Del
vitalismo de la generación espontánea al origen de la vida
En la Ilíada,
Homero nos cuenta que Aquiles une al tormento de la muerte de Patroclo la preocupación
por mantener el cadáver de su pupilo libre de moscas, para evitar, así, que sus
larvas lo devoren y descompongan.
Para
Homero estaba clara la conexión entre las moscas –con los huevos que depositan
en la carne– y sus hambrientas larvas vermiformes.
Homero
fue un Aedo jonio –del siglo VIII a. C.– autor de la Ilíada y la Odisea, dos conocidas
epopeyas griegas.
En
Jonia, la ciencia alcanza su cenit hace más de 2500 años (entre el 600 y el 400
a. C.), para languidecer hasta su violenta desaparición en el año 415 de
nuestra era con el asesinato de Hipatia y la posterior destrucción de la gran
Biblioteca de Alejandría. Su quema supuso la pérdida de lo mejor del mundo
clásico y la vuelta a la ignorancia irracional –en lo relativo a las ideas filosóficas–
que caracterizó a la Edad Media.
Quizá
el filósofo más representativo de este momento de esplendor sea Demócrito de
Abdera que expone un pensamiento muy próximo al de la mejor ciencia actual:
“Nada existe, aparte de átomos y el vacío”. Demócrito era un filósofo
materialista: para él todo se podía entender objetivamente como propiedades de
la materia en constante interacción dinámica. No hay ningún fenómeno natural
inteligente ni finalista: los movimientos de la materia y sus choques son
resultado del azar y la necesidad.
Al parecer
Platón –quien creía que “todas las cosas están llenas de dioses”– propuso
quemar las obras de Demócrito y de Homero, quizá porque el filósofo
materialista no aceptaba la existencia de almas inmortales o porque creía en un
número infinito de mundos, algunos habitados.
La
paulatina influencia de la religión en el pensamiento nos llevó al Medievo,
donde, hasta finales del siglo XVI, la naturaleza volvió a ser caprichosa e
impredecible, mero agente de la voluntad divina: no se distinguían bien los
organismos vivos ni entre sí ni entre la totalidad de los seres; se contemplaba
toda la realidad como una cadena continua de entes creados por Dios.
Como
señala Carl Sagan, pasamos del universo ordenado y comprensible de los jonios,
al que por ello denominaron Cosmos, al milenio de oscuridad de la Edad
Media, donde, al revés de lo que ocurrió con estos antiguos filósofos, en la
idea del mundo retrocedimos del Cosmos al Caos. Así llamaban los primitivos
griegos al primer ser: creían que Caos no tenía forma y le atribuían la
creación de un universo de naturaleza impredecible bajo el dominio de dioses
caprichosos. Cuesta creer que hace más de 2500 años la racionalidad filosófica
en Jonia llevase a plantear que se puede conocer el orden interno del universo,
la regularidad de sus procesos y la necesidad reglada de sus fenómenos,
incluida la naturaleza y el origen de la vida. En aquel momento, pasaron de un
universo caótico a otro ordenado, predecible y experimentable: el Cosmos.
Este
es el legado cultural que hemos heredado de los antiguos griegos: somos Cosmos
inteligente, Cosmos consciente del Cosmos.
El penoso
camino hacia la refutación de la generación espontánea
A la
luz de los conocimientos actuales, resulta casi inconcebible la idea del siglo
XVI de que los seres vivos eran engendrados por generación divina. Por una
parte, animales y plantas superiores podían engendrar semejantes mediante la
unión, por la acción de Dios, de la materia y la forma; aunque en este caso los
padres no fuesen más que la sede de las fuerzas ‒el alma y el calor innato del
líquido seminal‒ que unían la materia con la forma. Por otra parte, los seres
que eran considerados inferiores (gusanos, moscas, serpientes, ratones...) no
nacían de la simiente, sino por generación espontánea desde la materia
en putrefacción, la suciedad y el barro bajo la acción del calor del sol.
En el
siglo XVI todo aparece embrollado, caprichoso, resultado del designio divino.
Todo ser se explica mediante la unión singular de materia y forma. Aquí
reaparecen las ideas aristotélicas, pero teñidas de las creencias de la
escolástica.
La
idea de generación espontánea se puede incluir entre los planteamientos
vitalistas como los que encontramos ya en la Grecia clásica con Anaximandro (610-545 a.C.), el cual planteaba que los seres vivos procedían de
un “lodo primordial”, mientras que Aristóteles
(384-322 a.C.) consideraba la existencia de la “psyque” o “principio vital” que
se manifestaba de modos diversos en plantas, animales inferiores, superiores y
en el hombre. Este filósofo –materialista, pero dualista y teleológico– proponía
además concepciones como la identidad entre materia viva y materia inerte, no
reconociendo un límite muy claro entre lo vivo y lo no vivo. Admitía, por
tanto, la posibilidad de generación espontánea de vida, esto es,
que la materia denominada inerte, no organizada e incapaz de cambio, podía
adquirir una psique o principio vital más o menos superior que le proporcionara
naturaleza de ser vivo, es decir, capacidad de cambio. Esta idea, aunque
vitalista, dejaba abierta la conexión con la concepción de un origen de la vida
desde lo inorgánico.
Posteriormente,
asistimos a un largo periodo (desde el siglo XVI hasta la segunda mitad del
XIX) en el que la idea de generación espontánea se resiste a desaparecer, con
manifestaciones diversas y frecuentemente acompañada de otras ideas coherentes
con el vitalismo como la teleología.
En el
siglo XVII, Francesco Redi
(1626-1698) empleó el método experimental y logró demostrar fehacientemente que
la carne putrefacta protegida por una gasa no “criaba gusanos por sí misma”
sino que –como ya sabía Homero–, más bien, aquellos eran larvas que procedían
de los huevos previamente depositados por una mosca. Estos experimentos
supusieron un fuerte revés para la idea de la generación espontánea. Pero el
avance de la microscopía con R. Hooke (1635-1703) y A. van Leeuwenhoek
(1632-1723), no solo abrió el campo de la observación de tejidos y
microorganismos, sino también la posibilidad de que estos últimos pudiesen
surgir de forma espontánea.
En el
siglo XVIII, Lázaro Spallanzani
(1729-1799) calentó agua en un recipiente tapado hasta su ebullición y
posteriormente la dejó enfriar evitando su contaminación. Demostró así que
estos microorganismos proceden de huevos y esporas. Los partidarios de la
generación espontánea objetaron que la fuerza vital no podía entrar con el aire
en un recipiente tapado. Con esta argumentación la idea duró otros cien
años.
En
1861, Louis Pasteur (1822-1895)
ideó unos experimentos para demostrar que los microorganismos solo aparecían
como contaminantes del aire y no espontáneamente. Utilizó unos matraces en
cuello de cisne que permitían la entrada de oxígeno que se consideraba
necesario para la vida, pero que con sus cuellos largos y curvos atrapaban las
bacterias, las esporas de los hongos y otros microorganismos evitando que su
contenido se contaminase. Demostró así que, si hervía el líquido del interior
para matar los microorganismos ya presentes y se dejaba intacto su cuello, no
aparecería ningún microorganismo. Alguno de sus frascos, estériles todavía,
siguen exhibiéndose en el Instituto Pasteur. Solo si se rompía el cuello del
matraz, favoreciendo la entrada de gérmenes contaminantes, aparecían
microorganismos. Pasteur proclamó: “La
vida es un germen y un germen es vida”.
Además
de refutar la idea de la generación espontánea, estudios posteriores de
Pasteur contribuyeron junto a los de Robert
Koch (1843-1910) ‒en una feliz conexión‒ al alumbramiento de la teoría
microbiana de las enfermedades infecciosas. Estos grandes eventos
supusieron el nacimiento de la Microbiología como ciencia experimental.
La conexión del vitalismo celular
con el reduccionismo bioquímico abre el camino a la investigación del origen de
la vida
Hemos
visto como la idea de generación espontánea de vida ha ido siempre acompañada
de un “principio, fuerza o impulso vital”, de carácter más o menos divino y no
sujeto a las leyes de la física y de la química, que transformase la materia
inanimada en materia viva. Para los vitalistas ninguna parte aislada de un
organismo estaba viva; por el contrario, las propiedades de la materia viva
eran de alguna manera compartidas por todo el conjunto del organismo. El fin de
la generación espontánea y el establecimiento de la teoría celular, que situaba
a la célula como unidad elemental de vida, acabaron definitivamente con esta
versión del vitalismo, pero no del todo con él. Antes de continuar, conviene recordar
que el vitalista Aristóteles mantenía, sin embargo, una concepción muy avanzada
sobre la identidad entre materia viva y materia inerte.
En
este estado de cosas y de forma paradójica, Schwann y Pasteur se convierten en
abanderados de una nueva formulación vitalista donde sostienen que las
actividades químicas que realizan los tejidos vivos no se pueden realizar en
condiciones experimentales de laboratorio, y establecen así dos categorías de
reacciones: las “químicas” y las “vitales”.
Frente
a los nuevos vitalistas se alzaban los reduccionistas, así llamados porque
creían que los complejos procesos de los sistemas biológicos podrían reducirse
a otros más simples. El primer éxito de los reduccionistas vino de la mano del
químico alemán Friedrich Wöhler
(1800-1882) cuando convirtió una molécula inorgánica, el cianato de amonio, en
una orgánica, la urea.
No
obstante, las afirmaciones de los vitalistas se fortalecieron porque, a medida
que los conocimientos químicos mejoraban, se hallaron en los tejidos vivos
muchos compuestos nuevos que jamás se habían visto en el mundo de lo no vivo o
inorgánico. A finales de la década de 1880, el principal vitalista era Louis
Pasteur, quien sostenía que los maravillosos cambios que tienen lugar al
transformar el jugo de las frutas en vino eran “vitales” y solo podían
realizarlos células vivas como las de levadura.
Con la
refutación experimental de la idea de generación espontánea, Pasteur reforzaba
el aforismo omnis cellula ex cellula, con el que Virchow puso el broche
de oro a la teoría celular, pero al mismo tiempo se alejaba del planteamiento
científico del origen de la vida, quizá imposible de abordar en ese momento.
Años después escribió esto, refiriéndose a la generación espontánea de vida:
“La he
estado buscando durante veinte años sin encontrarla, pero no creo que sea una
imposibilidad.”
El
opositor más importante a la teoría vitalista de Pasteur fue Justus von Liebig
(1803-1873), considerado el “padre” de la química germana.
En
1898, otros alemanes –los hermanos Eduard
Büchner (1860-1917, Premio Nobel de Química en 1907) y Hans Büchner (1850-1902)– demostraron
que una proteína extraída de las células de levadura podía producir
fermentación fuera de la célula viva. A esta sustancia se la denominó enzima (de
la palabra griega zyme) que significa “levadura” o “fermento”. Se
demostró que una reacción “vital” era química, cesando así la polémica con los
vitalistas y sentando las bases de la Bioquímica como ciencia.
No
obstante, a pesar de la victoria de los reduccionistas sobre el vitalismo, la escuela
francesa –que enarbolaba la bandera de la célula como unidad vital– y la alemana
–más reduccionista y que veía a las proteínas como protagonistas de las
reacciones químicas en los seres vivos– mantuvieron el enfrentamiento en
diversos temas.
Si bien
la biología comenzó como ciencia experimental dentro del marco teórico
proporcionado por la teoría de la evolución y la teoría celular, los primeros
resultados de este desarrollo fue el surgimiento en los albores del siglo XX de
dos grandes ramas, la bioquímica y la genética, alrededor del aislamiento y
caracterización química de las sustancias celulares, y del estudio de la
herencia de los caracteres de animales y plantas, respectivamente.
Este
despliegue de las ramas de la biología fue preparando las conexiones para el
abordaje científico del problema del origen de la vida, una vez
superados tanto el planteamiento vitalista original de la idea de generación
espontánea como el neovitalismo de Pasteur. Así pues, hacía falta un planteamiento
inicialmente reduccionista del problema para imaginar el posible camino
recorrido desde el nivel molecular al celular o, dicho de otra forma, desde el
mundo de lo inorgánico al organismo vivo.
Una vez
que la bioquímica ha caracterizado los principales tipos de biomoléculas
(glúcidos, lípidos, proteínas y ácidos nucleicos) y sus monómeros
constituyentes, uno de los primeros problemas es el de cómo se pudieron formar
estas biomoléculas a partir del escenario geológico inorgánico de la Tierra
primitiva. Después de la formación de monómeros orgánicos, y en su caso de los
biopolímeros correspondientes, debemos reconstruir el camino de la coevolución que
condujo a la formación de los sistemas celulares esenciales y la célula
primitiva.