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viernes, 14 de marzo de 2025

 

LO GRANDE Y LO PEQUEÑO EN LA NATURALEZA

 

Las distintas formas de ver la naturaleza

¿Quién no ha quedado alguna vez embelesado ante las fascinantes manifestaciones de la naturaleza?: volcanes en erupción, grandes ríos y cascadas, montañas, desiertos, la lujuriante vegetación de las selvas tropicales, el trepidante dinamismo de las especies animales en la sabana y en los océanos; o la plácida observación de la grandeza del universo una noche estrellada, con un buen telescopio… Pero también los seres y estructuras minúsculas que podemos ver con el microscopio.

Los instrumentos que nos permiten visualizar la inmensidad del universo y lo diminutamente pequeño, no bastan; necesitamos también una forma de ver, una nueva mirada, esto es, una teoría. Erwin Schrödinger resumía la importancia de la teoría en la ciencia con una expresiva frase: «Se trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven». Esta recomendación es parecida a otra previa de J. W. von Goethe: «Todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo». Las dos marcan la diferencia entre los hechos –la descripción formal de lo que cualquiera puede ver– y la teoría, la visión mental, la elaboración conceptual e interpretativa de los hechos.

Así, pues, para que un objeto pueda ser analizado y conocido no es suficiente con descubrirlo, hace falta una teoría que lo interprete; como se ilustra perfectamente con los descubrimientos que el telescopio y el microscopio ponen delante de nuestros ojos, ambos instrumentos nos ayudan a ver, pero siempre es una teoría –como la teoría heliocéntrica– la que nos permite observar e interpretar.

 

Lo grande y lo pequeño tienen distinta consideración

Las observaciones llevadas a cabo por pioneros como A. Leeuwenhoek y R. Hooke del universo microscópico, pero carentes de explicación teórica, solo pusieron de manifiesto un mundo desconocido que frecuentemente descentraba a los naturalistas, ya abrumados con sus problemas de clasificación de seres macroscópicos. Así, el pensamiento de la época no sabe qué hacer con esta explosión de diversidad microbiana, y a lo más que llega es a reavivar la discusión entre partidarios y detractores de la idea de generación espontánea.

Aunque esta idea vitalista arranca de los filósofos griegos, aquí vamos a relacionarla con la visión medieval de una cadena continua de los seres creada por Dios, en una naturaleza que opera como mero agente divino y donde las reposiciones de los eslabones se producían mediante generación, especial o espontánea, tanto de los seres vivos (esta última, en las formas inferiores) como de los minerales. En el siglo XVI, todo aparece embrollado de forma caprichosa, resultado del designio divino. Reaparecen las ideas aristotélicas, pero teñidas de las creencias de la escolástica: todo ser se explica por la unión singular de materia y forma. No hay leyes naturales que permitan entender a los seres y sus procesos; la naturaleza aparece ligada a la voluntad de Dios, pero no como el resultado acabado de su obra, sino como su agente ejecutor: el que da forma a la materia y genera permanentemente los seres –ríos, montañas, planetas, animales, plantas, etc.– manteniendo y dirigiendo su creación. Resultado de esta creación divina, cada ser vivo es un eslabón de la cadena continua de los seres, que une todos los objetos de este mundo. El creador se vale de la generación para conservar un mundo creado por él.

 Por una parte, animales y plantas pueden engendrar semejantes, por generación especial, mediante la unión por la acción de Dios de la materia y la forma, aunque en este caso los padres no sean más que la sede de las fuerzas –el alma y el calor innato del líquido seminal– que unen la materia con la forma.

Por otra parte, los seres considerados inferiores –gusanos, moscas, serpientes, ratones, etc.– no nacen de la simiente, sino por generación espontánea desde la materia en putrefacción, la suciedad y el barro, bajo la acción del calor del sol.

 

Refutación de la generación espontánea y teoría celular

Muy sucintamente, en el siglo XVII, Francesco Redi demuestra experimentalmente que la carne putrefacta «no criaba gusanos por sí misma», sino que aquellos procedían de los huevos previamente depositados por una mosca.

Con el avance de la microscopía, se abre de nuevo la posibilidad de que los microorganismos pudiesen surgir por generación espontánea. En el siglo XVIII, Lázaro Spallanzani demuestra que estos proceden de huevos y esporas, calentando agua en un recipiente tapado hasta ebullición evitando su contaminación. Pero los partidarios de la generación espontánea objetaron que la fuerza vital no podía entrar con el aire en un recipiente tapado.

Tuvieron que pasar otros cien años hasta que Louis Pasteur ideara unos experimentos para demostrar que los microorganismos solo aparecen como contaminantes del aire, y no espontáneamente. Utilizó unos matraces en cuello de cisne que permitían la entrada de oxígeno que se consideraba necesario para la vida, pero que con sus cuellos largos y curvos atrapaban las bacterias, las esporas de los hongos y otros microorganismos evitando que su contenido se contaminase tras la ebullición. Pasteur proclamó: «La vida es un germen y un germen es vida».

Alrededor de 1860 se vive un momento de gran esplendor de la biología: con la refutación de la polémica generación espontánea, nace la microbiología experimental; y, además, la teoría celular –que define la unidad mínima de vida–, la teoría de la evolución por selección natural –con la publicación del libro de Darwin El origen de las especies– y los experimentos –acerca de la transmisión hereditaria de caracteres a lo largo de generaciones de seres vivos– de Mendel, que son el origen de la genética.

 

Antes de entrar, dejen salir: el origen de los virus

Esta norma, de lo que se conocía como urbanidad en mi infancia, aparecía en las puertas de los vagones del metro. Aunque, actualmente desaparecida, vuelve a ser reivindicada, no es ese mi propósito aquí, sino más bien utilizarla para plantear un problema biológico aparentemente simple, y también relacionado con la consideración del tamaño: el origen de los virus.

Unas décadas después de enunciarse la teoría celular, en los albores del siglo XX, se descubren los virus. A pesar de su abundancia y de estar en casi todos los ecosistemas terrestres, los virus no son considerados seres vivos porque no cumplen los criterios de unidad mínima de vida de la teoría celular: son parásitos celulares obligados, para su replicación. Pero lo más notable de esto, es la muy alta especificidad que presentan por un determinado tipo celular y, en su caso, por la especie pluricelular: por ejemplo, dentro de los virus que ocasionan el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) todos infectan específicamente los linfocitos T auxiliares (Th), y no otros linfocitos –especificidad de tipo celular–, pero además son distintos y específicos los que, por ejemplo, infectan a humanos (virus de inmunodeficiencia en humanos, VIH) de los que infectan a felinos (VIF).

Dada esta notable especificidad por el tipo celular donde, como parásitos obligados: entran, se replican y salen… Vuelven a infectar: entran se replican y salen… Sin entrar aquí en muchas más prolijas consideraciones, la pregunta es: ¿por qué primero entrar y no salir? Si los virus surgieron inicialmente como vesículas celulares, reduciríamos el problema de encontrar la especificidad de estos para cada tipo celular mediante aciertos en el azar de la ruleta cósmica; además de tener que explicar el origen de unas entidades complejas, que son parásitos celulares obligados, antes de la aparición de las células.

La biología debe revisar bien los puntos de partida de sus teorías y no caer en el planteamiento de que lo más pequeño y lo más simple es lo primero.