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martes, 7 de enero de 2020

UNA VISIÓN RACIONAL DE LA NATURALEZA: COSMOS FRENTE A CAOS


Una visión racional de la naturaleza: Cosmos frente a Caos

No estamos en el centro de nada ni somos el centro de nada
Cuando la humanidad amanece en la Tierra, los animales más cercanos a nuestra especie, los más emparentados con nosotros, llevan ya mucho tiempo viendo al Sol “levantarse” y “ponerse” cada día. De una manera u otra, la vida, en la Tierra lleva más de 3500 millones de años notando su presencia. No tendrá que pasar mucho tiempo para que, poco a poco, la mirada humana se eleve a querer entenderlo todo; desde nuestra propia existencia y nuestro entorno terrestre y celeste, hasta querer tomar conciencia del universo en su totalidad, quizá no la única conciencia que exista o haya existido en él; y, así, ante la oscuridad luminosa de la noche estrellada, nos preguntamos: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Estamos solos? ¿Hay alguien ahí?
El pensamiento humano, en sus producciones más objetivas -la filosofía y la ciencia- ha ido elevándose, aunque con los altibajos de nuestros miedos y supersticiones, sobre la terca realidad diaria de ver al Sol salir por levante y desaparecer por poniente. Pero nuestra historia deja patente que aún más terca es nuestra visión egocéntrica de la realidad, que constantemente tiende a desenfocarla con subjetividades y egoísmos. Esta visión ha conducido a que a lo largo de la historia del conocimiento mucha inteligencia se haya puesto al servicio de intereses espurios, oponiéndose abiertamente al avance del pensamiento objetivo.

La filosofía y la ciencia en Jonia. Cosmos frente a Caos
Uno de los momentos más destacados en la historia del conocimiento se produce en la antigua Grecia, concretamente en Jonia, donde la ciencia alcanza su cenit hace más de 2500 años (entre el 600 y el 400 a. de C.), para ir languideciendo, poco a poco, hasta desaparecer violentamente en el año 415 de nuestra era, con el asesinato de Hipatia y la posterior destrucción de la gran Biblioteca de Alejandría; y, con su quema, la pérdida de lo mejor del mundo clásico, y la vuelta a la ignorancia irracional en el mundo de las ideas -en contraste con el conocimiento práctico- característica de la Edad Media.
Quizá el filósofo más representativo de este momento de esplendor de la ciencia griega sea Demócrito de Abdera, que expone un pensamiento muy próximo al de la mejor ciencia actual: “Nada existe, aparte de átomos y el vacío” (planteamiento muy semejante, en su época, a los actuales: ¿de qué está hecho el tejido espacio-tiempo?). “Los átomos constituyen el ser, y poseen movimiento propio y espontáneo en todas las direcciones, y chocan entre sí. El vacío o no ser, separa los átomos, y permite su movimiento”. Demócrito era un filósofo materialista, para él todo se podía entender, objetivamente, como propiedades de la materia en movimiento e interacción: incluso producciones de la mente como la percepción, las sensaciones y el pensamiento. No hay ningún movimiento inteligente, ni finalista; los movimientos de la materia y sus choques son resultado del azar y la necesidad. Demócrito identifica necesidad con causalidad.  
Carl Sagan comenta en el capítulo 7, “El espinazo de la noche”, de su libro Cosmos, que, al parecer, Platón -quien creía que “todas las cosas están llenas de dioses”- propuso quemar todas las obras de Demócrito (y también de Homero), quizás porque Demócrito no aceptaba la existencia de almas inmortales, o porque creía en un número infinito de mundos, algunos habitados. No queda ni una sola obra de los setenta y tres libros que se atribuyen a Demócrito. Como señala Sagan, pasamos del universo ordenado y comprensible de los jonios -al que, por ello, denominaron Cosmos-, al milenio de oscuridad de la Edad Media, donde, al revés de lo que ocurrió con los antiguos filósofos jonios, pasamos del Cosmos al Caos. Así llamaban los primitivos griegos al primer ser; creían que Caos no tenía forma, y le atribuían la creación de un universo de naturaleza impredecible, bajo el dominio de dioses caprichosos. Hace más de 2500 años, en Jonia, el pensamiento racional de sus filósofos los llevó a plantear que se puede conocer el orden interno del universo, la regularidad de sus procesos, la necesidad reglada de sus fenómenos. Así pasaron de un universo caótico a un universo ordenado, predecible y experimentable: el Cosmos.
No podemos saber por qué existe la materia y sus leyes, lo que nos importa es intentar conocerlas, descifrarlas, porque están ahí. Subimos montañas y exploramos selvas y océanos porque están ahí… y somos humanos, somos Cosmos inteligente, Cosmos consciente del Cosmos. 

De la naturaleza como agente de Dios al fisicismo
Como vimos en la entrada anterior, desde el comienzo de la Edad Media hasta finales del siglo XVI la naturaleza volvió a ser caprichosa e impredecible, mero agente de la voluntad divina. No se distinguían bien los seres vivos, ni entre sí ni entre la totalidad de los seres; se contemplaba la realidad como una cadena continua de los seres creados por Dios. El concepto de especie arranca confusamente de esa realidad de la cadena continua de los seres, y, en mayor o menor medida, ha seguido produciendo confusión a lo largo de su desarrollo. Así pues, como recordamos en la entrada anterior, el siglo XVI es un siglo sin leyes de la naturaleza: “no se distingue entre la necesidad de los fenómenos y la contingencia de los sucesos” (Jacob, 2014). También vimos que, en el siglo XVII, se comienza el descubrimiento de las claves, del orden, del código y de las causas de los fenómenos naturales; y, todo esto, se articula mediante leyes. Pero estas leyes sólo llegan a la física, donde se cambia el sistema de signos divinos (por ejemplo, en la astrología) por un sistema de signos matemáticos. Tardarán más la química y sobre todo la biología; donde la gran cantidad de sucesos contingentes e históricos hace que sea una ciencia difícil de matematizar.
En este estado de cosas, ya vimos que, durante el siglo XVII, el estudio de los seres vivos sólo pudo disfrutar del desarrollo inicial de las ciencias físicas en el ámbito del análisis de los objetos. A ello se aplicó el rigor científico que proporcionaban los instrumentos, las técnicas y los métodos adquiridos por la naciente física, pero echando de menos un desarrollo de las ideas filosóficas adecuadas para interpretar la complejidad de los seres vivos y sus procesos. La carencia de genuino pensamiento biológico propició que surgieran corrientes vitalistas enfrentadas al reduccionismo de las explicaciones fisicistas sobre los seres vivos, centrado exclusivamente en el análisis mecánico de las partes, y no del ser vivo en su totalidad.

Linneo y la clasificación de los seres vivos por comparación de sus partes visibles. La estructura es prioritaria a la función
Paradójicamente el conocimiento de las partes aisladas de los seres vivos, adquirido con el rigor metodológico de la física, fue muy útil para que naturalistas, como Linneo, pudieran describir y clasificar los seres vivos mediante la comparación de sus partes visibles. Recordemos que, buscando lo esencial de los seres vivos, Linneo lo encontró en “la generación ininterrumpida de las especies”; esto es, en sus relaciones de parentesco por filiación: en los seres que mantienen una continuidad estructural generación tras generación. Pero, como ya hemos dicho, aunque en la tarea de analizar, comparar y clasificar se incorpore el rigor metodológico de la física, la idea de generación sigue anclada en la lógica de la creación: la generación es la forma de garantizar la fijeza e inmutabilidad de las especies, que ocupan -desde su creación- su lugar en la cadena continua de los seres. En este sentido, para Linneo “contamos con tantas especies como formas creadas hubo en el principio”. Así pues, en aquel momento, las estructuras de los seres vivos -y su continuidad gradual y fijista- obedecen a un plan de actuación divino; y las funciones de los seres vivos deben explicarse por estas estructuras creadas.

El organismo definido por sus funciones vitales marca un orden interno coherente. La función es prioritaria a la estructura
Pero a finales del siglo XVIII la anatomía amplía sus objetivos: pasa de la descripción aislada de cada órgano a buscar la correlación funcional de los mismos; e igualmente a comparar los órganos de un animal determinado, o a comparar el mismo órgano en diferentes especies animales. Se establece, así, la anatomía comparada, y, con la comparación de las funciones semejantes, el carácter pasa de ser un elemento aislado a integrarse en un conjunto.
Debemos tener en cuenta que entre la física y la -aún inexistente- biología está la química; y habrá que esperar hasta el nacimiento de esta última como ciencia, para poder abordar las preguntas tipo “cómo” acerca de las funciones vitales. En la entrada anterior vimos cómo el nacimiento de la química proporciona una explicación científica a la unión preferente de unas sustancias con otras, según sus afinidades relativas; y que estas propiedades características de las sustancias sirven para su ordenamiento y clasificación. Lavoisier utiliza un método similar al de Linneo para clasificar las sustancias químicas, en este caso por la forma de reaccionar las de cada grupo de características similares con las de los demás grupos. En la naciente química se abordan las preguntas de tipo “qué” respondiendo al “cómo”. Así, en el siglo XVIII las preguntas del tipo “cómo” en biología se orientan, por los avances de los métodos y los conceptos de la química, hacia el estudio de la respiración y de la digestión. La posibilidad, que facilita la química, de un enfoque funcional de los seres vivos permite vislumbrar al ser vivo como un todo integrado de órganos, aparatos y sistemas, relacionados por las funciones vitales. Pasamos, así, de ver al ser vivo como una máquina a contemplarlo como un organismo. Esta visión orgánica funcional va a permitir pasar de la visión fijista y ahistórica de la idea de generación -coherente con la idea de continuidad estructural, por determinación divina, que caracterizaba a las especies- al concepto de reproducción, como función vital, y a la idea de filiación evolutiva de las especies que experimentan cambios. Esta panorámica del organismo definido por sus funciones vitales pone de manifiesto un orden escondido en su interior. Pasamos, así, del análisis estructural de las partes visibles -donde el ser vivo aparecía como una máquina- a explicar las correlaciones funcionales entre los órganos internos en constante evolución coherente. En este nuevo enfoque, la función es prioritaria a la estructura: el ser vivo surge como unidad funcional organizada, y la evolución de sus órganos se produce siempre de forma coherente bajo la coherencia funcional del organismo. Actualmente sabemos que la organización de los seres vivos resulta de las interacciones materiales necesarias en determinados rincones del universo con condiciones fisicoquímicas adecuadas. Los organismos vivos resultan de las mismas interacciones materiales y de las mismas leyes de la naturaleza que dan orden y coherencia al Cosmos.

El abordaje funcional de los seres vivos en Buffon
Ya en el siglo XVIII, uno de los principales autores que se plantea el abordaje funcional es Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788). Buffon tiene bien presente las teorías físicas y químicas de Newton acerca de la atracción y la afinidad, respectivamente. Así, estas fuerzas son el resultado de interacciones invisibles entre las partículas o corpúsculos que componen la materia; y sobre ellas descansan las propiedades de los seres materiales, sea cual sea su naturaleza. La existencia de estas partículas era una exigencia lógica, que ya tenía Demócrito en su teoría atomista: “átomos y vacío”. En el siglo XVIII, los corpúsculos que forman los seres vivos se denominan de diferentes maneras: algunos se refieren a ellas como partículas vivientes, Buffon las llama moléculas orgánicas; pero para todos ellos, la situación relativa de estos corpúsculos determina la forma (o estructura) de los seres vivos, y sus propiedades. Buffon pretende explicar las propiedades de los seres vivos apoyándose en las leyes de la moderna física newtoniana; así, los seres vivos pueden exhibir una gran diversidad mediante la combinación de las partículas vivientes.
Esta enorme diversidad lleva a afirmar a Buffon: “en la naturaleza no existen más que individuos, y los géneros, los órdenes, y las clases sólo existen en nuestra imaginación”; es decir, la unicidad -el carácter único de cada individuo- nos llevaría a establecer tantos taxones como individuos. Pero, para poder operar en la investigación científica, no podemos llevar la realidad de la diversidad a estos extremos. Hay que deslindar la continuidad infinita de formas para avanzar, hay que delimitar, hay que agrupar lo semejante para hacer posible la ciencia. Se trata de encontrar un equilibrio entre el concepto de especie de Linneo, cerrado y creacionista; y el totalmente abierto de Buffon. No obstante, Buffon destaca un grave problema para la ciencia, en general, y para las clasificaciones en particular: “Este es el punto más delicado de la historia de las ciencias: saber distinguir bien lo que hay de real en un sujeto de lo que nosotros introducimos de arbitrario al considerarlo”.
Como anunciamos más arriba, con la llegada de la anatomía comparada y con la perspectiva funcional, cada carácter pasa de ser un elemento aislado a integrarse, de forma coherente, en el conjunto del organismo. Esta nueva visión de conjunto cambia de forma notable la orientación del estudio de los seres vivos, y abre el camino a la concepción de la evolución biológica en autores como Buffon y Lamarck. Para señalar bien la importancia de esta perspectiva evolucionista vamos a saltar un momento, en este camino y desde este punto de partida, hasta Darwin y la formulación de su teoría de la evolución por selección natural. Como es bien sabido, Darwin se inspiró, entre otros hechos, en sus observaciones y experiencias acerca de la práctica de criadores de razas domésticas; y, de estos hechos le llama especialmente la atención que, en la selección artificial, el criador no se fije, de forma exclusiva y aislada, en el carácter que quiere seleccionar, sino que seleccione una constelación de variaciones, no una o unas pocas muy evidentes: “Por lo general los criadores hablan de la organización de un animal como algo plástico, que se puede modelar a voluntad…Si la selección consistiera meramente en separar una variedad muy típica, y hacer cría de ella, el principio sería tan evidente como apenas digno de mención; pero su importancia reside en el gran efecto producido por la acumulación en una dirección, durante generaciones sucesivas, de diferencias absolutamente inapreciables para el ojo no experto”. Darwin subraya la importancia de la selección mantenida en el tiempo que actúa sobre la organización de un animal (que integra un conjunto de caracteres) y que lo modela como algo plástico. En la selección artificial el medio moldeador y selector es el criador, en la selección natural el medio moldeador y selector lo constituye la propia naturaleza en evolución conjunta y coherente (ver la entrada del 4 de diciembre de 2018 de este blog).

La perspectiva funcional en Lamarck. La importancia del medio para los seres vivos
Pero volviendo de nuevo a finales del siglo XVIII, la idea de que los caracteres no pueden tomarse de forma independiente sino en su correlación funcional en los órganos que integran el organismo, está también en Lamarck: “Las relaciones son siempre incompletas cuando sólo tienen en cuenta un aspecto aislado, es decir, cuando están determinadas sólo por la consideración de una parte tomada separadamente”. En el siglo XVI y parte del XVII, desde la perspectiva creacionista, el determinismo sobre las partes y los caracteres aislados procedía del designio divino; veremos como a partir del siglo XX se instala un nuevo tipo de determinismo, el determinismo genético, que también propende a una visión parcial y aislada de los caracteres del organismo. Pero, desde la perspectiva funcional de la época, Lamarck aborda la clasificación de las plantas mediante la subordinación de los caracteres por la importancia de su función, como, por ejemplo, la reproducción: “se debe prestar una atención especial a las partes de la fructificación, es decir, el fruto, la flor, y sus dependencias…en la preeminencia que se otorga de manera natural a los órganos que encierran las promesas de la generación futura y con los que se relaciona, como con su centro, el mecanismo subalterno de las otras partes que sólo parecen existir en función de los mismos”. Lamarck establece, así, una jerarquía funcional de las estructuras, que aplica a la clasificación, distinguiendo entre la organización interior de un animal -que responde al sistema integrado de relaciones funcionales- y su forma exterior: “en los animales, la determinación de las principales relaciones se efectuará siempre según la organización interior”.
En esta época emerge el concepto de organismo como integración funcional de órganos, en oposición al análisis de las partes por separado; y, esta concepción funcional lleva a establecer una relación permanente en el tiempo entre el organismo y su medio ambiente. No sólo las partes de un ser vivo no están separadas en su funcionamiento, sino que los organismos tampoco están aislados de la naturaleza que les rodea; hay una continua interacción entre cada organismo y su medio. Estos conceptos llevan a distinguir, en la antigua cadena continua de los seres, entre seres orgánicos –formados por órganos integrados alrededor de las funciones vitales, y que crecen internamente por intususcepción- e inorgánicos, que crecen por yuxtaposición o acreción de las sustancias que los forman. Se separan, al fin, los seres vivos de los seres inertes, y nace la biología como ciencia de la mano de Lamarck y otros naturalistas. Esto lleva a Lamarck a plantearse el problema del surgimiento de los seres vivos y el de su relación de adaptación, a lo largo del tiempo, con sus respectivos medios. Para Lamarck, los seres vivos actuales pueden haber surgido en tiempos distintos; y, aunque él no se cuestiona la continuidad gradual de sus formas, piensa que se pueden transformar unas en otras mediante cambios graduales. Así, Lamarck propone una teoría transformista o evolucionista -según se evalúe- que sustituya a la idea de creación divina única. El denominar la teoría de Lamarck como evolucionista o transformista no tiene mayor alcance -Darwin no enunció su teoría como evolucionista-, pero sí lo tiene el subrayar las principales características de su pensamiento, y sus diferencias con posteriores teorías evolucionistas. Lamarck creía que la continuidad gradual de los seres vivos se producía mediante una serie de transformaciones en dos dimensiones: la espacial -de adaptación al medio cambiante- y la temporal -resultado de la tendencia continua de la naturaleza a la perfección. Lamarck fue, por lo tanto, el pionero en proponer dos importantes características del ser vivo: la capacidad para generar diversidad y para adaptarse a los cambios en su medio natural. En la concepción de Lamarck, -para conciliar la coexistencia de formas sencillas unicelulares junto con seres más complejos, dentro de su idea de una tendencia continua al progreso y la perfección- los seres vivos más primitivos surgirían, continuamente, mediante generación espontánea, y evolucionarían -en el tiempo- mediante un impulso interno de cambio hacia una mayor perfección. Como resultado imperfecto de esta tendencia progresiva, se producirían desviaciones adaptativas laterales -en el espacio- frente a los cambios del entorno.
Como recoge Gould (2004), la idea de herencia de Lamarck se fundamenta principalmente en dos postulados relacionados con la interacción adaptativa entre el ser vivo y su medio:
·       Uso y desuso
·       Herencia de los caracteres adquiridos
Aunque la teoría de la herencia resumida en el segundo principio se inspira en la cultura popular de su época, la revolución de Lamarck, una de las grandes intuiciones transformadoras en la historia del pensamiento humano, reside en el principio del uso y desuso, que traduce este modo de herencia en una teoría de la evolución: la inducción del cambio corporal por alteraciones previas del comportamiento. Lamarck reconoció claramente el papel central de este postulado, porque siempre citó esta secuencia causal contraintuitiva (del entorno alterado al cambio de hábitos y a la modificación corporal) como el eje de su sistema entero. En la Philosophie zoologique vuelve a enunciar este principio igual que en las Recherches de 1802: No son los órganos, es decir, la naturaleza y forma de las partes del cuerpo del animal, lo que ha dado lugar a sus hábitos y facultades especiales, sino que son, por el contrario, sus hábitos, su modo de vida y su entorno lo que ha controlado en el curso del tiempo la forma de su cuerpo, el número y estado de sus órganos y, finalmente, las facultades que posee”.
Lamarck establece, así, una relación de causa efecto, una prioridad de la función sobre la estructura, y subraya la importancia del medio sobre el ser vivo: “…la naturaleza nos muestra en innumerables ejemplos el poder del entorno sobre el hábito y el del hábito sobre la forma, disposición y proporciones de las partes de los animales”. “Con independencia de lo que pueda hacer el entorno, no obra ninguna modificación directa en la forma y organización de los animales. Grandes alteraciones del entorno de un animal conducen a grandes alteraciones de sus necesidades, y estas alteraciones conducen necesariamente a otras alteraciones de sus actividades. Entonces, si las nuevas necesidades se hacen permanentes, los animales adoptan nuevos hábitos que duran tanto como las necesidades que los evocaron”.
Gould piensa que muchas de estas ideas de Lamarck no son tan distintas de algunas ideas de Darwin: “Este primer conjunto de ideas lamarckianas no sólo no tienen nada que pueda haber ofendido a Darwin, sino que varios de sus puntos expresan el más profundo espíritu funcionalista y adaptacionista de la visión darwiniana de la vida. Pero dos puntos clave…, adelantan y presagian dos de las seis ideas más importantes de Darwin: la uniformidad del cambio medioambiental y el primer principio funcionalista de que el cambio de hábitos abre paso a la forma alterada. Está claro que los mecanismos del cambio difieren (para Darwin, los hábitos alterados establecen nuevas presiones selectivas; para Lamarck, inducen modificaciones heredables de manera más directa), pero ambos pensadores comparten un mismo compromiso funcionalista”.
Hemos visto cómo desde el siglo XVI al XIX se produce un enorme cambio tanto en el análisis de los objetos como en el desarrollo de las ideas que interpreten los hechos en los que aparezcan implicados; y, con frecuencia, ambos avances no se producían a la vez. Así, para pasar de la idea de generación a la de evolución ha sido fundamental la intervención de Linneo, y su concepción filiativa de las especies, pero todavía más la concepción funcional y organicista de los seres vivos -que procede de su análisis físico y, sobre todo químico, delimitando la separación entre lo orgánico y lo inorgánico- de la mano de científicos tan diversos como Buffon, Lamarck y Cuvier, entre otros.

La perspectiva funcional en Cuvier. Armonía funcional y discontinuidad estructural
Frecuentemente se simplifica y ridiculiza la aportación de muchos autores al desarrollo de la ciencia, como hemos visto con Lamarck, pero también ocurre lo mismo con su poderoso enemigo Cuvier -considerado como el malvado que le hizo la vida imposible-, al que, además, se le encasilla como creacionista y catastrofista. Sus enormes conocimientos en anatomía comparada y en paleontología le llevaron a refutar la idea medieval de la cadena continua de los seres. A diferencia de Lamarck, Cuvier ataca la idea de continuidad de los seres y la de su continua generación espontánea. Él ve saltos insalvables entre los organismos vivos y en el registro fósil, y -aunque no se plantea la transformación de unos en otros, como sí lo hace Lamarck- los explica mediante una sucesión de extinciones catastróficas, seguidas por nuevas creaciones (no divinas sino biológicas), que conducirían a los grandes tipos biológicos actuales que exhiben discontinuidades insalvables entre ellos. Cuvier introduce, así, en la biología las ideas de contingencia en los sucesos y de discontinuidad en la cadena de los seres, esenciales para los posteriores planteamientos evolucionistas de Darwin.
Pero tanto o más importante es la perspectiva funcional en Cuvier que sitúa la función delante de la estructura: “En la dependencia mutua de las funciones, en el auxilio que se prestan recíprocamente, se fundan las leyes que determinan las relaciones entre los órganos… en el estado de vida los órganos no están simplemente juntos, sino que se influyen mutuamente y todos concurren en un objetivo común… No existe función alguna que no precise de la ayuda y el concurso de casi todas las otras”. Así, para Cuvier, el organismo animal es una unidad de funciones integradas con una enorme posibilidad de diversidad estructural, fundamentalmente en la parte más externa. Se abre un mundo de semejanzas funcionales y de diferencias estructurales: alas, patas y aletas para el movimiento; escamas, pelos o plumas para la protección; branquias o pulmones para respirar; etc. Pero esa diversidad estructural no confunde a Cuvier; aunque a primera vista pueda parecer caprichosa, no lo es -no se ajusta a las interpretaciones de designio divino, que en el siglo XVI se daban a las formas visibles-, para él los órganos no están meramente agrupados, sino que integran funcionalmente el organismo; y esta nueva forma de ver transforma la anatomía comparada, ya no se comparan los órganos aislados entre sí, sino integrados en la unidad funcional del organismo. Según Cuvier, la anatomía comparada permite descifrar: “las leyes de la organización de los animales y las modificaciones que dicha organización experimenta en las distintas especies”. En la palabra modificaciones, referida a las distintas especies, podríamos ver cómo asoma en Cuvier una cierta inquietud transformista, pero que él canalizó exclusivamente en sus trabajos paleontológicos y de anatomía comparada. En cualquier caso, esa búsqueda de armonía funcional en la diversidad estructural está también muy presente, como veremos, en las teorías de Darwin. Pero, volviendo a Cuvier, él sigue su pesquisa de encontrar esa armonía en las relaciones entre los órganos que coexisten en un organismo, comparándola con la armonía funcional entre los órganos de otro organismo. De este modo, la anatomía comparada pone cierto orden en la, en principio desconcertante, diversidad estructural de la vida; y esa armonía entre órganos hace que con uno o unos pocos huesos los paleontólogos sean capaces de reconstruir el esqueleto, y de imaginar cómo sería el organismo entero. Todo esto impone, a los anatomistas comparados, la existencia de una jerarquía funcional que tiene un correlato estructural; así, para Cuvier: “Las partes, propiedades o rasgos conformacionales que tienen el mayor número de relaciones de incompatibilidad o de coexistencia, es decir, que ejercen sobre el conjunto del ser la influencia más marcada, son los caracteres importantes o dominantes. Los demás son los caracteres subordinados”. Y esta prioridad de la función sobre la estructura se aplica también como criterio clasificatorio; ya no puede combinarse, potencialmente, toda la variedad estructural conocida, sólo puede hacerlo aquella que es acorde con la necesaria armonía funcional.  Así, para Cuvier: “Las diferentes partes de cada ser deben coordinarse para hacer posible el ser total, no sólo en sí mismo, sino en sus relaciones con su entorno”.  En las relaciones con su entorno, el ser vivo se encuentra con unas determinadas “condiciones de existencia”. Aunque es Cuvier el que rompe con la cadena continua de los seres, debemos recordar que era una continuidad estructural; pero, en las “condiciones de existencia del entorno” y en sus “relaciones” con él, los seres vivos presentan una continuidad funcional. Así pues, para Cuvier existe una discontinuidad estructural debida a la contingencia, agrupada en cuatro planes o tipos básicos, y una continuidad funcional debida a las condiciones de existencia en el entorno.  La armonía funcional hace que la diversidad estructural esté en consonancia con la función que cada ser vivo realiza en su medio (lo que actualmente denominamos su nicho ecológico), en un herbívoro todas sus estructuras son acordes: dientes de herbívoro, estómago de herbívoro, pezuñas de herbívoro, etc.
Sólo las necesidades funcionales básicas dan continuidad a la vida, y no la infinitud de pequeñas diferencias graduales -en los caracteres estructurales- que contemplaba la idea de la cadena continua de los seres. Es difícil no comentar, aunque sea de pasada, el paralelismo que existe entre esta concepción medieval de la naturaleza y la actual de pequeños cambios genéticos graduales que mejoren, de forma inconexa, las estructuras vivas. La armonía funcional en la diversidad estructural se escapa a los planteamientos del programa genético, tanto en el dogma central de la biología molecular como en la nueva síntesis neodarwinista. En estos planteamientos desaparece el organismo y reaparece el análisis reduccionista e incoherente de las partes; llegando hasta el análisis de las frecuencias alélicas en alelos que, frecuentemente, sólo son cambios en las secuencias del ADN sin cambio fenotípico alguno.
Son las funciones vitales básicas -de nutrición, relación y reproducción- las que, desde la formulación de la teoría celular a mediados del siglo XIX, definen la unidad de vida. En la época de Cuvier no se tenía esta formulación tan precisa de la célula, pero si se tenían presente las funciones vitales, y sus subfunciones, en la anatomía y fisiología: alrededor de las funciones vitales, la unidad siempre presente del organismo ha ido organizando su soma en órganos, sistemas y aparatos, en función de su relación con las condiciones de existencia del entorno. Cuvier hace una jerarquía entre los órganos más o menos esenciales, y sitúa a los primeros en el interior de la estructura viva y a los segundos en el exterior: “Cuando se llega a la superficie, lugar escogido por la naturaleza de las cosas para situar precisamente allí las partes menos esenciales y cuya lesión entraña menos peligro, el número de variedades llega a ser tan grande que todos los trabajos de todos los naturalistas juntos aún no han conseguido darnos una idea”. Este enfoque me parece muy profundo, en claro contraste con el Cuvier meramente catastrofista y creacionista que nos suelen presentar. En primer lugar, la distinción entre un núcleo interno esencial, y una periferia variable está profundamente arraigada a la estructura de los principales niveles de organización de la materia: los átomos; las proteínas, como nivel biológico supramolecular; las células; y los individuos pluricelulares. Los átomos presentan un núcleo que caracteriza el elemento correspondiente en la tabla periódica. Las proteínas también presentan un núcleo hidrofóbico ordenado (core) que permite el empaquetamiento esencial del tipo de proteína, y una periferia hidrofílica que permite una variabilidad de interacciones -más o menos específicas, y con distintos grados de afinidad- en función de su plasticidad conformacional ante diferentes ligandos. Las células también se caracterizan por un núcleo portador de la información genética y epigenética esencial del tipo celular, y una periferia definida por una membrana portadora de receptores proteicos específicos de cada célula, y que interaccionan con el medio celular. En lo referente a los individuos pluricelulares me remito a lo expuesto por Cuvier; quizá tan sólo añadir que el cerebro también presenta una estructura similar, donde en el núcleo está lo esencial automatizado, y en la periferia, en vanguardia, lo nuevo en acción directa con el medio exterior.
En general, podríamos concluir que, al menos en la evolución biológica, el interior responde a lo seleccionado hace tiempo, a lo ya fijado, a lo que -en términos de Monod- se puede denominar necesidad teleonómica o, en términos más generales, necesidad fisiológica; mientras que la variabilidad exterior responde al juego entre la contingencia del entorno y la inmediata necesidad imperativa (ver entrada del 3 de abril de 2018: El azar, la necesidad y la contingencia). Estas reflexiones ponen algo de luz a la paradoja -frecuentemente planteada por distintos autores, como, por ejemplo, E. Mayr- entre una filosofía esencialista, más propia de la física, y una variacionista, más propia de la biología.

La perspectiva funcional en Darwin. La contingencia del medio ambiente en la ontogenia y en la filogenia
Por su parte, en la embriología, los descubrimientos de Von Baer están en línea con los de Cuvier respecto a la discontinuidad entre los grupos de seres vivos; observa cuatro tipos de desarrollo embrionario que son los mismos que Cuvier identifica en sus estudios de anatomía comparada. Pero, además, también distingue entre interno y externo en el espacio, y entre próximo y lejano en el tiempo: “Los rasgos más generales de un grupo aparecen en el embrión antes que los rasgos más especiales. Las estructuras menos generales nacen de las más generales, hasta que finalmente aparecen las más especiales”. Estas conclusiones de Von Baer las llevaría más tarde E. Haeckel al campo de la evolución en su expresiva ley biogenética: “la ontogenia recapitula la filogenia”.
Así, en la evolución animal, la estructura interna respondería a la adaptación a los cambios del entorno en el pasado, definidora de los grandes tipos esenciales; mientras que la estructura más superficial responde a la interacción contingente más reciente entre el organismo y su medio, generadora de una explosión de diversidad adaptativa. El juego entre presente y pasado, entre lo actual y la historia, entre ontogenia y filogenia, es también el juego -en interacción incesante- entre las estructuras internas y externas. Por tanto, es cada ontogenia particular la que, durante la existencia del ser vivo, va tejiendo la tela de araña de la filogenia; pero cada nueva ontogenia, cual araña, recorre, desde su inicio, la red tejida por sus ancestros en la filogenia. Las nuevas tendencias, mantenidas a lo largo de ontogenias sucesivas, van tejiendo la reciente filogenia. Ontogenia y filogenia se entrelazan, y la nueva necesidad imperativa se confunde con la teleonómica alterada.
La teoría de la evolución por selección natural de Darwin se apoyó, de forma más o menos consciente, en el desarrollo previo de algunas ideas, como la definición funcional del concepto de especie (especies deslindadas de la medieval cadena continua de los seres) y la unidad, en continuo cambio contingente, de las interacciones entre el ser vivo (definido por su función y estructura) y su medio natural. Los seres vivos mantienen un equilibrio dinámico y armónico con sus medios cambiantes, pero de forma contingente, sin propósito alguno. El concepto de medio tiene varios significados según distintos autores; así, puede significar, de manera más vaga, sólo el entorno; el ambiente fisicoquímico; el medio ambiente, considerando los factores abióticos y bióticos; o, el medio, de una manera más específica (de especie), como el conjunto de seres vivos que son significativos para los individuos de una determinada especie, esto es, que mantienen con ellos relaciones intra e interespecíficas significativas para su comportamiento, función y estructura; como, por ejemplo, el modelamiento mutuo que ejercen entre sí gacelas y guepardos, como presa y depredador. En este concepto de medio se modifican mutuamente todos los seres vivos que se relacionan significativamente.
Sensu lato, la unidad, en permanente cambio, constituida por las interacciones entre un ser vivo y su medio, origina continuamente información: tanto biológica como no biológica, o ambiental. El continuo equilibrio dinámico entre seres vivos y sus medios produce una sucesión de estados informativos definidos por los cambios en la función y la estructura de los seres vivos (su evolución), y en la estructura de los ecosistemas que integran la biosfera. Con el estado del conocimiento en su época, Darwin se asoma a esta forma actual de contemplar la naturaleza.
Anteriormente habíamos comentado que la búsqueda de armonía funcional en la diversidad estructural está también muy presente en las teorías de Darwin. En el título de su libro principal, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, Darwin ya hace referencia a las diferencias, a la variabilidad dentro de la constancia entre las especies, y al papel selector de dicha variabilidad por el medio natural. En aquel momento, como ya hemos visto, además del cambio en el concepto funcional de especie, y de la influencia del medio en la función y estructura del ser vivo; la medieval idea de generación divina había sido sustituida por la funcional de reproducción. La idea de reproducción exigía algún tipo de información que pasara mediante células -sexuales o no- de una generación a la siguiente, es decir, algún tipo de herencia. Así, la teoría de Darwin nacía, al igual que la de Lamarck, con dos dimensiones de cambio: una en el espacio, de adaptación al medio; y otra en el tiempo, de formación de nuevas especies por reproducción diferencial de las más aptas. Algunas de las grandes diferencias con Lamarck no tienen que ver con la idea de herencia de los caracteres adquiridos -que, con matices, estaba en la teoría de la pangénesis de Darwin-, sino, fundamentalmente, en la orientación teleológica de Lamarck de tendencia a la perfección frente a la absoluta falta de dirección y propósito en la evolución temporal dentro de la teoría darwiniana. Además, Lamarck se apoyaba en la constante generación espontánea de formas inferiores que se irían transformando, en esa escala de progreso, rellenando así los huecos dejados en la cadena continua de los seres.
Así, en Darwin, el cambio en las especies producido a lo largo del tiempo no busca ningún progreso, ni es el resultado de ningún programa de desarrollo, como ocurre en la ontogenia; de acuerdo con Haeckel, la ontogenia recapitula la filogenia, pero la filogenia es impredecible -no hay camino, sólo las estelas de lo ya navegado- y está al albur de la contingencia medioambiental. De hecho, Darwin no utilizó el término evolución en su Origen de las especies, sino la idea de “herencia con modificación”. Aunque actualmente el término evolución -fundamentalmente si es evolución darwiniana- tiene el significado que acabamos de ver, etimológicamente -y sobre todo en aquella época- tenía el significado de despliegue o desarrollo (del latín evolvere), más propio del desarrollo embrionario, finalista y progresivo. Así, antes de que Haeckel enunciara la ley biogenética, el embriólogo Von Baer ya tenía un barrunto de la relación en el espacio y en el tiempo de la evolución propia del desarrollo embrionario (o de la ontogenia), pero no estaba de acuerdo con la teoría de la evolución filogenética de Darwin, donde bajo el término evolución se teje una compleja red de relaciones medioambientales, de forma contingente, sin dirección ni propósito alguno. Tanto Von Baer con la embriología, como Cuvier con la anatomía comparada y la paleontología, ponen los cimientos para la construcción de la teoría darwiniana. Al igual que Cuvier, Von Baer distingue, en el desarrollo embrionario, entre órganos más internos -los más importantes, los que aparecen en primer lugar y definen a cada uno de los cuatro grandes grupos- y órganos más superficiales -más variables, tardíos y definidores de los subgrupos y pequeñas ramificaciones de los grandes grupos-; desarrollo donde todas las especies de un grupo tienen en común el despliegue espaciotemporal de los órganos internos, pero con un mayor tiempo de desarrollo para las más complejas, en el despliegue espacial de sus peculiaridades externas.

La tentación teleológica en la biología molecular
Hemos visto cómo surge la biología como ciencia con la idea de organización funcional, porque saca y diferencia a los seres vivos de la cadena continua de los seres; separando, así, a los seres vivos u orgánicos de los seres inorgánicos, y planteando nuevas cuestiones: ¿qué es la vida? ¿Cómo surgieron los primeros seres vivos? A diferencia de la concepción mecanicista del siglo XVII -que contemplaba a las partes de un animal como las piezas de una máquina, diseñadas para cumplir un propósito- la nueva perspectiva funcional plantea que el organismo surge de la integración orgánica y autorregulada de funciones previas, que evolucionan sin perseguir finalidad alguna; y estas características no las cumple ningún mecanismo, por complejo que sea. Pero, la tentación teleológica acecha continuamente a cada nuevo paso en el análisis de los objetos. En un artículo anterior de este blog -El azar, la necesidad y la contingencia, del 3 de abril de 2018-, se desarrolla este tema, y mencionábamos como Jacques Monod proponía, respecto a los seres vivos y sus procesos, el término teleonomía para definir una tendencia con aparente proyecto o propósito, pero sin causa final como, por ejemplo, la evolución o el desarrollo embrionario. Por su parte, para François Jacob (2014) -el biólogo molecular que compartió Premio Nobel con Monod- la idea de organización exige una finalidad en la medida en que no es posible disociar la estructura de su significación. Para él -en una singular concepción estructural de los niveles de organización-, “no existe una organización de lo vivo, sino una serie de organizaciones encajadas unas dentro de otras, como las muñecas rusas… Más allá de cada estructura asequible al análisis termina por surgir una nueva estructura de orden superior, que integra la primera y le confiere sus propiedades”. Jacob resume este enfoque estructural de la historia de la biología en su libro La lógica de lo viviente: “A cada nivel de organización, puesto en evidencia de este modo, responde una nueva manera de concebir la formación de los seres vivos…, a principios del siglo XVII, la disposición de las superficies visibles, lo que puede llamarse estructura de orden uno; después, a finales del siglo XVIII, la “organización”, la estructura de orden dos que engloba órganos y funciones y termina por resolverse en células; a continuación, a comienzos del siglo XX, los cromosomas y los genes, la estructura de orden tres oculta en el corazón de la célula; finalmente, la molécula de ácido nucleico, la estructura de orden cuatro sobre la que hoy descansa la conformación de todo organismo, sus propiedades, su permanencia a través de las generaciones. El análisis de los seres vivos viene a converger sucesivamente sobre cada una de estas organizaciones. Lo que se ha querido describir aquí son las condiciones que desde el siglo XVI han permitido la aparición sucesiva de estas estructuras. Es la forma en que la generación, creación renovada que necesita siempre de la intervención de alguna fuerza externa, se ha transformado en reproducción, propiedad interna de todo sistema vivo. Es el acceso a estos objetos, cada vez más ocultos, que constituyen las células, los genes, las moléculas de ácido nucleico”.
Este enfoque estructural de los niveles de organización cae en el reduccionismo y en el neovitalismo del denominado programa genético, que -aunque de una manera menos burda de lo que ocurría con la idea de generación- deja la puerta entreabierta a la intervención de algún tipo de voluntad externa extramaterial en la idea del determinismo informativo de las secuencias del ADN. Así, para Jacob: “…es la meta de la reproducción la que justifica tanto la estructura de los sistemas vivos como su historia. Es por fines precisos por lo que una molécula de hemoglobina cambia de conformación según la tensión de oxígeno, por lo que una célula suprarrenal produce cortisona, … por lo que un pájaro macho se pavonea delante de la hembra. En todos los casos, se trata de una propiedad que confiere al organismo una ventaja en la competencia por dejar más descendencia… es la reproducción la que funciona como principal operador del mundo viviente. Por una parte, es el propósito de todo organismo. Por otra, orienta la historia sin propósito de los organismos. Hace ya mucho tiempo que el biólogo se encuentra frente a la teleología como ante una mujer de la que no puede prescindir, pero en cuya compañía no quiere ser visto en público. El concepto de programa otorga ahora estatuto legal a esta relación oculta”.
Quizá no estemos en el mejor momento para sacar a la luz esta frase, algo machiniana (de Antonio Machín), de Jacob -pero muy ilustrativa, en aquella época, del amor prohibido- acerca de la inevitable tentación (siempre teleológica) de los biólogos con la teleología. No voy a criticar la frase, que es fruto de una época, sino la idea de que “el programa otorga ahora estatuto legal a esta relación oculta”. La idea de programa genético basado en el determinismo de la información secuencial que fluye unidireccionalmente, según dicta el DCBM, se ajusta a la imagen de las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos, que Moisés recibe de Dios en el Monte Sinaí. De momento sólo quiero adelantar que yo prefiero la imagen más machadiana (de Antonio Machado) del “se hace camino al andar”.
Jacob termina, así, reduciendo a la idea de información genética unidireccional y de programa genético los conceptos evolutivos de ontogenia y filogenia. En su magnífico relato sobre la historia y la filosofía de la biología se topa continuamente -al igual que su colega Monod en El azar y la necesidad- con la necesaria pero molesta teleología, y, a diferencia de éste, no acude a la ayuda de una palabra mágica que alivie la incomodidad de la situación. Pero, de hecho, ambos minimizan esta incomodidad aparcando la teleología en los orígenes informativos de la vida. Así, mientras Monod sitúa la invariancia reproductiva en vanguardia frente a las performances, según su terminología; Jacob se limita, de una forma más pragmática, a ceñirse al desarrollo histórico del análisis de los objetos -de mayor a menor tamaño- y del desarrollo de las ideas alrededor de los fenómenos de generación y reproducción, invirtiendo así el orden natural evolutivo de los niveles de integración de la materia. Así, con este planteamiento teleológico de la reproducción, va del exterior de los individuos pluricelulares al interior, recorriendo hacia abajo los niveles de complejidad estructural que él distingue: órganos, tejidos, células, cromosomas, genes, ácidos nucleicos. Evidentemente, Jacob no ve la evolución invertida; sus cuatro niveles estructurales son el resultado del avance analítico de la biología -de lo más grande y externo a lo más pequeño e interno-, pero -como él subraya varias veces a lo largo del libro, en referencia a otros momentos históricos- estos avances carecen del esfuerzo sintético, del necesario desarrollo de las ideas que eviten, de nuevo, caer en antiguos vicios interpretativos: vitalismo, teleología, reduccionismo, entre otros. Es realmente difícil sustraerse del foco de luz que el avance tecnológico ofrece para el análisis de los objetos. Así, el farol de la genética alumbra mucho: permite trabajar bien y ofrece muchos datos para avanzar y publicar; pero nos puede llevar a una situación confortable y complaciente donde el individuo vuelva a verse como un conjunto de partes a analizar sin coherencia evolutiva. Podemos resumir el diagnóstico de la situación actual de la biología, como delimitada por un paradigma genocéntrico regido por el denominado dogma central de la biología molecular (DCBM). Este dogma reduce la teleología y el vitalismo a la información secuencial del ADN y a su flujo unidireccional hasta la formación de las proteínas, consideradas, así, como su expresión funcional. Realmente hay un cierto paralelismo entre esta idea moderna de la vida y la que se tenía, en el siglo XVI, de la naturaleza como instrumento divino. Aunque ni Jacob ni Monod tienen la más mínima tentación finalista, en el sentido lamarckiano de tendencia evolutiva a la perfección; tanto ellos como los partidarios a ultranza del programa genético sobre las bases del DCBM, plantean una discontinuidad, una singularidad de los seres vivos respecto a los inorgánicos en el origen de la vida. La discontinuidad o singularidad no es material: los átomos de los seres vivos son los mismos que los de la materia inorgánica, y muchas de las biomoléculas sencillas también. La discontinuidad está en la organización -en la estructura de los seres vivos- sobre la base de combinaciones singulares de las bases nitrogenadas en los ácidos nucleicos -como biomoléculas portadoras de la información genética- sin que la plasticidad funcional de los seres vivos, en su interacción con el medio, tenga ningún papel. En los niveles de integración inorgánicos las estructuras resultan de las interacciones necesarias previas, mientras que, en el paradigma actual de la biología, las estructuras vivas surgen del encuentro, al azar, de la información genética adecuada, y de su paso posterior por el tamiz de la selección natural. En esta concepción de la vida la teleología no está en pensar en el ser humano como punto final de la evolución, sino en la elevación de lo molecular a una combinación informativa única -y, por lo tanto, preconcebida- que posibilite la formación de estructuras compatibles con las funciones vitales. Es como si estuviéramos ante un sistema de búsqueda al azar de claves vitales para encontrar las estructuras con las que pudiera iniciarse la vida. Aquí radica la teleología y el neovitalismo informativo de la nueva biología: las estructuras moleculares de la vida no surgen como resultado no buscado de las interacciones previas de moléculas inorgánicas, en un ambiente adecuado, sino como el encuentro al azar de la información necesaria para arrancar el proceso de la vida. En el paradigma actual esta información estructural sería única y estaría definida previamente: la estructura sería prioritaria sobre la función, también concebida previamente. Por el contrario, en un paradigma funcional proteocéntrico la vida se eleva de forma contingente sobre las interacciones químicas necesarias que, así, producen estructuras que permiten un nuevo baile -mediado por el agua- de interacciones necesarias que van siendo seleccionadas al tiempo que integran las prefunciones vitales y las estructuras que las permiten y mantienen (ver las entradas del 10 de marzo de 2017 y del 3 de abril de 2018). En el paradigma proteocéntrico la función es prioritaria a la estructura, y, en este juego funcional integrador, las nuevas estructuras aparecen como resultado de la plasticidad estructural de las previas en su continua interacción funcional con un medio cambiante. Lo genético y lo epigenético respondería a la acumulación informativa de “cultura molecular” de las proteínas en su peripecia evolutiva, en la lógica de considerar a los ácidos nucleicos como un instrumento informativo de las proteínas. De esta manera, el código genético se hace, no se “acierta”. Para el paradigma proteocéntrico, el código genético se hace en la interacción conformacional entre proteínas y ARN en la etapa prebiótica del origen de la vida. La vida surge, así, como un resultado más de la evolución de la materia, con las mismas leyes que dan orden y coherencia al Cosmos.


BIBLIOGRAFÍA
·       Jacob, F. (2014). La lógica de lo viviente. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Lamarck, J-B. (2017). Filosofía zoológica. La Oveja Roja. Madrid.
·       Mayr, E. (2016). Así es la biología. Ed. Debate. Barcelona.
·       Monod, J (2016). El azar y la necesidad. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Sagan, C. (1985). Cosmos. Ed. Planeta. Barcelona.

jueves, 26 de septiembre de 2019

HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA III; LA NECESIDAD Y LA CONTINGENCIA




Como hemos visto en las entradas anteriores, en la segunda mitad del siglo XIX se producen grandes avances en el conocimiento de los seres vivos, ya liberado de creadores y de fuerzas misteriosas; y con estos nuevos conocimientos se asienta la biología experimental –inicialmente en ramas como la anatomía, la fisiología, la citología, la microbiología, la evolución, la genética, la bioquímica y la inmunología- al lograr deslindar las unidades propias de los niveles de integración, que actúan como agentes en los procesos biológicos –individuos pluricelulares, células y biomoléculas, principalmente- así como sus relaciones evolutivas. Respecto a esto último, queremos adelantar aquí que las principales teorías evolucionistas mantienen diferentes posiciones frente al papel relativo que desempeña el medio ambiente en las relaciones evolutivas entre los agentes biológicos. Sensu lato, veremos que el planteamiento de este problema está indisolublemente asociado a otros: como el de la prioridad entre estructura y función, y el de las relaciones entre el azar, la necesidad y la contingencia.
En este recorrido histórico vamos a prestar particular atención al necesario equilibrio, en el avance del conocimiento científico, entre lo que llamamos las ideas -de carácter inicialmente más filosófico- y los conceptos, más pegados a la experiencia conseguida mediante el análisis de los objetos. No se trata de unir, sin más, filosofía y ciencia, sino de entender el estado actual de la ciencia por su historia.  Así, a lo largo de la historia de la ciencia, mediante este equilibrio dinámico entre ideas y conceptos, se han ido construyendo hechos y teorías, a medida que el conocimiento empírico y el experimental consolidaban los conceptos. En este sentido, debemos tener en cuenta que para que un objeto pueda ser analizado, no es suficiente con descubrirlo; hace falta una nueva mirada que lo explique, una teoría que lo interprete, como se ilustra perfectamente con los descubrimientos que el microscopio y el telescopio ponen delante de nuestros ojos; ambos instrumentos nos ayudan a ver, pero es la teoría -como la Teoría Heliocéntrica- la que nos permite observar e interpretar. Las observaciones llevadas a cabo por A. Leeuwenhoek y por R. Hooke, carentes de explicación teórica, sólo pusieron de manifiesto un mundo desconocido que frecuentemente descentraba a los naturalistas, ya abrumados con sus problemas de clasificación de seres macroscópicos; el pensamiento de la época no sabe que hacer con esta explosión de diversidad microbiana, y a lo más que llega es a reavivar la discusión entre partidarios y detractores de la idea de generación espontánea.
Así pues, algún tipo de teoría enmarca siempre los hechos, los enunciados observacionales: las preguntas y las respuestas. A este respecto, como ya hemos visto en alguna entrada anterior, E. Schrödinger resaltaba la importancia de la teoría en la ciencia con una expresiva frase: “Se trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto, como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven”. Esta frase es parecida a otra previa de J. W. von Goethe: “Todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo.” No encuentro mejor resumen, para ilustrar la relación entre hechos y teoría, que el de estos dos grandes genios.
Para abordar convenientemente esta cuestión, hemos de recordar que, hasta llegar al momento glorioso del comienzo de la biología experimental, el estudio de los fenómenos vitales realizó una larga travesía, partiendo de la concepción fijista y creacionista de la naturaleza en su conjunto, propia del pensamiento escolástico. Así, desde el siglo XVI hasta el XX se produce un cambio profundo en el conocimiento de los seres vivos y de su entorno natural. A este respecto, Jacob (2014) ofrece una visión panorámica bastante detallada de este proceso de cambio, que yo utilizo como hilo conductor para mi interpretación crítica de la historia y filosofía de la biología. Así pues, a partir de aquí nos limitaremos a hacer una revisión de las principales ideas tratadas en entradas anteriores, pero desmenuzando los elementos principales de la historia del conocimiento biológico –ideas, hechos y conceptos en la mente de los principales autores de estos siglos- para ver cómo aparecen mezclados de formas distintas; auténtico caleidoscopio de la realidad en cada época, y en cada autor: materialismo, vitalismo, continuidad, discontinuidad, uniformismo, gradualismo, saltacionismo, teleología, azar, necesidad, contingencia, estabilidad, variación, estructura, función, etc.; en distintas combinaciones y proporciones. Llegados a este punto, no podemos eludir la cuestión: ¿cuál es el caleidoscopio, o caleidoscopios, de nuestra época? ¿Cuáles son las principales ideas, hechos y conceptos que debemos colocar en la actualidad, para obtener una imagen, lo más precisa posible, de la realidad? En las sucesivas entradas intentaremos dar respuesta a estas preguntas, y formarnos la imagen más adecuada que, actualmente, nos ofrece el conocimiento de los seres vivos.
En algunas entradas anteriores hemos visto que nuestra imagen del mundo puede venir de la mano de la religión, de la filosofía o de la ciencia. De las tres fuentes, la única que es totalmente ajena a una visión lo más objetiva posible de la realidad, es la religión, que se mueve en el terreno de las creencias; y, por tanto, debe estar circunscrita, y respetarse, en el ámbito de la intimidad de los creyentes.
Las otras dos fuentes -la filosofía y la ciencia- no sólo no se excluyen, sino que, como ya hemos visto y ampliaremos aquí, se necesitan mutuamente para sus respectivos progresos. Recordemos que -en algunas de esas entradas anteriores: Ciencia, filosofía y religión (10 de mayo de 2018)- distinguíamos entre las preguntas que se hace la ciencia y las que se hace la filosofía. Así decíamos que, mientras que la filosofía se plantea el sentido del mundo: ¿por qué las cosas son?, la ciencia aborda principalmente el modo de ser de la realidad material: ¿cómo son las cosas? Aunque esta formulación de principios parece poner algunos límites claros entre estas dos fuentes del conocimiento racional, pronto veremos que las ideas y los conceptos de ambas se entremezclan permanentemente. En la misma entrada, también veíamos cómo E. Mayr (2016) plantea que la biología, como cualquier otra ciencia, debe responder a tres tipos de preguntas: “¿qué?”, “¿cómo?”, y “¿por qué?”; y que la respuesta a estas preguntas debe ayudar a delimitar las distintas ramas de la biología y sus respectivas naturalezas filosóficas. Así pues, el planteamiento filosófico de ¿por qué las cosas son?, necesariamente tiene en cuenta “el qué”, “el cómo” y “el por qué” aportados por el conocimiento científico. De esta forma, paulatinamente, a medida que aumenta el ámbito y la experiencia del análisis del mundo material, muchas de las ideas filosóficas se van transformando en conceptos científicos. Por su parte, los científicos siempre van a enmarcar los nuevos hechos con teorías previas, preñadas de ideas y conceptos.
Las preguntas del tipo “¿qué?” son fundamentales para iniciar cualquier clase de conocimiento científico. Estas preguntas nos llevan a describir, identificar y clasificar seres y procesos del ámbito de la realidad material que nos propongamos conocer, sea cual sea su nivel de integración: bioquímica, biología molecular, celular, pluricelular (botánica, zoología), etc.
Las preguntas del tipo “¿cómo?” y “¿por qué?” pretenden ir más allá de la necesaria descripción y clasificación inicial. El “¿cómo?” es más frecuente en las ciencias físicas que el “¿por qué?”, y esto principalmente por su dominio de actuación, cuyas entidades materiales se remontan al Big Bang. Más allá de este dominio las preguntas del tipo “¿por qué”? caen, actualmente, en el ámbito de la metafísica; aunque es posible que, en un futuro no muy lejano, se amplíe el ámbito de actuación más allá del Big Bang, y lo que hoy es metafísica se constituya en física, como ha ido pasando repetidamente con muchas ideas desde el modelo geocéntrico hasta la actualidad.
Por su parte, en biología, el “¿cómo”? delimita un enfoque funcional característico de la fisiología del nivel de complejidad celular o pluricelular. Así, en el siglo XIX -antes de la formulación de la teoría de la evolución por selección natural de Charles Darwin- en las ciencias naturales predominaban las preguntas del tipo “¿cómo?”, tanto en fisiología como en embriología, ambas disciplinas muy fisicistas. Mayr (2016) comenta al respecto que estas dos disciplinas “también se planteaban, en esa época, preguntas del tipo ¿por qué?; pero para el cristianismo dominante en Occidente la respuesta era fácil: Dios el Creador (creacionismo), Dios el Legislador (fisicismo) o Dios el Diseñador (teología natural)”.
Con la irrupción de Darwin en la biología, las preguntas del tipo “¿por qué?” adquieren sentido dentro del paradigma evolucionista darwiniano: en este momento, la biología comienza a plantearse, de forma científica, objetiva, el origen, la naturaleza y la evolución de los seres vivos. Efectivamente, con la publicación en 1859 de El origen de las especies por selección natural (Darwin,  1980) podemos fechar el nacimiento de la moderna biología, y no sólo por la importancia incuestionable de la obra de Darwin, sino porque, en la inmediatez de esta fecha, ven la luz la teoría celular de Schleiden, Schwann y Virchow; los experimentos de Louis Pasteur que ponen fin a las especulaciones vitalistas sobre la generación espontánea de vida; y los trabajos de Gregor Mendel sobre la naturaleza particulada de la herencia. Estos cuatro hitos ponen fin, formalmente, a cientos de años de prejuicios y oscurantismo alrededor de los seres vivos; que eran considerados entidades fijas, sin variación alguna, bien como productos de la creación divina, o bien como resultado de un proceso de generación espontánea bajo la acción de algún tipo de fuerza vital.
En esta breve revisión histórica del avance del conocimiento biológico vamos a comenzar por el siglo XVI en Europa, momento y lugar desde el que surgirán los primeros brotes de pensamiento científico. La historia que pretendemos abordar aquí es la historia de la idea de naturaleza, a medida que se va transformando en concepto científico, desde la concepción de instrumento para los designios divinos, del siglo XVI, hasta la actualidad, pasando por Darwin, que marca el punto de inflexión científico con su visión genuinamente materialista de la evolución por selección natural.

La naturaleza como agente de Dios
A la luz de los conocimientos actuales, resulta casi inconcebible la idea del siglo XVI de que los seres vivos eran engendrados por generación divina: por una parte, animales y plantas, que pueden engendrar semejantes mediante la unión, por la acción de Dios, de la materia y la forma; aunque, aquí, los padres no sean más que la sede de las fuerzas (el alma y el calor innato del líquido seminal) que unen la materia con la forma. Por otra parte, los seres considerados inferiores (gusanos, moscas, serpientes, ratones, etc.) que no nacen de la simiente, sino por generación espontánea desde la materia en putrefacción, la suciedad y el barro, bajo la acción del calor del Sol.
Veremos que el concepto científico de reproducción no se forma hasta la segunda mitad del siglo XVIII, a partir de experiencias de regeneración en invertebrados. A pesar de que es ya evidente que los humanos nos reproducimos sexualmente, seguimos empleando el término generación para designar cada eslabón de la concatenación sucesiva de padres e hijos. Pero, aun sin tener la concepción científica de reproducción sexual, no era menos evidente, para los humanos de cualquier época, la relación de semejanza entre padres e hijos: los corderos generaban corderos; los caballos, caballos; las uvas, uvas. Además, todos ellos con características parecidas. Está claro que la humanidad ha sabido aprovechar su experiencia práctica, al margen de sus creencias religiosas; como ilustra el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Al igual que hemos visto con el avance del conocimiento científico, las ideas -en este caso religiosas- acompañan siempre a la experiencia, sea ésta del tipo que sea. Así pues, por un lado, tenemos las creencias, muchas veces atenazadoras; y, por otro, la práctica empírica de jardineros, agricultores y ganaderos. Paradójicamente, es en el terreno del conocimiento filosófico y científico sobre los seres vivos, donde más ha costado desterrar creencias y supersticiones -quizá porque los estudiosos de la naturaleza eran mayoritariamente clérigos- como la idea de generación espontánea, que se mantuvo hasta que Pasteur la refutó definitivamente en la segunda mitad del siglo XIX.
Para Jacob (2014), el siglo XVI es un siglo sin leyes de la naturaleza: “No se distingue entre la necesidad de los fenómenos y la contingencia de los sucesos”. Las leyes de la naturaleza empezarán a asomar en la mente de los científicos en el siglo XVII, pero inicialmente sólo en la física; poco después en la química; y mucho más tarde en la biología. Esto es consecuencia del   aumento de la contingencia en la evolución de los seres vivos, respecto a los niveles de integración inferiores (molecular, atómico, y subatómico): menos complejos y mucho más regulares y predecibles. Por eso, la biología tiene algunas particularidades respecto a las otras ciencias naturales: tiene menos leyes, es histórica, y resulta más difícil de matematizar. Los sucesos contingentes en biología son hechos históricos irrepetibles, que no pueden enunciarse como leyes, pero que dejan su huella evolutiva en la estructura y en la función de los seres vivos. Sólo la necesidad de los fenómenos (lo que no puede dejar de ser) puede elevarse a ley, también en los fenómenos en los que estén implicados los seres vivos y sus procesos. Como ya vimos en algunas entradas anteriores (El azar, la necesidad y la contingencia, principalmente) cada contingencia, en la evolución biológica, encadena necesidades previas con nuevas necesidades, propias de las estructuras resultantes en la última contingencia.
Pero volviendo al siglo XVI, en él todo parece embrollado, caprichoso, resultado del designio divino; como hemos visto, todo ser se explica mediante la unión singular de materia y forma. Aquí reaparecen las ideas aristotélicas, pero teñidas de las creencias de la escolástica. No hay leyes naturales que permitan entender a los seres y sus procesos; la naturaleza aparece ligada a la voluntad de Dios, pero no como el resultado acabado de su obra, sino como su agente ejecutor: el que da forma a la materia generando permanentemente los seres -ríos, montañas, planetas, animales, plantas- manteniendo y dirigiendo su creación. Resultado de esta creación divina, cada ser vivo es un eslabón de la cadena secreta que une todos los objetos de este mundo, la cadena continua de los seres. Veremos que esta idea está presente en el siglo XVII para explicar la formación de los individuos de una misma especie, como resultado de creaciones simultáneas realizadas sobre el modelo de la creación divina inicial. Aquí vemos como la relación entre materia y forma (podríamos decir la estructura) tiene carácter divino: la materia es como el barro con el que Dios modela los seres. En palabras de Jacob (2014): “La generación no es más que una de las recetas utilizadas cotidianamente por Dios para la conservación de un mundo creado por Él”.
Pasará algún tiempo hasta que la estructura, se explique científicamente como resultado de las continuas interacciones de las unidades energético-materiales; y esta cuestión tiene mucho que ver con la forma de entender las funciones y las estructuras de los seres vivos, siempre estrechamente relacionadas en su evolución.
Pero ¿cómo salimos de este pensamiento teológico, cuyas causas primeras y fines últimos son de naturaleza divina? Como ya hemos apuntado, la biología fue la última ciencia natural en abandonar el pensamiento subjetivo; primero le costó abandonar todo vestigio de teología; pero, aún hoy, tiene constantes tentaciones de recaer en planteamientos vitalistas y teleológicos.

Disposición de las estructuras visibles
En el siglo XVII los naturalistas comienzan con el análisis de las estructuras visibles y la clasificación de los seres vivos. Como hemos comentado más arriba, la generación ya no es una creación única, sino el medio regular que asegura la perpetuidad de las especies; pero entendidas, éstas, aún en la lógica de la cadena continua de los seres. En esta época, el foco de atención, en las ciencias naturales, pasa de la creación de la naturaleza a su funcionamiento físico. Galileo, Descartes, Leibniz, Newton, entre otros, se plantean descifrar la ciencia de la naturaleza: hay que descubrir la clave, el orden, el código, las causas de los fenómenos, y unirlos entre sí mediante leyes. Estos grandes genios sustituyen el sistema de signos divino, dejado por el Creador en los seres, por el sistema de signos de las matemáticas, que permite descomponer, analizar y recomponer las cosas, por lo que resulta muy objetivo y eficaz; pero limita el ámbito de la ciencia de la naturaleza a la física, la única que puede expresarse en lenguaje matemático. Se pasa, así, de la oscuridad de la interpretación de la naturaleza a través de los textos sagrados, a la claridad y coherencia del cálculo matemático. Sólo así se puede elevar a ciencia la interpretación de fuerzas aún misteriosas como la gravedad.
Pero ¿qué pasa con el estudio de los seres vivos? Para empezar, hasta finales del siglo XVIII no existe una frontera clara entre las cosas y los seres vivos, que hasta entonces forman un todo continuo en la cadena de los seres. Así, según Buffon: se puede “ir bajando gradualmente de la criatura más perfecta hasta la materia más informe, del animal mejor organizado al mineral más tosco”, (Jacob, 2014).
Antes de continuar con los avances en el conocimiento de los seres vivos, quiero hacer una llamada de atención sobre la controversia entre la perspectiva gradualista y la saltacionista en las teorías evolucionistas. Frecuentemente se asocian -y se desacreditan- las posiciones saltacionistas con las catástrofes creacionistas; sin embargo, aquí vemos claramente asociado el gradualismo con la idea creacionista de la cadena continua de los seres. Más adelante retomaremos esta polémica.
Pero volviendo al siglo XVII, tenemos que destacar la influencia de la física, y más concretamente de la mecánica, en el avance del conocimiento científico de los seres vivos. En este momento no hay alternativa, o se continua con la imagen confusa de una naturaleza teológica, o se busca una imagen coherente y unitaria del mundo natural; y esta unidad y coherencia sólo podía venir de la revolución científica naciente en las ciencias físicas de la época: la mecánica. Así pues, todo en la naturaleza funciona como una máquina, es más, toda la naturaleza es una máquina. Esta concepción mecanicista afecta fundamentalmente a la naciente fisiología, derivada de la práctica médica, que pretende responder a las preguntas de tipo “cómo”, pero sin distinguir aún funciones vitales generales, sólo órganos que funcionan dentro de la mecánica universal.
Pero ¿qué ocurre con las preguntas del tipo “qué”, relacionadas con el inventario de los seres naturales? De acuerdo con Jacob (2014), estas preguntas, y sus respuestas, se van agrupando en una rama del conocimiento denominada historia natural, basada en el análisis de las estructuras visibles y su clasificación, según su grado de organización y sus capacidades de movimiento y razonamiento: animales, vegetales y minerales, inicialmente sin separaciones netas entre ellas. Antes de entrar más a fondo con la clasificación de los seres vivos, en el siglo XVII, vamos a ver que el elemento común de estos dos campos del conocimiento -la fisiología mecanicista y la historia natural- es el movimiento, y sus leyes. Así, en el primer campo, se aborda el estudio del esqueleto de los animales en relación con su tamaño, al tipo de desplazamiento por su medio físico; a la circulación de la sangre mediante el efecto de bombeo del corazón, etc. Todas las fuerzas de naturaleza divina, del siglo XVI, son sustituidas por fuerzas mecánicas; aunque, pronto, éstas muestran sus limitaciones para explicar la creciente complejidad del mundo vivo. Además, y no menos importante, escapando de las explicaciones teológicas se había llegado a concebir la naturaleza como una máquina, pero una máquina obedece a un diseño y a una inteligencia diseñadora exterior, esto es a un proyecto, a una finalidad; en definitiva, recaemos en un pensamiento teleológico.
Pero llegar a un pensamiento totalmente objetivo es difícil; en el tránsito de la teología al materialismo nos encontramos con toda clase de situaciones intermedias de naturaleza metafísica. Así, por ejemplo, tenemos posiciones de materialismo científico, pero deístas, como la de Descartes: Dios crea el mundo, con sus leyes y su movimiento inicial, pero luego deja de intervenir. Para Descartes, los humanos, con nuestro pensamiento, establecemos una relación singular con la naturaleza: “nosotros, que conocemos, y los objetos que deben ser conocidos”. El conocimiento se desplaza, así, de la mera contemplación de una naturaleza en continua creación divina, al desciframiento de sus leyes para entender su funcionamiento.
También abundan las posiciones animistas y vitalistas, que exaltan supuestas actividades y transformaciones, de carácter mágico, de la materia viva. Hay una tendencia a entender el mundo vivo desde la perfección de una inteligencia infinita, o desde la atribución a muchos seres vivos de cualidades humanas. Un buen ejemplo de esto lo tenemos en las explicaciones que encontramos, en el siglo XVIII, acerca de la perfección y regularidad de las celdillas de los panales de abejas; coincidente con el mejor aprovechamiento posible del espacio: cada celdilla establece un estrecho contacto con otras doce sin dejar intersticio alguno. Como ya hemos señalado, las explicaciones basadas en la tendencia a la perfección de la naturaleza oscilan desde la suposición de una inteligencia infinita, que ordena cómo deben actuar las abejas, al planteamiento de una capacidad de conocimiento matemático de las abejas.
Pero hay otra explicación alejada de la perspectiva perfeccionista, de naturaleza teleológica; se trataría de un enfoque materialista monista basado en la necesidad de los procesos naturales (energético-materiales) y en la contingencia de los sucesos. Así se observa que, en la naturaleza, aparecen objetos diversos de simetría hexagonal siempre que estructuras cilíndricas o esféricas son sometidas a presiones iguales. En el caso de los panales de abejas, cada gota de cera -y la abeja en su interior- tienden a ocupar el mayor volumen posible en el espacio disponible, donde el contacto de unas gotas contra otras las empuja a adoptar, necesariamente, una forma hexagonal. En esta forma de ver las cosas, genuinamente científica, sustituimos la teleología metafísica -no sólo los dioses o los demiurgos sino también una inteligencia infinita externa o la capacidad matemática de las abejas- por las leyes naturales de la física (la necesidad) y sus condiciones de actuación (la contingencia); no hace falta nada más para explicar la maravillosa forma de los panales de abejas, la selección natural explica su perspectiva evolucionista.
Por otro lado, en oposición al mecanicismo -y sus limitaciones para explicar la complejidad de la vida- aparecen en el siglo XVIII diversas corrientes vitalistas, además de marcado carácter teleológico, para dar cuenta de la finalidad de los seres vivos. En estas corrientes, y a diferencia del animismo, la fuerza vital, como propiedad de la materia, se “instala” en cada parte diferenciada del organismo para otorgarle sus características particulares; pero los vitalistas no la “persiguen” para entenderla, sólo utilizan la fuerza vital como interpretación de sus investigaciones. En oposición a la máquina del mundo o a la perfección extrema de lo vivo, los vitalistas pretenden conocer a los seres vivos mediante el estudio de sus estructuras visibles: deslindarlas y liberarlas de adherencias mecanicistas y metafísicas, para intentar interpretarlas científicamente; pero, aunque la interpretación final es vitalista, en el análisis de las partes de los seres vivos se aplica todo el rigor metodológico que la física ha ido consiguiendo a lo largo del siglo XVII.
Así, la naciente historia natural realiza la primera descripción y clasificación de los seres vivos basada en el conocimiento y comparación de sus estructuras visibles y sus relaciones: ¿cuáles son semejantes y cuáles diferentes? Se inicia pues la observación, la descripción y la comparación de los seres vivos, más mediante el análisis de sus partes que por su visión global. Pero hay que elegir qué se compara. Según Linneo, la descripción de las partes debe hacerse “según el Número, la Figura, la Proporción y la Situación”. Así, por ejemplo, no se trata de comparar una planta con otra globalmente, sino de comparar, según los criterios de Linneo, las partes de una y otra: pétalos, sépalos, hojas, estambres, pistilos, etc. El número de elementos a analizar y sus combinaciones posibles es enorme. La tarea es ingente y llena de dificultades, aún más en aquella época. Jacob (2014) plantea algunas de ellas:
·       Primero, por la diversidad del mundo viviente: el número de variedades conocidas, que suman varias decenas de miles a finales del siglo XVII, aumenta sin cesar, y el microscopio ha privado de todo límite al mundo viviente.
·       Segundo, por su continuidad: hasta el siglo XIX no sólo no existe una frontera bien definida entre los seres y las cosas, sino que el mundo vivo forma una trama ininterrumpida. Todo es progresivo, gradual. La naturaleza no da saltos.
·       La tercera dificultad para ordenar el mundo viviente estriba en que, como dice Buffon, “en la naturaleza no existen más que individuos, y los géneros, los órdenes y las clases sólo existen en nuestra imaginación”.
En el límite, para reflejar fielmente la naturaleza, una clasificación de los seres debería ramificarse hasta el infinito. Debería comprender tantas categorías como individuos pueden existir. Pero entonces no sería posible la ciencia.
Se trata de vislumbrar las “líneas de separación” allí donde todo parece continuo, de encontrar vacíos allí donde la naturaleza parece ignorarlos.
Como veremos más adelante, estas dificultades que expone Jacob encuentran respuestas, distintas pero complementarias, en los trabajos de Cuvier y Darwin: la unidad y la unicidad (la diversidad extrema) de los seres vivos sólo pueden explicarse mediante un origen y una evolución común, donde la contingencia sustituye a la generación continua de la cadena de los seres.
Jacob subraya la dificultad para clasificar los seres vivos, con palabras de Buffon: “Éste es el punto más delicado de la historia de las ciencias: saber distinguir bien lo que hay de real en un sujeto de lo que nosotros introducimos de arbitrario al considerarlo”. Este problema tiene que ver con las limitaciones humanas a la hora de enfrentarse con el conocimiento de la realidad. La imagen que obtenemos de ella puede tener mejor o peor perspectiva -en unos casos veremos los bueyes delante del carro, y en otros detrás- dependiendo de las ideas filosóficas que guíen nuestra interpretación; pero también podemos ver la realidad con más o menos píxeles, pero bien enfocada, dependiendo de los medios analíticos que empleemos. Todo es cuestión de información: el big data complementa y sustituye a las estadísticas sociológicas, mientras que en física se recurre a la mecánica estadística y a la mecánica cuántica para operar desde nuestras limitaciones observacionales. Sin duda la mejor clasificación de los seres vivos sería la individual, la que siguiera las ramas y ramitas de la evolución hasta cada ser vivo. Pero, obviamente, esto es imposible y, además, poco práctico: sería como intentar conocer la trayectoria singular de cada molécula de un gas. A pesar de todas estas dificultades, el genio de Linneo, aun desde una perspectiva creacionista, consiguió una clasificación tan ajustada al orden natural que dejó preparado el camino para las teorías evolucionistas venideras.
Para Linneo, la mejor clasificación posible de las plantas implica: la observación atenta, la descripción completa y rigurosa de todas las partes visibles y la extracción del carácter propio de cada una de ellas; algo así como la caricatura de cada planta, sus rasgos más característicos. Con esta simplificación, se trata ahora de comparar el carácter de unas plantas con el de otras, buscar sus similitudes y diferencias; y, así, ir estableciendo jerarquías de clasificación o taxones, es decir una taxonomía. Linneo distingue, así, cinco taxones: Reino, Clase, Orden, Género y Especie. Las especies presentan variedades, que Linneo explica por “una causa accidental, debida al Clima, al Terreno, al Calor, a los Vientos, etc.”. Conviene reflexionar aquí sobre la explicación de Linneo a la existencia de variedades en relación con la consideración de Buffon sobre la única existencia de individuos en la naturaleza y no de categorías taxonómicas. Aquí hace falta ahondar en la relación entre las especies y sus medios, para ver que las variedades suponen realmente la contingencia última y particular de poblaciones de individuos -de una determinada especie- adaptados a las condiciones singulares de sus respectivos medios; y esto no es un dato anecdótico.
De todas las clasificaciones de los seres vivos que se proponen en el siglo XVII, se van eligiendo las que reducen la arbitrariedad e intentan encontrar el orden natural; entre ellas destaca el sistema natural de Linneo, con su nomenclatura binomial, que designa a las especies con dos nombres: el primero, en mayúscula, hace referencia al género; y el segundo, en minúscula, indica la especie; así, por ejemplo, el nombre específico del lobo es Canis lupus. Hemos dicho que el sistema natural de Linneo preparó el camino a las teorías evolucionistas posteriores, y esto a pesar de su concepción creacionista. La explicación de esta paradoja viene de su celo por entender y ajustarse al orden natural. Para Jacob (2014), Linneo aplicó las ideas de Aristóteles -tintadas por la escolástica de la época- de identificar a los seres vivos por su esencia, entendida ésta como una combinación de género y diferencia; y, junto con su concepción creacionista, buscó lo esencial de las plantas en lo relativo a “la generación ininterrumpida de las especies”; esto es, a la continuidad estructural de la cadena de los seres, donde generación tras generación -desde la creación- lo semejante genera siempre lo semejante. Y este planteamiento, a pesar de sus problemas de enfoque, da un punto de objetividad a los sistemas naturales de clasificación: el parentesco entre los individuos, esto es, las relaciones de filiación en las especies. Esta búsqueda de la esencia de los seres vivos llevó a Linneo a centrar su búsqueda de orden natural no tanto en su estructura visible como en la continuidad generacional de la misma a través de las especies. En palabras de Linneo: “Contamos con tantas especies como formas creadas hubo en el principio”. Así pues, el concepto de especie es, desde el siglo XVII, la piedra angular de todos los sistemas naturales de clasificación biológica; aunque, en su nacimiento, es utilizado para poner orden en la continuidad, gradual y fijista, de la cadena de los seres desde su creación. Habrá que esperar hasta el siglo XIX, con Darwin, para concebir una filiación evolutiva de las especies.
En el avance del conocimiento de las ciencias naturales, desde siglo XVII, vamos a ver cómo nace la química -en distintas etapas- mediante la confluencia del conocimiento empírico, con connotaciones mágicas, de la alquimia con el más científico de la física, de la mano de Newton, que mostró gran interés y dedicó mucho tiempo al estudio y práctica de la primera, pero, inevitablemente, sin perder la perspectiva de sus gigantescos logros en la segunda. Para Jacob (2014), Newton va descubriendo el mundo de la alquimia, con sus sustancias, pero desde la atalaya conquistada en el mundo de la física: a las leyes del movimiento de la mecánica añade, ahora, la noción de una materia constituida por partículas y de un espacio vacío por el que se desplazan. Aparece también el concepto de atracción entre las partículas, que da coherencia al universo material; pero también proporciona una explicación científica a la unión preferente de unas sustancias con otras, que la alquimia relacionaba con la astrología. A partir del concepto de atracción se desarrolla el de afinidad, como la fuerza que une sustancias diferentes, en mayor o menor grado. Se observa que en una mezcla de sustancias unas son desplazadas por otras en función de sus afinidades relativas; que pueden medirse, así, determinando el grado de desplazamiento de unas sustancias por otras. La afinidad de las sustancias es, como el carácter de las plantas, la marca que sirve para poner orden en la naciente química. Responde a las preguntas de tipo “qué”, pero respondiendo al “cómo”.
De esta manera, Lavoisier utiliza un método similar al de Linneo para clasificar las sustancias químicas, agrupándolas por sus propiedades comunes, por su “carácter”, y por la forma de reaccionar los miembros de un grupo con los de otro. Al igual que ocurría con la botánica, es muy importante la nomenclatura de las sustancias químicas en función de sus propiedades generales y específicas; por ejemplo, carácter general de ácido y específico de tipo de ácido: ácido clorhídrico, ácido sulfúrico.
Esta transición del mecanicismo de la física, impulsada por Newton -que sirve de partera a la naciente química- tiene su correlato en las ciencias de la vida. Si hasta entonces las preguntas del tipo “cómo”, que se hacía la fisiología, no pasaban del análisis mecánico de la circulación de la sangre impulsada por el bombeo del corazón; en el siglo XVIII este tipo de preguntas encuentra apoyo en los conceptos y métodos de la química. Se inicia así el estudio químico de la respiración y de la digestión. Lavoisier compara la respiración de un animal con la combustión de una vela, aplica los mismos métodos de estudio y extrae los mismos conceptos. Se abre una nueva época para el estudio funcional de cualquier órgano desde la química; y, a diferencia del anterior estudio estructural de las partes visibles, la perspectiva funcional permite vislumbrar el organismo como un todo integrado de órganos, aparatos y sistemas en las denominadas funciones vitales. Esta visión orgánica funcional de los seres vivos va a permitir, al fin, salir del circulo vicioso de la generación -divina o mágica- de la cadena continua de los seres, caracterizados por sus estructuras visibles.


BIBLIOGRAFÍA

·       Jacob, F. (2014). La lógica de lo viviente. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Mayr, E. (2016). Así es la biología. Ed. Debate. Barcelona.
·       Bernal, J. D. (1979). La ciencia en la historia. Editorial Nueva Imagen. México.
·       Ordoñez, J.; Navarro, V.; Sánchez Ron, J. M. (2015). Historia de la ciencia. Espasa. Barcelona.
·       Solís, C. y Sellés, M. (2015). Historia de la ciencia. Espasa. Barcelona.