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martes, 4 de diciembre de 2018

HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA (I): LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN POR SELECCIÓN NATURAL


La vida y los seres vivos

Vida es una palabra que tiene su origen en la raíz latina vita, que a su vez deriva de la griega bios. Precisamente, la ciencia que estudia los seres vivos recibe su nombre de esta raíz griega: biología, literalmente tratado (logos) de los seres vivos. En este sentido, en un diccionario de ciencias podemos encontrar una definición de la palabra vida relacionada con la biología: Forma de organización de la materia caracterizada por determinados procesos físicos y químicos, cuya conjunción le permite autoorganizarse, realizar funciones de relación y reproducción, y evolucionar. Por su parte, en los diccionarios generales de la lengua aparece como: Fuerza interna substancial mediante la cual obra el ser que la posee, entre otras acepciones.
Tomando estas dos definiciones académicas como guía, vamos a aproximarnos al concepto de vida razonando, en principio, desde nuestra propia experiencia como seres vivos. Sabemos que nosotros estamos vivos, que los animales, las plantas, las algas y los hongos son seres vivos; incluso sabemos también que existen seres vivos más pequeños, como protozoos y bacterias.

Entonces, ¿qué entendemos por ser vivo? Por ser, entendemos lo que existe, lo que es y tiene existencia material, sea o no visible a simple vista: un lápiz, un cuaderno, pero también el aire que respiramos. Por vivo señalamos los atributos o cualidades que elevan a un determinado nivel de organización de la materia a la categoría de ser vivo. Así, podríamos concluir que un ser vivo es una entidad material capaz de realizar las funciones que denominamos vitales: las clásicas funciones generales de nutrición, relación y reproducción.

Materia viva y no viva 


Sabemos que el Universo está hecho de materia, y que la unidad básica de la materia que tenemos a nuestro alrededor es el átomo, esto es, la parte más pequeña de la materia que conserva las propiedades de un elemento. Así, si cogemos un trozo de hierro y lo troceamos en partes muy pequeñas, la parte más pequeña que continúe siendo hierro se corresponde con un átomo de hierro. Si partimos ese átomo obtendremos partículas subatómicas -electrones, protones, neutrones; e incluso otras partículas más pequeñas- indistinguibles todas de cualquier partícula subatómica como, por ejemplo, las obtenidas de la rotura de cualquier otro átomo. Así pues, aunque la palabra átomo significa indivisible, y ese era su significado inicial, esta denominación mantiene su carácter como parte más pequeña e indivisible de cada elemento de la tabla periódica.
Ya Demócrito, junto a su maestro y compañero Leucipo, sostenían que los elementos son “lo lleno” y “lo vacío” a los cuales llamaron “ser” y “no ser” respectivamente. Para explicar “el ser”, Demócrito contemplaba el mundo hecho de infinitas partículas indivisibles -a las que, por ello, denominó átomos- sólidas, inmutables y poseedoras de las características del “ser”. Esta concepción materialista de la naturaleza será una de las fuentes del mecanicismo y del pensamiento científico.
Podemos adelantar aquí la influencia que Demócrito tuvo en el biólogo molecular francés -Premio Nobel de Fisiología y Medicina- Jacques Monod, inspirando el título de su excelente libro El azar y la necesidad: “Todo lo que existe en el Universo es fruto del azar y la necesidad” (Demócrito). Más adelante volveremos sobre esto.

¿Qué es lo que hace que la materia de los seres vivos sea viva?

Si hemos tomado al átomo como unidad de referencia del ser material, ¿cuál es la unidad material de referencia del ser vivo? ¿Cuál es la unidad básica de vida? Por lo que hemos visto hasta ahora, no sólo debe ser una unidad material supraatómica, también debe tener un nivel de integración supramolecular, aunque en el nivel molecular se incluyen entidades que difieren mucho en sus propiedades y complejidad. Así pues, de momento vamos a continuar con el consenso general de la comunidad científica y aceptar un determinado tipo de organización estructural material que cumpla con las funciones que se han considerado vitales.

Así, si tomamos como ejemplo de seres vivos a los animales –más próximos a nuestra experiencia directa- veremos fácilmente los aparatos y sistemas de órganos, relacionados con las funciones vitales, que integran el organismo animal. Así, en la función de nutrición están implicados, principalmente, los aparatos digestivo, respiratorio, circulatorio y excretor; en la función  de relación destacan los sistemas nervioso y endocrino, y el aparato locomotor (sistemas muscular y esquelético). La función de reproducción tiene su núcleo central en el aparato reproductor.
Pero estos aparatos y sistemas, que integran anatómica y funcionalmente al organismo animal, están constituidos por unidades de organización de niveles inferiores: los órganos como el corazón, el estómago, los riñones; los tejidos que constituyen los órganos, como el epitelial, el muscular o el nervioso; y las células, especializadas en distintas funciones, que forman los tejidos del organismo. Por debajo de la célula podemos distinguir otras unidades, estructurales y funcionales, que denominamos orgánulos –por analogía con los órganos de un animal- integradas en el organismo celular.
Pero también, teniendo en cuenta la aparente paradoja acerca de la unidad de los seres vivos -alrededor de sus funciones vitales- y de su unicidad -esto es el carácter de único, la enorme diversidad que exhiben- tenemos que tener en cuenta el concepto de evolución. Así, podemos definir la evolución biológica como el proceso histórico que, desde un origen único, permite dar cuenta del cambio que experimentan los seres vivos, en continua interacción coherente entre ellos, y que produce un despliegue de formas vivas únicas, con mayor o menor grado de parentesco.

Además -dado que la información material en el universo viene determinada por la interacción y por la estructura o forma resultante que, a su vez, informa las sucesivas interacciones- podríamos encontrar una definición más abreviada de  evolución de los seres vivos, como cambio en la información biológica producida por la concatenación entre interacción y estructura, sin ningún propósito ni dirección.
Volviendo a los niveles de organización, no hay ningún indicio de que, en el proceso evolutivo de los seres vivos, hayan tenido nunca una existencia independiente ni tejidos, ni órganos, ni aparatos y sistemas, que se fueran juntando por ahí, formando estructuras de nivel superior. Lo mismo podemos decir –con algún importante matiz que veremos más adelante- de los orgánulos celulares respecto a la célula; aquí la cosa cambia, y si nos podemos encontrar con alguna sorpresa que otra en cuanto a las fusiones celulares, pero nunca orgánulos sueltos funcionando independientemente.

Así pues, debemos distinguir los niveles de organización o complejidad de la materia viva –muchos de ellos resultantes de un proceso de diferenciación celular a lo largo de la evolución de los seres vivos pluricelulares- de los niveles de integración de los seres vivos, donde sólo atendemos a las individualidades que han vivido y evolucionado en  existencia libre e independiente, a saber: células e individuos pluricelulares.


La célula como unidad material básica de los seres vivos

En la segunda mitad del siglo XIX, varios investigadores enunciaron la teoría celular que, sin entrar de momento en más detalles, afirma que la célula es la unidad de vida, ya que: todos los seres vivos están constituidos por una o más células, y la célula es la unidad anatómica (de estructura), unidad fisiológica (de función) y unidad de origen, puesto que toda célula procede, por división, de otra anterior.
Al igual que ocurre con los animales y las plantas, la célula como unidad básica de vida realiza las funciones vitales mediante la integración de sistemas especializados de orgánulos. Actualmente hay consenso en considerar como necesarios para realizar las funciones vitales esenciales de la vida un mínimo de tres sistemas celulares: compartimentos membranosos, metabolismo y replicación.

La nutrición implica un intercambio de materia y energía con el entorno, lo que exige un límite entre el ser vivo y el ambiente que lo rodea -esto es algún tipo de compartimentación con permeabilidad selectiva como las membranas celulares de lípidos y proteínas- y, además, la transformación enzimática de moléculas en rutas metabólicas para reponer las estructuras celulares y obtener energía, esto es un metabolismo.
La relación atiende a la toma de noticia de todo lo significativo que ocurre en el entorno celular. La célula recibe información del exterior, mediante receptores proteicos específicos situados en su membrana, y, tras procesarla, realiza la respuesta fisiológica adecuada. El procesamiento de la información lleva asociado la transducción de la señal inicial -mediante algún tipo de cascada de modificaciones químicas y cambios conformacionales proteicos- desde el receptor de membrana inicial hasta la parte efectora, frecuentemente el núcleo, desde donde se dirige la respuesta.
La reproducción, en su acepción más sencilla, implica la formación de copias del ser vivo que hereden las principales ventajas evolutivas conquistadas, lo que implica la copia o replicación de las biomoléculas portadoras de información biológica: los ácidos nucleicos y las proteínas.

Aquí vemos que, a nivel molecular -tanto en las tres funciones vitales como en los tres sistemas asociados a ellas- desempeñan un papel destacado las proteínas, como macromoléculas informativas que –tanto en la vertiente estructural como en la funcional- conectan los niveles molecular y celular. Así pues, en lo visto hasta ahora, se mantiene una coherencia de explicación objetiva material entre los niveles vivos y los no vivos.

Las preguntas de la biología

En la entrada anterior vimos que mientras la filosofía se plantea el sentido del mundo: ¿por qué las cosas son?, la ciencia aborda principalmente el modo de ser de la realidad material: ¿cómo son las cosas? En este sentido, E. Mayr (2016) plantea que la biología, como cualquier otra ciencia, debe responder a tres tipos de preguntas: “¿qué?”, “¿cómo?”, y “¿por qué?”; y que la respuesta a estas preguntas deben ayudar a delimitar las distintas ramas de la biología y sus respectivas naturalezas filosóficas.

Las preguntas del tipo “¿qué?” son fundamentales para iniciar cualquier clase de conocimiento científico. Estas preguntas nos llevan a describir, identificar y clasificar seres y procesos del ámbito de la realidad material que nos propongamos conocer, sea cual sea su nivel de integración: bioquímica, biología molecular, celular, botánica, zoología, etc.
Las preguntas del tipo “¿cómo?” y “¿por qué?” pretenden ir más allá de la necesaria descripción y clasificación inicial. El “¿cómo?” es más frecuente en las ciencias físicas que el “¿por qué?”, y esto principalmente por su dominio de actuación, cuyas entidades materiales se remontan al big bang. Más allá de este dominio las preguntas del tipo “¿por qué”? caen en el ámbito de la metafísica. Por su parte, en biología, el “¿cómo”? delimita un enfoque funcional característico de la fisiología del nivel de complejidad celular o pluricelular. 
Así, en el siglo XIX -antes de la formulación de la teoría de la evolución por selección natural de Charles Darwin- en las ciencias naturales predominaban las preguntas del tipo “¿cómo?”, tanto en fisiología como en embriología, ambas disciplinas muy fisicistas. Mayr (2016) comenta al respecto que estas dos disciplinas 

también se planteaban, en esa época,  preguntas del tipo “¿por qué?”; pero para el cristianismo dominante en Occidente la respuesta era fácil: Dios el Creador (creacionismo), Dios el Legislador (fisicismo) o Dios el Diseñador (teología natural)”.

Con la irrupción de Darwin en la biología, las preguntas del tipo “¿por qué?” no sólo tienen razón de ser sino que le dan sentido dentro del paradigma evolucionista darwiniano: en este momento, la biología comienza a plantearse, de forma científica, objetiva, el origen, la naturaleza y la evolución de los seres vivos. Efectivamente, con la publicación en 1859 de El origen de las especies por selección natural (Darwin,  1980) podemos fechar el nacimiento de la moderna biología, y no sólo por la importancia incuestionable de la obra de Darwin, sino porque, en la inmediatez de esta fecha, ven la luz la teoría celular de Schleiden, Schwann y Virchow; los experimentos de Louis Pasteur que ponen fin a las especulaciones vitalistas sobre la generación espontánea de vida; y los trabajos de Gregor Mendel sobre la naturaleza particulada de la herencia. 

Estos cuatro hitos ponen fin, formalmente, a cientos de años de  prejuicios y oscurantismo alrededor de los seres vivos; que eran considerados entidades fijas, sin variación alguna, bien como productos de la creación divina, o bien como resultado de un proceso de generación espontánea bajo la acción de algún tipo de fuerza vital.


La teoría de la evolución por selección natural de Darwin

El joven Charles Darwin
Aún después de la exitosa publicación de El Origen de las especies por medio de la selección natural, Darwin se sentía incomprendido en la esencia misma de su construcción teórica evolucionista. Así, en su autobiografía (1887) declara:  

“Se ha dicho a veces que el éxito del Origen demostraba que “el tema flotaba en el ambiente”, o que “la mente humana estaba preparada para él”. No creo que sea estrictamente cierto, pues, de vez en cuando, sondeé a no pocos naturalistas y jamás me topé con ninguno que dudara, al parecer, sobre la permanencia de las especies. Ni siquiera Lyell o Hooker parecieron estar nunca de acuerdo conmigo, a pesar de que solían escucharme con interés. En una o dos ocasiones intenté explicar a personas capaces qué entendía yo por selección natural, pero fracasé rotundamente”.  (Darwin, 2009).

¿En qué radica entonces la dificultad para entender una teoría en apariencia sencilla? ¿De dónde viene el rechazo e incomprensión a la teoría darwiniana que, en parte, llega a nuestros días? Muchos autores coinciden en que los problemas con la obra de Darwin vienen del concepto de selección natural, del significado de la selección natural en la evolución biológica; lo que él denominaba “mi teoría”.

Para algunos autores darwinistas actuales, pero críticos con algunos aspectos de la teoría evolutiva de Darwin –o más bien con la teoría sintética neodarwinista- el problema de aceptación de la teoría de la selección natural, tal como la formuló Darwin, es de índole filosófica cuando no religiosa. 
Así, en 1977, Stephen Jay Gould (Gould, 2010) se pregunta: 

“¿Por qué ha resultado Darwin tan difícil de asimilar?”  “…convenció… de que la evolución se había producido, pero su propia teoría acerca de la selección natural jamás llegó a alcanzar gran popularidad en el transcurso de su vida. No se impuso hasta la década de 1940, e incluso hoy en día… sigue siendo ampliamente mal interpretada, se cita con errores y se aplica mal”. 

Gould continua explicando que el problema radica en el planteamiento filosófico materialista de Darwin, explicitado en sus cuadernos de notas M y N en 1838-39: 

“Darwin temía sacar a la luz algo que percibía como mucho más herético que la propia evolución: el materialismo filosófico, el postulado de que la materia es la base de toda la existencia y de que todos los fenómenos mentales y espirituales son sus productos secundarios. No existía idea alguna que pudiera resultar más demoledora para las enraizadas tradiciones del pensamiento occidental que la afirmación de que la mente –por compleja y poderosa que fuera- era un producto del cerebro… Otros evolucionistas hablaban de fuerzas vitales, historia dirigida, aspiraciones orgánicas e irreductibilidad esencial de la mente: todo un abanico de conceptos que el cristianismo tradicional podía aceptar a modo de compromiso, ya que permitían la intervención de un Dios cristiano que operaría a través de la evolución en lugar de la creación. Darwin no hablaba más que de variaciones al azar y selección natural… A.R. Wallace, el codescubridor de la selección natural, jamás fue capaz de aplicarla al cerebro humano, al que consideraba la única contribución divina a la historia de la vida”.

A este respecto, y dejando aparte a los creacionistas más recalcitrantes, Eldredge (2009) y Gould (2010) comentan las distintas posiciones filosóficas y religiosas de algunos autores, evolucionistas o no, donde se aprecia la radical diferencia con el materialismo monista de Darwin.
Alfred Wallace
En primer lugar -por proximidad y méritos propios en la formulación de una teoría de la evolución por selección natural, de forma independiente a la realizada por Darwin- conviene mencionar a Wallace; subrayando, fundamentalmente, el carácter netamente dualista de su concepción diferencial de la mente y del cerebro humanos. Como ya hemos visto, el dualismo de Wallace contrasta radicalmente con el materialismo monista de Darwin, que postula que la mente es un producto del cerebro en evolución. 
Así, en su libro El origen del hombre, Darwin nos dice:

“Debió realizarse un extraordinario progreso en el desarrollo del entendimiento, así que entró en uso, mitad por arte y mitad por instinto, el lenguaje, pues el hábito repetido de la palabra al obrar activamente sobre el cerebro y producir efectos hereditarios, impulsaba a la vez el perfeccionamiento del lenguaje… el volumen del cerebro humano, en relación con el cuerpo, comparado con el de los animales inferiores, puede atribuirse principalmente al uso precoz de una forma simple de lenguaje; esa máquina admirable, que fija nombres a toda clase de objetos y cualidades y provoca series de pensamientos que nunca habrían surgido de la sola impresión de los sentidos, y que, por otra, no podrían seguirse, aunque éstos los hubieran provocado, sin el lenguaje. Las facultades intelectuales del hombre más elevadas, como las de raciocinio, abstracción, propia conciencia, etc., son probablemente consecuencias del constante mejoramiento y ejercicio de las otras facultades intelectuales”.

Y, más adelante, hablando de la selección sexual, añade:

“El que admita el principio de la selección sexual, se verá conducido a la notable conclusión de que el sistema nervioso no tan sólo regula la mayor parte de las funciones existentes en el cuerpo, sino que ha influido directamente sobre el progresivo desarrollo de varias estructuras corporales y de ciertas cualidades mentales…; y estas facultades del entendimiento dependen manifiestamente del desarrollo del cerebro”. (Darwin, 2004).

Ambiente científico en la época de Darwin

Continuando con el ambiente científico de la época, Eldredge (2009) apunta que los intelectuales y científicos se dividían principalmente en dos grandes grupos: el de los clérigos, que dedicaban parte de su abundante tiempo libre al estudio del mundo natural, y el de los hombres con fortuna suficiente para poder dedicarse a la ciencia. 
Entre los que tuvieron mayor influencia en Darwin, encontramos a Adam Sedgwick y a John Stevens Henslow, ambos clérigos y profesores de universidad; y, entre los segundos, podemos destacar a Charles Lyell, abogado prestigioso que, a pesar de su fortuna familiar y personal, le dedicaba tanto tiempo y pasión a la ciencia como para dar clases en la universidad, y ser uno de los padres de la geología moderna, tras los pasos de su predecesor James Hutton. 
Hutton introdujo la noción del tiempo geológico, en gran escala, y enunció el principio geológico del uniformismo: “el presente es la clave para entender el pasado”. Por su parte, Lyell amplía las ideas de uniformistas Hutton en su obra Principios de Geología, destacando el carácter gradual de los fenómenos actuales para entender los pasados, en oposición a las explicaciones catastróficas del relato bíblico como el diluvio universal. Este libro de Lyell influyó notablemente en Darwin, cuando lo leyó, siendo muy joven durante el viaje de circunnavegación en el Beagle, que duró cinco años. Las posiciones gradualistas de Darwin, de las que dudaba en ocasiones, tenían este origen geológico y, como veremos más adelante, en biología, se oponían al catastrofismo de Cuvier.

Pero entre estos dos grupos de científicos –los clérigos y los hombres con fortuna personal suficiente- estaban emergiendo científicos de nuevo cuño: los científicos profesionales, que como profesores universitarios percibían un sueldo por su trabajo, pero sin ninguna vinculación a los oficios religiosos.
Darwin estableció contacto con muchos de estos científicos profesionales; y, entre los primeros estaba Robert Grant, profesor de la universidad de Edimburgo, que inició a Darwin en la metodología rigurosa de la recogida de muestras de invertebrados para su estudio científico. Grant era, además, un evolucionista, y, en este sentido, admiraba la obra Zoonomía del abuelo de Charles, Erasmus Darwin, así como el pensamiento de Lamarck. Joseph Hooker fue otro científico profesional, en el campo de la botánica, con el que Darwin mantuvo una constante relación de amistad y de respeto mutuo, aunque no compartieran muchas de sus ideas sobre el mundo natural.

Thomas Henry Huxley
Pero, sin duda, el científico profesional más importante para Darwin fue Thomas Henry Huxley, prestigioso profesor de anatomía comparada y gran protector de Charles, que defendió con gran convicción y fiereza El origen de las especies, hasta el punto de recibir el apodo de “Bulldog de Darwin”. Con la publicación del Origen, en 1859, Huxley encontró una nueva concepción evolucionista de la naturaleza con la que  enfrentarse a su colega anatomista Richard Owen (director de la colección de ciencias naturales del Museo Británico), y, a su través, a las ideas religiosas sobre la naturaleza. Como la mayoría de los anatomistas de la época, Owen era esencialista, se oponía a la evolución biológica, y creía en la existencia de “arquetipos” anatómicos básicos creados por Dios. 

Por su parte, Charles Darwin gozaba de una gran independencia económica, religiosa y política –no necesitaba trabajar para vivir, ni como clérigo ni como profesor universitario- por lo que, en principio, podría disponer de una total libertad de pensamiento; pero, como veremos, estas circunstancias le llevaron a padecer una enorme soledad: la soledad de un científico aficionado, firme defensor de sus ideas, de carácter conciliador en el trato personal, pero no acomodaticio ni condescendiente en el compromiso con su obra científica. Quizá no fuera totalmente consciente del alcance de su decisión de ser un científico independiente, al modo de Lyell, aunque Darwin no llegó a ser profesor de universidad. Recordemos que Darwin comenzó su carrera científica como geólogo, precisamente siguiendo los pasos de Lyell; pero es su paso a la biología -y, sobre todo, el descubrimiento de su teoría (“mi teoría”, como él la llamaba) la selección natural- el que marca su posición diferencial con el resto del mundo científico.

Circunstancias vitales que forjaron la obra de Charles Darwin

Pero, ¿cómo era Darwin? ¿Cómo era ese genio que dio un giro copernicano a la forma de ver la naturaleza, incluida la naturaleza humana como un producto más en ella? ¿De dónde surgió tanto talento? Aunque el tema es muy complejo, y no conviene simplificar, vamos a intentar aproximarnos a algunas de las circunstancias vitales que, al parecer, pudieron tener mayor significación en el desarrollo de la gigantesca obra de Darwin y en la aceptación que ésta tuvo en el mundo científico.
El mismo Darwin, en su autobiografía (Darwin 2009), agrupa sus recuerdos alrededor de tres etapas, destacando la importancia central del viaje del Beagle en el desarrollo de su carrera científica.

El pequeño Charles
La etapa de formación inicial –previa al viaje del Beagle- es donde Darwin analiza las características heredadas de sus padres: sus capacidades mentales congénitas y su temperamento, junto con los recuerdos, principalmente familiares y académicos, de las circunstancias que le llevaron a modelar inicialmente su mente y su carácter.
Charles Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en el seno de una familia acomodada, y, aunque sintió mucho la muerte de su madre, cuando tenía sólo ocho años, nunca le faltó el cariño familiar. Recuerda a su padre como “el hombre más cariñoso que he conocido”, y como “el hombre más grande que he visto”; pero, también le impresionaban, y mucho, su inteligencia y su enorme capacidad de observación, y, quizá por todo esto, Darwin temía defraudar a su padre, que era médico, al igual que su abuelo Erasmus –a su vez, también naturalista y poeta-; y, aunque Charles parecía estar abocado a seguir la carrera de medicina, él dudaba de sus capacidades para ello. De entrada, quizá acomplejado por las brillantes cualidades paternas, cuestionaba su propia capacidad mental: 

Mi padre, según le oí decir, creía que los recuerdos de las personas de mente poderosa se remontan, en general, muy atrás, hasta periodos muy tempranos de su vida. No es mi caso…”. “Antes de asistir al colegio fui educado por mi hermana Caroline…Me han contado que era mucho más lento para aprender que mi hermana menor, Catherine, y creo que fui en muchos sentidos un chico travieso”. 

El primer colegio de Charles fue sin internado, y de esa época él destaca su “gusto por la historia natural” y “la pasión por coleccionar”…”me sentía interesado, al parecer, ¡por la variabilidad de las plantas!”. El segundo colegio de Charles, en régimen de internado, fue el del Dr. Butler, también en Shrewsbury; donde permaneció siete años, hasta los 16, sin gran provecho: 

Nada pudo haber sido peor para mi desarrollo intelectual…” “Cuando deje el colegio no era ni avanzado ni retrasado para mi edad; creo que todos mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho corriente, más bien por debajo del nivel intelectual normal”. 

Pero lo que más le mortificaba era una frase que le espetó su padre: “Lo único que te interesa es la caza, los perros y cazar ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia”.
Quizá para entender todo el proceso de la enorme proeza de Darwin, convenga saltar al final de la historia. Ya en 1876, seis años antes de su muerte, Darwin escribe su autobiografía (Darwin, 2009) y, al final de la misma introduce un capítulo que lleva por título “Valoración de mis capacidades mentales”. A pesar de que, en ese momento, ya había publicado lo principal de su obra, y gozaba de gran prestigio y reconocimiento en el mundo científico, Darwin sigue viéndose como una persona poco brillante en sus capacidades intelectuales: 

No soy consciente de que mi mente haya cambiado durante los últimos 30 años”. “Sigo teniendo tanta dificultad como siempre para expresarme con claridad y concisión…, pero que, como compensación, ha tenido la ventaja de obligarme a pensar largo y tendido cualquier frase…”. “No poseo una gran rapidez de entendimiento o de ingenio, tan notable en algunas personas inteligentes, como, por ejemplo, en Huxley”. “Mi capacidad para el pensamiento prolongado y puramente abstracto es muy limitada; además, nunca habría tenido éxito en el terreno de la metafísica o las matemáticas. Mi memoria es amplia pero imprecisa…”. 

Ante la pérdida, en la edad madura, de los gustos estéticos (literatura, pintura, música) comenta: 

Mi mente parece haberse convertido en una máquina de moler grandes cantidades de datos para producir leyes generales…”.

Aun admitiendo algún grado de modestia en las opiniones de Darwin, no podemos hablar de falsa modestia; su sinceridad y honradez intelectual están fuera de toda duda. Para él, en su concepción monista materialista, la mente y la conciencia son realidades que resultan de la actividad del cerebro enfrentado a la búsqueda y al procesamiento de información del mundo exterior. En este sentido, Darwin también considera que posee algunas capacidades notables: 

Como saldo a favor, pienso que soy superior al común de los mortales para percatarme de cosas que no atraen fácilmente la atención y observarlas con cuidado. Mi diligencia en observar y recabar datos ha sido casi todo lo grande que podía ser…mi amor por la naturaleza ha sido siempre constante y ardiente… Desde mi primera juventud he experimentado un deseo fortísimo de entender o explicar todo cuanto observaba –es decir, de agrupar todos los datos bajo leyes generales-. Todas estas causas unidas me han proporcionado la paciencia para reflexionar o sopesar durante varios años cualquier problema inexplicado. Hasta donde puedo juzgar, no estoy hecho para seguir ciegamente la guía de otras personas. Me he esforzado constantemente por mantener mi mente libre…”. 
Y, ya en la última página, concluye: “Por tanto, independientemente del nivel que haya podido alcanzar, mi éxito como hombre de ciencia ha estado determinado, hasta donde me es posible juzgar, por un conjunto complejo y variado de cualidades y condiciones mentales. Las más importantes han sido el amor a la ciencia, una paciencia sin límites al reflexionar largamente sobre cualquier asunto, la diligencia en la observación y recogida de datos, y una buena dosis de imaginación y sentido común. Es verdaderamente sorprendente que, con capacidades tan modestas como las mías, haya llegado a influir de tal manera y en una medida considerable en las convicciones de los científicos sobre algunos puntos importantes”.

Caricatura de Huxley
Pero, ¿es realmente tan sorprendente que Darwin lograra explicar lo que John Herschel denominó “el misterio de los misterios”? De entrada, vamos a adelantar que la solución que dio Darwin al problema de la sustitución, en el registro fósil, de unas especies por otras similares -esto es, la sustitución de las especies extinguidas por otras nuevas- no satisfizo a Herschel, que calificó la selección natural de “ley sin orden ni concierto”. Como vimos anteriormente, la opinión de Herschel, y la de otros científicos amigos de Darwin, le produjeron un cierto desánimo. 
Por otra parte, el incondicional Huxley, “su perro guardián”, exclamó al escuchar la formulación de la teoría de la selección natural: “¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!”. Pero, ¿por qué es tan peligrosa la teoría de la selección natural como para provocar oleadas de indignación y desagrado, incluso en nuestros días? Y también, ¿cómo esta idea, aparentemente tan sencilla, tardó tanto tiempo en ser formulada? Además, ¿es la selección natural una teoría tan sencilla?

Para abordar estas preguntas vamos a retroceder a algunos aspectos de la etapa de formación académica de Charles, concretamente a su tendencia innata al coleccionismo y la clasificación; esto es, lo que hemos denominado el “qué” de la biología.
El gran fracaso en los estudios de medicina, en la Universidad de Edimburgo, se vio compensado por algunos contactos que Darwin realizó allí, y que le permitieron perfeccionar y profundizar sus conocimientos sobre recolección, tratamiento y clasificación de especímenes biológicos. En este sentido, el primero, y quizá el más importante, fue el, ya citado, doctor Robert Grant. También le fueron muy útiles unas clases de pago que recibió para aprender a disecar animales. Estos nuevos conocimientos le resultaron muy valiosos para su futura dedicación a la ciencia. 

Cuando su padre decidió mandarle a Cambridge a estudiar Teología, estableció allí nuevos contactos que le permitieron profundizar en su formación de naturalista. Así, siguiendo su tendencia natural, en Cambridge, Darwin estableció relaciones de amistad, fundamentalmente, con botánicos y geólogos. En los cuatro años que Darwin pasó en Cambridge (1828-1831), los dos profesores más decisivos para su futura carrera científica, fueron el botánico J. S. Henslow y el geólogo A. Sedgwick, ambos clérigos. Con este último emprendió un interesante viaje de trabajo para estudiar la geología del norte de Gales; Henslow había conseguido que pudiera ir como ayudante. 

Este profesor de botánica, con el que Darwin daba largos paseos, fue un verdadero amigo para él, y decisivo en su vida. Muy pronto le introdujo en su vida familiar, y llegó a darle alojamiento en su casa; pero su intervención más importante fue su recomendación para viajar en el Beagle, como naturalista no retribuido y alojado en el camarote del capitán Robert Fitz-Roy. Henslow tomó la decisión de implicar a Darwin en este viaje, porque estaba seguro de las capacidades de Darwin como naturalista, y porque también sabía que no era hombre de Iglesia; pero lo que él no podía intuir era el salto prodigioso que iba a dar la mente de este joven coleccionista apasionado por la naturaleza; Darwin tampoco. 

Así, tras una negativa inicial de su padre, el tío Josiah, mediante una sensata argumentación, terminó convenciendo a Robert de que este viaje sería muy conveniente para su hijo. El Beagle comenzó su singladura el 27 de diciembre de 1831; en él iba un nuevo Charles Darwin, lleno de dudas, pero dispuesto a tensar al máximo su nueva libertad y su amor por la naturaleza.
 
El viaje de circunnavegación del Beagle duró cinco años (1831-1836) y, como el mismo Darwin reconoce sería como un nuevo nacimiento, el comienzo de su segunda vida. Dejaba atrás preocupaciones y miedos, quizá el mayor el de defraudar las expectativas de su padre. Ahora, a sus veintidós años, tenía el mundo natural por descubrir; y, en mayor o menor grado, la confianza de sus profesores y familiares. Esta confianza se asienta en las mismas cualidades positivas que Darwin enumera en su autobiografía al final de sus días. Esas cualidades, que a Darwin le parecían de poco lustre para alcanzar la fama que alcanzó; para socavar los cimientos de la concepción sobre el mundo natural, que se tenía en la cultura occidental del momento.

Pero, para entender bien el proceso de transformación mental de Darwin, en este viaje, conviene señalar que, efectivamente, la mayoría de las cualidades propias -de las que Darwin nos habla en su autobiografía- ya estaban presentes en el joven Charles, antes de zarpar; pero, como veremos, en el periplo del Beagle, estas cualidades crecieron,  se trabaron y potenciaron. Así, como ejemplo del compromiso científico de Darwin al embarcar, tenemos que, en el viaje con Sedgwick, para estudiar la geología del norte de Gales, atajó por las montañas para poder llegar antes a su casa e ir a cazar: 

en aquel tiempo habría considerado una locura perderme los primeros días de la temporada de la perdiz por la geología o por cualquier otra ciencia”. 

Entonces, ¿qué hizo que Darwin cambiara tan radicalmente?
Muchas fueron las influencias que se fueron tejiendo para lograr esa profunda transformación en él. Quizá, entre ellas,  estuvieran sus primeras crisis serias con la religión, probablemente iniciadas por sus desavenencias con el capitán Fitz-Roy, un aristócrata profundamente religioso: 

El temperamento de Fitz-Roy era de lo más desventurado. Así lo demostraban no sólo su apasionamiento sino sus accesos de prolongada taciturnidad con quienes le habían ofendido. Era también un tanto suspicaz y, de vez en cuando, muy depresivo, hasta el punto de rayar en la locura en cierta ocasión. A menudo me parecía que carecía de sensatez o de sentido común”.

Una de las primeras discusiones importantes se inició en la localidad brasileña de Bahía, cuando Fizt-Roy “defendió y elogió la esclavitud, que a mí me parecía abominable”. La respuesta de Darwin “lo sacó de quicio” y comprometió su permanencia en el barco, aunque, “al cabo de unas horas, Fizt-Roy demostró su habitual magnanimidad enviándome a un oficial con sus disculpas y una petición para que siguiera compartiendo su camarote”. 

Fizt-Roy apreciaba la compañía de Darwin: le pesaba mucho la soledad que tenía que soportar un capitán de la marina británica, totalmente aislado al estar por encima del resto de la tripulación, oficialidad incluida; el estatus de Darwin, a bordo del Beagle, era distinto: Fizt-Roy cedía parte de su camarote para disfrutar de la compañía de algún joven culto y de buena familia, fuera de las relaciones jerárquicas del resto de la tripulación. Así pues, aunque muchas de las firmes opiniones de Darwin le encolerizaban, luego retornaba la calma y la conveniencia de mantener la compañía de Charles. Por el contrario, a él, de mucho mejor carácter pero firme en sus convicciones, le fue haciendo mella el comprobar que personas de fuertes creencias religiosas, como Fizt-Roy, pudieran tener ideas y comportamientos tan detestables. 

Los desencuentros entre ellos se extendieron al terreno de las interpretaciones de Darwin acerca de los fenómenos naturales, cada vez más alejados de las ideas fijistas y creacionistas que tenía al zarpar. Estos desencuentros llegaron hasta 1859, con la publicación de El Origen de las especies

Se mostró muy indignado conmigo por haber publicado un libro tan heterodoxo”.

Darwin resalta en su autobiografía (Darwin, 2009) la importancia de este viaje para la realización de su obra: 

El viaje del Beagle ha sido, con mucho, el acontecimiento más importante de mi vida y determinó toda mi carrera…Siempre he pensado que debo a aquel viaje mi primera formación o educación intelectual auténtica. Tuve que fijarme atentamente en varios campos de la historia natural, con lo que mejoró mi capacidad de observación, aunque ya estaba bastante desarrollada”. “La investigación de la geología de todos los lugares visitados fue mucho más importante, pues es en ella donde se pone en juego el razonamiento”.

Durante el viaje, Darwin estudió a Lyell, admirando la superioridad de sus argumentos sobre la del resto de los geólogos de la época, fundamentalmente su gradualismo, en oposición a los planteamientos catastrofistas de fijistas y creacionistas. Las primeras contribuciones científicas de Darwin fueron en este campo; y, así, describió y explicó la geología de Santiago, elevaciones y hundimientos que afectaban a volcanes, los orígenes y los efectos de los terremotos, también resolvió el problema de las islas de coral, entre otras aportaciones: 

Fue entonces cuando caí en la cuenta por primera vez de que, quizá, podía escribir un libro sobre la geología de los diversos países visitados por mí, lo que me hizo estremecer de placer”. 

Así, en 1842 se publicó La estructura y distribución de los arrecifes de coral; en 1845 la nueva edición, que corrige la de 1839, del Diario de investigaciones, donde relata sus impresiones del viaje del Beagle; y en 1846 se publica Observaciones geológicas sobre Sudamérica.

Por su parte, la biología le puso más dificultades para elevar sus conocimientos a teoría. Deslumbrado por la exuberancia del “qué”, le costó más explicar el “como” y el “por qué”: 

El esplendor de la vegetación de los trópicos…la sensación de sublimidad que me producían los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas de la Tierra del Fuego, cubiertas de bosques…La visión de un salvaje desnudo en su tierra nativa…Muchas de mis excursiones a caballo por territorios agrestes o en barca, algunas de las cuales duraron varias semanas…”. 

Inicialmente, en lo relativo a los seres vivos, Darwin observó, coleccionó, describió y clasificó, mejorando notablemente estas capacidades suyas con la práctica, pero lo hizo fascinado y abrumado por la lujuriante naturaleza que le rodeaba. No obstante, de forma imperceptible, Darwin iba tejiendo su singular trama de capacidades y experiencias que harían de él un gran científico. Así, en relación al viaje, le concede una gran importancia al 

hábito adquirido entonces de una enérgica laboriosidad y una atención intensa en todo cuanto emprendía. Procuraba que cualquier cosa sobre la que pensaba o leía influyera directamente en lo que había visto o era probable que viese; y mantuve ese hábito intelectual durante los cinco años de viaje. Estoy seguro de que fue ese entrenamiento lo que me ha permitido hacer todo cuanto he llevado a cabo en ciencia”.

La transformación que, en el viaje, estaba experimentando Darwin era notable. A diferencia de lo que decía cuando realizó, con Sedgwick, la excursión geológica al norte de Gales, ahora la ciencia ocupaba el primer lugar en su cabeza: 

mi amor por la ciencia se impuso gradualmente a cualquier otro gusto. Durante los primeros años revivió mi antigua pasión por la caza con una fuerza casi plena, y cacé por mi mismo todas las aves y animales de mi colección; pero poco a poco fui dejando el arma a mi criado cada vez más, y al final por completo, pues la caza constituía un obstáculo para mi trabajo, sobre todo para la comprensión de la estructura geológica de un territorio”.

El árbol de la vida, de Darwin
Pero, volviendo a la biología, es en las Galápagos y, posteriormente, en Australia donde Darwin empieza a ver algo de luz entre tanta espesura: 

el descubrimiento de las singulares relaciones entre los animales y plantas que poblaban las diversas islas del archipiélago de las Galápagos y las existentes entre todos ellos y los que habitan América del Sur”. 

Al final del viaje Darwin tiene ya una clara problemática biológica: concede una importancia a la distribución geográfica de las especies en el continente y en las islas, de manera que comienza a pensar en la transformación o modificación de unas especies en otras; y quizá barruntara también algo acerca del origen animal del hombre. Pero es en las Galápagos donde Darwin comienza a vislumbrar el árbol de la vida.
Comenzaba a tambalearse su visión creacionista, donde las especies aparecían fijas y estables, al tiempo que se afianzaban una serie de teorías parciales sobre la mutabilidad de las especies.

Darwin regresa a Inglaterra el 2 de octubre de 1836, y es un hombre completamente distinto del que partió cinco años antes. Es en este tercer periodo de su vida donde realiza su gran obra científica. Examina sus colecciones de materiales geológicos y biológicos, frecuentemente con ayuda de especialistas, prepara su diario de viajes, comunica sus observaciones y empieza a ordenar sus notas en cuadernos; de forma que, poco a poco, Darwin comienza a entender las principales observaciones realizadas en el viaje. 

Así, un tiempo después de su regreso, comenzó a explicar los hechos observados en las Galápagos, relacionándolos con la evolución divergente: en el continente había una especie de pinzón que fue el antecesor común de las diferentes especies de pinzones que poblaban cada isla, adaptadas a nichos ecológicos distintos, en la misma o en distintas islas.
Pronto empiezan sus primeras publicaciones, aunque, por distintos motivos, se resiste a publicar su teoría principal (“mi teoría” como decía él), la selección natural: 

No tardé en constatar que la selección era la clave del éxito del ser humano en la creación de razas útiles de animales y plantas. Pero durante un tiempo fue para mí un misterio cómo se podía aplicar la selección a organismos que vivían en estado natural.
El sendero de arena, por donde Darwin pensaba mientras paseaba
En octubre de 1838, es decir, 15 meses después de haber iniciado mi indagación sistemática, leí por casualidad y para entretenerme el libro de Malthus Sobre la población, y como, debido a mi larga y continua observación de los hábitos de los animales y las plantas, me hallaba bien preparado para darme cuenta de la lucha universal por la existencia, me llamó la atención enseguida que, en esas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de nuevas especies. Ahí tenía, por fin, una teoría con la que trabajar; pero me preocupaba tanto evitar cualquier prejuicio que decidí no escribir durante un tiempo ni siquiera el menor esbozo de la misma”. (Darwin, 2009).

¿Por qué tarda Darwin más de veinte años en publicar “su teoría” de la selección natural? ¿Tenía esta tardanza alguna relación con el mal estado de salud que aquejó a Darwin desde su paso por Chile, donde, al parecer contrajo la enfermedad de Chagas? Pero muchos autores creen que Darwin padecía también una neurosis, propiciada, en parte, por su lucha interna al tener que elegir entre ser uno de los mejores naturalistas de su tiempo, si no el mejor, como ya empezaba a ser reconocido, pero sin poner patas arriba las concepciones religiosas de la época; o ser honesto con sus sorprendentes descubrimientos, y asumir la responsabilidad de iniciar una auténtica revolución en las ciencias naturales. 

En primer lugar -ya al final del viaje y, sobre todo, al regresar a Inglaterra- Darwin se siente abrumado por la enorme cantidad de datos y hechos pendientes de ordenar y explicar. Además sabe que si saca a la luz “su teoría” va a provocar un auténtico terremoto; pero, ¿cómo guardarse ese descubrimiento? ¿Cómo disimularlo? Darwin evita entrar en liza con la religión; por prudencia pero también por respeto, fundamentalmente hacia familiares y amigos con sentimientos religiosos. No pretende enarbolar su ateísmo -que asoma inequívocamente en su planteamiento teórico materialista y monista- de forma abierta contra la religión; pero tampoco traicionar su pensamiento evolucionista. 

Darwin evita amablemente las dedicatorias de sendos libros, de Marx y del Dr. Aveling, en relación con el materialismo; pero es muy coherente y de una tremenda honestidad intelectual con su teoría. 
Así, Gould (2010) opina que Darwin sabía perfectamente a lo que se exponía con su planteamiento descarnadamente materialista: “Darwin había experimentado esta situación [persecución de las creencias materialistas] directamente como estudiante de la Universidad de Edimburgo en 1827. Su amigo W. A. Browne leyó un trabajo con una perspectiva materialista de la vida y la mente ante la Plinian Society. Tras largos debates, toda referencia al trabajo de Browne, incluyendo la referencia a sus intenciones de hacerlo público, fue eliminada. Darwin aprendió la lección, dado que escribió en el cuaderno de notas M: 

Caricatura burlona de Darwin
Para evitar poner de relieve hasta que punto creo en el materialismo, digamos tan sólo que las emociones, los instintos, los grados de talento, que son hereditarios, lo son porque el cerebro del niño se asemeja a la cepa parental”.

Marx y Engels no tardaron en darse cuenta de lo que había logrado Darwin… Es por ello que Marx le ofreció a Darwin dedicarle el segundo volumen de El Capital, pero Darwin rechazó amablemente la oferta…En 1880 escribió a Karl Marx:

Tengo la impresión  (correcta o incorrecta) de que los argumentos dirigidos directamente en contra del cristianismo y el teísmo carecen prácticamentede efecto sobre el público, y de que la libertad de pensamiento se verá mejor servida por esa gradual elevación de la comprensión humana que acompaña al desarrollo de la ciencia. Por lo tanto, siempre he evitado escribir acerca de la religión y me he circunscrito a la ciencia”. (Gould, 2010).

Por otro lado, en la introducción a la Autobiografía, (Darwin, 2009), Martí Domínguez introduce un apartado titulado El pensamiento religioso de Darwin según el doctor Aveling, donde cita “una carta cordial [de Darwin a Aveling], muy indicativa de su pensamiento”, con un texto idéntico al que Gould (2010) menciona en la carta que Darwin le escribió a Marx.

Darwin sabe que su teoría de la evolución por selección natural va a tener una enorme importancia liberadora para la humanidad, pero también sabe que va a tener enemigos poderosos en la religión, aunque quiere evitar enfrentamientos directos. Por ello, se declara agnóstico como Huxley (creador del término), aunque este tipo de soluciones no servían para mucho. Así, por un lado, el reverendo doctor Wace –director del King’s College de Londres- calificaba la posición de Huxley de “cobarde agnosticismo”, “pero su verdadero nombre es uno más antiguo: es un infiel…”. Por otra parte, en las filas del ateísmo tampoco eran muy complacientes con el agnosticismo: por ejemplo, F. Engels lo calificaba de “ateísmo vergonzante”.

En una larga conversación, sobre religión, de Darwin con Edward Aveling y Ludwig Büchner –posteriormente publicada, por el primero, en la editorial Free Thought Publishing- Darwin les preguntó qué entendían por ateísmo. Tras explicarle el sentido etimológico del término -ni negación ni afirmación, sólo privación de Dios- Darwin dijo: 

Aunque pienso como ustedes, prefiero el término agnóstico a la palabra ateo”. (Darwin, 2009). 

Darwin tenía mucha tarea por delante –para varias vidas- y tenía que elegir muy bien dónde dar la batalla. Ese “peso” de entenderlo todo, de elevar a teoría los hechos observados; y el miedo a las repercusiones, familiares y sociales, de su pensamiento –la soledad de Darwin- le produjeron mucho sufrimiento. Como hemos visto, en su teoría de la evolución por selección natural, propone que la mente y la conciencia humanas son productos del cerebro en evolución. Esto supuso un gran paso para una visión objetiva de la especie humana en la naturaleza viva; por fin liberada de la creación divina, dueña y responsable de su propio destino.

Charles Darwin nos demostró que la realidad se nos ofrece fácilmente cuando no queremos violentarla: basta con observar, describir, ordenar, relacionar, experimentar y, sobre todo, buscar la coherencia de la realidad con honestidad, con honradez intelectual, con planteamientos objetivos. Esa fue la fórmula magistral de las cualidades de Darwin. Pero sí, por el contrario, colocamos en el centro del problema lo que no es –por religión o por intereses espurios- entonces todo se retuerce y se complica, todo se llena de esferas armilares y de creaciones divinas.

La gran curiosidad y la honestidad intelectual de Darwin constituyeron la brújula que le permitió andar por la naturaleza sin prejuicios y sin intereses bastardos, alejado de soluciones acomodaticias y contemporizadoras. Sólo así consiguió desvelar algunos de los misterios de la vida que todos tenían ante sus ojos.


BIBLIOGRAFÍA

·      Darwin, C. (1980). El origen de las especies. Ed. Bruguera. Barcelona.
·      Darwin, C. (2004). El origen del hombre. Ed. Edaf. Madrid.
·      Darwin, C. (2009). Autobiografía. Editorial Laetoli. Pamplona.
·      Eldredge, N. (2009). Darwin. El descubrimiento del árbol de la vida. Katz Editores. Buenos Aires. Madrid.
·      Gould, S. J. (2010). Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural. Crítica. Barcelona.
·      Mayr, E. (2016). Así es la biología. Ed. Debate. Barcelona.















jueves, 10 de mayo de 2018

CIENCIA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN

En la entrada anterior vimos como Monod distinguía, como propiedades de los seres vivos, entre teleonomía e invariancia, y –para superar la contradicción epistemológica entre el proyecto teleonómico y el postulado de objetividad- proponía que la invariancia debía preceder a la teleonomía. Además, asociaba los ácidos nucleicos a la invariancia y las proteínas a las estructuras y performances teleonómicas.
Por otra parte, Monod plantea también -en el primer capítulo de su libro El azar y la necesidad- que “esta distinción es explícitamente o no, supuesta en todas las teorías, en todas las construcciones ideológicas (religiosas, científicas o metafísicas) relativas a la biosfera y a sus relaciones con el resto del universo.” Más adelante añade que: “El problema central de la biología es esta misma contradicción…”
En el segundo capítulo asigna de forma algo arbitraria a la teoría sintética de la evolución -que él denomina “teoría de la evolución selectiva”- un papel central, ya que “asegura la coherencia epistemológica de la biología y le da un lugar entre las ciencias de la Naturaleza objetiva.” Así las cosas, agrupa a “todas las demás concepciones…que pretenden rendir cuenta de la rareza de los seres vivos, o…arropadas por las ideologías religiosas y la mayoría de los sistemas filosóficos en la hipótesis inversa: que la invariancia es protegida, la ontogenia guiada, la evolución orientada por un principio teleonómico inicial, del que todos esos fenómenos serían manifestaciones.” En esta asociación distingue -con una acepción, en sus palabras, algo particular- dos grupos:
·    Las teorías vitalistas, donde el “principio teleonómico operaría exclusivamente en la biosfera, implicando una distinción radical entre los seres vivos y el universo inanimado”. Aquí, Monod incluye el vitalismo metafísico y el vitalismo cientista.
·      Las teorías animistas, donde operaría un “principio teleonómico universal, responsable de la evolución cósmica, así como de la biosfera… los seres vivos serían los productos más elaborados, más perfectos, de una evolución universalmente orientada que ha culminado, porque debía hacerlo, en el hombre y en la humanidad.” Monod agrupa fundamentalmente, en este apartado, al idealismo de Hegel, a la “fuerza espiritual de ascendencia evolutiva” de Teilhard de Chardin, y, sobre todo, al materialismo dialéctico de Marx y Engels.

No pretendo entrar en el análisis pormenorizado de estas teorías, ni siquiera en si están bien o mal agrupadas por Monod, fundamentalmente quiero llamar la atención acerca de que la ciencia está siempre acompañada, en mayor o menor medida, de la manera de ver o de interpretar la realidad, esto es de ideología, sensu lato: filosófica y religiosa principalmente, en este caso.

Ciencia y filosofía

La ciencia y la filosofía presentan visiones complementarias del conocimiento de la realidad. En la filosofía clásica, antes del nacimiento de la ciencia moderna, la mayoría de los filósofos estaban también implicados en algún campo de la ciencia de su época. Con el surgimiento de la ciencia moderna y sus métodos, de la mano de René Descartes (1596-1650) y Galileo Galilei (1564-1642) entre otros, a la filosofía se le plantea el dilema de su mayor o menor dependencia del poderoso avance del conocimiento científico, teniendo que elegir entre una filosofía de carácter más científico o más especulativo. Algunos filósofos parece que quieren preservar a la filosofía del desarrollo de los conocimientos científicos, intentando evitar la zozobra de verificaciones y falsaciones a las que están expuestas las hipótesis científicas. Por su parte, algunos científicos instalados en lo que Thomas S. Kuhn llama ciencia y cambio normal –en oposición al concepto de cambio revolucionario de los paradigmas científicos- supuestamente huyen de todo tipo de marco ideológico que pudiera contaminar la objetividad de cada investigador cuando aplica un método científico considerado como una receta aséptica y universal para hacer ciencia.

La ciencia es un producto de la actividad humana que nos permite adquirir y acumular conocimiento acerca de la realidad. Esta actividad científica se apoya en el razonamiento lógico, que está en la base de procedimientos y técnicas experimentales, mediante los cuales obtenemos datos rigurosos de la realidad; ya que, la realidad material es experimentable porque ella es regular y experimentadora: contínuo producto de la necesidad y la contingencia.
La acumulación de conocimiento es dinámica y la validez de dicho conocimiento varía con el tiempo. Los datos y, sobre todo, la interpretación teórica de los mismos es cambiante. Cada nuevo marco teórico permite plantear nuevos problemas y conquistar nuevo conocimiento. El encadenamiento histórico de preguntas y respuestas, y las nuevas imágenes de la realidad así logradas, se ha conseguido con la paulatina organización de todo el conocimiento científico para adquirir nuevo conocimiento.
El cemento que une los datos para construir la interpretación teórica está hecho de ciencia pero también de filosofía, y los mismos datos se pueden interpretar de maneras diferentes. Al igual que la ciencia, la filosofía se apoya en el razonamiento lógico; pero ambas se diferencian en las cuestiones que plantean y en la forma de abordarlas. La filosofía se plantea el sentido del mundo: ¿por qué las cosas son? Y la ciencia el modo de ser de la realidad material: ¿cómo son las cosas? Aunque ciencia y filosofía se plantean cuestiones complementarias de la realidad, frecuentemente se ignoran. Particularmente, la ciencia tiene frecuentemente una actitud vergonzante y, en ocasiones, despectiva respecto a la filosofía, aunque en realidad esté impregnada de ésta. Así, corrientemente, se suele tachar de filosófica cualquier teoría alternativa a la ortodoxia de una escuela que detenta el poder y la verdad de la época, sin admitir que esa verdad también está acompañada de filosofía, cuando no de religión más o menos explícita. Más adelante insistiremos en cómo la ideología, sensu lato, de los científicos influye, en mayor o menor medida, en los planteamientos y en las interpretaciones de sus investigaciones. Así, existe una relación biunívoca y dinámica entre conocimiento científico y filosófico, en forma de relación recíproca, previa y posterior (en el planteamiento y en la interpretación), entre hechos y teoría.

La palabra teoría presenta algunos problemas y es, al igual que la palabra filosofía, frecuentemente utilizada como arma arrojadiza por los detractores de una determinada concepción de la realidad. Con este argumento, supuestamente científico, los partidarios del diseño inteligente lograron que en los libros de ciencias, de las escuelas públicas de Dover,  figurara una nota que advertía que “la teoría de la evolución es sólo una teoría, no un hecho científico”. Como señala Stephen Jay Gould, hay que tener en cuenta que, en inglés americano, teoría también significa suposición, conjetura, especulación; y, frecuentemente, es considerada como “dato imperfecto”, devaluada respecto de los hechos.


La teoría guía la investigación

E. Schrödinger resumía la importancia de la teoría en la ciencia con una expresiva frase: “Se trata no tanto de ver lo que aún nadie ha visto, como de pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven”. Esta frase es parecida a otra previa de J. W. von Goethe: “Todo ha sido ya pensado. El problema es pensarlo de nuevo.”
La frase de Schrödinger marca perfectamente la diferencia entre los hechos -la descripción formal de lo que cualquiera puede ver- y la teoría –la visión mental, la elaboración conceptual, interpretativa de los hechos. Pero, aún más, la frase de Schrödinger da un enorme valor a la teoría, incluso por encima de los hechos. La teoría es la nueva forma de ver, y esta nueva visión permite al científico conquistar nuevo conocimiento. Copérnico, Galileo y toda la humanidad, anterior y posterior a ellos, ha visto, objetivamente, como el Sol sale por el este y se pone por el oeste; pero, desde su nueva visión (desde su teoría heliocéntrica), sabemos que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra sino al revés. Este conocimiento fue la atalaya desde la que la observación del espacio nos ha conducido a nuestra visión actual de un universo en expansión. A este respecto, cuando Darwin, unos años después de realizar su viaje alrededor del mundo –donde observó la mayor parte de los hechos que le llevaron a la idea de la evolución- llegó a elaborar su teoría de la selección natural, exclamó: “Al fin tengo una teoría desde la que poder observar”.
Así pues, los hechos pueden mantenerse, de forma terca e invariante, y existir una o más teorías, coetáneas o no, que los expliquen mejor o peor, y que permitan nuevas observaciones y experimentaciones que las pongan a prueba, esto es, las refuten o no. En este caso, tenemos la evolución biológica como hecho y la selección natural como teoría (junto a otras) para explicar el proceso de la evolución. Las discrepancias teóricas acerca de la evolución no merman en absoluto el hecho de su existencia.

En su conocido libro ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Alan F. Chalmers se plantea: “¿cuál es este método científico que, según se afirma, conduce a resultados especialmente meritorios o fiables?” La palabra ciencia vende, y vemos que cualquier actividad, por inverosímil que sea, quiere gozar de su compañía. Chalmers advierte que “aunque algunos científicos y muchos pseudocientíficos pregonan su apoyo a este método, a ningún filósofo de la ciencia moderno se le escaparan por lo menos alguno de sus defectos…, de forma que no hay ningún método que permita probar…, ni tampoco refutar de un modo concluyente las teorías científicas.” Aunque Chalmers –como también Kuhn- advierten que, paradójicamente para los filósofos de la ciencia, buena parte de estos argumentos “se basan en un análisis detallado de la historia de la ciencia…y que los episodios que se consideran más característicos de los principales adelantos, ya sean las innovaciones de Galileo, Newton, Darwin o Einstein, no se han producido mediante algo similar a los métodos típicamente descritos por los filósofos.”
Para Chalmers, tanto el análisis lógico filosófico como el histórico llevan a la conclusión de que el método científico no puede ser tomado como una receta en la que –haciendo abstracción del conocimiento previo, y otros intereses, del investigador- se practique el ejercicio inductivo de elevar a leyes y teorías los hechos adquiridos a través de una observación y experimentación totalmente objetiva y libre de cualquier juicio previo. Opina que algún tipo de teoría precede siempre a la observación y que, por tanto, los enunciados observacionales presuponen la teoría, y, por lo tanto, pueden ser tan falibles como ésta.

No todos los científicos pueden ser Galileo, Newton, Darwin, Pasteur o Einstein –por citar a algunos de los más conocidos entre los que cambiaron radicalmente nuestra forma de pensar- pero tampoco se hace un auténtico científico sólo con un título universitario, un doctorado o vistiendo una bata blanca. Quizá la diferencia fundamental está en que los grandes científicos, como los antes mencionados, no suelen dejar importantes hechos conocidos sin explicar fuera de sus teorías; o, al menos, no los ignoran. Esa ambición de dar cuenta de todos los hechos importantes, de explicarlo todo en una teoría lo más amplia posible, es lo que distingue al genuino científico. Por el contrario, vemos frecuentemente como muchos científicos, algunos prestigiosos, se dejan buena parte de la realidad sin explicar, y muchas refutaciones de las teorías que enmarcan sus investigaciones sin atender. Para ellos, el punto de vista de los “otros” es sólo teoría o filosofía, mientras que “lo propio” es auténtica ciencia, resultado de la rigurosa aplicación del denominado método científico


Los métodos de la ciencia

Además de lo dicho anteriormente sobre el método científico, podemos añadir que la palabra método define un modo ordenado y sistemático, un procedimiento, para alcanzar un determinado fin. Aunque al hablar de el método científico sólo se habla de las etapas del camino que hay que seguir para adquirir conocimientos en el dominio de las ciencias, conviene subrayar que, por definición epistemológica, el conocimiento científico no puede tener un fin determinado: este conocimiento es resultado del camino seguido paso a paso, no su fin. Como los diferentes campos de estudio de las ciencias son muy variados, no se puede hablar de un único método científico, general para todas las especialidades científicas, aunque todas compartan determinados aspectos metodológicos –matemáticos, estadísticos, analíticos, lógicos, etc.- que les proporcionan el rigor característico del conocimiento científico. Además, es interesante señalar que la ciencia es un proceso dinámico de acumulación de conocimiento, y que cada aplicación de el método científico no conduce, por riguroso que sea el seguimiento ordenado de los pasos prescriptivos, a una verdad objetiva y absoluta. Más bien podríamos decir –parafraseando a Machado- que el camino de la ciencia se hace al andar, y al andar en compañía de la comunidad científica, estableciendo verdades provisionales, y sobre todo operativas, para seguir andando, esto es, estableciendo y explicando hechos de la realidad.


Ciencia y religión

En la traducción al español del libro de Charles Darwin La variación de los animales y las plantas bajo domesticación, el traductor –Armando García González- realiza una introducción donde habla ampliamente de la controversia que la teoría evolutiva darwiniana ha suscitado desde su salida a la luz hasta nuestros días. Allí analiza que, entre otros importantes frentes, el darwinismo tuvo que afrontar los ataques de científicos creacionistas radicales –sobre todo de filiación católica- que, desde el siglo XIX, han puesto en marcha un importante aparato mediático, editorial, social y político para contrarrestar todo lo posible la para ellos nefasta influencia de las teorías darwinianas.
Otros científicos creacionistas optaron por conciliar sus creencias religiosas con la idea de la evolución biológica, defendiendo la separación de las cuestiones filosóficas y religiosas de los problemas científicos, sobre todo los relacionados con la evolución biológica. También desde el lado del evolucionismo hay biólogos que creen en la ausencia de contradicción entre ciencia y creencia, argumentando que se ocupan de campos muy diferentes. Entre ellos podemos destacar a Francisco José Ayala, ex fraile dominico y discípulo del genetista Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la teoría sintética neodarwinista frecuentemente citado por su célebre sentencia: Nada tiene sentido en biología excepto a la luz de la evolución.
Igualmente, el célebre evolucionista y divulgador científico Stephen Jay Gould también propone -en su libro Ciencia versus religión: un falso conflicto, Barcelona, Editorial Crítica, 2000- que la evolución y la fe religiosa no son incompatibles. Encontramos una argumentación similar en la obra del médico y filósofo Michael Ruse, de la que podemos destacar el libro ¿Puede un darwinista ser cristiano? La relación entre ciencia y religión, Madrid, Siglo XXI, 2007. En este libro Ruse se muestra muy crítico con las posiciones extremas: evolucionistas materialistas como Richard Dawkins pero también con los creacionistas partidarios del diseño inteligente -como el bioquímico católico Michael Behe- separando de los campos de estudio de la ciencia el mundo natural del mundo moral, como el altruismo o el egoísmo, que no están en el ADN. Pero Ruse -en su libro El misterio de los misterios, Tusquets (2001)- también trata el caso de algún importante científico evolucionista que practicaba una excesiva conciliación entre evolución y fe, como el ya citado neodarwinista T. Dobzhansky: “Desde el principio, Dobzhansky reconoció que se dedicó a la empresa evolucionista con una misión, en su caso religiosa: la esperanza de demostrar que la evolución tiene un propósito divino y que el hombre es su producto más perfecto, la apoteosis de un proceso ascendente y progresivo”. Es fácil imaginarse el proceso ascendente, paso a paso, por la escalera de caracol que forma la doble hélice del ADN; pero, naturalmente, todo a la luz de la evolución.

Por otra parte, la postura de la mayoría de los científicos evolucionistas, incluido el propio Darwin, es que la evolución es incompatible con la religión, ya que en consonancia con el postulado de objetividad, ya mencionado, no se pueden aceptar causas sobrenaturales (Dios, milagros) para explicar los procesos biológicos, incluido el origen del hombre. Armando García González señala, al respecto, el supuesto dilema entre la posición religiosa: el hombre es un producto perfecto, creado por Dios a su imagen y semejanza, que degeneró por el pecado; o, por el contrario, según él, la posición evolucionista: el hombre es un mono perfeccionado. Aquí yo veo que se cuela un cierto sesgo teleológico en la posición de algunos evolucionistas – como, por ejemplo, algunos neolamarckistas, entre otros- en cuanto a la tendencia a la perfección de la evolución, especialmente la que conduce a la humanidad y su destino. En el caso de Armando García González rápidamente corrige este sesgo en la siguiente incompatibilidad entre evolución y religión. Mientras que para la evolución no existe propósito alguno; la religión plantea un determinado propósito divino: una vida futura, en el cielo de los católicos y protestantes, o en la tierra, para otras confesiones.
Como señala García González, el debate es tan importante que, en 1997, la revista Nature realizó una encuesta entre biólogos, físicos y matemáticos sobre sus creencias religiosas, resultando que el 40% de los científicos confesaron tenerlas, aunque también se reflejaba que otros las ocultaban por estar mal vistas dentro de la comunidad científica.



Conclusiones

La principal conclusión a la que llego es que debemos preservar y ampliar esa magnífica construcción de la humanidad que llamamos ciencia, vista más desde la grandeza de su desarrollo histórico –en contaste lucha contra la ignorancia y el oscurantismo- que desde la perspectiva de la filosofía o la metodología de la ciencia. Goethe en su Fausto ilustra magníficamente  la contraposición entre filosofía e historia de la ciencia, entre teoría y realidad, cuando dice: Gris querido amigo es toda teoría y verde el árbol aureo de la vida.
Por otra parte, Chalmers opina que: “la función más importante de mi investigación es combatir lo que podríamos llamar la ideología de la ciencia tal como funciona en nuestra sociedad. Esta ideología implica el uso del dudoso concepto de ciencia y el igualmente dudoso concepto de verdad que a menudo va asociado con él, normalmente en defensa de posturas conservadoras.” Las palabras ciencia o método científico no pueden ser utilizadas para defender intereses espurios, bien sean económicos, políticos o de cualquier otra índole. Como ya hemos visto, el científico, como cualquier ser humano, tiene su ideología, e incluso puede tener sentimiento religioso o no, y esta manera de ver el mundo condicionará, inevitablemente, sus perspectivas y sus interpretaciones. Hay que contar con ello. La existencia de una comunidad científica, el desarrollo colectivo de la ciencia, mitiga la subjetividad. Lo que hay que evitar es la utilización ideológica de la ciencia por parte de colectivos interesados. Por el contrario, los científicos, individualmente y en grupo, deben poner en práctica y exigir el máximo ejercicio de rigor metodológico y de honradez intelectual. Criticar algunos aspectos, con apariencia de catecismo, del denominado método científico, no significa que todo vale o que da igual cualquier fuente de conocimiento. Desde la perspectiva de la historia de la ciencia, debemos aprender qué es oro y qué hojalata para el avance del conocimiento científico aplicando rigor y claridad. Rigor en el uso de metodologías y procedimientos -lógicos, analíticos y experimentales- bien acreditados a lo largo de la historia de la ciencia. La utilización rigurosa de estos instrumentos da el máximo de objetividad posible en la investigación científica. Pero también es preciso que los investigadores aporten la mayor claridad y honradez intelectual, explicitando y explicando todos los presupuestos teóricos que enmarcan e interpretan sus investigaciones. No se puede apelar al rigor y objetividad de el método científico, en una investigación aparentemente aséptica, y luego colar de rondón ideología interesada de bajo nivel como supuesto resultado del mismo.
Así pues, es más riguroso hablar de ciencias que de ciencia, y de métodos que de un único método, universal y aséptico, que nos conduzca a la verdad. No podemos considerar el método científico como si fuera un “portero de discoteca” que diga quién puede o no puede pasar al palacio de la ciencia, siguiendo criterios arbitrarios de filosofía de la ciencia que no han superado nunca la perspectiva histórica. Según algunos de esos criterios, K. Popper pone en cuestión la cientificidad de la teoría de la evolución, entre otras cosas.
En cuanto al concepto de verdad -y recordando las frases citadas de Goethe y Schrödinger- la descripción física del universo resultante de las teorías de Aristóteles, Newton o Einstein es muy diferente, al igual que también era muy diferente su metodología. El análisis histórico de estas teorías permite reflexionar no sólo del concepto de verdad, sino también acerca del papel relativo de la filosofía, la experimentación, las matemáticas, etc. en el conocimiento científico; así como del ejercicio de verificación y refutación de las teorías científicas. El avance de la ciencia no supone tanto el añadir nuevos hechos objetivos y sus explicaciones a conocimientos anteriores perfectamente probados, como el ampliar la teoría incluyendo los nuevos hechos.
No sólo es difícil alcanzar la total objetividad en la interpretación de los resultados sino también en el establecimiento de los hechos. Los hechos, como los enunciados observacionales, tienen una carga de subjetividad; no en vano, los hechos deben ser enunciados. El postulado de objetividad sólo atiende a la necesidad epistemológica de evitar cualquier explicación de la realidad en términos de proyecto sobrenatural finalista (Dios, milagros, fuerzas vitales), no a otras interpretaciones posibles. Así, el método científico tampoco actúa como una lupa universal que nos ofreciera una imagen única e inequívoca de la realidad. Cada científico es una lupa distinta que ofrece imágenes diferentes, a veces mucho, de la realidad.
Además, como demuestra la aplicabilidad de la física newtoniana, la experimentación demuestra lo que es aplicable: cómo se comporta, no necesariamente cómo es la realidad. Así, se puede ser científico siguiendo todas las etapas del método canónico o participar sólo en algunas de ellas. Lo importante es alcanzar una interpretación teórica que dé cuenta de todos los hechos significativos. Si aparecen nuevos hechos que no caben en la teoría vigente, hay que cambiar o ampliar la teoría. Así, se pueden elaborar hipótesis y hasta teorías directamente, sin haber realizado experimentos propios, pero siempre apoyándose en datos experimentales y en hechos bien establecidos por otros científicos: modelo de la estructura del ADN de Watson y Crick, hipótesis de Dreyer y Bennet sobre el origen genético de la diversidad de los anticuerpos, teoría de la relatividad de Einstein, entre otros muchos casos.

Los grandes científicos son los que han abierto o siguen abriendo nuevos caminos. Un científico es un explorador, y un explorador no tiene camino por delante. Parafraseando de nuevo a Machado: no hay camino para el científico, por detrás tiene las estelas del conocimiento logrado hasta el momento, y, en su avance un mar de ignorancia.



BIBLIOGRAFÍA




  • El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna. Jacques Monod (2016). Tusquets Editores.
  • Introducción a la filosofía de la ciencia. Marx W. Wartofsky (1976). Alianza Universidad.
  • Qué es esa cosa llamada ciencia? Alan F. Chalmers (1989). Siglo XXI.
  • La estructura de las revoluciones científicas. Thomas S. Kuhn (1987). Fondo de Cultura Económica.
  • ¿Qué son las revoluciones científicas y otros ensayos? Thomas S. Kuhn (1989). Ediciones Paidós.