EUCARIOGÉNESIS:
UNA NUEVA PERSPECTIVA
Tomando
el reciente artículo del equipo de Toni Gabaldón en Nature como referencia de
la revisión del estado actual del conocimiento sobre la formación de la célula
eucariota, podemos subrayar que la eucariogénesis no ocurrió en uno o dos actos
puntuales de endosimbiosis entre una bacteria y una arquea sino, más bien, del continuo
intercambio genético gradual entre muchas especies de estos grupos procariotas.
También se aprecia la participación de ciertos virus en estas oleadas de
transferencia genética horizontal. En todo este proceso gradual, la
endosimbiosis mitocondrial es considerada como un suceso tardío que afectaría a
algún precursor de LECA (último ancestro común de los eucariotas). Así pues, la
endosimbiosis mitocondrial (propuesta por Margulis) vendría precedida de la
formación de ancestros pre-LECA (huéspedes protoeucariotas), en ecosistemas
microbianos complejos, mediante procesos de transferencia genética horizontal
entre especies procariotas asociadas de formas diversas. A continuación, vamos
a ver algunas de las dificultades pendientes de la eucariogénesis.
En
prácticamente cualquier texto de biología donde se plantee el origen de la
célula eucariótica es frecuente encontrar frases del tipo: …es uno de los
principales problemas –misterios, retos– de la biología
evolucionista; …representa el mayor salto, la mayor discontinuidad, de la
evolución biológica…
Para
abordar este reto es preciso movilizar ingentes cantidades de datos genómicos y
proteómicos, pero también ponderar la prioridad o precedencia, y la naturaleza
de los agentes moleculares y celulares del proceso de origen. Además del abismo
entre los procariotas y los eucariotas, sin intermediarios evolutivos, también
encontramos una brecha dentro de los procariotas entre arqueas y bacterias, ya que
curiosamente las arqueas están más cerca de los eucariotas, con los que presentan
ciertos rasgos comunes. En una primera aproximación al problema de la
naturaleza diferencial de unos y otros tipos, podríamos decir que los
procariotas son más genéticos (con información secuencial que codifica
proteínas ordenadas con una estructura y función únicas) y los eucariotas más
plásticos (con un buen número de proteínas dotadas de estructuras
intrínsecamente desordenadas, que les permite manejar una información
conformacional tanto pre como epigenética). Veremos más adelante la importancia
de dilucidar si el origen y evolución de las proteínas va de desorden a orden o
al revés.
Las
diferencias entre arqueas y bacterias también presentan ciertas paradojas
relativas a su relación con los ancestros de los eucariotas. Por un lado,
tenemos un problema con la composición de la membrana celular de LUCA (el
último ancestro común de todas las células): sabemos que las membranas de las
arqueas actuales están compuestas de isoprenoides, mientras que las de
bacterias y eucariotas están constituidas por ácidos grasos. Por otra parte, LUCA
se muestra exento de proteínas implicadas en la división celular y en la
regulación del ciclo celular, denotando una carencia de respuesta adaptativa
frente a un medio que, independientemente de su estabilidad, era totalmente
novedoso frente a la vida emergente. Además, en las oleadas de adquisiciones
génicas pre-LECA (anteriores a la endosimbiosis mitocondrial) por parte de
donantes procariotas, predominan las contribuciones bacterianas frente a las
arqueanas.
Los
investigadores que intentan poner orden en este rompecabezas genómico y
proteómico se enfrentan a grandes dificultades y dilemas: la tarea de
recomponer las posiciones relativas de LUCA y LECA en el árbol filogenético está
basada en una concepción de herencia vertical, y aquí vemos múltiples eventos
de transferencia genética horizontal, incluyendo la endocitosis, que complican enormemente
el trabajo. Los investigadores se plantean la posibilidad de que muchas de las
piezas del rompecabezas se hayan perdido para siempre o experimentado grandes
cambios que dificulten su ubicación. En este orden de cosas, quizá convenga
plantearse otras alternativas sobre el flujo de información biológica para este
intrincado rompecabezas.
¿Cuál
es la naturaleza esencial de la vida en la Tierra?
Con
las evidentes diferencias entre procariotas y eucariotas, con brechas y
misterios insalvables entre ellos, podríamos llegar a plantearnos la
posibilidad de estar ante dos “orígenes” diferentes de la vida, aunque conectados:
proteocéntrico y genocéntrico, cada uno con una naturaleza esencial diferente.
Ya
comentamos anteriormente que, en sentido amplio, los procariotas son más
genéticos, mientras que los eucariotas son más plásticos. Aunque, más adelante iremos
desarrollando esta primera pincelada sobre la naturaleza esencial de ambas
células, vamos a esbozar aquí que por más genético queremos señalar: procesos
más deterministas y dependientes del azar que origina mutaciones, y proteínas
más estructuradas y con funciones únicas, asociadas a mecanismos del tipo llave
cerradura. Por su parte, los eucariotas son más plásticos: con procesos de flexibilidad
adaptativa ‒mediante proteínas que exhiben un mayor o menor grado de desorden
estructural intrínseco‒ frente a la contingencia ambiental. Los eucariotas adquieren
información conformacional estable cuando sus proteínas esenciales interaccionan
con distintos ligandos, vulnerando el dogma de Anfinsen: una secuencia, una
estructura y una función. Así, sobre su herencia genética, despliegan una
evolución eminentemente epigenética.
Siguiendo
este razonamiento, las diferencias funcionales y estructurales entre ambos
tipos celulares –entre LUCA y LECA– son tan grandes que debemos plantearnos
algunas preguntas que orienten nuestras pesquisas: ¿cómo ha trazado la
evolución biológica en la Tierra dos caminos tan diferentes? Realmente –además
de la ausencia de intermediarios entre procariotas y eucariotas– hay tantas
diferencias entre ellos, que resulta muy difícil imaginar cómo pudo surgir la
célula eucariota a partir de la procariota; y, también, ¿por qué? Dado que los
procariotas son los organismos mejor adaptados a todos los ambientes, controlan
todos los metabolismos, la herencia vertical y horizontal, tienen formas
increíbles de resistencia; entre otras características favorables, ¿qué presión
selectiva fue tan fuerte para que de algunos de ellos surgiera, en un
considerable periodo de tiempo, la célula eucariota? Y no me refiero ni a la
mitocondria ni a los cloroplastos –bien explicados por la teoría endosimbiótica
de L. Margulis– me refiero fundamentalmente al núcleo, al retículo
endoplásmico, al aparato de Golgi, al citoesqueleto y a todos los sistemas
funcionales asociados con estos orgánulos. Quizá deba revisarse el
planteamiento de que lo más simple precede siempre a lo más complejo: en este
caso la creencia –presente en todas las hipótesis actuales– de que, en la
evolución biológica, los procariotas precedan a los eucariotas. Pero, de
momento, sigamos con este razonamiento y con la idea añadida de que los
procariotas son “más genéticos”, mientras que los eucariotas son “más
plásticos”. Estas ideas nos llevan también a plantearnos: ¿son los virus un
tipo de procariota ancestral, extremadamente genético? Todas
estas
cuestiones que surgen alrededor de las enormes diferencias esenciales entre
procariotas y eucariotas son fundamentales dado que, la muy influyente biología
molecular –y su flamante dogma central, de información en un único
sentido– se fundó sobre investigaciones realizadas con bacterias y virus que
las infectaban (bacteriófagos); dejando aparte a la otra rama esencial de la
vida, los eucariotas. Veremos cómo esta acta fundacional procariota y genético,
de la nueva biología, va a condicionar al planteamiento de sus grandes
problemas marco –origen, naturaleza y evolución de las células– y de sus
contextos, anterior y posterior: la evolución pregenética y epigenética. En
definitiva, para intentar averiguar el origen, la naturaleza y la evolución de
LUCA y LECA –y sus misteriosas relaciones–, debemos volver a plantearnos
algunas viejas cuestiones respecto al origen de la vida del tipo ¿qué fue
primero, el huevo o la gallina? Recordemos, igualmente, que estas cuestiones
giran alrededor de: ¿qué fue prioritario en el origen, el ARN/ADN o las proteínas?,
o mejor aún, ¿qué fue prioritario, la información conformacional de las
proteínas –y también de las ribozimas– o la secuencial del ARNm y el ADN? O, en
síntesis, ¿qué fue prioritario, la estructura o la función?
En el modelo
proteocéntrico, que defiendo, la primera célula tendría una
naturaleza heterótrofa, esencialmente eucariota: sería básicamente un
núcleo, con un metabolismo elemental, prácticamente limitado a la producción de
proteínas y ácidos nucleicos, y una fisiología centrada en el tránsito de
información externa, de la membrana celular al núcleo -rutas de transducción de
señales-, y de respuesta adaptativa interna del núcleo a la membrana celular.
En el inicio y en el final de ambas rutas informativas podría estar presente la
triada formada por proteínas intrínsecamente desordenadas (IDPs), chaperones y priones
(o proteínas funcionales, tipo prión, que denomino conformones). Además, este
flujo de información, entre el primordio de célula eucariota ‒a la que denomino
protocariota (o quizá mejor arqueocariota, para evitar
confusiones con otras denominaciones semejantes) ‒ y el medio externo, iría reforzado
por una continua y contingente producción de vesículas de exocitosis (cargadas,
en principio al azar, de proteínas y ácidos nucleicos) que, sin propósito
alguno, colonizarían el medio exterior, e interiorizarían y seleccionarían
partes del “metabolismo” mineral abiótico. Muchas de estas vesículas estarían
abocadas a volver, por endocitosis, a las células protocariotas. De esta
manera, se iría haciendo, lentamente y de forma exógena, el metabolismo
energético. Así, en el modelo proteocéntrico ‒con este continuo baile de
exocitosis y endocitosis‒ se formarían tanto los eucariotas como todos los
acariotas (entidades sin núcleo verdadero): las arqueas, las bacterias y los
virus.
Como
apoyo de esta hipótesis, en el análisis genómico comparado, las bacterias
aparecen como las portadoras de los genes del metabolismo, las arqueas ‒más
próximas a los eucariotas‒ portan genes del procesamiento y transmisión de la
información genética (replicación, transcripción y traducción); mientras que
los genes exclusivos de los eucariotas están implicados en la factoría del
núcleo spliceosoma incluido‒, en la transducción de señales y en los mecanismos
de exocitosis y endocitosis. Por otra parte, la creciente acumulación de
conocimiento respecto a las vesículas extracelulares conocidas como exosomas
también sustentan fuertemente esta hipótesis.
Además,
en el interior de las vesículas de exocitosis, tanto el material genético como
las proteínas resultantes –ambos producidos de forma contingente y necesaria
por la maquinaria nuclear, que ya había iniciado su andadura genética– pudieron
seleccionarse, sin problemas de coherencia funcional, en su encuentro con el premetabolismo
mineral exterior. Algunas de estas vesículas alcanzarían la vida libre como
acariotas, y otras volverían por endocitosis a la célula protocariota,
proporcionando así los nutrientes necesarios. En algunos casos, se podrían
establecer relaciones de endosimbiosis, integrando, así, el metabolismo exógeno
conquistado. Es muy probable que se estableciese una línea evolutiva de
endosimbiosis que, en vez de tratarse de un hecho puntual, pudiese continuar en
determinados ambientes. Así, el inicio del metabolismo energético eucariota sería
por integración modular funcional, en una línea evolutiva de endosimbiosis
sucesivas, desde un metabolismo acariota exógeno.
En
este modelo proteocéntrico, iríamos desde la evolución prebiótica hasta el
protocariota (con lo que LUCA y LECA serían la misma célula), del que saldrían
tres ramas: una rama central, o tronco principal, que constituiría la
continuidad eucariota (es interesante recordar que los eucariotas son básicamente
monofiléticos); otra rama, que partiría próxima al protocariota (o
arqueocariota), que se escindiría en los dos grandes filos de las arqueas; y
múltiples ramas entrecruzadas propias de los múltiples filos bacterianos.
Además, prácticamente, cada tipo celular coevolucionaría con sus
correspondientes virus específicos.
En el
paradigma genocéntrico, la información genética y su
variabilidad marcaría el paso de la evolución, desde un origen de la vida
procariótico. No obstante, muchos investigadores afirman estar lejos de saber
cómo eran las primeras células; cuantos más datos se acumulan más misterios
aparecen y más difícil es casar las piezas del rompecabezas del origen de la
célula eucariota a partir de las procariotas. Los principales datos utilizados
en este enfoque son de tipo genético, comparando genes de organismos actuales,
obtenidos tanto de cultivos celulares como, de forma masiva, aplicando técnicas
de análisis metagenómico. Pero algunos investigadores opinan que los datos
obtenidos mediante este enfoque presentan ciertas limitaciones. Por una parte,
los análisis ponen de manifiesto que, en las primeras etapas de la historia de
la vida, diferentes grupos de genes cambiaron a distintas velocidades;
produciéndose, en general, una evolución inicial acelerada, por lo que no
podemos evaluar igual a unos grupos de genes que a otros. Por otra parte, el
paradigma genocéntrico se enfrenta con otras controversias: ¿cuántos dominios
presenta el árbol evolutivo, dos o tres? ¿Cómo es el proceso de eucariogénesis:
gradual con algún suceso de endosimbiosis –como el origen de la mitocondria y
el cloroplasto– o totalmente de endosimbiosis en serie? Como es bien sabido, la
“Teoría de la endosimbiosis serial” fue propuesta por Lynn Margulis
(1967), y, básicamente, dice que la célula eucariota se formó por la fusión de
tres bacterias completas que aportarían, respectivamente: los microtúbulos del
citoesqueleto, parcelas del metabolismo y la mitocondria. La posterior
endocitosis, por parte de alguna de estas células eucariotas, de una
cianobacteria daría lugar a la célula eucariota vegetal. Por otra parte,
investigadores como Carl Woese proponen tres grandes dominios celulares: dos
procariotas –Archaea y Bacteria– y uno eucariota, Eukarya; además es partidario
de un proceso clásico de evolución gradual, con sólo dos sucesos endosimbióticos,
que darían lugar a la mitocondria y al cloroplasto, a partir de una
alfaproteobacteria y una cianobacteria, respectivamente. Otros, como J. A.
Lake, son partidarios de un árbol con dos dominios, Bacteria y Archaea, con los
eucariotas formando una rama secundaria más de estos últimos.
Mediante
análisis metagenómicos se ha visto que buena parte de los genes homólogos entre
los eucariotas y las arqueas están dentro del super filum TACK (Taumarchaeota,
Aigarchaeota, Crenarchaeota y Korarchaeota), incluyendo los genes de la actina,
tubulina, sistema de la ubiquitina y una gran parte de genes de la maquinaria
ribosómica. Los mayores parecidos entre eucariotas y el grupo TACK se
encuentran al comparar las secuencias de los genes involucrados en la
transcripción y la traducción: cuatro proteínas ribosomales, la subunidad RpoG
de la ARN polimerasa, y el factor de elongación Elf1. En 2015, el grupo
liderado por Thijs J. G. Ettema descubrió un nuevo filo de arqueas en las
profundidades del Ártico; mediante análisis metagenómico se ha visto que está
muy emparentado con el superfilo TACK y, siguiendo la moda de poner nombre de
dioses nórdicos a estos grupos de arqueas, le han denominado phylum
Lokiarchaeota. Este grupo de arqueas es una rama monofilética que está muy
relacionada con los eucariotas, por lo que se cree que provienen de un mismo
ancestro común. En las arqueas de Loki se encontraron genes homólogos de otros
genes eucariotas implicados en la forma de las células y en el procesamiento de
las membranas: genes de la actina; genes de pequeñas GTPasas con función
reguladora relacionados con la fagocitosis; un grupo de genes denominados ESCRT
(Endosomal Sorting Complexes Required for Transport) implicados, en eucariotas,
en la formación de vesículas y endosomas. Por otra parte, las Lokiarqueas presentan
los ribosomas más parecidos a los eucariotas, de todos los grupos procariotas.
Con estos datos, los investigadores suponen que la arquea ancestral –de
Lokiarchaeota y eucariotas– tuviese algún esbozo de citoesqueleto, la
posibilidad de desplegar la formación de vesículas de exocitosis y la capacidad
de fagocitar. Esta célula ancestral podría ser perfectamente el protocariota (o
arqueocariota) propuesto aquí.
Sin
embargo, todos estos genes semejantes no se encuentran reunidos en un solo
representante del grupo TACK, sino que están repartidos entre todos ellos. Este
inquietante hecho ha recibido explicación, dentro del paradigma genocéntrico,
como posibles procesos de pérdida de genes o de transferencia genética
horizontal. En mi hipótesis del protocariota formador de “semillas”
acariotas, este hecho puede explicarse considerando que, inicialmente,
tanto la reproducción del protocariota como la formación de vesículas (semillas)
propuestas, son sucesos contingentes sin propósito e imperfectos, pero
sometidos a selección natural. De esta manera podrían producirse grupos de
arqueas más o menos viables, que portaran genes eucariotas provenientes del
protocariota (o arqueocariota), pero sin la integración funcional que tenían en
éste.
Por
otra parte, los genes implicados en procesos de transcripción y traducción no
se han visto tan frecuentemente afectados por procesos de herencia genética
horizontal, como los genes del metabolismo. Este hecho y su explicación,
puede ser complementaria de la anterior. Las arqueas provenientes del protocariota
o arqueocariota ancestral que fuesen formas de reproducción imperfectas, pero
viables, escaparían pronto del baile de exocitosis y endocitosis con él; por lo
que sus genes habrían llegado más bien por herencia vertical. Sin embargo, los genes
del metabolismo son bacterianos, y están sometidos a un gran trasiego de
herencia genética horizontal por el baile continuo de exocitosis y endocitosis
de los ancestros bacterianos, ya que provendrían de vesículas (semillas)
más imperfectas (con menos carga de proteínas y genes, y menor viabilidad), y
que, por lo tanto, estarían abocadas a volver a contactar con receptores
complementarios del protocariota. De esta manera, paulatinamente, se iría
haciendo el metabolismo eucariota, a partir de los metabolismos exógenos
conquistados por las protobacterias. Para la hipótesis de los tres dominios,
la aparición de los eucariotas ocurrió muy pronto; y, por ello, sitúa el
dominio Eukarya muy próximo al Archaea. Esta proximidad concuerda con mi
hipótesis del protocariota, pero en esta última las arqueas proceden de los
protocariotas o arqueocariotas y no al revés. Como ya dijimos anteriormente, en
la hipótesis de los dos dominios los eucariotas quedan reducidos a una
rama lateral de Archaea, próxima al superphylum TACK.
Otro
problema importante por resolver, en este marco teórico, es el relativo a la naturaleza
de las membranas de bacterias, arqueas y eucariotas. Las bacterias y los
eucariotas presentan enlaces éster en los fosfolípidos de sus membranas,
mientras que las arqueas presentan enlaces éter. Dentro del paradigma
genocéntrico procariota, se abren dos alternativas para la eucariogénesis
mediante fusión de una arquea y una bacteria: que una bacteria fuera la célula
hospedadora y una arquea el endosimbionte hospedado; o que, por el contrario,
el hospedador fuera una arquea y el endosimbionte una bacteria. Dado que la
célula eucariota presenta fosfolípidos con enlaces éster, como las bacterias,
en el segundo caso sería más difícil explicar el cambio de membrana celular
arquea, de enlaces éter, a enlaces éster. De nuevo, creo que la posible
explicación desde la hipótesis del protocariota es más fácil: las vesículas de
exocitosis serían como las de las células eucariotas y bacterianas, y, en una
etapa muy temprana, las primeras arqueas de vida libre –seguramente por
adaptación a ambientes hipertermales– pudieron adaptarse al modificarse los
enlaces éster a éter. Esta explicación debe ir acompañada de una consideración.
En el modelo genocéntrico, está generalmente admitido que la célula eucariota
–producida por uno o más sucesos de endosimbiosis entre procariotas– presenta
genes relacionados con arqueas y bacterias, y se piensa que proceden de ellos.
También se admite que las arqueas aportarían, fundamentalmente, los genes
relacionados con la información genética (replicación, transcripción y
traducción), y algunos superfilos como TACK aportarían algunos grupos de genes
confusamente dispersos; por su parte, las bacterias aportarían los genes del
metabolismo, como ya vimos anteriormente. En la hipótesis del protocariota,
esto supondría que las arqueas se habrían formado, tempranamente, como resultado
de ensayos imperfectos de las primeras divisiones celulares del
protocariota, portando constelaciones muy diversas de genes; la selección
natural daría pronto cuenta de dos grandes filos de arqueas independientes y
con el sello de origen genético eucariótico. Seguramente, las arqueas
participarían menos que las bacterias en el baile de endocitosis con
posibilidades simbióticas; serían más bien fagocitosis nutricionales. Las
bacterias, probablemente menos independientes inicialmente, sí experimentarían
procesos de fagocitosis con más posibilidades de endosimbiosis en serie.
Colonizarían todos los medios que presentasen un metabolismo mineral
previo, y los protocariotas irían incorporándolo paulatinamente a su
organismo, según fuera sometido a selección natural; un paso fundamental
consistiría en la incorporación del metabolismo oxidativo mediante
endosimbiosis de la bacteria precursora de la mitocondria. Además de la
eficiencia energética, con esta endosimbiosis los nacientes eucariotas
comenzarían a paliar los efectos tóxicos del oxígeno atmosférico. En
consonancia, con todo esto, está el hecho de que un grupo de investigadores ha
encontrado que las proteínas más antiguas de los eucariotas son las que, como
ya hemos visto, guardan relación con las arqueas; mientras que las de edad
mediana son de origen bacteriano, pero procedentes de muy distintos grupos de
bacterias, no de uno sólo. Les llama la atención que estas proteínas estén
presentes en los sistemas de membranas intracelulares del retículo endoplásmico
y del aparato de Golgi, lo que plantea la pregunta ¿de qué bacteria, portadora
de estos sistemas membranosos, salieron los genes que fueron a parar a los
eucariotas? De nuevo, el misterio encuentra una respuesta más fácil en la hipótesis
del protocariota, ya que, con este sistema de endomembranas se hace el
sistema vesicular de exocitosis y endocitosis con el que se produciría el
continuo baile, de ida y vuelta, de las “semillas” acariotas: bacterias
y virus, fundamentalmente. Así pues, estos sistemas membranosos no saldrían de
ninguna bacteria, desconocida y especial, sino que saldrían del protocariota
para formar todas las bacterias: exocitosis de vesículas tipo exosomas, y
posterior vuelta, vía endocitosis, portando parcelas del metabolismo mineral
exterior.
En
cualquier caso, tanto la hipótesis de los dos dominios –con una arquea del
superfilo TACK, o similar, ejerciendo de hospedadora de una bacteria– como la
hipótesis de los tres dominios, donde sería una bacteria la hospedadora, lo que
sigue siendo muy difícil de explicar es la presencia en eucariotas, como rasgo
esencial del grupo, de un buen grupo de genes exclusivos que no están
organizados funcionalmente en ningún procariota. El salto no puede ser más
abismal, pero, como ya vimos, la hipótesis del protocariota –dentro de
mi modelo proteocéntrico del origen de la vida– sí puede dar cuenta de estos
genes eucariotas, y de su relativa presencia en los acariotas. Con las
últimas investigaciones se ha reforzado este estado de la cuestión. Lo ya visto
en el super filo TACK, y la hipótesis de los dos dominios, se ha ampliado
mediante análisis metagenómicos a otros filos: las arqueas de Loki, ya visto, y
al superfilo de las arqueas de Asgard (Loki, Thor, Odín y Heindall), con genes
similares a los eucariotas que intervienen en el transporte, la transmisión de
señales, la degradación de las proteínas y el citoesqueleto (tubulina); pero,
de nuevo, las secuencias descubiertas no constituyen el plano de un complejo
citoesquelético eucariota completo. La distribución de los genes eucariotas
resulta desigual en el superphylum de Asgard. Ningún grupo de arqueas parece
poseer el juego completo, y las aparentes o incipientes adaptaciones
cooptadas podrían ser consideradas exaptaciones. Los investigadores llegan a
pensar que el pequeño tamaño de las células procariotas puede hacer
innecesarios estos mecanismos de tráfico intracelular.
En
enero de 2020, un grupo de científicos japoneses han logrado aislar y cultivar
arqueas del superphylum Asgard. El éxito ha sido posible gracias a que dejaron
crecer estas arqueas con otros organismos del ambiente, lo que indica posibles
procesos de simbiosis entre ellas. Esto concuerda, con lo visto hasta ahora, de
grupos de arqueas –próximas al superphylum TACK, como Loki y Asgard– con
dotaciones genéticas incompletas de genes eucariotas, algunos en apariencia
innecesarios. Curiosamente, las arqueas de Asgard aisladas se alimentaban de
aminoácidos. Como vemos, los datos de este trabajo también cuadran con la hipótesis
del protocariota dentro de mi modelo proteocéntrico, que situaría a
estos grupos de arqueas, próximos al protocariota (o arqueocariota),
como células imperfectas empujadas a la simbiosis.
En
2015, se publicó el último árbol de la vida, bastante ampliado ya que
incluye a los microorganismos no cultivables, identificados genéticamente
mediante técnicas metagenómicas. Así, se ha construido un nuevo árbol de la
vida sobre 2000 genomas completos obtenidos de bases de datos públicas, más 1011
genomas nuevos reorganizados a partir de secuencias obtenidas en diferentes
ambientes. Con todos estos genomas se compararon las secuencias del ADN
correspondiente a 16 proteínas ribosomales, y se obtuvo un árbol con 92 phyla
en el dominio Bacteria, 26 phyla en el Archaea y sólo cinco supergrupos en el Eukarya.
En este árbol se aprecia que Bacteria es el dominio con más diversidad
genética. Archaea es menos abundante y diverso que Bacteria. Los autores de
este árbol interpretan que la mucha menor biodiversidad genética de Eukarya se
debe a su más reciente evolución.
Como
ya expuse anteriormente, creo que hay dos grandes naturalezas vitales
esenciales coexistiendo en los seres vivos:
· Por un
lado, tendríamos una naturaleza –prioritaria en el origen y en la evolución de
la vida en la Tierra– claramente proteocéntrica y epigenética, que vemos
materializada en los eucariotas. Éstos provendrían, por línea directa, del
protocariota o arqueocariota ancestral; identificado, a la vez, como LUCA y
LECA.
· Por
otro lado, la segunda naturaleza sería la de las “semillas acariotas”:
arqueas, bacterias y virus; las dos últimas son manifiestamente genéticas. Las
arqueas tendrían su origen en un punto intermedio entre formas de reproducción
celular imperfecta y semillas vesiculares, en buena parte adaptadas
posteriormente a ambientes extremos.
Es
lógico que, como necesidad imperativa y sin propósito alguno, se fueran
produciendo vesículas de distintos tamaños, y con más o menos carga proteica y
genética; así se irían afinando paulatinamente las formas reproductivas. El
hecho de que, también sin propósito alguno, muchas vesículas presentasen
proteínas con complementariedad estructural o de cargas con las de la membrana
protocariota, facilitaría necesariamente la endocitosis de las vesículas. De
esta forma, muchas vesículas serían capaces con los recursos moleculares
disponibles, de tomar nutrientes del entorno, crecer y multiplicarse. Así, de
esta auténtica siembra acariota, las bacterias serían las menos perfeccionadas,
y, por lo tanto, las más proclives a acercarse de nuevo al protocariota; y, así,
podrían ser fagocitadas por él o establecer algún tipo de simbiosis con los
protocariotas, con otros tipos celulares o con células incompletas. No
obstante, paulatinamente, muchas vesículas se irían haciendo bacterias de vida
libre, que irían colonizando medioambientes muy diversos, haciendo, poco a
poco, el metabolismo energético con los mecanismos pregenéticos y genéticos
disponibles. Este planteamiento es compatible con la idea de que los eucariotas
evolucionaron como quimeras por la vía de fusiones endosimbióticas en las que
participarían tanto bacterias como arqueas. En este sentido, se puede explicar
la aparición en el nuevo árbol de un gran número de linajes sin ningún
representante aislado, esto es, no cultivados. La mayoría de estos se agrupan
en una misma región del árbol, denominada CPR (Candidate Phyla Radiation). Los
géneros de este nuevo grupo CPR son todos portadores de genomas pequeños, la
mayoría con capacidades metabólicas restringidas, no tienen ciclo de Krebs, ni
cadena respiratoria; además, presentan problemas para la síntesis de
nucleótidos y aminoácidos, por lo que muchos son simbiontes. Los autores se
plantean si esto es debido a una pérdida progresiva de capacidades o si, por el
contrario, son características genéticas heredadas de una forma ancestral de
vida muy simple. De nuevo, pienso que son una prueba más de las “semillas”
acariotas imperfectas, en la hipótesis del protocariota propuesta.
Los virus como semillas celulares con función de agentes genéticos móviles
Los
virus –desde su posible origen, no finalista, como semillas de la célula protocariota, y su posterior papel como
agentes genéticos móviles– tienen tendencia a ser específicos del tipo celular
que los produce, y a coevolucionar con él; pero, también sin propósito alguno,
pueden interaccionar de forma cruzada con otros tipos celulares.
El
hecho de que los virus sean polifiléticos –con un origen diferente para cada
familia, y sin compartir genes entre ellas– apoyaría la hipótesis del
protocarionte formador de semillas:
cada virus coevolucionaría con su célula.
Es muy
probable que la selección natural fuese estableciendo sistemas de
coevolucionabilidad celular basados en las interacciones proteicas específicas
y en el consiguiente intercambio de material genético. Al menos con cierta
frecuencia, estos sistemas cooperativos –cooperación sin propósito alguno, de
forma involuntaria, solo favorecida por la selección natural– podrían incluir
algún eucariota, algún acariota celular y los virus correspondientes de todos
ellos. En este sentido, parece que se exaltaría la interacción entre virus y
protocariotas en algunos ambientes extremos.
Con
estas premisas, es probable que primero apareciera el sistema protocariota-virus
ARN, primer ácido nucleico y primera célula (que derivarían directamente de la
relación inicial entre proteínas y ARN, heredada del proceso de splicing). Con
la conquista del ADN, probablemente le seguirían los sistemas: protocariota-virus
ADN-arqueas, y protocariota-virus ADN-bacterias.
Existen
relaciones evolutivas entre los virus y otros elementos genéticos móviles:
viroides, transposones, ARNs satélites y plásmidos. Pero, seguramente por su
mayor simplicidad, todos estos agentes sean posteriores a la aparición de las
células protocariotas entorno al splicing y el resto de la factoría del núcleo:
gobierno proteico del ARN –con la selección de módulos proteicos– y los
mecanismos de replicación, transcripción y traducción (con ARNt, ribosomas y
aminoacil-ARNt sintetasas).
En
coherencia con lo expuesto hasta ahora, las similitudes estructurales entre
proteínas, con secuencias diferentes, de las cápsidas de varias familias
víricas; se pueden deber a procesos de divergencia (más que de convergencia)
evolutiva: se parte de los mismos módulos proteicos básicos, pero –como ocurre
con todas las proteínas– con una deriva secuencial conservadora de la
estructura.
Durante
el ciclo de infección vírica se suele producir un significativo aumento de
variabilidad genética y de capacidad adaptativa, mucho mayor en los virus
ARN.
Bibliografía
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