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miércoles, 4 de marzo de 2020

LA TRAMA MOLECULAR DE LA MEMORIA: DEL GEN AL MEDIO



En el post anterior vimos que la mente es un producto del cerebro, pero no algo que emana de un cerebro aislado como resultado directo de algún programa genético, sino como resultado de la dinámica cerebral que media la interacción entre el organismo animal y su entorno. En esta dinámica -como en cualquier otra interacción entre el organismo y el entorno- intervienen los niveles de integración supramolecular, celular y sistémico pluricelular; los cuales, en interacción continua con sus respectivos medios, exaltan la plasticidad fenotípica en los dominios informativos pregenético, genético y epigenético. En el paradigma o modelo proteocéntrico propuesto (ver posts de 2017 y 2016), dentro del dominio de información conformacional pregenética tenemos las características esenciales o constitutivas de las proteínas -anteriores a la información genética- tanto en lo relativo a la plasticidad proteica específica de estructuras desordenadas frente a ligandos diversos, como en la propagación de conformaciones por medio de proteínas tipo prión. En este sentido, esta información pregenética se establecería en la etapa de evolución prebiótica y daría lugar, entre otras cosas, a la selección de ribonucleoproteínas, produciendo un código conformacional previo al código genético secuencial. El dominio informativo genético se forma con el surgimiento de las primeras células, y la formación del código genético. Se establece, así, una relación informativa lineal entre las secuencias de nucleótidos, del ARNm y del ADN, y las secuencias de aminoácidos de los polipéptidos. Esta invariancia en la información secuencial condiciona, pero no determina, la plasticidad conformacional de las proteínas, sobre todo en aquellas que mantienen porciones funcionales, más o menos grandes, de estructura desordenada. En esta etapa, de formación del código genético, se seleccionan los segmentos de ARNm, que denominamos exones, correspondientes a los módulos conformacionales, o dominios esenciales de todas las proteínas, seleccionados previamente. A partir de aquí, la evolución supramolecular estuvo dirigida por la evolución celular y pluricelular. La versión fisiológica de los priones -que, por eso, propusimos denominar conformones- actuarían como selectores y propagadores de estructuras proteicas mediante la transmisión de información conformacional. Por su parte, la información epigenética, sensu lato, se corresponde con la exaltación de la plasticidad estructural, bajo los niveles celular y pluricelular, y el manejo modular de los genes, por las proteínas, que mantenga el conveniente equilibrio, en cada caso, entre invariancia y diversidad proteica.

Aprendizaje y memoria
Con esta introducción, vamos a abordar el estado de conocimientos generales acerca de cómo se forma, se almacena y se recupera la memoria en el cerebro. Los neurobiólogos constatan que, actualmente, existe un vacío abismal entre el conocimiento de regiones claves del cerebro, asociadas a determinadas funciones, y el conocimiento de los potenciales mecanismos moleculares que intentan explicarlas (1). A este respecto, una importante fuente de conocimiento podría generarse desde la correlación de las diferencias genéticas (generalmente pocas) y, sobre todo, epigenéticas, de los grandes tipos animales, con las anatómicas cerebrales de los mismos tipos, a lo largo de la filogenia; diferencias que, en ambos campos, deben reflejar el momento concreto de adaptación evolutiva. No obstante, se sabe que muchas moléculas iguales están implicadas en los dos principales tipos de memoria, declarativa y no declarativa; y en especies muy variadas, como la babosa marina, la mosca de la fruta y algunos roedores. Así pues, parece que la maquinaria molecular para la memoria ha sido ampliamente conservada en la evolución. Ya Santiago Ramón y Cajal proponía que la memoria debe implicar el fortalecimiento o refuerzo de las conexiones neuronales; y en los trabajos de Eric Kandel con la babosa marina Aplysia, se observa que la experiencia modifica las sinapsis, y permite la adaptación a los cambios ambientales; resaltando, una vez más, que la función es prioritaria a la estructura, y le da coherencia. Las lesiones y las enfermedades también modifican las conexiones neuronales (2).
La memoria explícita o declarativa supone la capacidad consciente de recordar hechos y acontecimientos. Está relacionada con la región medial del lóbulo temporal, que incluye el hipocampo. Por su parte, la memoria implícita o no declarativa tiene que ver con habilidades motoras ejecutadas automáticamente (andar, montar en bicicleta, usar la gramática, etc.) de forma inconsciente. Está relacionada con regiones del cerebro que responden a estímulos, como la amígdala, cerebelo y los ganglios basales. La unidad funcional y estructural más elemental implicada en la memoria implícita es el arco reflejo asociado a un acto reflejo, y constituye la base del aprendizaje asociativo -descubierto por Ivan Pavlov- relacionado con los estímulos condicionados. Para Pavlov, el aprendizaje implicaba una asociación entre los estímulos externos y el comportamiento. Queda claro, pues, que el aprendizaje y la memoria se sostienen, en parte, en el medio, y no sólo como toma de noticia consciente de lo que ocurre a nuestro alrededor, sino también como reflejo condicionado inconsciente. La trama de la memoria no es sólo cerebral, y mucho menos la expresión de un programa genético.
Kandel subraya que la memoria no es una función unitaria, distintos tipos de memoria se procesan de forma diferente y se almacenan en distintas regiones del cerebro. Pero, tanto la memoria explícita como la implícita se pueden almacenar a corto plazo, durante unos minutos, o a largo plazo, durante días, semanas e incluso más tiempo. La memoria a corto plazo implica modificaciones químicas que fortalecen las sinapsis. La memoria a largo plazo requiere síntesis de proteínas diversas -entre otras, priones (3)-, y, probablemente, la construcción de nuevas sinápsis. La potenciación a largo plazo (LTP) es un tipo de refuerzo sináptico en el hipocampo, y hay un amplio consenso en considerar este mecanismo como una de las probables bases fisiológicas de la memoria. Además de los priones, algunas proteínas -que también destacan por su plasticidad e información conformacional-, pertenecientes a la familia de las denominadas proteínas intrínsecamente desordenadas o desestructuradas (IDPs o IUPs) también participan en la adquisición de memoria a largo plazo; como, por ejemplo, TAD (CREB transactivator domain) que actúa sobre un grupo de proteínas -conocido como CREB (cAMP response element binding protein)- que resultan esenciales para la activación de la expresión génica necesaria para la conversión de la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo. En este sentido, también se han relacionado determinados neuropéptidos con la diversidad de las células cerebrales y con la diversidad de las sinapsis (4).  Por otra parte, y contradiciendo la creencia de la ausencia de neurogénesis en el cerebro adulto, el hipocampo es una fuente de nuevas neuronas a lo largo de la vida del animal. 
En esta panorámica del conocimiento actual sobre el aprendizaje y la memoria animal, antes de abordar directamente los mecanismos moleculares específicamente neurológicos, puede ser conveniente plantear ¿cuáles son los mecanismos moleculares generales de la adaptación biológica al medio? Para ello, y dentro del marco general del paradigma proteocéntrico propuesto, debemos intentar entender cómo se genera la información conformacional en las proteínas, esto es, ¿cómo se produce la dinámica conformacional de las proteínas en la interacción funcional con sus ligandos? Además, como acabamos de ver, los mecanismos moleculares básicos, implicados en la memoria, están muy conservados a lo largo de la evolución; e incluso me atrevería a proponer que, en lo esencial, estos mecanismos adaptativos responden a una misma lógica desde las etapas prebióticas del origen de la vida.

La plasticidad de las proteínas en las etapas prebióticas del origen de la vida
En una exposición resumida del modelo proteocéntrico -para más detalles, ver post del 10 de marzo de 2017 Origen de la vida y origen de la célula eucariota (5)- podemos destacar la plasticidad adaptativa, pregenética, de determinadas proteínas frente a sus medios moleculares, tanto intracelulares como intercelulares, a lo largo de la evolución biológica, ya desde el origen de la vida. Así, en la etapa prebiótica, debió seleccionarse el juego entre dos tipos de estructuras -y sus consiguientes propiedades- de los polipéptidos proteinoides que se formaron, al azar, en la sopa primordial; a saber: las estructuras hidrofílicas desordenadas, con su capacidad de unión por ajuste inducido a diferentes ligandos moleculares, y las estructuras hidrofóbicas compactas, con su capacidad para empaquetarse con otras estructuras proteicas propagando sus conformaciones. Las estructuras hidrofílicas, más desordenadas y plásticas, pueden cambiar a un tipo de estructura más ordenada bajo la acción de estructuras hidrofóbicas compactas, de la propia proteína o de otra. Esto es lo que ocurre con los priones-conformones, que pueden propagar su conformación beta a otras proteínas; transformando, así, las conformaciones alfa, de proteínas de secuencia igual o similar, a beta. Los conformones actuarían, así, como selectores y propagadores de proteinoides termales, desestructurados y poco específicos, merced a un código conformacional (6).
Es interesante destacar la analogía de estos fenómenos, de la evolución proteica, con las ideas de Cuvier acerca de los grandes tipos que él veía en el Reino Animal (ver post del 7 de enero de 2020). Cuvier hace una jerarquía entre los órganos más o menos esenciales, y sitúa a los primeros en el interior de la estructura viva, y a los segundos en el exterior. Al igual que ocurre con las proteínas, sitúa la esencia funcional de los animales en el interior, y la variabilidad de la plasticidad somática adaptativa en el exterior. Las proteínas también presentan un núcleo hidrofóbico ordenado (core) -característico del tipo general de proteína (por ejemplo, el dominio de la superfamilia de las inmunoglobulinas)- que le da estabilidad; y una variabilidad de interacciones -más o menos específicas, y con distintos grados de afinidad- en función de su plasticidad conformacional exterior ante diferentes ligandos. Así, según sea el grado de plasticidad externa, las uniones de una proteína con su ligando pueden ir del tipo ajuste inducido, en las más plásticas, -donde el sitio de unión, más o menos desestructurado, de la proteína se puede adaptar a un ligando, entre varios distintos, como una mano a un objeto-; a las de tipo llave-cerradura, en las más estructuradas, donde, como indica expresivamente esta denominación, la especificidad es única. La pregunta es ¿cuándo aparecen y cómo evolucionan -en la filogenia, en la ontogenia y en la fisiología- los dos tipos de especificidad de unión de las proteínas? En el paradigma proteocéntrico se propone que las proteínas pudieron evolucionar en dos grandes etapas:
1.    Una primera etapa, pregenética, de evolución prebiótica conformacional donde, a partir de secuencias polipeptídicas formadas al azar, se produce la selección de un número corto de conformaciones (módulos estructurales proteicos), que son los que actualmente encontramos en todas las proteínas.
2.    Una segunda etapa donde la información conformacional sigue siendo prioritaria, pero permitiendo una dimensión de evolución secuencial coherente. En esta etapa, a partir de polipéptidos ya codificados genéticamente -y utilizando los mecanismos de generación de diversidad desplegados en la evolución biológica-, se va acumulando una enorme variabilidad en las secuencias de las proteínas, pero siempre condicionada por la continuidad de las conformaciones seleccionadas durante la etapa anterior.
Así, durante la etapa de evolución química prebiótica, los proteinoides, pregenéticos y desestructurados, debieron moldearse y seleccionarse por interacción directa con el medio -y con el concurso de proteinoides de tipo prión que, como ya hemos señalado, denominamos conformones, por su capacidad para propagar sus conformaciones (6)-; estableciendo, así, una línea de evolución conformacional adaptativa, que vulnera el dogma central de la biología molecular, ya que, como se sabe en las cepas priónicas, no sólo puede haber más de una conformación para una secuencia, sino que, además, una determinada conformación puede darse en un número mayor o menor de secuencias. Como veremos, la continuidad de información conformacional pregenética se ha mantenido y se mantiene en la filogenia, en la ontogenia y en la fisiología celular. Antes de pasar a la etapa genética, con el establecimiento del código genético, sólo apuntar que las interacciones conformacionales, en las etapas prebióticas, en un marco de péptidos pequeños -módulos esenciales que interaccionarían formando complejos puzzles proteicos de miniestructuras cuaternarias, anteriores a polipéptidos más largos formados genéticamente- podrían estar representadas en la función de reconocimiento antigénico de los linfocitos T, basada en la discriminación entre lo propio y lo ajeno a través de la interacción específica entre el receptor de la célula T (TCR) y el complejo formado por la proteína del complejo principal de histocompatibilidad (MHC) y el péptido antigénico (7).  En la formación del complejo, se proponía que este proceso pudiera ocurrir como en el plegamiento de las proteínas, donde se forma un intermediario globular compacto, conocido como glóbulo fundido (molten globule), caracterizado por presentar una considerable proporción de estructura secundaria y un núcleo hidrofóbico fluctuante expuesto al agua. De la misma manera que el paso del glóbulo fundido a la estructura de plegamiento final exige la estabilización de la estructura globular mediante el empaquetamiento de los residuos hidrofóbicos, un proceso similar pudiera tener lugar durante la interacción de los péptidos antigénicos con las proteínas de histocompatibilidad. Así pues, la estructura básica del sitio de unión de las proteínas del MHC (sin tener en cuenta las variables polimórficas) constituiría la pieza maestra del puzzle conformacional que forman las pocas geometrías básicas de empaquetamiento estable de hélices alfa y láminas beta en el plegamiento de las proteínas.
Por su parte, en la etapa genética, la exigencia de mantener la coherencia entre los cambios en la secuencia de aminoácidos y las restricciones funcionales y estructurales de las proteínas propició mecanismos de variabilidad genética respetuosos con estas restricciones, como, por ejemplo, la hipermutación somática enzimática en la formación de anticuerpos específicos.

El sistema inmunitario como modelo de evolución adaptativa
Acabamos de ver dos ejemplos del sistema inmunitario relacionados con la evolución de las proteínas; no en vano, a la rama específica de este sistema se la denomina adaptativa, por lo que no es extraño que el sistema inmunitario sea considerado un modelo de evolución adaptativa rápida, ya que puede producir, a tiempo real, anticuerpos específicos frente a todo el universo antigénico, incluso frente a moléculas de síntesis que nunca se han dado en la naturaleza. Así, utilizando los procesos generadores de diversidad en los anticuerpos, característicos de los linfocitos B, se pueden producir los denominados anticuerpos catalíticos, donde -inmunizando con un análogo estable del estado de transición de un determinado sustrato- un anticuerpo monoclonal se convierte en una enzima específica.
El sistema inmunitario produce una gran diversidad, mediante mecanismos somáticos de recombinación genética e hipermutación dirigida, que le permiten reconocer todo el universo molecular, merced a la generación de un repertorio de alrededor de mil millones de anticuerpos distintos. Existen cuatro mecanismos básicos de generación de diversidad para los anticuerpos en los linfocitos B. Los tres primeros, se producen en el contexto de la recombinación somática, y sirven para construir las regiones variables de las inmunoglobulinas, aumentando la diversidad fundamentalmente de la CDR3, que es la región del sitio de unión al antígeno que más contacto presenta con éste. El cuarto, la hipermutación somática, actúa posteriormente -durante la respuesta secundaria-, sólo sobre el ADN ya reordenado, introduciendo mutaciones puntuales que afectan a las tres CDRs, modificando así la afinidad de las inmunoglobulinas. El antígeno selecciona, al modo darwiniano, las células B que, tras este proceso, presenten Igs con mayor afinidad hacia él. Este proceso de maduración de la afinidad, que implica al isotipo IgG, constituye un genuino proceso adaptativo durante la respuesta secundaria al antígeno.
Tanto las enzimas como los anticuerpos realizan su función de forma similar, uniéndose de forma específica a sus ligandos mediante el mismo tipo de interacciones débiles, y a través de cavidades que presentan una complementariedad, espacial y de cargas, que propicia la interacción. La intensidad de la unión entre antígeno y anticuerpo, o afinidad, depende de esta complementariedad. Así pues, en el caso de los anticuerpos catalíticos, la hipermutación somática, producida durante la segunda inmunización, mejora notablemente la eficacia de estos: el anticuerpo maduro presenta una afinidad de unión, por el antígeno, 30.000 veces mayor que el anticuerpo inmaduro. Además, mientras que el anticuerpo inmaduro sufre un notable cambio conformacional al unirse al antígeno -ajustándose al mecanismo de encaje inducido-; por el contrario, el anticuerpo maduro no experimenta un cambio apreciable, ajustándose a un mecanismo tipo llave-cerradura.
En el análisis estructural de los anticuerpos catalíticos obtenidos durante las respuestas inmunitarias primaria y secundaria, se pone de manifiesto la existencia de mecanismos pregenéticos, de generación de diversidad, basados en la dinámica y plasticidad conformacional de las proteínas frente a sus ligandos. Estos hechos darían en parte la razón al modelo del “molde antigénico” de Linus Pauling (1940). La plasticidad conformacional de los anticuerpos, obtenidos durante la respuesta primaria, les permite superar la relativa imperfección de su estructura para unirse al antígeno. La recombinación somática, que se produce en esta respuesta, aporta los aminoácidos que más interaccionan con el antígeno, y la geometría grosera del sitio de unión, que se adapta al antígeno mediante ajuste inducido. Por su parte, con la hipermutación somática se consigue una conformación estable, con la máxima complementariedad frente al antígeno, cambiando alrededor de diez aminoácidos del anticuerpo inmaduro al maduro. Estos cambios afectan fundamentalmente a la geometría completa del sitio de unión, refinando la cavidad que reconocerá específicamente al antígeno, logrando, así, un encaje del tipo llave cerradura.
Además del evidente interés práctico de esta técnica, se abre una interesante reflexión teórica acerca de la evolución de las proteínas en general, y de las enzimas en particular, según el siguiente modelo: estructuras enzimáticas poco específicas -cuya plasticidad conformacional podría facultarles la unión, con mayor o menor afinidad, por varios sustratos- paulatinamente irían adquiriendo mayor afinidad por algunos de ellos (se adaptarían y especializarían) a medida que algunos mecanismos genéticos primitivos, que implicasen recombinación y mutación (más o menos dirigida), perfeccionaran y estabilizaran estas estructuras (para una información más detallada ver Los anticuerpos catalíticos, en el capítulo 10 del libro de Ed. Síntesis (1998) Inmunología aplicada y técnicas inmunológicas).

La información conformacional en la filogenia, en la ontogenia y en la fisiología
A pesar de la plasticidad conformacional exhibida por los anticuerpos inmaduros, no podemos olvidar que el inmunitario es ya un sistema altamente especializado: posee un sofisticado aparato genético con el que genera un mil millonario repertorio de receptores antigénicos en las células B y T, BCRs y TCRs respectivamente. Por eso, aunque anteriormente hemos dicho que la plasticidad proteica es característica de una etapa pregenética, la singularidad del aparato genético, implicado en la generación de diversidad inmunológica, nos lleva a pensar que el sistema inmunitario responde, más bien, a un modelo muy especializado, dentro del más general de evolución genética.
Aunque, desde la formación del código genético, todos los polipéptidos se sintetizan con el concurso de los ARNs transferente, ribosómico y mensajero; en el mundo de las proteínas encontramos un abanico, de mayor o menor plasticidad conformacional, que va desde proteínas de especificidad múltiple, con un alto porcentaje de estructura desordenada, a otras con una estructura muy compacta y una especificidad única, que se ajustan al modelo llave-cerradura.
Los priones-conformones y las proteínas de choque térmico (HSPs), entre las que se encuentran los chaperones y las chaperoninas, son proteínas que despliegan una gran cantidad de información conformacional. Aunque disponen de porciones, mayores o menores, de estructura desordenada que les permite cierta plasticidad en sus interacciones con otras moléculas; su modo de actuación se apoya fuertemente en sus respectivos núcleos hidrofóbicos, ejerciendo un papel opuesto sobre otras proteínas: los priones-conformones inducen el cambio conformacional, y las HSPs contribuyen a mantener la conformación correcta -como, por ejemplo, los chaperones- en el plegamiento y acompañamiento de los polipéptidos recién sintetizados.
Se conocen múltiples procesos biológicos donde los priones (y conformones) actúan junto a las HSPs, seleccionando y propagando información conformacional. Así, la proteína de choque térmico Hsp90, además de chaperón, puede actuar también como acumulador o condensador molecular (capacitor), que le permite mantener ocultas las posibles conformaciones proteicas de una determinada cantidad de mutaciones del genoma, mediante la conservación de las estructuras previas a las mutaciones. En situaciones de estrés celular, abandona su función de conservación conformacional, y libera bruscamente los fenotipos proteicos acordes a las mutaciones. Estos fenómenos proporcionan el primer mecanismo molecular plausible para que una célula responda a su ambiente con un cambio fenotípico heredable. Igualmente, algunas proteínas priónicas, asistidas por chaperones, pueden adoptar dos isoformas, una de las cuales puede ser capaz de propagar y amplificar su malformación actuando como un molde sobre las isoformas normales.
En este sentido, mecanismos similares de estabilización de la isoforma formadora de oligómeros dentro de proteínas de tipo prión-conformón, en la mosca de la fruta, pueden estar implicados en la memoria a largo plazo (LTP).  La acumulación de estas isoformas podría ayudar a formar o estabilizar la memoria a largo plazo, mediante la creación de grupos de proteínas de larga vida en las sinapsis (8).
Igualmente, se han identificado en plantas alrededor de unas 500 proteínas candidatas a presentar un comportamiento priónico, que están implicadas en fenómenos de adaptación al ambiente a largo plazo. Generan, así, un tipo de memoria conformacional de las condiciones ambientales, transmisible de generación en generación (9).
Como vimos anteriormente, los priones-conformones, contradicen el dogma central de la biología molecular en varios aspectos, pero fundamentalmente en lo referente a la constricción de una determinada secuencia de aminoácidos con una única conformación y una determinada función. Además, es frecuente la relación entre priones-conformones y HSPs-chaperones. Las HSPs pueden, entre otras posibilidades, actuar como chaperones y acumuladoras de mutaciones silentes, controlando el fenotipo; así como ayudando a los priones-conformones a mantener el equilibrio entre sus estados inactivo y activo. Por su parte, los conformones podrían actuar fisiológicamente como selectores -y propagadores de la herencia estructural celular- de los cambios conformacionales proteicos liberados bruscamente por las HSPs, frente a cambios ambientales significativos.
En el paradigma proteocéntrico, la plasticidad pregenética de los conformones pudo actuar, durante la etapa prebiótica, sobre proteinoides -péptidos y polipéptidos con actividad enzimática poco específica-, seleccionando y propagando sus conformaciones. Es posible que algunos de estos proteinoides pudiesen comenzar a desarrollar una funcionalidad poco específica de chaperón. Todos estos tipos de proteínas tienen una, mayor o menor, proporción de estructura desordenada, que también contradice lo relativo a la prioridad y unicidad entre estructura y función, tal como reza el dogma central de la biología molecular:es preciso una estructura tridimensional estable para realizar una determinada función única, y esa estructura y función vienen determinadas, genéticamente, por la secuencia de nucleótidos del ADN”.
En los últimos años del siglo XX, se ha visto que muchas proteínas de eucariotas exhiben una porción, mayor o menor, de estructura desordenada; son las denominadas proteínas intrínsecamente desordenadas o desestructuradas (IDPs o IUPs) que pueden adquirir una estructura terciaria estable cuando se unen, de forma poco específica, a diversos ligandos, que van desde pequeñas moléculas a moléculas grandes, como otras proteínas o ácidos nucleicos; supeditando, así, la estructura a las posibles funciones previas (la interacción con uno de varios ligandos posibles) o a procesos adaptativos frente a cambios ambientales, y dejando una información biológica conformacional, que también puede establecerse -en coherencia con un medio ambiente mantenido- como un tipo de herencia conformacional (10). Conviene subrayar la importancia funcional de las IUPs, ya que intervienen como reguladoras en procesos celulares clave, tales como transcripción, traducción, transducción de señales y ciclo celular; así como en muchos procesos de adaptación molecular.
Las IUPs no presentan un núcleo (core) hidrofóbico; y en ellas, además, predominan los aminoácidos hidrofílicos sobre los hidrofóbicos, lo que facilita la unión con diferentes ligandos, mediante ajuste inducido, en entornos acuosos. Las IUPs reconocen a su ligando en un proceso de coplegamiento o plegamiento sinérgico. Este proceso presentaría una analogía estructural con los intermediarios de plegamiento de las proteínas globulares, que van desde el estado desplegado de ovillo al azar al plegamiento globular, pasando por el glóbulo prefundido y fundido (molten globule). Por todo ello, es posible que su funcionalidad en la célula precise del concurso de otras proteínas (como las HSPs-chaperones y los conformones) que poseen tanto alguna región desestructurada como un potente núcleo hidrofóbico (core), que les proporciona estabilidad y capacidad de modificar a otras proteínas. Esta acción conjunta de los tres tipos de proteínas puede estar implicada en los principales procesos celulares y etapas biológicas, desde el origen de la vida, es decir: en la ontogenia, en la filogenia y en la fisiología celular. De hecho, en el post citado de 2017, se postula una coevolución entre conformones y proteinoides termales hidrofílicos poco específicos. A este respecto conviene resaltar que tanto los priones-conformones como las IUPs son muy resistentes a factores fisicoquímicos (calor, ácidos, radiaciones UV) característicos de ambientes extremos, como los que pudieron darse en la etapa prebiótica del origen de la vida. En esta etapa, pudo establecerse -antes de que se formara el código genético- una relación de coevolución molecular entre los conformones y los proteinoides desordenados primitivos. El posible fruto de esa relación sería la selección pregenética de las características propias o esenciales de las principales familias proteicas, definidas tanto por sus núcleos hidrofóbicos -que determinan sus conformaciones de empaquetamiento- como por sus periferias hidrofílicas, que determinan fundamentalmente la especificidad, esto es, la capacidad de unión a ligandos específicos. Por poner un ejemplo, del que hablamos anteriormente, en la superfamilia de las inmunoglobulinas, todos los anticuerpos tienen la misma estructura básica en sus dominios; pero los dominios variables portan unos lazos hipervariables que constituyen las tres regiones determinantes de la complementariedad (CDRs 1, 2 y 3). Como ya vimos anteriormente, estas regiones sufren cambios en el transcurso de la respuesta primaria a la secundaria frente al antígeno, con una maduración de la afinidad. Se pasa, así, de un mecanismo de ajuste inducido a otro de llave-cerradura.
En esta relación pregenética, los proteinoides, portadores de mucha estructura desordenada, se seleccionarían por su capacidad de unirse a ligandos clave del primitivo metabolismo (fundamentalmente relacionado con la interacción conformacional con el ARN), de forma cada vez más específica, y por su capacidad de cambio conformacional mediante interacciones hidrofóbicas con los conformones. De esta manera se pudieron seleccionar las conformaciones de los dominios de las principales familias de proteínas: básicamente, la especificidad se modelaría, funcionalmente, por contacto directo de la estructura desordenada con las moléculas del medio; mientras que los priones-conformones seleccionarían, y serían seleccionados, por el resultado funcional de la interacción hidrofóbica con los proteinoides. La función primitiva de las HSPs-chaperones debió aparecer poco después, proporcionando, fundamentalmente, estabilidad a todas las proteínas existentes. Este triunvirato proteico puede constituir el mecanismo general de adaptación al medio en el nivel supramolecular: las IUPs se moldearían funcionalmente por unión a nuevos ligandos; las HSPs participarían estabilizando y guardando la coherencia funcional de las estructuras proteicas resultantes, tanto las pregenéticas como las genéticas; y los conformones seleccionarían y propagarían las nuevas conformaciones.
Como se expone en el post de 2017, este mecanismo, pregenético, de información y herencia conformacional de las proteínas coevolucionó -en la etapa prebiótica- con la información conformacional del ARN (principal ligando de estas proteínas), y como resultado de esta coevolución se formó el código genético. Así, en el paradigma proteocéntrico, la primera célula tendría una naturaleza esencialmente eucariota, básicamente una arquea similar a un núcleo, con un metabolismo elemental limitado a la producción de proteínas, y una fisiología centrada en el tránsito de información externa, de la membrana celular al núcleo -rutas de transducción de señales-, y de respuesta adaptativa interna, del núcleo a la membrana celular. En el inicio y en el final de ambas rutas informativas debe estar presente la triada formada por IUPs, HSPs-chaperones y conformones. En este sentido, parece que tanto los priones-conformones, como las IUPs están sólo, o principalmente, presentes en los eucariotas, lo que reforzaría esta hipótesis. Además, este flujo de información, entre el primordio de célula eucariota (que denomino protocariota) y el medio externo, iría reforzado por una continua y contingente producción de vesículas de exocitosis (cargadas, al azar, de proteínas y ácidos nucleicos) que, sin propósito alguno, colonizarían el medio exterior, e interiorizarían y seleccionarían partes de su “metabolismo” mineral abiótico. Muchas de estas vesículas estarían abocadas a volver, por endocitosis, a las células protocariotas. De esta manera, se iría haciendo, lentamente y de forma exógena, el metabolismo energético. Así, en el paradigma proteocéntrico -con este continuo baile de exocitosis y endocitosis- se formarían tanto los eucariotas como todos los acariotas (entidades sin núcleo definido): el resto de las arqueas, las bacterias y los virus (ver post de 2017).  En este sentido, resulta interesante el que las regiones desestructuradas (características de eucariotas) no tengan actividad enzimática. Las enzimas específicas pudieron formarse, en la etapa genética, aumentando paulatinamente la afinidad desde reconocimientos de ajuste inducido a mecanismos del tipo llave-cerradura. Además, en el interior de las vesículas de exocitosis, tanto el material genético como las proteínas resultantes -ambos producidos de forma contingente, y necesaria, por la maquinaria nuclear que había iniciado su andadura- pueden seleccionarse, sin problemas de coherencia funcional, en su encuentro con el premetabolismo mineral exterior. Algunas de estas vesículas alcanzarían la vida libre como acariotas, y otras volverían por endocitosis a la célula protocariota, proporcionando, así, los nutrientes necesarios. En algunos casos, se podrían establecer relaciones de endosimbiosis, integrando, así, el metabolismo exógeno conquistado. Es muy probable que se estableciese una línea evolutiva de endosimbiosis (que, en determinados ambientes, puede continuar), en vez de tratarse de un hecho puntual. Así, el inicio del metabolismo energético eucariota sería por integración funcional, en una línea evolutiva de endosimbiosis sucesivas, de un metabolismo acariota exógeno.
Por otra parte, en apoyo de este modelo de adaptación pregenética -basado en la plasticidad conformacional de IUPs, HSPs-chaperones, y conformones-, está que las IUPs suelen estar en el centro de redes proteícas, que conectan rutas reguladoras y de señalización celular; esto resulta coherente con la hipótesis planteada que las situaría (junto con los otros dos elementos de la triada) en el comienzo y en el fin de las rutas informativas, de la membrana al núcleo y viceversa. En este modelo general de la adaptación de las proteínas al medio -como hemos visto en la maduración de los anticuerpos-, las proteínas más plásticas estarían en los extremos de las rutas (principio y final), y las menos plásticas hacia el centro. En el caso de que las rutas se encadenen formando redes, el punto de conexión coincide con los extremos previos. El crecimiento, la evolución de estas rutas, sería orgánico (por intuscepción) desde los extremos hacia el centro, por duplicación génica, y la consiguiente modificación mejorada del gen de la proteína anterior. Es posible que, en general, se vaya pasando desde los extremos, más plásticos, hacia el centro, más específico, cambiando reconocimientos del tipo ajuste inducido por otros del tipo llave-cerradura, con aumento de la afinidad. Igualmente, muchas rutas de transducción de señales son idénticas en su parte central y sólo varían en el inicio y en el final, con proteínas más plásticas, sobre todo en las que se sitúan en la membrana plasmática enfrentándose con los cambios del medio exterior. El cambio genético -por el que se puede pasar de la plasticidad proteica del ajuste inducido al reconocimiento tipo llave-cerradura- no es tan rápido en la evolución en general como lo es en la producción de anticuerpos. Además de que el sistema inmunitario posee un sistema muy sofisticado y singular de generación de diversidad para el reconocimiento antigénico, los anticuerpos son proteínas que circulan libremente por los humores del organismo, y en las que los cambios que afectan a sus regiones hipervariables sólo están implicados en la unión al antígeno. Pero, no obstante, no debemos olvidar que la clave fundamental en el proceso de discriminación entre lo propio y lo no propio, del sistema inmunitario de vertebrados, recae sobre los linfocitos T y su particular reconocimiento de lo propio y lo ajeno, sobre la que se basa la selección del repertorio de receptores de células T y la memoria inmunológica. Aunque los receptores antigénicos de las células T (TCRs), se forman por un mecanismo similar al de los anticuerpos, como hemos visto, reconocen al antígeno en forma de péptidos presentados en el interior de una hendidura de las proteínas de histocompatibilidad propias. Lo sorprendente aquí es que, cada individuo, sólo puede tener entre seis y doce proteínas de histocompatibilidad distintas. Esto supone un evidente cuello de botella para la presentación antigénica a millones de TCRs distintos. Sólo queda pensar en la enorme diversidad conformacional que pueden exhibir los péptidos en diferentes posiciones dentro de la hendidura (7). En general, los péptidos presentes en muchas funciones fisiológicas deben guardar relación conformacional con los módulos proteicos pregenéticos seleccionados durante la etapa prebiótica del origen de la vida.
La evolución del común de las proteínas es más lenta y coherente con la funcionalidad general del sistema en el que estén integradas. En este sentido, ante las nuevas exigencias funcionales, las proteínas tensionarán su plasticidad conformacional al máximo (y, con la participación de las HSPs-chaperones, incluso evitaran la manifestación fenotípica de algunas mutaciones favorables a esa nueva tendencia estructural) hasta que, en algún momento de estrés importante, las HSPs-chaperones liberen los fenotipos proteicos (productos de las mutaciones acumuladas), que, así, serán seleccionados por la coherencia funcional del conjunto. Por otra parte, las IUPs intervienen en muchas funciones de evidente implicación epigenética: metilaciones, acetilaciones, glicosilaciones, fosforilaciones, factores de transcripción, regulación de la transcripción y traducción, histonas, aminoacil-ARNt sintetasas, ensamblaje de grandes complejos proteicos, ribosoma, citoesqueleto, etc. Los polipéptidos desestructurados actúan como chaperones y proteínas HSPs (por ejemplo, en el estrés hidríco), y también forman parte de esta familia de proteínas, lo cual confirmaría la relación funcional ancestral de las HSPs-chaperones con las IUPS y priones-conformones; por lo que es probable que las HSPs-chaperones surgieran como una familia proteica con características funcionales y estructurales intermedias entre las otras dos.
Las IUPs parecen ser más ubicuas en la fisiología celular que los conformones. Al contrario de lo que suele ser el razonamiento habitual, esto no implica necesariamente una antigüedad mayor de las IUPs, sino que las propiedades de las IUPs constituyen la esencia de la especificidad proteica y de la adaptación al medio, sobre la base de la plasticidad de unión a multiples ligandos. Esta plasticidad de unión descansa sobre los abundantes residuos hidrofílicos de estas proteínas. Por su parte, los conformones tendrían un papel fundamental en el origen de la vida como selectores y propagadores de información conformacional, merced a su núcleo hidrofóbico. Este papel es fundamental en el establecimiento de las principales familias proteicas, definidas por su conformación de plegamiento. Las IUPs estarían implicadas en el establecimiento de las diferentes funciones específicas de estas familias.
En cualquier caso, convendría realizar una jerarquía de las proteínas por su ubicación, plasticidad y funcionalidad; es decir, habría que establecer una filogenia funcional-estructural de los principales sistemas y subsistemas de la célula eucariota, teniendo en cuenta las proteínas más plásticas y multifuncionales primero y las más específicas después; en el supuesto de que las proteínas más plásticas estarán en el inicio funcional de cada sistema en la ontogénesis, en la filogénesis y en la fisiología. Así, en las células, las proteínas más plásticas estarán en la membrana -en interacción con el medio-, y las rutas que llevan información hacia el núcleo (segundos mensajeros y transducción de señales; rutas epigenéticas; etc.) estarán automatizadas y serán universales. Sólo variará la entrada de información del exterior, y la llegada de información al final de la ruta interior.

Conclusiones
En el modelo de evolución de la información conformacional de las proteínas propuesto, hemos visto algunas particularidades de algunos sistemas, como el inmunitario, con mecanismos muy sofisticados de adaptación al reconocimiento molecular. Pero debemos extraer lo más general del detalle singular, y ver la lógica evolutiva de las proteínas en el encadenamiento de la plasticidad pregenética, la invariancia genética y la modulación epigenética, dentro de los sistemas celulares y pluricelulares.
El vacío abismal, que constatan los neurobiólogos, entre el conocimiento de regiones funcionales claves del cerebro, y el conocimiento de los potenciales mecanismos moleculares que intentan explicarlas, no puede rellenarse con enfoques parciales y reduccionistas. Aunque los proyectos de investigación no puedan salirse de estas limitaciones, es preciso tener presente algún tipo de marco teórico general, que sea crítico con las contradicciones del paradigma vigente.

BIBLIOGRAFÍA
1.    Miller, G. How are memories stored and retrieved? Science (2005), 309, 5731, 92.
2.    Kandel, E. R. La nueva biología de la mente. Paidós. Ed. Planeta (2019).
3.    White-Grindley, E. et al. Contribution of Orb2A Stability in Regulated Amyloid-like Oligomerization of Drosophila Orb2.  PloS Biol. (2014), 12(2): e1001786, doi: 10.1371/journal.pbio.1001786
4.    Bosiljka Tasic, et al. Shared and distinct transcriptomic cell types across neocortical áreas. Nature (2018) 563, 72-78.
5.    Blog: estructuraeinformacionbiologica.blogspot.com.es
6.    Ogayar, A., Sánchez-Pérez, M. Prions: an evolutionary perspective. International Microbiology (1998) vol. 1, nº 3, 183-190.
7.    Ogayar, A. Presentación antigénica y puzle conformacional. Una hipótesis (I y II). Inmunología (1991) Vol. 10, nº 1, 19-23; y nº 3, 97-103.
8.    Shorter, J., Lindquist, S. Prions as adaptative conduits of memory and inheritance. Nature Reviews Genetics (2005) vol. 6, nº 6, 435-450.
9.    Chakrabortee, S. et al. Luminidependens (LD) is an Arabidopsis protein with prion behavior. PNAS (2016) vol. 113, nº 21, 6065-6070.
10.  Tompa, P. Intrinsically unstructured proteins. Trends in Biochemical Sciences (2002), vol. 27, nº 10, 527-533.

martes, 4 de febrero de 2020

CEREBRO Y MENTE: PLASTICIDAD SOMÁTICA ADAPTATIVA FRENTE AL MEDIO

Desde la perspectiva funcional, que introdujimos en la entrada anterior, observamos cada vez más hechos acerca de la plasticidad adaptativa de la vida en todos sus niveles de integración y complejidad. Como ya hemos señalado en diferentes ocasiones, para Darwin la selección natural opera sobre los individuos, caracterizados por la organización funcional de sus respectivos organismos, acumulando las variantes somáticas o fenotípicas que han resultado más apropiadas para sobrevivir en un determinado medio ambiente. La selección natural no opera sobre las variantes de los genes, o alelos, sino sobre los organismos que, entre otras cosas, portan cromosomas (que, entre otras cosas, llevan genes codificadores de proteínas) que, a su nivel, se seleccionaran con ellos.
Así, para abordar el problema de la plasticidad somática podemos empezar por el máximo nivel de complejidad que conocemos, el cerebro y los procesos mentales relacionados con este órgano, en la lógica de que aquí tendremos presentes todos los niveles -supramolecular, celular y sistémico- en el mayor grado posible de interacción dinámica con sus respectivos medios.
De acuerdo con Eric R. Kandel, en su magnífico libro La nueva biología de la mente, Descartes se equivocaba al pensar que “la mente está separada del cuerpo y funciona con independencia de él”. Al separar la mente del cerebro, Descartes tenía un planteamiento dualista, como lo tenía Alfred Wallace -el codescubridor de la selección natural- que también pensaba lo mismo; pero no así Charles Darwin, que tenía un pensamiento materialista monista: la mente es un producto del cerebro, es decir, de la materia en evolución organizada en forma de cerebro. Otro aspecto importante que debemos tener en cuenta es que la mente no emana del cerebro sin más, respondiendo a algún tipo de programa genético. Denominamos mente a una serie de procesos que resultan de la toma activa de noticias del mundo exterior, por el organismo animal, del procesamiento por el cerebro de los datos percibidos, de las acciones de respuesta y de la experiencia encadenada en dicho proceso. Así, la mente surge de la interacción, y de la estructura resultante, entre el organismo animal y su entorno, mediados por el cerebro. Kandel destaca que Darwin -en su libro La expresión de las emociones en el hombre y en los animales- desarrolla la idea del origen biológico de la especie humana; y destaca de él que “nuestros procesos mentales evolucionaron a partir de antepasados animales de manera similar a como se desarrollaron nuestros rasgos morfológicos. Es decir, que la mente no es etérea y tiene una explicación física”.
 Nuestra mente -en sus diferentes manifestaciones: aprendizaje, memoria, conciencia, pensamiento, etc.- resulta de la plasticidad funcional y estructural del cerebro del organismo humano en interacción con su medio. De esta manera, la fisiología y la anatomía cerebral experimenta modificaciones que recorren -de abajo arriba- cambios conformacionales en las proteínas implicadas en las redes de interacciones moleculares, intra e intercelulares; cambios morfológicos en las neuronas y en las células de la glía; y cambios en la red de comunicaciones entre neuronas, mediante el establecimiento y reforzamiento de uniones muy precisas entre ellas, denominadas sinapsis. Así pues, éstas se modifican como resultado adaptativo de la acción y experiencia del organismo frente a su medio. En el límite negativo de la fisiología, la patología cerebral también se caracteriza por exhibir cambios significativos en estos tres niveles de organización: supramolecular, celular y de organismo pluricelular.
Debemos subrayar que la mente no es sólo un producto del cerebro aislado, sino que resulta de la permanente interacción entre el cerebro y el medio, en continuo cambio. En este sentido, y ante la complejidad de uno de los productos más especiales de la mente, la conciencia, resulta pertinente citar una frase de K. Marx: “No es la conciencia del hombre la que determina las condiciones materiales de su existencia, sino estas últimas las que determinan su conciencia”. El inmunólogo C. Janeway, Jr. parafrasea esta cita para describir la esencia del sistema inmunitario, a saber: la selección de un repertorio linfocitario que permita, por una parte, discriminar entre lo propio y lo no propio; y, por otra, que éste pueda adquirir una memoria específica frente a lo ajeno manteniendo una tolerancia frente a lo propio. Así, según Janeway: “no es el repertorio de receptores T heredado genéticamente el que determina las interacciones de los linfocitos; sino, por el contrario, las interacciones linfocitarias (selección positiva y negativa en el timo) las que determinan el repertorio de linfocitos”. No voy a abundar aquí sobre los paralelismos entre los sistemas inmunitario y nervioso, pero, quizá lo más sorprendente sea encontrar la esencia de las frases citadas en Lamarck: “No son los órganos, es decir, la naturaleza y forma de las partes del cuerpo del animal, lo que ha dado lugar a sus hábitos y facultades especiales, sino que son, por el contrario, sus hábitos, su modo de vida y su entorno lo que ha controlado en el curso del tiempo la forma de su cuerpo, el número y estado de sus órganos y, finalmente, las facultades que posee”. Lamarck deja claro, en una relación de causa efecto, la prioridad de la función sobre la estructura, y la importancia del medio en el proceso de plasticidad somática adaptativa.
BIBLIOGRAFÍA
·       Jacob, F. (2014). La lógica de lo viviente. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Janeway, C. y Travers, P. (1996). Immunobiology. Garland Publishing. New York.
·       Kandel, E. R. (2019). La nueva biología de la mente. Paidós. Editorial Planeta. Barcelona.
·       Lamarck, J-B. (2017). Filosofía zoológica. La Oveja Roja. Madrid.

martes, 7 de enero de 2020

UNA VISIÓN RACIONAL DE LA NATURALEZA: COSMOS FRENTE A CAOS


Una visión racional de la naturaleza: Cosmos frente a Caos

No estamos en el centro de nada ni somos el centro de nada
Cuando la humanidad amanece en la Tierra, los animales más cercanos a nuestra especie, los más emparentados con nosotros, llevan ya mucho tiempo viendo al Sol “levantarse” y “ponerse” cada día. De una manera u otra, la vida, en la Tierra lleva más de 3500 millones de años notando su presencia. No tendrá que pasar mucho tiempo para que, poco a poco, la mirada humana se eleve a querer entenderlo todo; desde nuestra propia existencia y nuestro entorno terrestre y celeste, hasta querer tomar conciencia del universo en su totalidad, quizá no la única conciencia que exista o haya existido en él; y, así, ante la oscuridad luminosa de la noche estrellada, nos preguntamos: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Estamos solos? ¿Hay alguien ahí?
El pensamiento humano, en sus producciones más objetivas -la filosofía y la ciencia- ha ido elevándose, aunque con los altibajos de nuestros miedos y supersticiones, sobre la terca realidad diaria de ver al Sol salir por levante y desaparecer por poniente. Pero nuestra historia deja patente que aún más terca es nuestra visión egocéntrica de la realidad, que constantemente tiende a desenfocarla con subjetividades y egoísmos. Esta visión ha conducido a que a lo largo de la historia del conocimiento mucha inteligencia se haya puesto al servicio de intereses espurios, oponiéndose abiertamente al avance del pensamiento objetivo.

La filosofía y la ciencia en Jonia. Cosmos frente a Caos
Uno de los momentos más destacados en la historia del conocimiento se produce en la antigua Grecia, concretamente en Jonia, donde la ciencia alcanza su cenit hace más de 2500 años (entre el 600 y el 400 a. de C.), para ir languideciendo, poco a poco, hasta desaparecer violentamente en el año 415 de nuestra era, con el asesinato de Hipatia y la posterior destrucción de la gran Biblioteca de Alejandría; y, con su quema, la pérdida de lo mejor del mundo clásico, y la vuelta a la ignorancia irracional en el mundo de las ideas -en contraste con el conocimiento práctico- característica de la Edad Media.
Quizá el filósofo más representativo de este momento de esplendor de la ciencia griega sea Demócrito de Abdera, que expone un pensamiento muy próximo al de la mejor ciencia actual: “Nada existe, aparte de átomos y el vacío” (planteamiento muy semejante, en su época, a los actuales: ¿de qué está hecho el tejido espacio-tiempo?). “Los átomos constituyen el ser, y poseen movimiento propio y espontáneo en todas las direcciones, y chocan entre sí. El vacío o no ser, separa los átomos, y permite su movimiento”. Demócrito era un filósofo materialista, para él todo se podía entender, objetivamente, como propiedades de la materia en movimiento e interacción: incluso producciones de la mente como la percepción, las sensaciones y el pensamiento. No hay ningún movimiento inteligente, ni finalista; los movimientos de la materia y sus choques son resultado del azar y la necesidad. Demócrito identifica necesidad con causalidad.  
Carl Sagan comenta en el capítulo 7, “El espinazo de la noche”, de su libro Cosmos, que, al parecer, Platón -quien creía que “todas las cosas están llenas de dioses”- propuso quemar todas las obras de Demócrito (y también de Homero), quizás porque Demócrito no aceptaba la existencia de almas inmortales, o porque creía en un número infinito de mundos, algunos habitados. No queda ni una sola obra de los setenta y tres libros que se atribuyen a Demócrito. Como señala Sagan, pasamos del universo ordenado y comprensible de los jonios -al que, por ello, denominaron Cosmos-, al milenio de oscuridad de la Edad Media, donde, al revés de lo que ocurrió con los antiguos filósofos jonios, pasamos del Cosmos al Caos. Así llamaban los primitivos griegos al primer ser; creían que Caos no tenía forma, y le atribuían la creación de un universo de naturaleza impredecible, bajo el dominio de dioses caprichosos. Hace más de 2500 años, en Jonia, el pensamiento racional de sus filósofos los llevó a plantear que se puede conocer el orden interno del universo, la regularidad de sus procesos, la necesidad reglada de sus fenómenos. Así pasaron de un universo caótico a un universo ordenado, predecible y experimentable: el Cosmos.
No podemos saber por qué existe la materia y sus leyes, lo que nos importa es intentar conocerlas, descifrarlas, porque están ahí. Subimos montañas y exploramos selvas y océanos porque están ahí… y somos humanos, somos Cosmos inteligente, Cosmos consciente del Cosmos. 

De la naturaleza como agente de Dios al fisicismo
Como vimos en la entrada anterior, desde el comienzo de la Edad Media hasta finales del siglo XVI la naturaleza volvió a ser caprichosa e impredecible, mero agente de la voluntad divina. No se distinguían bien los seres vivos, ni entre sí ni entre la totalidad de los seres; se contemplaba la realidad como una cadena continua de los seres creados por Dios. El concepto de especie arranca confusamente de esa realidad de la cadena continua de los seres, y, en mayor o menor medida, ha seguido produciendo confusión a lo largo de su desarrollo. Así pues, como recordamos en la entrada anterior, el siglo XVI es un siglo sin leyes de la naturaleza: “no se distingue entre la necesidad de los fenómenos y la contingencia de los sucesos” (Jacob, 2014). También vimos que, en el siglo XVII, se comienza el descubrimiento de las claves, del orden, del código y de las causas de los fenómenos naturales; y, todo esto, se articula mediante leyes. Pero estas leyes sólo llegan a la física, donde se cambia el sistema de signos divinos (por ejemplo, en la astrología) por un sistema de signos matemáticos. Tardarán más la química y sobre todo la biología; donde la gran cantidad de sucesos contingentes e históricos hace que sea una ciencia difícil de matematizar.
En este estado de cosas, ya vimos que, durante el siglo XVII, el estudio de los seres vivos sólo pudo disfrutar del desarrollo inicial de las ciencias físicas en el ámbito del análisis de los objetos. A ello se aplicó el rigor científico que proporcionaban los instrumentos, las técnicas y los métodos adquiridos por la naciente física, pero echando de menos un desarrollo de las ideas filosóficas adecuadas para interpretar la complejidad de los seres vivos y sus procesos. La carencia de genuino pensamiento biológico propició que surgieran corrientes vitalistas enfrentadas al reduccionismo de las explicaciones fisicistas sobre los seres vivos, centrado exclusivamente en el análisis mecánico de las partes, y no del ser vivo en su totalidad.

Linneo y la clasificación de los seres vivos por comparación de sus partes visibles. La estructura es prioritaria a la función
Paradójicamente el conocimiento de las partes aisladas de los seres vivos, adquirido con el rigor metodológico de la física, fue muy útil para que naturalistas, como Linneo, pudieran describir y clasificar los seres vivos mediante la comparación de sus partes visibles. Recordemos que, buscando lo esencial de los seres vivos, Linneo lo encontró en “la generación ininterrumpida de las especies”; esto es, en sus relaciones de parentesco por filiación: en los seres que mantienen una continuidad estructural generación tras generación. Pero, como ya hemos dicho, aunque en la tarea de analizar, comparar y clasificar se incorpore el rigor metodológico de la física, la idea de generación sigue anclada en la lógica de la creación: la generación es la forma de garantizar la fijeza e inmutabilidad de las especies, que ocupan -desde su creación- su lugar en la cadena continua de los seres. En este sentido, para Linneo “contamos con tantas especies como formas creadas hubo en el principio”. Así pues, en aquel momento, las estructuras de los seres vivos -y su continuidad gradual y fijista- obedecen a un plan de actuación divino; y las funciones de los seres vivos deben explicarse por estas estructuras creadas.

El organismo definido por sus funciones vitales marca un orden interno coherente. La función es prioritaria a la estructura
Pero a finales del siglo XVIII la anatomía amplía sus objetivos: pasa de la descripción aislada de cada órgano a buscar la correlación funcional de los mismos; e igualmente a comparar los órganos de un animal determinado, o a comparar el mismo órgano en diferentes especies animales. Se establece, así, la anatomía comparada, y, con la comparación de las funciones semejantes, el carácter pasa de ser un elemento aislado a integrarse en un conjunto.
Debemos tener en cuenta que entre la física y la -aún inexistente- biología está la química; y habrá que esperar hasta el nacimiento de esta última como ciencia, para poder abordar las preguntas tipo “cómo” acerca de las funciones vitales. En la entrada anterior vimos cómo el nacimiento de la química proporciona una explicación científica a la unión preferente de unas sustancias con otras, según sus afinidades relativas; y que estas propiedades características de las sustancias sirven para su ordenamiento y clasificación. Lavoisier utiliza un método similar al de Linneo para clasificar las sustancias químicas, en este caso por la forma de reaccionar las de cada grupo de características similares con las de los demás grupos. En la naciente química se abordan las preguntas de tipo “qué” respondiendo al “cómo”. Así, en el siglo XVIII las preguntas del tipo “cómo” en biología se orientan, por los avances de los métodos y los conceptos de la química, hacia el estudio de la respiración y de la digestión. La posibilidad, que facilita la química, de un enfoque funcional de los seres vivos permite vislumbrar al ser vivo como un todo integrado de órganos, aparatos y sistemas, relacionados por las funciones vitales. Pasamos, así, de ver al ser vivo como una máquina a contemplarlo como un organismo. Esta visión orgánica funcional va a permitir pasar de la visión fijista y ahistórica de la idea de generación -coherente con la idea de continuidad estructural, por determinación divina, que caracterizaba a las especies- al concepto de reproducción, como función vital, y a la idea de filiación evolutiva de las especies que experimentan cambios. Esta panorámica del organismo definido por sus funciones vitales pone de manifiesto un orden escondido en su interior. Pasamos, así, del análisis estructural de las partes visibles -donde el ser vivo aparecía como una máquina- a explicar las correlaciones funcionales entre los órganos internos en constante evolución coherente. En este nuevo enfoque, la función es prioritaria a la estructura: el ser vivo surge como unidad funcional organizada, y la evolución de sus órganos se produce siempre de forma coherente bajo la coherencia funcional del organismo. Actualmente sabemos que la organización de los seres vivos resulta de las interacciones materiales necesarias en determinados rincones del universo con condiciones fisicoquímicas adecuadas. Los organismos vivos resultan de las mismas interacciones materiales y de las mismas leyes de la naturaleza que dan orden y coherencia al Cosmos.

El abordaje funcional de los seres vivos en Buffon
Ya en el siglo XVIII, uno de los principales autores que se plantea el abordaje funcional es Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788). Buffon tiene bien presente las teorías físicas y químicas de Newton acerca de la atracción y la afinidad, respectivamente. Así, estas fuerzas son el resultado de interacciones invisibles entre las partículas o corpúsculos que componen la materia; y sobre ellas descansan las propiedades de los seres materiales, sea cual sea su naturaleza. La existencia de estas partículas era una exigencia lógica, que ya tenía Demócrito en su teoría atomista: “átomos y vacío”. En el siglo XVIII, los corpúsculos que forman los seres vivos se denominan de diferentes maneras: algunos se refieren a ellas como partículas vivientes, Buffon las llama moléculas orgánicas; pero para todos ellos, la situación relativa de estos corpúsculos determina la forma (o estructura) de los seres vivos, y sus propiedades. Buffon pretende explicar las propiedades de los seres vivos apoyándose en las leyes de la moderna física newtoniana; así, los seres vivos pueden exhibir una gran diversidad mediante la combinación de las partículas vivientes.
Esta enorme diversidad lleva a afirmar a Buffon: “en la naturaleza no existen más que individuos, y los géneros, los órdenes, y las clases sólo existen en nuestra imaginación”; es decir, la unicidad -el carácter único de cada individuo- nos llevaría a establecer tantos taxones como individuos. Pero, para poder operar en la investigación científica, no podemos llevar la realidad de la diversidad a estos extremos. Hay que deslindar la continuidad infinita de formas para avanzar, hay que delimitar, hay que agrupar lo semejante para hacer posible la ciencia. Se trata de encontrar un equilibrio entre el concepto de especie de Linneo, cerrado y creacionista; y el totalmente abierto de Buffon. No obstante, Buffon destaca un grave problema para la ciencia, en general, y para las clasificaciones en particular: “Este es el punto más delicado de la historia de las ciencias: saber distinguir bien lo que hay de real en un sujeto de lo que nosotros introducimos de arbitrario al considerarlo”.
Como anunciamos más arriba, con la llegada de la anatomía comparada y con la perspectiva funcional, cada carácter pasa de ser un elemento aislado a integrarse, de forma coherente, en el conjunto del organismo. Esta nueva visión de conjunto cambia de forma notable la orientación del estudio de los seres vivos, y abre el camino a la concepción de la evolución biológica en autores como Buffon y Lamarck. Para señalar bien la importancia de esta perspectiva evolucionista vamos a saltar un momento, en este camino y desde este punto de partida, hasta Darwin y la formulación de su teoría de la evolución por selección natural. Como es bien sabido, Darwin se inspiró, entre otros hechos, en sus observaciones y experiencias acerca de la práctica de criadores de razas domésticas; y, de estos hechos le llama especialmente la atención que, en la selección artificial, el criador no se fije, de forma exclusiva y aislada, en el carácter que quiere seleccionar, sino que seleccione una constelación de variaciones, no una o unas pocas muy evidentes: “Por lo general los criadores hablan de la organización de un animal como algo plástico, que se puede modelar a voluntad…Si la selección consistiera meramente en separar una variedad muy típica, y hacer cría de ella, el principio sería tan evidente como apenas digno de mención; pero su importancia reside en el gran efecto producido por la acumulación en una dirección, durante generaciones sucesivas, de diferencias absolutamente inapreciables para el ojo no experto”. Darwin subraya la importancia de la selección mantenida en el tiempo que actúa sobre la organización de un animal (que integra un conjunto de caracteres) y que lo modela como algo plástico. En la selección artificial el medio moldeador y selector es el criador, en la selección natural el medio moldeador y selector lo constituye la propia naturaleza en evolución conjunta y coherente (ver la entrada del 4 de diciembre de 2018 de este blog).

La perspectiva funcional en Lamarck. La importancia del medio para los seres vivos
Pero volviendo de nuevo a finales del siglo XVIII, la idea de que los caracteres no pueden tomarse de forma independiente sino en su correlación funcional en los órganos que integran el organismo, está también en Lamarck: “Las relaciones son siempre incompletas cuando sólo tienen en cuenta un aspecto aislado, es decir, cuando están determinadas sólo por la consideración de una parte tomada separadamente”. En el siglo XVI y parte del XVII, desde la perspectiva creacionista, el determinismo sobre las partes y los caracteres aislados procedía del designio divino; veremos como a partir del siglo XX se instala un nuevo tipo de determinismo, el determinismo genético, que también propende a una visión parcial y aislada de los caracteres del organismo. Pero, desde la perspectiva funcional de la época, Lamarck aborda la clasificación de las plantas mediante la subordinación de los caracteres por la importancia de su función, como, por ejemplo, la reproducción: “se debe prestar una atención especial a las partes de la fructificación, es decir, el fruto, la flor, y sus dependencias…en la preeminencia que se otorga de manera natural a los órganos que encierran las promesas de la generación futura y con los que se relaciona, como con su centro, el mecanismo subalterno de las otras partes que sólo parecen existir en función de los mismos”. Lamarck establece, así, una jerarquía funcional de las estructuras, que aplica a la clasificación, distinguiendo entre la organización interior de un animal -que responde al sistema integrado de relaciones funcionales- y su forma exterior: “en los animales, la determinación de las principales relaciones se efectuará siempre según la organización interior”.
En esta época emerge el concepto de organismo como integración funcional de órganos, en oposición al análisis de las partes por separado; y, esta concepción funcional lleva a establecer una relación permanente en el tiempo entre el organismo y su medio ambiente. No sólo las partes de un ser vivo no están separadas en su funcionamiento, sino que los organismos tampoco están aislados de la naturaleza que les rodea; hay una continua interacción entre cada organismo y su medio. Estos conceptos llevan a distinguir, en la antigua cadena continua de los seres, entre seres orgánicos –formados por órganos integrados alrededor de las funciones vitales, y que crecen internamente por intususcepción- e inorgánicos, que crecen por yuxtaposición o acreción de las sustancias que los forman. Se separan, al fin, los seres vivos de los seres inertes, y nace la biología como ciencia de la mano de Lamarck y otros naturalistas. Esto lleva a Lamarck a plantearse el problema del surgimiento de los seres vivos y el de su relación de adaptación, a lo largo del tiempo, con sus respectivos medios. Para Lamarck, los seres vivos actuales pueden haber surgido en tiempos distintos; y, aunque él no se cuestiona la continuidad gradual de sus formas, piensa que se pueden transformar unas en otras mediante cambios graduales. Así, Lamarck propone una teoría transformista o evolucionista -según se evalúe- que sustituya a la idea de creación divina única. El denominar la teoría de Lamarck como evolucionista o transformista no tiene mayor alcance -Darwin no enunció su teoría como evolucionista-, pero sí lo tiene el subrayar las principales características de su pensamiento, y sus diferencias con posteriores teorías evolucionistas. Lamarck creía que la continuidad gradual de los seres vivos se producía mediante una serie de transformaciones en dos dimensiones: la espacial -de adaptación al medio cambiante- y la temporal -resultado de la tendencia continua de la naturaleza a la perfección. Lamarck fue, por lo tanto, el pionero en proponer dos importantes características del ser vivo: la capacidad para generar diversidad y para adaptarse a los cambios en su medio natural. En la concepción de Lamarck, -para conciliar la coexistencia de formas sencillas unicelulares junto con seres más complejos, dentro de su idea de una tendencia continua al progreso y la perfección- los seres vivos más primitivos surgirían, continuamente, mediante generación espontánea, y evolucionarían -en el tiempo- mediante un impulso interno de cambio hacia una mayor perfección. Como resultado imperfecto de esta tendencia progresiva, se producirían desviaciones adaptativas laterales -en el espacio- frente a los cambios del entorno.
Como recoge Gould (2004), la idea de herencia de Lamarck se fundamenta principalmente en dos postulados relacionados con la interacción adaptativa entre el ser vivo y su medio:
·       Uso y desuso
·       Herencia de los caracteres adquiridos
Aunque la teoría de la herencia resumida en el segundo principio se inspira en la cultura popular de su época, la revolución de Lamarck, una de las grandes intuiciones transformadoras en la historia del pensamiento humano, reside en el principio del uso y desuso, que traduce este modo de herencia en una teoría de la evolución: la inducción del cambio corporal por alteraciones previas del comportamiento. Lamarck reconoció claramente el papel central de este postulado, porque siempre citó esta secuencia causal contraintuitiva (del entorno alterado al cambio de hábitos y a la modificación corporal) como el eje de su sistema entero. En la Philosophie zoologique vuelve a enunciar este principio igual que en las Recherches de 1802: No son los órganos, es decir, la naturaleza y forma de las partes del cuerpo del animal, lo que ha dado lugar a sus hábitos y facultades especiales, sino que son, por el contrario, sus hábitos, su modo de vida y su entorno lo que ha controlado en el curso del tiempo la forma de su cuerpo, el número y estado de sus órganos y, finalmente, las facultades que posee”.
Lamarck establece, así, una relación de causa efecto, una prioridad de la función sobre la estructura, y subraya la importancia del medio sobre el ser vivo: “…la naturaleza nos muestra en innumerables ejemplos el poder del entorno sobre el hábito y el del hábito sobre la forma, disposición y proporciones de las partes de los animales”. “Con independencia de lo que pueda hacer el entorno, no obra ninguna modificación directa en la forma y organización de los animales. Grandes alteraciones del entorno de un animal conducen a grandes alteraciones de sus necesidades, y estas alteraciones conducen necesariamente a otras alteraciones de sus actividades. Entonces, si las nuevas necesidades se hacen permanentes, los animales adoptan nuevos hábitos que duran tanto como las necesidades que los evocaron”.
Gould piensa que muchas de estas ideas de Lamarck no son tan distintas de algunas ideas de Darwin: “Este primer conjunto de ideas lamarckianas no sólo no tienen nada que pueda haber ofendido a Darwin, sino que varios de sus puntos expresan el más profundo espíritu funcionalista y adaptacionista de la visión darwiniana de la vida. Pero dos puntos clave…, adelantan y presagian dos de las seis ideas más importantes de Darwin: la uniformidad del cambio medioambiental y el primer principio funcionalista de que el cambio de hábitos abre paso a la forma alterada. Está claro que los mecanismos del cambio difieren (para Darwin, los hábitos alterados establecen nuevas presiones selectivas; para Lamarck, inducen modificaciones heredables de manera más directa), pero ambos pensadores comparten un mismo compromiso funcionalista”.
Hemos visto cómo desde el siglo XVI al XIX se produce un enorme cambio tanto en el análisis de los objetos como en el desarrollo de las ideas que interpreten los hechos en los que aparezcan implicados; y, con frecuencia, ambos avances no se producían a la vez. Así, para pasar de la idea de generación a la de evolución ha sido fundamental la intervención de Linneo, y su concepción filiativa de las especies, pero todavía más la concepción funcional y organicista de los seres vivos -que procede de su análisis físico y, sobre todo químico, delimitando la separación entre lo orgánico y lo inorgánico- de la mano de científicos tan diversos como Buffon, Lamarck y Cuvier, entre otros.

La perspectiva funcional en Cuvier. Armonía funcional y discontinuidad estructural
Frecuentemente se simplifica y ridiculiza la aportación de muchos autores al desarrollo de la ciencia, como hemos visto con Lamarck, pero también ocurre lo mismo con su poderoso enemigo Cuvier -considerado como el malvado que le hizo la vida imposible-, al que, además, se le encasilla como creacionista y catastrofista. Sus enormes conocimientos en anatomía comparada y en paleontología le llevaron a refutar la idea medieval de la cadena continua de los seres. A diferencia de Lamarck, Cuvier ataca la idea de continuidad de los seres y la de su continua generación espontánea. Él ve saltos insalvables entre los organismos vivos y en el registro fósil, y -aunque no se plantea la transformación de unos en otros, como sí lo hace Lamarck- los explica mediante una sucesión de extinciones catastróficas, seguidas por nuevas creaciones (no divinas sino biológicas), que conducirían a los grandes tipos biológicos actuales que exhiben discontinuidades insalvables entre ellos. Cuvier introduce, así, en la biología las ideas de contingencia en los sucesos y de discontinuidad en la cadena de los seres, esenciales para los posteriores planteamientos evolucionistas de Darwin.
Pero tanto o más importante es la perspectiva funcional en Cuvier que sitúa la función delante de la estructura: “En la dependencia mutua de las funciones, en el auxilio que se prestan recíprocamente, se fundan las leyes que determinan las relaciones entre los órganos… en el estado de vida los órganos no están simplemente juntos, sino que se influyen mutuamente y todos concurren en un objetivo común… No existe función alguna que no precise de la ayuda y el concurso de casi todas las otras”. Así, para Cuvier, el organismo animal es una unidad de funciones integradas con una enorme posibilidad de diversidad estructural, fundamentalmente en la parte más externa. Se abre un mundo de semejanzas funcionales y de diferencias estructurales: alas, patas y aletas para el movimiento; escamas, pelos o plumas para la protección; branquias o pulmones para respirar; etc. Pero esa diversidad estructural no confunde a Cuvier; aunque a primera vista pueda parecer caprichosa, no lo es -no se ajusta a las interpretaciones de designio divino, que en el siglo XVI se daban a las formas visibles-, para él los órganos no están meramente agrupados, sino que integran funcionalmente el organismo; y esta nueva forma de ver transforma la anatomía comparada, ya no se comparan los órganos aislados entre sí, sino integrados en la unidad funcional del organismo. Según Cuvier, la anatomía comparada permite descifrar: “las leyes de la organización de los animales y las modificaciones que dicha organización experimenta en las distintas especies”. En la palabra modificaciones, referida a las distintas especies, podríamos ver cómo asoma en Cuvier una cierta inquietud transformista, pero que él canalizó exclusivamente en sus trabajos paleontológicos y de anatomía comparada. En cualquier caso, esa búsqueda de armonía funcional en la diversidad estructural está también muy presente, como veremos, en las teorías de Darwin. Pero, volviendo a Cuvier, él sigue su pesquisa de encontrar esa armonía en las relaciones entre los órganos que coexisten en un organismo, comparándola con la armonía funcional entre los órganos de otro organismo. De este modo, la anatomía comparada pone cierto orden en la, en principio desconcertante, diversidad estructural de la vida; y esa armonía entre órganos hace que con uno o unos pocos huesos los paleontólogos sean capaces de reconstruir el esqueleto, y de imaginar cómo sería el organismo entero. Todo esto impone, a los anatomistas comparados, la existencia de una jerarquía funcional que tiene un correlato estructural; así, para Cuvier: “Las partes, propiedades o rasgos conformacionales que tienen el mayor número de relaciones de incompatibilidad o de coexistencia, es decir, que ejercen sobre el conjunto del ser la influencia más marcada, son los caracteres importantes o dominantes. Los demás son los caracteres subordinados”. Y esta prioridad de la función sobre la estructura se aplica también como criterio clasificatorio; ya no puede combinarse, potencialmente, toda la variedad estructural conocida, sólo puede hacerlo aquella que es acorde con la necesaria armonía funcional.  Así, para Cuvier: “Las diferentes partes de cada ser deben coordinarse para hacer posible el ser total, no sólo en sí mismo, sino en sus relaciones con su entorno”.  En las relaciones con su entorno, el ser vivo se encuentra con unas determinadas “condiciones de existencia”. Aunque es Cuvier el que rompe con la cadena continua de los seres, debemos recordar que era una continuidad estructural; pero, en las “condiciones de existencia del entorno” y en sus “relaciones” con él, los seres vivos presentan una continuidad funcional. Así pues, para Cuvier existe una discontinuidad estructural debida a la contingencia, agrupada en cuatro planes o tipos básicos, y una continuidad funcional debida a las condiciones de existencia en el entorno.  La armonía funcional hace que la diversidad estructural esté en consonancia con la función que cada ser vivo realiza en su medio (lo que actualmente denominamos su nicho ecológico), en un herbívoro todas sus estructuras son acordes: dientes de herbívoro, estómago de herbívoro, pezuñas de herbívoro, etc.
Sólo las necesidades funcionales básicas dan continuidad a la vida, y no la infinitud de pequeñas diferencias graduales -en los caracteres estructurales- que contemplaba la idea de la cadena continua de los seres. Es difícil no comentar, aunque sea de pasada, el paralelismo que existe entre esta concepción medieval de la naturaleza y la actual de pequeños cambios genéticos graduales que mejoren, de forma inconexa, las estructuras vivas. La armonía funcional en la diversidad estructural se escapa a los planteamientos del programa genético, tanto en el dogma central de la biología molecular como en la nueva síntesis neodarwinista. En estos planteamientos desaparece el organismo y reaparece el análisis reduccionista e incoherente de las partes; llegando hasta el análisis de las frecuencias alélicas en alelos que, frecuentemente, sólo son cambios en las secuencias del ADN sin cambio fenotípico alguno.
Son las funciones vitales básicas -de nutrición, relación y reproducción- las que, desde la formulación de la teoría celular a mediados del siglo XIX, definen la unidad de vida. En la época de Cuvier no se tenía esta formulación tan precisa de la célula, pero si se tenían presente las funciones vitales, y sus subfunciones, en la anatomía y fisiología: alrededor de las funciones vitales, la unidad siempre presente del organismo ha ido organizando su soma en órganos, sistemas y aparatos, en función de su relación con las condiciones de existencia del entorno. Cuvier hace una jerarquía entre los órganos más o menos esenciales, y sitúa a los primeros en el interior de la estructura viva y a los segundos en el exterior: “Cuando se llega a la superficie, lugar escogido por la naturaleza de las cosas para situar precisamente allí las partes menos esenciales y cuya lesión entraña menos peligro, el número de variedades llega a ser tan grande que todos los trabajos de todos los naturalistas juntos aún no han conseguido darnos una idea”. Este enfoque me parece muy profundo, en claro contraste con el Cuvier meramente catastrofista y creacionista que nos suelen presentar. En primer lugar, la distinción entre un núcleo interno esencial, y una periferia variable está profundamente arraigada a la estructura de los principales niveles de organización de la materia: los átomos; las proteínas, como nivel biológico supramolecular; las células; y los individuos pluricelulares. Los átomos presentan un núcleo que caracteriza el elemento correspondiente en la tabla periódica. Las proteínas también presentan un núcleo hidrofóbico ordenado (core) que permite el empaquetamiento esencial del tipo de proteína, y una periferia hidrofílica que permite una variabilidad de interacciones -más o menos específicas, y con distintos grados de afinidad- en función de su plasticidad conformacional ante diferentes ligandos. Las células también se caracterizan por un núcleo portador de la información genética y epigenética esencial del tipo celular, y una periferia definida por una membrana portadora de receptores proteicos específicos de cada célula, y que interaccionan con el medio celular. En lo referente a los individuos pluricelulares me remito a lo expuesto por Cuvier; quizá tan sólo añadir que el cerebro también presenta una estructura similar, donde en el núcleo está lo esencial automatizado, y en la periferia, en vanguardia, lo nuevo en acción directa con el medio exterior.
En general, podríamos concluir que, al menos en la evolución biológica, el interior responde a lo seleccionado hace tiempo, a lo ya fijado, a lo que -en términos de Monod- se puede denominar necesidad teleonómica o, en términos más generales, necesidad fisiológica; mientras que la variabilidad exterior responde al juego entre la contingencia del entorno y la inmediata necesidad imperativa (ver entrada del 3 de abril de 2018: El azar, la necesidad y la contingencia). Estas reflexiones ponen algo de luz a la paradoja -frecuentemente planteada por distintos autores, como, por ejemplo, E. Mayr- entre una filosofía esencialista, más propia de la física, y una variacionista, más propia de la biología.

La perspectiva funcional en Darwin. La contingencia del medio ambiente en la ontogenia y en la filogenia
Por su parte, en la embriología, los descubrimientos de Von Baer están en línea con los de Cuvier respecto a la discontinuidad entre los grupos de seres vivos; observa cuatro tipos de desarrollo embrionario que son los mismos que Cuvier identifica en sus estudios de anatomía comparada. Pero, además, también distingue entre interno y externo en el espacio, y entre próximo y lejano en el tiempo: “Los rasgos más generales de un grupo aparecen en el embrión antes que los rasgos más especiales. Las estructuras menos generales nacen de las más generales, hasta que finalmente aparecen las más especiales”. Estas conclusiones de Von Baer las llevaría más tarde E. Haeckel al campo de la evolución en su expresiva ley biogenética: “la ontogenia recapitula la filogenia”.
Así, en la evolución animal, la estructura interna respondería a la adaptación a los cambios del entorno en el pasado, definidora de los grandes tipos esenciales; mientras que la estructura más superficial responde a la interacción contingente más reciente entre el organismo y su medio, generadora de una explosión de diversidad adaptativa. El juego entre presente y pasado, entre lo actual y la historia, entre ontogenia y filogenia, es también el juego -en interacción incesante- entre las estructuras internas y externas. Por tanto, es cada ontogenia particular la que, durante la existencia del ser vivo, va tejiendo la tela de araña de la filogenia; pero cada nueva ontogenia, cual araña, recorre, desde su inicio, la red tejida por sus ancestros en la filogenia. Las nuevas tendencias, mantenidas a lo largo de ontogenias sucesivas, van tejiendo la reciente filogenia. Ontogenia y filogenia se entrelazan, y la nueva necesidad imperativa se confunde con la teleonómica alterada.
La teoría de la evolución por selección natural de Darwin se apoyó, de forma más o menos consciente, en el desarrollo previo de algunas ideas, como la definición funcional del concepto de especie (especies deslindadas de la medieval cadena continua de los seres) y la unidad, en continuo cambio contingente, de las interacciones entre el ser vivo (definido por su función y estructura) y su medio natural. Los seres vivos mantienen un equilibrio dinámico y armónico con sus medios cambiantes, pero de forma contingente, sin propósito alguno. El concepto de medio tiene varios significados según distintos autores; así, puede significar, de manera más vaga, sólo el entorno; el ambiente fisicoquímico; el medio ambiente, considerando los factores abióticos y bióticos; o, el medio, de una manera más específica (de especie), como el conjunto de seres vivos que son significativos para los individuos de una determinada especie, esto es, que mantienen con ellos relaciones intra e interespecíficas significativas para su comportamiento, función y estructura; como, por ejemplo, el modelamiento mutuo que ejercen entre sí gacelas y guepardos, como presa y depredador. En este concepto de medio se modifican mutuamente todos los seres vivos que se relacionan significativamente.
Sensu lato, la unidad, en permanente cambio, constituida por las interacciones entre un ser vivo y su medio, origina continuamente información: tanto biológica como no biológica, o ambiental. El continuo equilibrio dinámico entre seres vivos y sus medios produce una sucesión de estados informativos definidos por los cambios en la función y la estructura de los seres vivos (su evolución), y en la estructura de los ecosistemas que integran la biosfera. Con el estado del conocimiento en su época, Darwin se asoma a esta forma actual de contemplar la naturaleza.
Anteriormente habíamos comentado que la búsqueda de armonía funcional en la diversidad estructural está también muy presente en las teorías de Darwin. En el título de su libro principal, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, Darwin ya hace referencia a las diferencias, a la variabilidad dentro de la constancia entre las especies, y al papel selector de dicha variabilidad por el medio natural. En aquel momento, como ya hemos visto, además del cambio en el concepto funcional de especie, y de la influencia del medio en la función y estructura del ser vivo; la medieval idea de generación divina había sido sustituida por la funcional de reproducción. La idea de reproducción exigía algún tipo de información que pasara mediante células -sexuales o no- de una generación a la siguiente, es decir, algún tipo de herencia. Así, la teoría de Darwin nacía, al igual que la de Lamarck, con dos dimensiones de cambio: una en el espacio, de adaptación al medio; y otra en el tiempo, de formación de nuevas especies por reproducción diferencial de las más aptas. Algunas de las grandes diferencias con Lamarck no tienen que ver con la idea de herencia de los caracteres adquiridos -que, con matices, estaba en la teoría de la pangénesis de Darwin-, sino, fundamentalmente, en la orientación teleológica de Lamarck de tendencia a la perfección frente a la absoluta falta de dirección y propósito en la evolución temporal dentro de la teoría darwiniana. Además, Lamarck se apoyaba en la constante generación espontánea de formas inferiores que se irían transformando, en esa escala de progreso, rellenando así los huecos dejados en la cadena continua de los seres.
Así, en Darwin, el cambio en las especies producido a lo largo del tiempo no busca ningún progreso, ni es el resultado de ningún programa de desarrollo, como ocurre en la ontogenia; de acuerdo con Haeckel, la ontogenia recapitula la filogenia, pero la filogenia es impredecible -no hay camino, sólo las estelas de lo ya navegado- y está al albur de la contingencia medioambiental. De hecho, Darwin no utilizó el término evolución en su Origen de las especies, sino la idea de “herencia con modificación”. Aunque actualmente el término evolución -fundamentalmente si es evolución darwiniana- tiene el significado que acabamos de ver, etimológicamente -y sobre todo en aquella época- tenía el significado de despliegue o desarrollo (del latín evolvere), más propio del desarrollo embrionario, finalista y progresivo. Así, antes de que Haeckel enunciara la ley biogenética, el embriólogo Von Baer ya tenía un barrunto de la relación en el espacio y en el tiempo de la evolución propia del desarrollo embrionario (o de la ontogenia), pero no estaba de acuerdo con la teoría de la evolución filogenética de Darwin, donde bajo el término evolución se teje una compleja red de relaciones medioambientales, de forma contingente, sin dirección ni propósito alguno. Tanto Von Baer con la embriología, como Cuvier con la anatomía comparada y la paleontología, ponen los cimientos para la construcción de la teoría darwiniana. Al igual que Cuvier, Von Baer distingue, en el desarrollo embrionario, entre órganos más internos -los más importantes, los que aparecen en primer lugar y definen a cada uno de los cuatro grandes grupos- y órganos más superficiales -más variables, tardíos y definidores de los subgrupos y pequeñas ramificaciones de los grandes grupos-; desarrollo donde todas las especies de un grupo tienen en común el despliegue espaciotemporal de los órganos internos, pero con un mayor tiempo de desarrollo para las más complejas, en el despliegue espacial de sus peculiaridades externas.

La tentación teleológica en la biología molecular
Hemos visto cómo surge la biología como ciencia con la idea de organización funcional, porque saca y diferencia a los seres vivos de la cadena continua de los seres; separando, así, a los seres vivos u orgánicos de los seres inorgánicos, y planteando nuevas cuestiones: ¿qué es la vida? ¿Cómo surgieron los primeros seres vivos? A diferencia de la concepción mecanicista del siglo XVII -que contemplaba a las partes de un animal como las piezas de una máquina, diseñadas para cumplir un propósito- la nueva perspectiva funcional plantea que el organismo surge de la integración orgánica y autorregulada de funciones previas, que evolucionan sin perseguir finalidad alguna; y estas características no las cumple ningún mecanismo, por complejo que sea. Pero, la tentación teleológica acecha continuamente a cada nuevo paso en el análisis de los objetos. En un artículo anterior de este blog -El azar, la necesidad y la contingencia, del 3 de abril de 2018-, se desarrolla este tema, y mencionábamos como Jacques Monod proponía, respecto a los seres vivos y sus procesos, el término teleonomía para definir una tendencia con aparente proyecto o propósito, pero sin causa final como, por ejemplo, la evolución o el desarrollo embrionario. Por su parte, para François Jacob (2014) -el biólogo molecular que compartió Premio Nobel con Monod- la idea de organización exige una finalidad en la medida en que no es posible disociar la estructura de su significación. Para él -en una singular concepción estructural de los niveles de organización-, “no existe una organización de lo vivo, sino una serie de organizaciones encajadas unas dentro de otras, como las muñecas rusas… Más allá de cada estructura asequible al análisis termina por surgir una nueva estructura de orden superior, que integra la primera y le confiere sus propiedades”. Jacob resume este enfoque estructural de la historia de la biología en su libro La lógica de lo viviente: “A cada nivel de organización, puesto en evidencia de este modo, responde una nueva manera de concebir la formación de los seres vivos…, a principios del siglo XVII, la disposición de las superficies visibles, lo que puede llamarse estructura de orden uno; después, a finales del siglo XVIII, la “organización”, la estructura de orden dos que engloba órganos y funciones y termina por resolverse en células; a continuación, a comienzos del siglo XX, los cromosomas y los genes, la estructura de orden tres oculta en el corazón de la célula; finalmente, la molécula de ácido nucleico, la estructura de orden cuatro sobre la que hoy descansa la conformación de todo organismo, sus propiedades, su permanencia a través de las generaciones. El análisis de los seres vivos viene a converger sucesivamente sobre cada una de estas organizaciones. Lo que se ha querido describir aquí son las condiciones que desde el siglo XVI han permitido la aparición sucesiva de estas estructuras. Es la forma en que la generación, creación renovada que necesita siempre de la intervención de alguna fuerza externa, se ha transformado en reproducción, propiedad interna de todo sistema vivo. Es el acceso a estos objetos, cada vez más ocultos, que constituyen las células, los genes, las moléculas de ácido nucleico”.
Este enfoque estructural de los niveles de organización cae en el reduccionismo y en el neovitalismo del denominado programa genético, que -aunque de una manera menos burda de lo que ocurría con la idea de generación- deja la puerta entreabierta a la intervención de algún tipo de voluntad externa extramaterial en la idea del determinismo informativo de las secuencias del ADN. Así, para Jacob: “…es la meta de la reproducción la que justifica tanto la estructura de los sistemas vivos como su historia. Es por fines precisos por lo que una molécula de hemoglobina cambia de conformación según la tensión de oxígeno, por lo que una célula suprarrenal produce cortisona, … por lo que un pájaro macho se pavonea delante de la hembra. En todos los casos, se trata de una propiedad que confiere al organismo una ventaja en la competencia por dejar más descendencia… es la reproducción la que funciona como principal operador del mundo viviente. Por una parte, es el propósito de todo organismo. Por otra, orienta la historia sin propósito de los organismos. Hace ya mucho tiempo que el biólogo se encuentra frente a la teleología como ante una mujer de la que no puede prescindir, pero en cuya compañía no quiere ser visto en público. El concepto de programa otorga ahora estatuto legal a esta relación oculta”.
Quizá no estemos en el mejor momento para sacar a la luz esta frase, algo machiniana (de Antonio Machín), de Jacob -pero muy ilustrativa, en aquella época, del amor prohibido- acerca de la inevitable tentación (siempre teleológica) de los biólogos con la teleología. No voy a criticar la frase, que es fruto de una época, sino la idea de que “el programa otorga ahora estatuto legal a esta relación oculta”. La idea de programa genético basado en el determinismo de la información secuencial que fluye unidireccionalmente, según dicta el DCBM, se ajusta a la imagen de las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos, que Moisés recibe de Dios en el Monte Sinaí. De momento sólo quiero adelantar que yo prefiero la imagen más machadiana (de Antonio Machado) del “se hace camino al andar”.
Jacob termina, así, reduciendo a la idea de información genética unidireccional y de programa genético los conceptos evolutivos de ontogenia y filogenia. En su magnífico relato sobre la historia y la filosofía de la biología se topa continuamente -al igual que su colega Monod en El azar y la necesidad- con la necesaria pero molesta teleología, y, a diferencia de éste, no acude a la ayuda de una palabra mágica que alivie la incomodidad de la situación. Pero, de hecho, ambos minimizan esta incomodidad aparcando la teleología en los orígenes informativos de la vida. Así, mientras Monod sitúa la invariancia reproductiva en vanguardia frente a las performances, según su terminología; Jacob se limita, de una forma más pragmática, a ceñirse al desarrollo histórico del análisis de los objetos -de mayor a menor tamaño- y del desarrollo de las ideas alrededor de los fenómenos de generación y reproducción, invirtiendo así el orden natural evolutivo de los niveles de integración de la materia. Así, con este planteamiento teleológico de la reproducción, va del exterior de los individuos pluricelulares al interior, recorriendo hacia abajo los niveles de complejidad estructural que él distingue: órganos, tejidos, células, cromosomas, genes, ácidos nucleicos. Evidentemente, Jacob no ve la evolución invertida; sus cuatro niveles estructurales son el resultado del avance analítico de la biología -de lo más grande y externo a lo más pequeño e interno-, pero -como él subraya varias veces a lo largo del libro, en referencia a otros momentos históricos- estos avances carecen del esfuerzo sintético, del necesario desarrollo de las ideas que eviten, de nuevo, caer en antiguos vicios interpretativos: vitalismo, teleología, reduccionismo, entre otros. Es realmente difícil sustraerse del foco de luz que el avance tecnológico ofrece para el análisis de los objetos. Así, el farol de la genética alumbra mucho: permite trabajar bien y ofrece muchos datos para avanzar y publicar; pero nos puede llevar a una situación confortable y complaciente donde el individuo vuelva a verse como un conjunto de partes a analizar sin coherencia evolutiva. Podemos resumir el diagnóstico de la situación actual de la biología, como delimitada por un paradigma genocéntrico regido por el denominado dogma central de la biología molecular (DCBM). Este dogma reduce la teleología y el vitalismo a la información secuencial del ADN y a su flujo unidireccional hasta la formación de las proteínas, consideradas, así, como su expresión funcional. Realmente hay un cierto paralelismo entre esta idea moderna de la vida y la que se tenía, en el siglo XVI, de la naturaleza como instrumento divino. Aunque ni Jacob ni Monod tienen la más mínima tentación finalista, en el sentido lamarckiano de tendencia evolutiva a la perfección; tanto ellos como los partidarios a ultranza del programa genético sobre las bases del DCBM, plantean una discontinuidad, una singularidad de los seres vivos respecto a los inorgánicos en el origen de la vida. La discontinuidad o singularidad no es material: los átomos de los seres vivos son los mismos que los de la materia inorgánica, y muchas de las biomoléculas sencillas también. La discontinuidad está en la organización -en la estructura de los seres vivos- sobre la base de combinaciones singulares de las bases nitrogenadas en los ácidos nucleicos -como biomoléculas portadoras de la información genética- sin que la plasticidad funcional de los seres vivos, en su interacción con el medio, tenga ningún papel. En los niveles de integración inorgánicos las estructuras resultan de las interacciones necesarias previas, mientras que, en el paradigma actual de la biología, las estructuras vivas surgen del encuentro, al azar, de la información genética adecuada, y de su paso posterior por el tamiz de la selección natural. En esta concepción de la vida la teleología no está en pensar en el ser humano como punto final de la evolución, sino en la elevación de lo molecular a una combinación informativa única -y, por lo tanto, preconcebida- que posibilite la formación de estructuras compatibles con las funciones vitales. Es como si estuviéramos ante un sistema de búsqueda al azar de claves vitales para encontrar las estructuras con las que pudiera iniciarse la vida. Aquí radica la teleología y el neovitalismo informativo de la nueva biología: las estructuras moleculares de la vida no surgen como resultado no buscado de las interacciones previas de moléculas inorgánicas, en un ambiente adecuado, sino como el encuentro al azar de la información necesaria para arrancar el proceso de la vida. En el paradigma actual esta información estructural sería única y estaría definida previamente: la estructura sería prioritaria sobre la función, también concebida previamente. Por el contrario, en un paradigma funcional proteocéntrico la vida se eleva de forma contingente sobre las interacciones químicas necesarias que, así, producen estructuras que permiten un nuevo baile -mediado por el agua- de interacciones necesarias que van siendo seleccionadas al tiempo que integran las prefunciones vitales y las estructuras que las permiten y mantienen (ver las entradas del 10 de marzo de 2017 y del 3 de abril de 2018). En el paradigma proteocéntrico la función es prioritaria a la estructura, y, en este juego funcional integrador, las nuevas estructuras aparecen como resultado de la plasticidad estructural de las previas en su continua interacción funcional con un medio cambiante. Lo genético y lo epigenético respondería a la acumulación informativa de “cultura molecular” de las proteínas en su peripecia evolutiva, en la lógica de considerar a los ácidos nucleicos como un instrumento informativo de las proteínas. De esta manera, el código genético se hace, no se “acierta”. Para el paradigma proteocéntrico, el código genético se hace en la interacción conformacional entre proteínas y ARN en la etapa prebiótica del origen de la vida. La vida surge, así, como un resultado más de la evolución de la materia, con las mismas leyes que dan orden y coherencia al Cosmos.


BIBLIOGRAFÍA
·       Jacob, F. (2014). La lógica de lo viviente. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Lamarck, J-B. (2017). Filosofía zoológica. La Oveja Roja. Madrid.
·       Mayr, E. (2016). Así es la biología. Ed. Debate. Barcelona.
·       Monod, J (2016). El azar y la necesidad. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Sagan, C. (1985). Cosmos. Ed. Planeta. Barcelona.