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martes, 4 de febrero de 2020

CEREBRO Y MENTE: PLASTICIDAD SOMÁTICA ADAPTATIVA FRENTE AL MEDIO

Desde la perspectiva funcional, que introdujimos en la entrada anterior, observamos cada vez más hechos acerca de la plasticidad adaptativa de la vida en todos sus niveles de integración y complejidad. Como ya hemos señalado en diferentes ocasiones, para Darwin la selección natural opera sobre los individuos, caracterizados por la organización funcional de sus respectivos organismos, acumulando las variantes somáticas o fenotípicas que han resultado más apropiadas para sobrevivir en un determinado medio ambiente. La selección natural no opera sobre las variantes de los genes, o alelos, sino sobre los organismos que, entre otras cosas, portan cromosomas (que, entre otras cosas, llevan genes codificadores de proteínas) que, a su nivel, se seleccionaran con ellos.
Así, para abordar el problema de la plasticidad somática podemos empezar por el máximo nivel de complejidad que conocemos, el cerebro y los procesos mentales relacionados con este órgano, en la lógica de que aquí tendremos presentes todos los niveles -supramolecular, celular y sistémico- en el mayor grado posible de interacción dinámica con sus respectivos medios.
De acuerdo con Eric R. Kandel, en su magnífico libro La nueva biología de la mente, Descartes se equivocaba al pensar que “la mente está separada del cuerpo y funciona con independencia de él”. Al separar la mente del cerebro, Descartes tenía un planteamiento dualista, como lo tenía Alfred Wallace -el codescubridor de la selección natural- que también pensaba lo mismo; pero no así Charles Darwin, que tenía un pensamiento materialista monista: la mente es un producto del cerebro, es decir, de la materia en evolución organizada en forma de cerebro. Otro aspecto importante que debemos tener en cuenta es que la mente no emana del cerebro sin más, respondiendo a algún tipo de programa genético. Denominamos mente a una serie de procesos que resultan de la toma activa de noticias del mundo exterior, por el organismo animal, del procesamiento por el cerebro de los datos percibidos, de las acciones de respuesta y de la experiencia encadenada en dicho proceso. Así, la mente surge de la interacción, y de la estructura resultante, entre el organismo animal y su entorno, mediados por el cerebro. Kandel destaca que Darwin -en su libro La expresión de las emociones en el hombre y en los animales- desarrolla la idea del origen biológico de la especie humana; y destaca de él que “nuestros procesos mentales evolucionaron a partir de antepasados animales de manera similar a como se desarrollaron nuestros rasgos morfológicos. Es decir, que la mente no es etérea y tiene una explicación física”.
 Nuestra mente -en sus diferentes manifestaciones: aprendizaje, memoria, conciencia, pensamiento, etc.- resulta de la plasticidad funcional y estructural del cerebro del organismo humano en interacción con su medio. De esta manera, la fisiología y la anatomía cerebral experimenta modificaciones que recorren -de abajo arriba- cambios conformacionales en las proteínas implicadas en las redes de interacciones moleculares, intra e intercelulares; cambios morfológicos en las neuronas y en las células de la glía; y cambios en la red de comunicaciones entre neuronas, mediante el establecimiento y reforzamiento de uniones muy precisas entre ellas, denominadas sinapsis. Así pues, éstas se modifican como resultado adaptativo de la acción y experiencia del organismo frente a su medio. En el límite negativo de la fisiología, la patología cerebral también se caracteriza por exhibir cambios significativos en estos tres niveles de organización: supramolecular, celular y de organismo pluricelular.
Debemos subrayar que la mente no es sólo un producto del cerebro aislado, sino que resulta de la permanente interacción entre el cerebro y el medio, en continuo cambio. En este sentido, y ante la complejidad de uno de los productos más especiales de la mente, la conciencia, resulta pertinente citar una frase de K. Marx: “No es la conciencia del hombre la que determina las condiciones materiales de su existencia, sino estas últimas las que determinan su conciencia”. El inmunólogo C. Janeway, Jr. parafrasea esta cita para describir la esencia del sistema inmunitario, a saber: la selección de un repertorio linfocitario que permita, por una parte, discriminar entre lo propio y lo no propio; y, por otra, que éste pueda adquirir una memoria específica frente a lo ajeno manteniendo una tolerancia frente a lo propio. Así, según Janeway: “no es el repertorio de receptores T heredado genéticamente el que determina las interacciones de los linfocitos; sino, por el contrario, las interacciones linfocitarias (selección positiva y negativa en el timo) las que determinan el repertorio de linfocitos”. No voy a abundar aquí sobre los paralelismos entre los sistemas inmunitario y nervioso, pero, quizá lo más sorprendente sea encontrar la esencia de las frases citadas en Lamarck: “No son los órganos, es decir, la naturaleza y forma de las partes del cuerpo del animal, lo que ha dado lugar a sus hábitos y facultades especiales, sino que son, por el contrario, sus hábitos, su modo de vida y su entorno lo que ha controlado en el curso del tiempo la forma de su cuerpo, el número y estado de sus órganos y, finalmente, las facultades que posee”. Lamarck deja claro, en una relación de causa efecto, la prioridad de la función sobre la estructura, y la importancia del medio en el proceso de plasticidad somática adaptativa.
BIBLIOGRAFÍA
·       Jacob, F. (2014). La lógica de lo viviente. Metatemas. Tusquets Editores. Barcelona.
·       Janeway, C. y Travers, P. (1996). Immunobiology. Garland Publishing. New York.
·       Kandel, E. R. (2019). La nueva biología de la mente. Paidós. Editorial Planeta. Barcelona.
·       Lamarck, J-B. (2017). Filosofía zoológica. La Oveja Roja. Madrid.