MODELOS
CIENTÍFICOS
Cuando
hablamos de modelos científicos es muy probable que la primera imagen que nos
venga a la cabeza sea el modelo molecular del ADN de Watson y Crick. Esto es
comprensible porque, en mayor o menor medida, esta imagen encierra la mayoría
de los componentes que pueden intervenir en el desarrollo del conocimiento
científico desde sus orígenes: método científico y filosofía; pero también ambición,
poder, astucia, audacia…, todo con el trasfondo político e ideológico de la
época. En mayor o menor medida, esto estuvo presente en el nacimiento del
modelo del ADN, que sus parteros proclamaron a los cuatro vientos como el
descubrimiento del secreto de la vida.
En
convocatorias de Hypatia café anteriores he tratado algunos detalles alrededor
del descubrimiento de este modelo científico (entre otros) y los métodos
empleados para establecerlos: La mujer y la ciencia (febrero de 2025), Instrumentos
(diciembre de 2026), Mitos (enero de 2026) y Paradojas (mayo
de 2026). Así pues, en el sentido amplio del término modelo científico, hemos
visto interpretaciones o explicaciones simplificadas de la realidad a partir de
la observación de los fenómenos naturales y el análisis de los datos experimentales
obtenidos: modelos sobre la información biológica, sobre la estructura de las
proteínas, sobre el origen y evolución de la vida; todos ellos con sus
respectivos marcos filosóficos. En el tema de este mes quiero ahondar en
algunos aspectos de las etapas que conforman (como modelo de conocimiento
objetivo) el denominado método científico, centrándome, sobre todo, en la
interpretación de los datos bien establecidos.
El
denominado método científico como modelo de conocimiento objetivo de la
realidad parte del análisis del objeto (ob-jectum, lo que está delante), lo
objetivable: disponible y manejable, que, procurando evitar las falsas
creencias y prejuicios, proporciona un camino lo más seguro posible para acumular
resultados. En su Novum organum, Francis Bacon propone un método que
depure de idola el pensamiento y de imprecisión los sentidos. Con este
plural de idolum (del griego eidolon: imagen o figura), Bacon quiere
referirse a las formas, imágenes o visiones que representan la realidad
esencial, frecuentemente cargadas de prejuicios y errores. Ya en castellano, ídolos
es un término que presenta muchos significados y sinónimos… Unos se agrupan en
torno a la imagen de una falsa deidad o divinidad: fetiche, tótem, efigie,
amuleto… Otros giran alrededor de una persona o cosa amada, admirada o preferida
con exaltación: héroe, favorito, mito, campeón…, pero, también, modelo. De
alguna manera, la ciencia ha tratado de hacer el camino de adquisición objetiva
de conocimiento de la naturaleza, evitando los falsos ídolos que distorsionan
la realidad…; pero el camino (el método) está sembrado de dificultades.
Francis
Bacon propuso un método inductivo para poder obtener un conocimiento preciso y
objetivo de la realidad mediante su observación detallada, y experimentación,
seguidas de la elevación de los hechos concretos (hallazgos o experimentos) a
leyes generales; es decir, el camino inverso al antiguo razonamiento deductivo ‒de
lo general a lo concreto‒ que frecuentemente partía de ideas o teorías mal
establecidas y preñadas de prejuicios: los idola que Bacon pretendía sacar
del pensamiento científico.
Bacon
distinguía cuatro tipos de ídolos de la mente:
· Ídolos
de la tribu. La naturaleza humana nos lleva a recrear un mundo ordenado
idealmente de acuerdo a nuestros deseos.
· Ídolos
de la caverna. Cada individuo crea sus propios prejuicios de acuerdo a su temperamento
y carácter, que, junto a su educación y cultura, moldean sus gustos.
· Ídolos
del foro. Distorsión de la realidad originada por el malempleo de palabras con
un significado impreciso.
· Ídolos
del teatro. Realidades de ficción creadas por ideas antiguas.
Estos cuatro
idola de la mente, propuestos por Bacon, denotan en él una consideración
unitaria del cerebro y la mente, resultando esta última de la continua interacción
del cerebro con el medio social del individuo.
Así
pues, Bacon inicia un camino para abordar el conocimiento científico objetivo,
con un pensamiento depurado de idola; pero la objetividad del método
inductivo necesita de la mirada atenta y el consenso de toda la comunidad
científica para evitar el riesgo de contaminaciones. Tras la iniciativa de Bacon,
el método científico se fue ampliando, fundamentalmente en la naciente Física, con
los desarrollos matemáticos de Galileo, Descartes y Newton. Con ellos comenzó
un método que combina la inducción con la deducción: el método hipotético
deductivo.
Con la
incorporación de las matemáticas, se inicia un periodo de cuantificación y mediciones
precisas (sistemas de unidades) que lleva a un mejor diseño experimental y a la
elevación de los resultados a leyes generales. Además, las matemáticas otorgan precisión
y objetividad no solo al planteamiento inductivo (de lo concreto a lo general),
también al deductivo (de la ley general a la predicción de un suceso concreto y
su comprobación). Con el método hipotético-deductivo, Newton cierra y eleva el círculo
entre el empirismo inductivo inicial de Bacon y el abordaje experimental de Galileo
con el empleo de las matemáticas, por este y por Descartes.
No
obstante, el tránsito entre el mundo precientífico y el nacimiento de este
método no fue fácil y, además, no todas las ramas del conocimiento aprovechan
sus bendiciones de igual manera. Tampoco los idola (que atormentaban a
Bacon) desaparecen del todo. Para ilustrar esto voy a referirme a unos sucesos históricos
que afectaron al mismísimo Galileo.
Esta historia de Galileo (narrada por S. J. Gould en
su libro Las piedras falaces de Marrakech), tiene que ver con su pertenencia
a una célebre sociedad científica, la Academia de los Linces, fundada en 1603
por el joven Federico Cesi junto a tres amigos, entre los que se encontraba
Francesco Stelluti, amigo personal y gran defensor de Galileo. El quinto
miembro de los Linces fue el anciano Giambattista Della Porta, que mantendría
una tensa relación con el sexto: Galileo Galilei. En efecto, tras la fundación
inicial de la Academia, las últimas incorporaciones propiciaron el
enfrentamiento entre dos mundos: el antiguo, a caballo entre el pensamiento
mágico y la ciencia (los idola de Bacon), y el nuevo, impulsado por
Galileo y su método científico, totalmente empírico y objetivo. El choque era
inevitable debido a sus diferentes posiciones filosófica y epistemológica y, de
forma más directa, por la prioridad acerca del desarrollo del telescopio. Aquí
veremos alguno de los límites del empirismo: sus virtudes y defectos.
Cesi, escogió el lince como emblema para su
Academia, ya que era largamente considerado como el cuadrúpedo de vista más
penetrante. Era una muy buena elección en un momento en el que la observación
directa de la naturaleza y su descripción ganaba adeptos. La incorporación de
Galileo al grupo inicial de la Academia de los Linces no hizo sino reforzarlos
en este sentido; y no solo por su nuevo método empírico objetivo, también por
el desarrollo tecnológico mejorado que puso a punto para la observación y el
análisis de los objetos: su telescopio y su microscopio, dos instrumentos que
ya entonces permitían ver como el mejor de estos felinos; además, estos no solo
son famosos por su visión penetrante sino también por su astucia. Llevadas
estas características a los objetivos científicos de la Academia se podrían
traducir en agudeza visual y capacidad mental: observación y teoría, las dos
formas complementarias de mirar a la naturaleza.
Galileo y Stelluti estuvieron vinculados por
múltiples relaciones, pero también por un error metodológico relacionado con la
necesaria complementariedad entre observación y teoría. El error de Galileo y
su tratamiento en los libros de historia de la astronomía –como bien señala
Gould– también nos ofrece alguna enseñanza sobre la naturaleza humana de la
ciencia: en estos textos los grandes científicos suelen ser tratados de “manera
heroica o hagiográfica”, y sus errores ocultados o minimizados. Al parecer Galileo
vio los anillos de Saturno en su primitivo telescopio, pero le faltó altura
teórica (la nueva forma de ver) para interpretar lo observado, quizá temeroso
de asombrar al mundo aún más de lo que ya lo había hecho. Así pues, en el nuevo
mundo de la naciente ciencia –donde, coincidiendo con Bacon y Descartes,
adquiría el máximo valor metodológico la observación personal sin añadidos,
objetiva y directa, frente a las verdades del mundo clásico, fundamentadas en
razonamientos lógicos– describió el planeta como un cuerpo triple.
Para subrayar la importancia de la teoría en el
método científico voy a recurrir a tres citas fundamentales para entender la
historia de la ciencia:
Erwin
Schrödinger resumía la importancia de la teoría con una expresiva frase: “se
trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto como de pensar lo que todavía
nadie ha pensado sobre aquello que todos ven”. Esta recomendación es parecida a
otra previa de J. W. von Goethe: “todo ha sido ya pensado. El problema es
pensarlo de nuevo.” Las dos marcan perfectamente la diferencia entre los hechos
–la descripción formal de lo que cualquiera puede ver– y la teoría, la visión
mental, la elaboración conceptual e interpretativa de los hechos. Pero es aún
más relevante el enorme valor que conceden a la teoría, incluso por encima de
los hechos. La teoría es la nueva forma de ver, y esta nueva visión permite al
científico conquistar nuevo conocimiento. Copérnico, Galileo y toda la
humanidad, anterior y posterior a ellos, han visto objetivamente cómo el Sol
sale por el este y se pone por el oeste; pero, desde la nueva visión (la teoría
heliocéntrica), sabemos que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra
sino al revés. Este conocimiento fue la atalaya desde donde la observación del
espacio nos ha conducido a nuestra visión actual de un universo en expansión. A
este respecto, Darwin también le concedió una gran importancia a la teoría, y
cuando llegó a elaborar la suya de la selección natural, escribió: “Al fin
tengo una teoría desde la que poder observar”.
Así pues, los hechos pueden mantenerse de forma terca e
invariante, y existir una o más teorías, coetáneas o no, que los expliquen
mejor o peor y que permitan nuevas observaciones y experimentaciones para
ponerlas a prueba, esto es, las refuten o no.
Gould coincide con Darwin, Goethe y Schrödinger, entre
otros muchos, al conceder una importancia fundamental a la teoría en la
observación, en la descripción de los hechos y en la interpretación de los
resultados experimentales, cuando afirma: “La idea de que la observación puede
ser pura e inmaculada (y, por lo tanto, incontestable), y de que los grandes
científicos son, por implicación, personas que pueden liberar sus mentes de las
restricciones de la cultura que los rodea y llegar a conclusiones estrictamente
mediante experimento y observación libres de trabas, unidos a un razonamiento
lógico, claro y universal con frecuencia ha causado daño a la ciencia al
convertir el método empírico en una consigna.”
Así pues, sabemos que la naturaleza es
experimentable porque ella es experimentadora; pero, para no caer en la
metafísica, los científicos deben seguir vigilando los posibles idola de
la mente, que acechan tanto en los enunciados observacionales de los hallazgos
como en la interpretación de los datos experimentales. Igual que las piezas de
un puzle, los datos pueden presentar la solidez que les otorga el método experimental,
pero deben imbricarse en el sitio correcto para interpretarlos y poder componer
un modelo general de la naturaleza en evolución. A este respecto, Kant nos
ofrece unas reflexiones que hay que tener en cuenta. En sus publicaciones Crítica de la razón pura y Prolegómenos a
cualquier metafísica futura que quiera presentarse como ciencia, Immanuel
Kant plantea abiertamente: ¿puede la metafísica convertirse en ciencia? Él
tiene como modelos la física y las Matemáticas, mientras que considera la
metafísica como un conocimiento ajeno a la experiencia directa: “un
conocimiento a priori, o de la razón pura”. Kant, propone, como camino
seguro, interrogar como un juez a la naturaleza: “la razón debe abordar la
naturaleza llevando en una mano los principios que dicen que solo los fenómenos
concordantes pueden ser considerados como leyes, y en la otra, el experimento
que ella haya proyectado a la luz de tales principios. Este abordaje, no lo
hará en calidad de discípulo, sino de juez que obligue a los testigos a
responder a las preguntas que él les formula”.
Hemos visto que las leyes de la naturaleza comienzan a asomar en la mente
de los científicos en el siglo XVII, pero inicialmente solo en la física, poco
después en la química y mucho más tarde en la biología. Esto es consecuencia
del aumento de la contingencia en la evolución de los seres vivos
respecto a los niveles de integración inferiores (molecular, atómico y
subatómico) menos complejos y, por lo tanto, mucho más regulares y predecibles.
Por eso, la biología tiene algunas particularidades respecto a las otras
ciencias naturales: tiene menos leyes, es histórica y resulta más difícil de
matematizar. Los grandes sucesos contingentes en biología son hechos históricos
irrepetibles que no pueden enunciarse como leyes, pero que dejan su huella
evolutiva en la estructura y en la función de los seres vivos. Solo la
necesidad de los fenómenos (lo que no puede dejar de ser) puede elevarse a ley,
también en aquellos donde estén implicados los seres vivos y sus procesos. En
la evolución biológica cada contingencia concatena necesidades imperativas
(físicas y químicas) previas con nuevas necesidades (cada vez más fisiológicas),
aquellas que son propias de las estructuras seleccionadas en la última
contingencia.
El enorme dinamismo y complejidad de la vida hizo que Kant afirmase: “nunca
habrá un Newton de la brizna de hierba”; expresando con esa frase la imposibilidad
de la física newtoniana para poder explicarla mediante sus principios
matemáticos.