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viernes, 15 de mayo de 2026

 

PARADOJAS EN BIOLOGÍA

En la andadura hacia la construcción del conocimiento científico aparecen muchas dificultades con la coherencia de los razonamientos empleados; algunas de estas nos llevan a un callejón sin salida, de reducción al absurdo ‒son las contradicciones sin solución o aporías‒, mientras que otras dificultades lógicas solo son contradicciones aparentes o paradojas, cuya solución puede suponer un avance en el desarrollo de la ciencia al superar el modelo o paradigma vigente. En este sentido, Richard Feynman afirma que en las paradojas físicas hay siempre una mala interpretación de alguno o ambos razonamientos que se contraponen…

Por su carácter histórico, la Biología presenta con frecuencia paradojas como la clásica del “huevo y la gallina”: ¿qué fue antes? Al igual que en esta, las paradojas de la vida se enfrentan también con la prioridad en el origen y la evolución de seres y procesos biológicos. Debemos subrayar que la acepción del concepto de prioridad utilizado aquí no supone preferencia ni superioridad alguna, sino anterioridad o precedencia de algo respecto de otra cosa que depende o procede de ello. En el caso de los seres vivos, este concepto de prioridad ‒que define qué fue antes‒ enfrenta, entre otras cosas: a ácidos nucleicos con proteínas; a la estructura con la función; a la información secuencial con la conformacional; y, en el contexto de los procesos de endocitosis y exocitosis, al entrar con el salir.

En ciencia, un paradigma es un modelo que agrupa las ideas rectoras de la comunidad científica durante una determinada época, tanto en los métodos experimentales aplicados como en su interpretación. Como contradicción lógica a los postulados de un paradigma científico, el planteamiento y resolución de nuevas paradojas pueden llegar a modificar o incluso sustituir el paradigma vigente si este se muestra incapaz de explicar los nuevos datos que sustentan estas paradojas, especialmente si el cambio en el marco teórico que orienta la investigación científica va acompañado de nuevas y pujantes técnicas.

 

El paradigma genético  

El paradigma actual en Biología arranca con la determinación en 1953 de la estructura del ADN ‒que supuso el nacimiento de la Biología Molecular‒, hecho que, además de visualizar la intimidad molecular de los genes, permitió desentrañar de manera fácil los mecanismos para la custodia y transmisión de la información genética. Con ello, pronto se establece el carácter secuencial de la misma y la relación de código genético entre las secuencias de las cuatro bases nitrogenadas del ADN y las de las de los veinte aminoácidos de los polipéptidos de las proteínas.

Tras el descubrimiento del código genético secuencial, se enuncian dos principios generales ‒auténticos pilares del paradigma genético‒ con un carácter inicialmente dogmático: son los denominados Dogma Central de la Biología Molecular (DCBM) y Dogma de Anfinsen, que establecen respectivamente:

1)    que la información genética secuencial circula unidireccionalmente del ADN al ARNm, en un proceso denominado transcripción, y, mediante un proceso de traducción, de las bases del ARNm a los aminoácidos de las proteínas;

2)  y que a una determinada secuencia de aminoácidos le corresponde una sola estructura proteica tridimensional, y que esta última realiza una única función.

Así pues, el dogma de Anfinsen es el soporte del determinismo genético (una secuencia, una estructura, una función), recogido en el denominado paradigma estructura función, que supone una estructura TD rígida y definida acorde al modelo llave/cerradura (Fischer, 1894). Este modelo ‒utilizado para explicar los mecanismos moleculares de la actividad enzimática‒ exige una complementariedad única de estructuras rígidas entre el sustrato (llave) y la enzima (cerradura), y una posición espacial precisa de las cadenas laterales de los aminoácidos.

En resumen, el determinismo genético se manifiesta a través del flujo unidireccional de información secuencial (ADN/ARNm/proteínas), de manera que, de forma única y sin ninguna intervención ambiental, la secuencia de aminoácidos de cada polipéptido determine una sola estructura funcional nativa (considerada la estructura tridimensional termodinámicamente más estable), y que esta sea rígida y permita que el ligando específico se acople en ella como una llave en una cerradura.

La hipótesis inicial de Anfinsen, de naturaleza termodinámica, suponía el plegamiento espontáneo del polipéptido recién sintetizado para adquirir, casi instantáneamente, la estructura nativa. Para probarla realizó un experimento, ya clásico, de desnaturalización de una proteína pequeña, la ribonucleasa A. Tras quitar los agentes químicos desnaturalizantes, el polipéptido recuperaba su estructura nativa funcional. Este sencillo experimento se generalizó como el dogma de Anfinsen para todas las proteínas.

 

Contradicciones aparentes (paradojas) al paradigma genético

Para empezar, conviene señalar cuál es el marco filosófico de este paradigma estructura-función que incorpora un determinismo genético basado en la información secuencial, sin influencia ambiental alguna: una secuencia, una estructura proteica TD rígida (cerradura) que actúa funcionalmente sobre un ligando molecular que encaja en ella específicamente como una llave. Posiblemente sea Jacques Monod el científico que mejor ha explicitado el marco filosófico del paradigma genético determinista (información genética secuencial invariante y mutaciones al azar como fuente de variabilidad). En su célebre libro El azar y la necesidad, propone ‒para alcanzar la inmensidad de secuencias exactas que determinan las estructuras proteicas con funciones específicas en la biosfera‒ que la vida en la Tierra resulta de un acierto único en la ruleta cósmica; algo insólito, de naturaleza sobrenatural, alejado de la evolución química general del universo.

Volviendo de nuevo a las particularidades del paradigma, vemos someramente que los dos dogmas presentan excepciones:

1)    En el último cuarto del siglo XX, la unidireccionalidad del DCBM comenzó a fallar, entre otros casos, con la transcriptasa inversa (enzima que copia ARN en ADN) de los retrovirus. Además, la adquisición de información conformacional en las proteínas ‒que el DCBM considera determinada únicamente por la secuencia de aminoácidos‒ se vio vulnerada por fenómenos de propagación de conformaciones mediante proteínas como los priones.

2)    El Dogma de Anfinsen también encontró contradicciones a finales de siglo: por un lado, el plegamiento de las proteínas, in vivo, está asistido por proteínas que actúan como chaperonas moleculares. Por otra parte, en su experimento, Anfinsen consideró que el estado termodinámico del polipéptido desnaturalizado era idéntico al del polipéptido naciente en el ribosoma; estudios fisicoquímicos posteriores afirman que el polipéptido desnaturalizado guarda alguna información del proceso de plegamiento, ausente en el recién sintetizado.

Hay que tener en cuenta que en el proceso de plegamiento de un polipéptido se producen interacciones entre los grupos funcionales de los residuos de cada aminoácido, y que estas, dirigidas por un “embudo de energía”, hacen que la cadena se pliegue en milisegundos. Dicho sea de paso, para este proceso se planteó la denominada paradoja de Levinthal: una proteína debería tardar más que la edad del universo en encontrar su estructura funcional si fuera probando todas las formas posibles. Esta paradoja es un ejemplo de un planteamiento absurdo, si no se tiene en cuenta la continua estructuración en niveles de complejidad de las interacciones materiales… Precisamente, fue el propio Cyrus Levinthal el que propuso que, durante el proceso de plegamiento de una proteína para adquirir la estructura nativa, además del componente termodinámico debía darse uno cinético. Es evidente que, para que este proceso se dé en fracciones de segundo, tiene que haber intermediarios del plegamiento que impliquen la interacción de determinadas regiones hidrofóbicas en la formación de núcleos estables.

Básicamente, el agua interacciona con los polipéptidos seleccionando los residuos hidrofílicos e hidrofóbicos: aparta y forma un núcleo de orden con estos últimos y deja la mayor parte de los primeros expuestos al agua en la superficie.

La estructura reticular del agua líquida se opone al contacto con los residuos hidrofóbicos y contribuye a su colapso empujándolos y empaquetándolos; una vez agrupados, los residuos hidrofóbicos refuerzan el núcleo de orden (core hidrofóbico) mediante fuerzas de van der Waals (de naturaleza débil y que implica el contacto entre sus átomos). Este colapso hidrofóbico acelera el plegamiento del polipéptido, que pasa rápidamente por varios intermediarios, alrededor de lo que se conoce como glóbulo fundido (molten globule), para llegar a la estructura terciaria tridimensional; la cual, como veremos, no es rígida. El componente cinético del proceso de plegamiento implica que a la conformación final (estable termodinámicamente) se puede llegar por muchos caminos y no por uno solo. Como su nombre indica, el estado de glóbulo fundido ya tiene una estructura globular, pero pendiente de numerosas interacciones adecuadas para adquirir la estructura nativa funcional. En esta última etapa, pueden alcanzarse conformaciones incorrectas estables, pero no funcionales. Para evitar los graves problemas que estas disfunciones pueden ocasionar, se requiere la intervención de proteínas chaperonas que ayudan tanto en el correcto plegamiento de los polipéptidos como en la gestión de los mal plegados.

La universalidad del modelo llave-cerradura ‒que exigía una complementariedad única entre estructuras rígidas‒ para los mecanismos moleculares de la actividad enzimática, se vio amenazada por el fenómeno del alosterismo, que ofrecía una explicación a las complejas interacciones entre proteínas y sus reguladores, en las que las primeras experimentan cambios conformacionales frente al ligando. Se produce, así, un mecanismo de ajuste inducido: la enzima no es rígida, sino flexible y la unión del sustrato (u otro ligando regulador) provoca un cambio conformacional en el sitio de unión para ajustarse a él, mediante interacciones débiles (iónicas, puentes de hidrógeno y de van der Waals). En este sentido, actualmente se sabe que hasta las proteínas más estructuradas no son entidades rígidas similares a cristales, sino sistemas dinámicos con diferentes grados de flexibilidad conformacional. Así pues, las proteínas ordenadas existen como conjuntos dinámicos de conformaciones intercambiables, que ocurren en una escala de tiempo que es más rápida que el necesario para la determinación de estructuras por Rx y otras técnicas físicas.

 

En las proteínas intrínsecamente desordenadas la función es prioritaria a la estructura

Desde finales del siglo XX se sabe de la gran abundancia, especialmente en eucariotas, de proteínas intrínsecamente desordenadas (IDPs) y proteínas híbridas (con dominios ordenados y regiones intrínsecamente desordenadas, IDRs), que desafían los dogmas (DCBM y de Anfinsen) que sustentan el determinismo del paradigma genético actual. Estas proteínas carecen de una estructura tridimensional bien definida ‒presentan una conformación de glóbulo prefundido o fundido, intermedia entre la totalmente desplegada y la estructurada‒, pero pueden adquirir una estructura terciaria estable cuando se unen con baja afinidad a diversos ligandos que van desde pequeñas moléculas a moléculas más grandes, como ácidos nucleicos u otras proteínas. De esta manera, supeditan la estructura a las posibles funciones previas ‒la interacción con uno de varios ligandos posibles‒ en diversas rutas de regulación y señalización o en procesos adaptativos frente a cambios medioambientales. Estas interacciones frente a cambios mantenidos en el entorno ‒que no solo seleccionan, sino que también moldean‒ imprimen una información biológica, e incluso un tipo de herencia, de naturaleza conformacional.

 

La información biológica se escribe no se acierta

Hemos visto que el determinismo del paradigma genético (secuencia-estructura-función) se tambalea con el descubrimiento de la gran dinámica conformacional de las proteínas, pero esto no significa que el concepto de gen como unidad de información desaparezca, solo se matiza. Los nuevos avances en biología estructural liberan al gen del atributo de potencia activa, y sitúan la información genética en una posición central entre la información conformacional pregenética y la epigenética; las tres vertientes de la información biológica, evolutivamente trabadas tanto en la filogenia como en la ontogenia y la fisiología.

En contraste con el paradigma genético, de naturaleza determinista estructural, se va revelando un modelo funcional que, sobre la base de la información conformacional de las proteínas, explica el universo de las interacciones moleculares que estructuraron a los seres vivos en la Tierra desde su origen y durante su evolución. Igualmente, en el nuevo modelo aflora la idea de que la etapa prebiótica pregenética podría caracterizarse por la coevolución de información conformacional de tres tipos de proteínas en interacción con el ARN, formando ribonucleoproteínas, de la que surgiría el código genético: primero uno conformacional y posteriormente el secuencial. En este triunvirato proteico, que puede constituir el mecanismo general de adaptación al medio en el nivel supramolecular, tendríamos:

·      Las proteínas intrínsecamente desordenadas (IDPs), capaces de moldearse y adaptarse funcionalmente mediante unión a nuevos ligandos.

·       Los chaperones, que participarían estabilizando y guardando la coherencia funcional de las estructuras proteicas resultantes, tanto las pregenéticas como las genéticas.

·    Los conformones (priones funcionales), que seleccionarían y propagarían las nuevas conformaciones desde las etapas prebióticas.

 

En este modelo, la función es prioritaria a la estructura, y las nuevas aparecen como resultado de la plasticidad de las previas en su continua interacción frente a las contingencias de un medio cambiante. Así, los niveles de información pregenética, genética y epigenética responderían a la acumulación de “cultura molecular” de las proteínas en su peripecia evolutiva, desde el origen de la vida. De esta manera, el código genético se hace funcionalmente, no se “acierta”. 

Hemos visto cómo el abordaje de las paradojas biológicas acerca del ¿qué fue antes?, apuntan hacia un nuevo paradigma o, al menos, hacia una modificación profunda del anterior, donde el determinismo exclusivo del gen dé paso al papel moldeador del medioambiente, y se invierta el orden de prioridades: de las proteínas sobre los ácidos nucleicos, de la información conformacional (de proteínas y ARNs) sobre la secuencial (ARNm y ADN), y, en definitiva, de la función sobre la estructura.

 

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

 

CATÁSTROFES, CATASTROFISMO Y EVOLUCIÓN BIOLÓGICA

Vivimos sobresaltados por las noticias de catástrofes de toda índole y magnitud, muchas lejanas, pero algunas muy próximas: terremotos, volcanes, huracanes, DANAS, incendios incontrolables, plagas, pandemias, desastres nucleares…, pero también otras más lentas y silenciosas como el cambio climático, directamente relacionado con algunas de las anteriores.

La amenaza de un futuro incierto para buena parte del planeta, e incluso para el conjunto de la humanidad, pende sobre nuestras cabezas. De hecho, sabemos que, a lo largo de su historia, la vida sobre la Tierra ha sufrido varias extinciones masivas; lo cual, entre otras cosas, ha debido tener una notable influencia en la discontinuidad del registro fósil, hecho tozudo y de gran importancia en las, a veces agrias, polémicas entre los biólogos evolucionistas, ya desde los tiempos de Darwin.

La cadena continua de los seres

En el siglo XVI, la idea de una cadena continua de los seres mantenidos por generación divina (especial o espontánea) marcaba un horizonte confuso en la imagen de la naturaleza… En el incipiente conocimiento científico, las preguntas de tipo “Qué”, referentes al inventario y clasificación de los seres considerados vivos, se topaban con la teología natural de la escolástica…


En esta tarea tenemos a creacionistas fijistas como Linneo ‒ él plantea que hay tantas especies como formas creadas hubo en el principio‒, que aborda la clasificación de las plantas mediante la observación atenta, la descripción completa y rigurosa de las partes visibles y la extracción del carácter propio de cada una de ellas.




Buffon y Lamarck defienden una perspectiva transformista y funcional debido a los cambios del entorno; Buffon de tipo degenerativo: “se puede ir bajando gradualmente de la criatura más perfecta hasta la materia más informe… y al mineral más tosco”. 



Por su parte, el transformismo de Lamarck (igualmente gradual) es de tipo progresivo, en una permanente tendencia a la perfección desde una continua generación espontánea. También establece una jerarquía funcional en las estructuras, que aplica a la clasificación: distingue entre la organización funcional interior y la forma exterior resultante de las adaptaciones singulares al entorno.

 


Desde la contingencia catastrofista, Cuvier rompe con la cadena continua de los seres

Frecuentemente se ignora, cuando no se simplifica y ridiculiza la aportación de muchos autores al desarrollo de la ciencia, a menudo con Lamarck, pero también ocurre algo parecido con su poderoso adversario Cuvier ‒considerado como el malvado que le hizo la vida imposible‒, al que se le encasilla como catastrofista y creacionista.


Cuvier, uno de los padres de la anatomía comparada y la paleontología, sitúa la función integrada (organismo) delante de la diversidad estructural, característica de las partes visibles. Con la anatomía comparada ya no se comparan estructuras aisladas entre sí, sino en su coherencia funcional. 

Pero él ve saltos insalvables entre los organismos y en el registro fósil, y los explica mediante una sucesión de extinciones catastróficas, seguidas por nuevas creaciones biológicas (no divinas) que conducirían de forma contingente a los grandes tipos actuales, que exhiben discontinuidades insalvables entre ellos. A diferencia de Lamarck, Cuvier ataca la idea de continuidad de los seres y la de su permanente generación espontánea. Así, introduce en la biología las ideas de contingencia en los sucesos y de discontinuidad en la cadena divina de los seres, ambas esenciales en los posteriores planteamientos evolucionistas de Darwin, aunque el biólogo inglés las consideró en el marco del gradualismo del geólogo Lyell (con gran disgusto de su amigo y gran defensor, Huxley).

En cuanto a su perspectiva funcional, al igual que Buffon y Lamarck, Cuvier coloca la función delante de la estructura: para él, el organismo animal es una unidad de funciones integradas con una enorme posibilidad de diversidad estructural, fundamentalmente en la parte más externa; ya no se comparan las partes aisladas entre sí, sino en la coherencia de su dinámica funcional. Pero esta coherencia interna en la esencia o naturaleza de cada gran grupo (plan básico de diseño, phylum o filo) animal contrasta con la brecha insalvable entre los grupos. Esa es la gran diferencia con Lamarck, aunque coincide en la coherencia funcional en relación con el medio: «Las diferentes partes de cada ser deben coordinarse para hacer posible el ser total, no solo en sí mismo, sino en sus relaciones con el entorno». Así pues, para este paleontólogo existe una discontinuidad estructural, debida a la contingencia, agrupada en cuatro planes o tipos básicos, y una continuidad funcional debida a las condiciones de existencia en el entorno. La armonía funcional hace que la diversidad estructural esté en consonancia con la función que cada ser vivo realiza en su medio, lo que actualmente denominamos nicho ecológico. Así, las catástrofes contingentes dejarían muchos nichos ecológicos vacíos y una readaptación rápida para ocuparlos, que ocasionaría los grandes tipos de animales con diseños inconexos entre sí. En este sentido, la gran extinción del precámbrico que dio lugar a la explosión cámbrica debió de ser especialmente importante. Hemos visto que solo las necesidades funcionales básicas dan continuidad a la vida, y no la infinitud de pequeñas diferencias graduales en los caracteres estructurales que contemplaba la idea de la cadena continua de los seres.

Es difícil no comentar, aunque sea de pasada, el paralelismo que existe entre esta concepción medieval de la naturaleza y la actual de pequeños cambios genéticos graduales que mejoren de forma inconexa las estructuras vivas. 

La armonía funcional en la diversidad estructural se escapa a los planteamientos del programa genético, tanto en el dogma central de la biología molecular como en la nueva síntesis neodarwinista. 

En estos planteamientos desaparece el organismo y reaparece el análisis reduccionista e incoherente de las partes, llegando hasta detallar las frecuencias alélicas, que generalmente solo responden a cambios en las secuencias del ADN sin manifestación fenotípica alguna. Además, las aventuradas correlaciones entre genotipo y fenotipo, que frecuentemente hace la genética, son especialmente graves cuando se identifica este último con una determinada enfermedad, ya que se olvida que correlación no significa causalidad. Muchas definiciones fenotípicas complejas –como ocurre con determinadas patologías‒ agrupan un conjunto de síntomas que están relacionados con intrincadas cadenas de reacciones de la fisiología celular e intercelular; en cada una de esas cadenas intervienen múltiples proteínas (codificadas por uno o varios genes, según los polipéptidos que las integren); por lo que resultan totalmente absurdas noticias como: “se ha aislado el gen responsable de…” Cada gen solo es responsable de codificar en su secuencia el orden de los aminoácidos de un polipéptido…, todo lo demás es bioquímica y fisiología.

Cuvier hace una jerarquía entre los órganos más o menos esenciales, y sitúa a los primeros en el interior de la estructura viva y a los segundos en el exterior.

Este enfoque me parece muy profundo, en claro contraste con el Cuvier meramente catastrofista y creacionista que nos suelen presentar. En primer lugar, la distinción entre un núcleo interno esencial y una periferia variable está profundamente arraigada a la estructura de los principales niveles de organización de la materia: los átomos, las proteínas (como nivel biológico supramolecular), las células y los individuos pluricelulares.

Los átomos presentan un núcleo que caracteriza el elemento correspondiente en la tabla periódica.

Las proteínas también presentan un núcleo hidrofóbico ordenado (core) que permite el empaquetamiento esencial del tipo de proteína, y una periferia hidrofílica que permite una variabilidad de interacciones –más o menos específicas, y con distintos grados de afinidad– en función de su plasticidad conformacional ante diferentes ligandos.


Las células también se caracterizan por un núcleo portador de la información genética y epigenética esencial del tipo celular, y una periferia definida por una membrana con receptores proteicos específicos de cada célula y que interaccionan con la información contingente del medio.

En lo referente a los individuos pluricelulares me remito a lo expuesto por Cuvier; quizá tan solo añadir que el cerebro también presenta una estructura similar, donde en el núcleo está lo esencial automatizado, y en la periferia, en vanguardia, lo nuevo en acción directa con el medio exterior.

En general, podríamos concluir que, al menos en la evolución biológica, el interior responde a lo seleccionado hace tiempo; mientras que la variabilidad exterior responde al incesante juego entre la contingencia del entorno y la inmediata necesidad en la respuesta adaptativa de las funciones y estructuras previas. Probablemente, este juego –y no algunas simplificaciones deterministas y reduccionistas‒ esté implicado en los procesos de evolución rápida tras las catástrofes.

La perspectiva funcional en Darwin. La contingencia del medio ambiente en la ontogenia y en la filogenia

En la embriología los descubrimientos de K. E. von Baer están en línea con los de Cuvier respecto a la discontinuidad entre los grupos de seres vivos: observa cuatro tipos de desarrollo embrionario que coinciden con los que el sabio francés identifica en sus estudios de anatomía comparada. Pero, además, también distingue entre interno y externo en el espacio y entre próximo y lejano en el tiempo:

“Los rasgos más generales de un grupo aparecen en el embrión antes que los rasgos más especiales. Las estructuras menos generales nacen de las más generales, hasta que finalmente aparecen las más especiales”.

 

Estas conclusiones de Von Baer las llevaría más tarde E. Haeckel al campo de la evolución en su expresiva ley biogenética: “la ontogenia recapitula la filogenia”.


Antes de que Haeckel enunciara la ley biogenética, el embriólogo von Baer ya tenía un barrunto de la relación en el espacio y en el tiempo de la evolución propia de la ontogenia (entendida como desarrollo), pero no estaba de acuerdo con la teoría de la evolución filogenética de Darwin, donde bajo este término se teje una compleja red de relaciones medioambientales de forma contingente, sin dirección ni propósito alguno. No obstante, tanto von Baer con la embriología como Cuvier con la anatomía comparada y la paleontología ponen los cimientos para la construcción de la teoría darwiniana. Cada uno en su campo distingue entre órganos más internos –los más importantes, los que aparecen en primer lugar y definen a cada uno de los cuatro grandes grupos– y órganos más superficiales, más variables, tardíos y definidores de los subgrupos y pequeñas ramificaciones de los grandes taxones.

En términos evolutivos la estructura interna de los animales respondería a la adaptación a los cambios del entorno en el pasado, definidora de los grandes tipos esenciales, mientras que la estructura más superficial estaría asociada a la interacción contingente más reciente entre el organismo y su medio, generadora de una explosión de diversidad adaptativa. El juego entre presente y pasado, entre lo actual y la historia, entre ontogenia y filogenia, es también el juego en interacción incesante entre las estructuras internas y externas.

Por lo tanto, es cada ontogenia particular la que durante la existencia del ser vivo va tejiendo la tela de araña de la filogenia; pero para ello, cual arácnido, la nueva ontogenia recorre desde su inicio embrionario la red tejida por sus ancestros en la filogenia. Así, paulatinamente, paso a paso, las nuevas conquistas epigenéticas mantenidas a lo largo de ontogenias sucesivas van tejiendo paulatinamente la reciente filogenia.

Ya habíamos comentado que la búsqueda de armonía funcional en la diversidad estructural está también muy presente en las teorías de Darwin. En el título de su libro principal El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, Darwin ya hace referencia a la variabilidad dentro de la constancia entre las especies, y al papel selector de esta diversidad por el medio natural. Como ya hemos visto, en aquel momento, además del cambio en el concepto de especie y de la influencia del medio en la función y estructura del ser vivo, la medieval idea de generación divina había sido sustituida por la fisiológica de reproducción. Esta nueva concepción exigía algún tipo de información que pasara mediante células, sexuales o no, de una generación a la siguiente, es decir, algún tipo de herencia. Por tanto, la teoría de Darwin nacía, al igual que la de Lamarck, con dos dimensiones de cambio: una en el espacio, de adaptación al medio; y otra en el tiempo, de formación de nuevas especies por reproducción diferencial de las más aptas.

En Darwin, el cambio en las especies producido a lo largo del tiempo no busca ningún fin, ni es el resultado de ningún programa de desarrollo como ocurre en la ontogenia; de acuerdo con Haeckel, la ontogenia recapitula la filogenia, pero esta es impredecible –no hay camino, solo las estelas de lo ya navegado– y está a merced de la contingencia medioambiental. De hecho, Darwin no utilizó el término evolución en su Origen de las especies sino la idea de “descendencia o herencia con modificación”.

La importancia de los genes relacionados con el control del plan corporal u homeoboxes (que no presentan ninguna característica genética distintiva respecto a los denominados genes estructurales) radica en las proteínas que codifican y en la secuencia espaciotemporal de interacciones que estas proteínas establecen durante el desarrollo. Quizá la diferencia esté en la posible flexibilidad o plasticidad de las proteínas relacionadas con uno u otro tipo de genes: menor para los estructurales y mayor para los reguladores, donde la interacción entre proteínas desordenadas y estos genes está sometida a mayores variaciones ambientales, tanto internas como externas.

En todos los niveles biológicos (supramolecular proteico, celular y pluricelular) se da cierta plasticidad fenotípica frente al ambiente, como la que hace que, bajo determinadas circunstancias ambientales, no se manifiesten las mutaciones en la conformación de las proteínas. En este fenómeno, la coherencia funcional y estructural de las proteínas que interactúan impone las conformaciones anteriores a las mutaciones, de manera que estas se acumulan de forma silente con la ayuda de proteínas de choque térmico (HSP), que actúan como “capacitors” (condensadores o almacenadores de mutaciones), y también con la intervención de priones que, además, actúan como propagadores de conformaciones, hasta llegar a un periodo de cambio ambiental drástico (estrés) donde todas las mutaciones almacenadas pueden liberarse y expresarse a la vez. 

Este fenómeno podría considerarse como la explicación molecular de la teoría de los equilibrios intermitentes (Punctuated equilibria) de Gould y Eldredge, en la que proponen que las especies son estables durante la mayor parte de su existencia (estasis), salvo en momentos de crisis, donde se producen etapas de evolución rápida (a escala geológica) asociadas a la formación de nuevas especies.

Para llegar a una teoría general de la información, debemos tener siempre en cuenta que todos los niveles energético-materiales de la realidad están interconectados y que no hay ningún ser que tenga una existencia independiente en sí mismo. Los seres vivos no son sin su medio, y la vida es un auténtico telar con su urdimbre y su trama.

 

miércoles, 10 de septiembre de 2025

 

DEL INSTINTO AL PENSAMIENTO Y LA CONCIENCIA

 

El impulso animal

Pocas escenas de la naturaleza en plena acción ilustran mejor el impulso animal que la carrera de un guepardo persiguiendo a una gacela… En su frenético avance el felino alterna las extensiones y contracciones de su vigoroso cuerpo: con los músculos tensados al máximo apoya sucesivamente, en rítmica danza, las patas delanteras y traseras –1, 2, izquierda-derecha; 3, 4, derecha izquierda, y viceversa– mientras el cuerpo se encoge cruzando las extremidades anteriores y posteriores para volver a tomar impulso…; esto es, moverse súbitamente con un deseo vehemente exento de reflexión –en este caso, por instinto, tras una presa.

Literalmente, instinto quiere decir impulso o motivación, que se define como una pauta específica y hereditaria de comportamiento adaptativo libre de conciencia, y sin aprendizaje previo en la ontogenia, o desarrollo del individuo. Para llegar a generar un instinto en la filogenia (la historia de la especie), el animal tiene que mantener un comportamiento repetido. El aprendizaje de acciones funcionales repetidas durante un determinado número de generaciones acumula cambios genéticos, epigenéticos y, en general, estructurales que constituyen el sustrato del instinto.

 

Del instinto animal al conocimiento humano

La evolución adaptativa divergente de las extremidades de los mamíferos despliega un abanico de estructuras según sea la funcionalidad específica frente a su medio: lo más frecuente son las extremidades terminadas en uñas, garras, pezuñas… para desplazarse por el suelo; pero también tenemos las alas de los murciélagos, adaptadas al vuelo, y las aletas de las ballenas, delfines, focas… como adaptación al medio acuático.

Dentro de los animales que se mueven por la tierra firme abunda la pentadactilia (con cinco dedos en las extremidades), como, por ejemplo, primates, carnívoros y roedores; aunque también hay grupos, como por ejemplo los jabalíes, ciervos y caballos, que han reducido el número de dedos. En los primates podemos destacar las manos de monos y humanos por su capacidad prensil, gracias a su pulgar oponible, que les permite el desplazamiento por las ramas de los árboles y la manipulación de objetos.

El tránsito desde el impulso animal (meramente instintivo) a la motivación humana hacia el conocimiento está cinematográficamente representado en la, ya clásica, película de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio. En la primera parte, titulada El amanecer del hombre, vemos dos grupos de homínidos sedientos que se enfrentan por la posesión de una charca mínima en el lodo. El conflicto se resuelve cuando el líder de uno de los grupos coge un hueso del suelo y golpea al jefe del otro en la cabeza; tras la victoria, lanza el hueso al aire y, en un fundido, este se transforma en una espectacular plataforma espacial donde los tripulantes entran en conflicto con la IA del superordenador HAL. ¡Qué magnifica forma de sintetizar la evolución humana! Desde la mano liberada, que maneja útiles, al desarrollo científico y técnico, pasando por el origen y desarrollo de la palabra y el lenguaje. Kubrick acompaña esta escena con la música del Así hablo Zaratustra, de Richard Strauss.

En el tránsito desde los grandes simios antropoides a los seres humanos, asistimos a una evolución inicialmente biológica, pero que da paso a otra cultural, creadora de ideas y conocimiento de la realidad. En este proceso, partiendo de las capacidades cerebrales de los grandes simios para registrar, asociar y transformar las informaciones del entorno en consciencia individual, pasamos al cerebro humano con nuevas conexiones neuronales asociadas al lenguaje, el pensamiento y la potencial conciencia social sobre el medio que nos rodea.

Podemos imaginar a nuestros antepasados homínidos expulsados del entorno protector del dosel arbóreo, recorriendo desamparados la amplia sabana; presionados por los depredadores que acechan escondidos tras la alta hierba tienden a erguirse y mirar por encima de ella, pero también a juntarse…; aquí, en este momento, no se seleccionan demasiado las capacidades individuales: el “buscavidas” tiene difícil dejar descendencia. La presión selectiva de este entorno hostil motiva principalmente la adopción de la postura erecta y una socialización creciente. Estos comportamientos generaron estructuras que, así, se irían reforzando mutuamente en un progresivo bucle genético-epigenético.

La postura erecta propició la liberación y transformación anatómica de las manos, lo que trajo consigo el manejo de útiles y la complejidad de las acciones humanas. El medio humano es desde sus inicios eminentemente social, y la necesidad de comunicar las acciones supuso un aumento exponencial de significados, lo que, junto a la especialización del aparato fonador, constituyó el sustrato para el origen de la palabra y el desarrollo del lenguaje; todo ello en paralelo al despliegue estructural de las nuevas áreas de la corteza cerebral.  

De acuerdo con Chomsky, la estructura profunda de todas las lenguas sería la misma; no se conocen lenguas primitivas. Además, la adquisición del lenguaje en los niños es un proceso universal, cronológicamente idéntico para todas las lenguas.

Estamos ante el proceso evolutivo que se produjo desde la consciencia primitiva de los homínidos –con cerebros capaces de integrar en escenas mentales toda la información sensorial– a la consciencia humana, donde el lenguaje pasa a ser el director de toda la orquesta sensitiva, organizándola en pensamiento. Esta evolución filogénica está automatizada en la ontogenia humana. Todos los niños nacen con unas capacidades mentales similares y, en cualquier caso, suficientes para su pleno desarrollo en la sociedad. Lo que nos hace humanos son los contenidos de nuestra conciencia social, que tejidos de conocimiento y pensamiento –sobre la base de la consciencia primaria animal– nos deben elevar sobre el instinto, pero también –y eso es más difícil– sobre el egoísmo.

La humanidad ha acumulado conocimiento y cultura que deben estar al alcance de todos. Por ello, impulsemos el pleno cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.