan por un determinado tipo
celular y, en su caso, por la especie pluricelular: por ejemplo, dentro de los
virus que ocasionan el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) todos infectan
específicamente los linfocitos T auxiliares (Th), y no otros linfocitos
–especificidad de tipo celular–, pero además son distintos y específicos los
que, por ejemplo, infectan a humanos (virus de inmunodeficiencia en humanos,
VIH) de los que infectan a felinos (VIF).
Dada
esta notable especificidad por el tipo celular donde, como parásitos obligados:
entran, se replican y salen… Vuelven a infectar: entran se replican y salen…
Sin entrar aquí en muchas más prolijas consideraciones, la pregunta es: ¿por qué
primero entrar y no salir? Si los virus surgieron inicialmente como vesículas celulares,
reduciríamos el problema de encontrar la especificidad de estos para cada tipo
celular mediante aciertos en el azar de la ruleta cósmica; además de tener que
explicar el origen de unas entidades complejas, que son parásitos celulares
obligados, antes de la aparición de las células.
La
biología debe revisar bien los puntos de partida de sus teorías y no caer en el
planteamiento de que lo más pequeño y lo más simple es lo primero.